jueves, 11 de enero de 2018

Uno de los nuestros



Agradecí los cinco minutos de retraso con los que me obsequiaron, los justos para darme tiempo a hacer una última ronda a fin de cerciorarme de que todo estaba en regla. Eso esperaba, al menos, tragué saliva antes de dirigirme a abrir la puerta. No llamaron, me llegó un mensaje con un escueto: “Estamos arriba”, y noté el sudor frío empapándome la frente. Usé una toallita para adecentarme, debía estar lo más presentable posible y preferí evitar humedecer las mangas de mi camisa de franela. Revisé mi aspecto en el espejo de la entrada, constaté que estaba un poco más pálido de lo habitual, lo lógico dadas las circunstancias, y no me dio la impresión de tener nada fuera de lugar de cintura para arriba. 

“Nos han abierto el portal,” alegó uno de ellos en voz baja, “mejor así, ¿no crees? Íbamos a contactarte por el móvil de todas todas”. El que tomé por el líder desde el principio se limitó a hacerme un ademán con la cabeza a modo de saludo. Les pregunté si querían tomar algo y me chistaron para que permaneciera en silencio. Entonces él sacó un pequeño cuaderno y un bolígrafo del bolsillo, dando por sentado que irían al grano. “Nada de preámbulos, entiendo”, se me escapó con los nervios, y su mirada amenazadora me obligó a tragarme mis palabras. Cállate, imbécil, que te la vas a cargar, me dije forzando una sonrisa. Mi mueca debió resultar grotesca porque el tercero me sonrió divertido, con aire socarrón, sentí de nuevo la pegajosa humedad en mi rostro.

El jefe me observó detenidamente durante un buen rato, apuntó algo en su bloc de notas después de soltar un par de bufidos. Escruté su expresión en busca de un significado, pero sería incapaz de decir si era de aprobación o no. Su rictus severo no me daba muchas esperanzas, la verdad, y la mancha de tomate que advertí en mis pantalones tampoco, porque enseguida frunció el ceño indicándome que guiara la comitiva. De camino a la cocina pasó un dedo por el aparador del recibidor, y recordé a mi madre cuando venía a verme a mi piso de estudiante. Un escalofrío me recorrió la espalda, menos mal que había limpiado el polvo el día anterior… Lo que no tuve fue demasiado margen para recoger las cosas antes de que llegaran, los platos y cuencos de la cena todavía estaban en el fregadero, la mesa lista, eso sí, aunque con un par de montoncitos de camisetas, bodies, y pijamas doblados, porque todavía estaba organizando la ropa de la colada y dejé la cesta con la seca sobre una de las sillas. En la terraza había tendido la mojada, y el tambor entreabierto permitía comprobar que la siguiente lavadora esperaba lista para ser programada.    


Me fijé en que algunas páginas estaban ya escritas y que simplemente ponía cruces o rayas en los cuadraditos destinados a tal efecto. El salón estaba intacto desde la víspera, Javi se tiró gran parte de la papilla por encima, tuve que prepararle otro cuenco, y Pepa prefirió hacernos compañía mientras lo bañaba otra vez en lugar de ver un poco los dibujos antes de acostarlos. Ella se quedó frita enseguida, ya estaba cansada cuando la recogí del colegio, pero a él me costó lo mío conseguir dejarlo en su cuna. Unos cuantos paseos por toda la casa cantándole el himno del Barça –y eso que yo soy de su eterno rival, pero es el único que me sé–, mientras miraba el reloj desesperado porque la hora señalada se aproximaba y el crío no se quedaba dormido ni a tiros. La chica de la guardería me dijo que estaba un poco pasado de rosca, que igual estaba cocinando algo, y solo cruzo los dedos para que no se despierte con fiebre justo ahora, porque vamos a entrar en su cuarto.

El osito de Pepa estaba en el suelo y su manita colgaba de un lado de su cama extensible. Mientras sean pequeños me gusta que compartan dormitorio y la suya le llega de sobras por el momento, ya le pondré el colchón grande cuando crezca. Me acerqué para arroparla y se dio la vuelta, por lo que aproveché para ponerle a Nilo entre los brazos. Le llama así porque le gustó el nombre del río que me recorrí de cabo a rabo poco antes de ir a buscarla al orfanato. Por Javi no tuve que ir tan lejos, después del período de acogida nadie se interesó por él ni por su labio leporino, y a nosotros nos vino genial. Congeniaron desde el primer día, y hasta hay quien me pregunta si son mis hijos biológicos, lo cierto es que la gente no se fija demasiado en la diversidad de colores de nuestra piel al vernos juntos.  

El cuarto de los juguetes estaba ordenado a conciencia, dejamos a Javi en la trona ocupado con el sonajero mientras Pepa y yo hicimos recuento de filas, para evitar a toda costa que nos quedara algún muñeco fuera del baúl. Los cuentos en la estantería, y los lápices y las pinturas en sus botes, con los papeles y libretas recogidos en el cajón. Encontramos todo en su sitio, y hasta les expliqué en un susurro que estábamos empezando un mural en la pared del fondo. Mis dibujos de línea van rellenándolos los peques a su antojo, y he de reconocer que tienen buena mano para combinar los tonos, a juzgar por las primeras figuras que están terminadas. Eso sí, solo lo hacemos el fin de semana, porque Javi suele acabar literalmente pintado de témperas de los pies a la cabeza. 


El vapor aún ahumaba el espejo del baño debido a la ducha doble, pero por lo demás estaba más o menos colocado. Los juguetes a secar en su red, y las toallas y demás en el cesto de la ropa sucia. Pepa me ayudó recogiendo los peines y cepillos de dientes, y hasta perfumó el ambiente con su agua de colonia después de mudar el pañal de Javi. Estaba consiguiendo regular el ritmo de mi respiración cuando el sonoro ¡CUAC!, nos sobresaltó a todos. El de la mirada socarrona recogió el pato de goma que acababa de pisar, el jefe volvió a fruncir el ceño y yo suspiré decepcionado conmigo mismo. ¡Cómo se me había podido olvidar su patito preferido! Me remangué la camisa para enjuagarlo en el lavabo y dejarlo a secar con el resto del zafarrancho de combate. El pulpo azul me miró compungido, entendiendo lo complicado de mi situación. 

Y lo peor estaba por llegar. Aquella mañana me había levantado antes incluso de lo normal para dejar mi cama hecha y mi cuarto listo, por eso no me digné a revisarlo en esos cinco minutos extra. Lo primero que se ve al abrir la puerta es precisamente la cama, y a Pepa no se le había ocurrido mejor cosa que utilizarla para servirles el té a sus amigos invisibles. Son cuatro, nada menos, y las pastas que cogió de la alacena para ofrecérselas como buena anfitriona dejó un inevitable rastro de migas sobre la colcha, además de algún que otro manchurrón de chocolate, por haberse limpiado sus deditos tras la maniobra. No sé yo si le darían el carnet de manipuladora de alimentos, ahora el de protocolo y etiqueta, seguro, a juzgar por la laboriosa presentación con que agasajó a sus comensales. Ella, Javi, y yo mismo incluidos, porque siete tacitas esperaban a ser rellenadas con el agua tiznada de cacao que utiliza para hacer las veces de infusión, y que únicamente un verdadero milagro había mantenido en el interior de la inestable tetera sin derramar ni una gota. 

El carraspeo del líder puso punto y final a la inspección, a esas alturas de poco valdría que me volviera loco recogiendo aquel desastre. La suerte estaba echada. Los conduje hasta el salón para permitirles deliberar, y los dejé allí para acabar de doblar la dichosa ropa de la secadora, además de así tratar de templar mis alterados nervios. Tampoco es que aquello fuera a ser la muerte de nadie, ¿o sí?, otro escalofrío me recorrió la espalda. Lo que sí me fastidiaba era haberla cagado tan estrepitosamente por confiado. ¡Cómo se me habría olvidado revisar mi dormitorio! ¡Con lo que le gusta a Pepa meterse en mi armario y probarse mi ropa! ¡O imaginar que participa en las olimpiadas, emulando los vídeos de mi admirada Kostadinova, lanzándose al vacío desde la mesilla a la cama infinita! En fin, de nada me sirve ya lamentarme… Irrumpieron en la cocina interrumpiendo mis cavilaciones, y me puse en pie para escuchar el veredicto.


“Habiendo examinado todas las pruebas in situ, y tras haber interrogado a amigos, familiares, e incluso vecinos,” comenzó el jefe con su voz nasal en un tono más bajo de lo acostumbrado, “procedemos a comunicarle”, el usted se lo sacó de la manga para aumentar el rigor de su discurso –y a decir verdad logró acongojarme más de lo que ya estaba–, “que a partir de ahora el certificado oficial de PSTT estará en su poder con todas sus ventajas y obligaciones, por sus más que demostrados méritos propios.” La sonrisa final que acompañó a semejante declaración fue la que logró despertarme de mi aturdimiento. “¿O sea, que lo he conseguido?”, pregunté algo inseguro. “¡Claro, hombre, ya eres uno de los nuestros!”, el socarrón me propinó un buen manotazo en la espalda a modo de felicitación, aunque mis noches de insomnio hubieran preferido que fuera menos entusiasta. “Sin haber cotejado los datos, me atrevería a decir que eres el candidato que mejor nota ha obtenido”, comentó el que envió el mensaje a mi móvil para evitar despertar a los niños con el timbre de la puerta.  

“¿Y PSTT qué significa exactamente?”, me preguntó mi hermana ese domingo en la acostumbrada comida familiar. “Padre Soltero TodoTerreno”, le aclaré mientras limpiaba de espinas el pescado de Pepa al mismo tiempo que le metía una cucharada de compota de frutas a Javi en la boca. Su carcajada me obligó a explicarle que en un principio habían pensado en PSSP (Padre Soltero Sobradamente Preparado), pero no quisieron hacer publicidad de aquel viejo anuncio y finalmente optaron por PSTT. “¿Y qué beneficios te reporta haberlo obtenido?”, insistió con cara de risa y entrecerré los ojos despectivo. “Pues mira, cariño, para que te enteres, somos muy capaces de valernos por nosotros mismos, y por eso hemos montado una organización de ayuda mutua. Claro, hay que estar a la altura de los demás, no vale que seas un inútil y no puedas contribuir recíprocamente en función de las necesidades del resto… ¡de ahí la necesidad de conseguir el imprescindible certificado de aptitud!” “Si me lo traduces igual me entero de algo”, su ironía iba a hacerme perder la compostura de un momento a otro, aunque me contuve delante de los críos. Mis sobrinos tampoco me quitaban el ojo de encima. 

“Tú no lo entiendes porque vives aquí y mamá te queda a tiro de piedra, pero yo estoy solo en la jungla de asfalto, como la llamáis, así que no me queda otra que recurrir a lo que sea. Ahora ya puedo dormir tranquilo, porque si alguno se me pone enfermo y me es imposible pedirle otro día más al jefe sin riesgo de que me despida, los chicos de PSTT me enviarán a alguien para que se haga cargo de ellos… otro padre como yo, vamos, acostumbrado a arreglárselas solito, que esté disponible por estar de vacaciones, o que tenga también a alguno pocho y no le importe hacerse cargo de uno más.” Me miró con cara de alucinada y seguí regocijándome en las perspectivas futuras que se abrían ante mí: “Sí, y también hay un servicio especial de vigilancia nocturna, por si tienes una cena de empresa a la que asistir sin falta; por no hablar del bonus a mayores “amor fase preliminar”, es decir, cuando encuentras pareja y todavía no estás preparado para traértela a casa con todo el lote, te hacen de canguro hasta que se estabilice la cosa…” Mi hermana se acabó el vino de su copa de un solo trago. “Entre nosotros no hay necesidad de explicaciones, es tú un día por mí y yo otro por ti, cariño.” Su cara de envidia me lo decía todo, y mi sonrisa de oreja a oreja a ella también.


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 4 de enero de 2018

El rocambolesco caso de la falsa Cenicienta



“GRAN CENA BAILE”, releyó sin querer por culpa de las enormes letras de molde, y guardó de inmediato las entradas en el bolsillo interior de su americana de terciopelo azul noche, porque se estremeció de nuevo al reparar en el “cotillón incluido” de la frase final. “Con lo bien que estaríamos aquí los tres viendo el especial Resumen del Año del canal de Historia…”, Morris ladeó la cabeza comprensivo emitiendo un sonido gutural y el señor E. suspiró ajustándose los gemelos frente al espejo. No llevaba esmoquin contra su voluntad, por aquello de darle el gusto a C. de estrenar el traje que le regaló por Navidad, con la pajarita y el fajín a juego ligeramente dorados reconoció que estaba a la altura de su elegancia habitual. Así que se despidió de su fiel escudero revolviéndole cariñoso las orejas, mientras el cánido se dejaba hacer complacido. 

El local estaba prácticamente lleno cuando llegaron, C. llevaba parloteando sin parar sobre la excepcional cantante que iba a amenizar la fiesta posterior a la cena. La ahijada del señor E. y su ahora prometido los acompañarían en la mesa que tenían reservada, su compromiso había sido la revelación sorpresa de la pasada Nochebuena. Se casarían el próximo julio y el orgulloso padrino, que también ejercería como tal el día de la boda, sería el encargado de llevarla hasta el altar sustituyendo a su mejor amigo y difunto padre de la novia. El acontecimiento le dio algo en que pensar a nuestro detective particular –ante la ausencia de casos que resolver– y, contra todo pronóstico, salió de él lo de invitarlos en Nochevieja, puesto que tenía en mente atar cabos sueltos que le parecía que iba siendo hora de unir definitivamente.

Acostumbrado ya a la intensa vida social a la que se veía abocado desde que C. formaba parte de la suya –y de la que solo se libraba con una excusa suficientemente contundente como la de estar encamado con fiebre–, ni se inmutó ante el desfile de platos no del todo de su gusto con que los agasajaron, ni con la expectación que levantó entre los comensales la aparición de la conocida intérprete que él pudo apreciar con sus cinco sentidos por primera vez en su hasta hacía bien poco anodina existencia, puesto que tuvo la suerte de que la bella señorita pasara justo por su lado al entrar en el salón cantando entre las mesas en dirección al escenario. También se vio obligado a hacer gala de su caballerosidad innata, al recogerle el chal que se le enganchó en la esquina de su mesa, cosa que ella le agradeció acariciándole la mejilla sin dejar de deleitar al auditorio con su prodigiosa voz. 

La ahijada del señor E. tuvo que llevarse la mano a la boca para no soltar una carcajada, viendo a su padrino poniendo cara de circunstancias ante el revuelo que se montó entre el público por el intrascendente flirteo de la cantante, que demostró sus tablas al resolver la situación sacando provecho de un casual incidente. Del resto de comensales, consiguió arrancar los primeros vítores al terminar su canción en la improvisada tarima que servía de escenario, y del hombre que tuvo tal galantería con ella, que ya no le quitara la vista de encima, intrigado como estaba por saber si entre su repertorio habría algún otro tema que mereciera tanto la pena como el "Blue Velvet" con el que comenzó su actuación. Le dio la razón a su querido C. sobre las tan cacareadas virtudes de la chica, y se alegró de que gracias a ello la velada no se le haría demasiado pesada.


Nunca entendió eso de quedarse despierto hasta medianoche para tomar las doce uvas al unísono de las doce campanadas. De hecho jamás había conseguido lograr tal hazaña, puesto que de niño en el aviso previo de los cuartos se quedaba observando su plato decidiendo cuál sería la elegida para dar el pistoletazo de salida a la desenfrenada lucha contrarreloj, indeciso entre la que le parecía más esférica, o aquella que por su forma ovalada más se asemejaba a la órbita de la luna. Y cuando por fin optaba por coger una sin mirar, para comprobar enseguida cuál había preferido el azar que fuera la escogida, ya escuchaba gritar a su alrededor eso tan absurdo de “¡Feliz Año Nuevo!”, como si el resto del tiempo no se pudiera desear lo mismo. Si por él fuera, en lugar de su cortés “¡Buenos días!”, todas las mañanas diría al encontrarse con algún vecino de camino a la escuela –o incluso en la actualidad cuando saca a Morris a horas intempestivas para que haga sus necesidades antes de ir al trabajo–: “¡Feliz Nuevo Día!”

Por ese motivo, se puso un tanto nervioso cuando les trajeron las copas de cava y los cuencos con las dichosas uvas. Recordó que el año anterior, sin ir más lejos, se había enterado de que había comenzado 2017 por el jaleo de los vecinos, puesto que Morris y él estaban viendo un interesantísimo documental que no quiso poner a grabar cuando le entró sueño a eso de las once y media, de lo contrario a esas horas ya estaría durmiendo a pierna suelta con su pijama de rayas. Sin embargo, nadie pareció percatarse de su incomodidad, achacándolo a la histeria colectiva con la que se vivían aquellos minutos finales, como si no fuera a haber mañana, pensó para sí mismo, sorprendiéndose de las contradicciones intrínsecas a la naturaleza humana, puesto que todos eran adultos y ya habían vivido situaciones semejantes en el pasado. Pero eso es en definitiva lo que le atrae de los demás, la capacidad que tienen para asombrarlo a diario y no dejar de aprender algo nuevo sobre sus congéneres.

No haremos una reconstrucción de su infructuosa –por no decir desastrosa– tentativa de dar cuenta de su cuenco de fruta al son de las campanadas, entre otras cosas porque el desencadenante de los posteriores acontecimientos sucedió nada más empezar el Año Nuevo. El repentino apagón arrancó gritos de pánico real y simulado entre el auditorio que seguía las instrucciones de la cantante para proceder a comer las uvas, al mismo tiempo que los miembros de la banda reproducían el sonido del reloj de manera tan original que hacían las delicias de todos los presentes. Jamás habían asistido a una representación semejante, ni tan lograda, y la absoluta oscuridad en la que se sumió el inmenso salón comedor –ahora dispuesto para el baile– no formaba parte del espectáculo. Como se oyó claramente asegurar a algún encargado del local a viva voz, visto que la luz parecía hacerse de rogar para regresar a calmar los soliviantados ánimos. “Si esto llega a pasar en la Nochevieja del 99 más de uno se muere del susto pensando que lo del fin del mundo era verdad…”, comentó irónico el prometido de la ahijada del señor E. y, justo a continuación, los “Ahhh” de alivio instantáneos una vez que todos recuperaron la visión, se vieron ahogados en el acto por los “¡AHHH!” de horror al reparar en el macabro espectáculo que ofrecía el escenario.


El señor E. se levantó de su asiento raudo y veloz para aproximarse lo más posible de la escena del crimen, pero hete aquí que un hombre más bajo y fornido que él se le plantó delante pisoteando sin rubor el charco de sangre en el que yacía uno de los zapatos de tacón de la cantante. “¡Todo el mundo quieto en donde está!”, clamó haciendo chirriar el micrófono para desgracia de los tímpanos de los oyentes, “¡Soy policía, y desde este momento tomo el mando de la situación!” Haciendo un estropicio de paso, pensó el señor E. a su lado, asistiendo impotente a cómo manoseaba el bastón de sujeción del micro para separarlo de su base, recogiendo el zapato sin guantes ni nada y acercándose a uno de los encargados del establecimiento. “¡Cierren todas las salidas! ¡No quiero que nadie salga ni entre del establecimiento hasta que el asunto esté aclarado!” ¿Y por qué lo dice a través del micrófono, para que el autor de los hechos obtenga ventaja y se escabulla antes de que echen el cerrojo?, volvió a menear la cabeza nuestro peculiar investigador sin dar crédito al despropósito del que estaba siendo testigo. 

“¡Y usted vuelva a su sitio! ¡Despéjeme la escena del crimen, que tengo que avisar a la científica!” El señor E. obedeció en el acto, pero porque ya había visto suficiente como  para empezar a darle vueltas en la cabeza al impactante caso que se le presentó sin previo aviso, y en tan memorable noche. C. lo asió del brazo ansioso y él le dijo que tenía que ir al baño. “Pero, ¡¿tiene que ser ahora?! ¿No ves que ese bruto es capaz de pegarte un tiro si te descubre saliendo de su campo de visión?” El policía lucía su arma enfundada sobre su a-punto-de-saltársele-los-botones camisa blanca, como si con ello quisiera intimidar al personal que iba indicando que se acercara de manera ordenada a su posición estratégica, a fin de realizar un sucinto interrogatorio inicial para ir descartando gente. 

Sobrepasado en número como se veía, entre las mesas más próximas al escenario había mandado que los camareros le ampliaran el espacio para poner a todo el mundo en fila, aunque como ellos también estaban entre los sospechosos le pareció apropiado tener su pistola más a mano para curarse en salud –la suya, por descontado, la del que encañonara no lo tenemos tan claro dado su sospechoso estado de semiembriaguez–. “¿Campo de visión? Me alegro de que vayas aprendiendo la jerga que utilizo yo”, apreció el señor E. orgulloso de su novio, y añadió en voz baja a propósito de tamaña falta de etiqueta –por aquello de no faltarle al respeto al policía en mangas de camisa más que con alguien de su entera confianza–, “Consolémonos con que de esa guisa nos ahorra a nosotros tener que soportar su espantosa chaqueta de confección esperpéntica en el nuestro.”

Ni que decir tiene que ambos se dirigieron juntos a los aseos, C. entusiasmado con que su novio lo considerara digno de ayuda en su emocionante investigación. No obstante, como no estaba familiarizado con sus métodos como sí lo está Morris, le chistó cuando se pasó de largo el pasillo que conducía al baño de caballeros. El señor E. se giró para advertirle con un gesto que guardara silencio, C. lo siguió con el alma en un puño al ver que se acercaban a una zona restringida al público, que contaba con varias dependencias sin duda destinadas a oficinas, donde al parecer habían improvisado un camerino para la estrella invitada y su banda. La adrenalina le golpeaba las sienes, inexperto como era en esas lides, ante el inminente peligro que intuía en la escrutadora mirada de su amado. Tanto se enfervorizó su sangre, que cuando estaban a punto de alcanzar su objetivo, el “¡Policía! ¡Alto o disparo!” casi le provoca un infarto, mientras que a su lado el señor E. se resignó a subir los brazos en señal de rendición, pese a que su sonrisa de satisfacción contrastaba bastante con la situación a la que tenían que  hacer frente. El par de agentes debidamente uniformados que les apuntaban con sendas 9 mm. parabellum procedieron a su detención, esposándolos con hirientes bridas de plástico, y les leyeron sus derechos entre los gimoteos del pobre C., quien por primera vez en su vida se veía conducido a comisaría sin tener ni idea de qué delito había cometido. “Si ni siquiera me han puesto ni una triste multa de tráfico”, se lamentaba al agente que le pareció que hacía de poli bueno, porque la cara de pocos amigos de su compañero no le inspiraba tanta confianza, aquel era el que hacía de malo, seguro.


El comprimido efervescente se deshacía lentamente en el vaso a medio llenar que tenía encima de su escritorio el comisario de policía. “¿Sabía usted que la velocidad con la que se disuelve depende de la cantidad de sodio que contenga el agua decantada?” “¡Peláez, haga el favor de traerme un descafeinado!” “¿Para tomar con la aspirina, jefe?” “¡Peláez, coj…! ¡Quieres traerme el café de una puta vez!” Pasando por alto su erudita intervención, el comisario intentó sin demasiado éxito moderar su lenguaje delante del rostro inescrutable del señor E. Aquel tipo lo tenía algo mosca, su sangre fría le daba mala espina, sin embargo, tenía que reconocer que su corrección a la hora de expresarse le generaba una extraña confianza, vamos, que se le hacía cuesta arriba tratarlo con la rudeza habitual que utilizaría con cualquier otro delincuente. Al que había sido detenido con él sí que le daría un par de tortas para que dejara de lloriquear, la maldita jaqueca iba a hacerle estallar la cabeza de un momento a otro, y como no pusiera fin a su molesta llantina inmediatamente lo que iba a conseguir era que le reventara la cara, en su mente, claro, él es de los que considera que la violencia policial debe ceñirse únicamente a la de carácter verbal, la física solo consigue darle mala imagen al cuerpo.

Peláez le trajo el café enseguida y él se tomó su tiempo para echarle el azúcar y revolver antes de retomar el diálogo con el sujeto que centraba su atención. El par de agentes que los detuvieron informaron de que estaban merodeando por la parte trasera del escenario, lo que quizás indicaba que eran los asesinos que volvían a la escena del crimen. A decir verdad, al comisario no le cuadraba demasiado todo aquel jaleo que se había montado por un poco de sangre y un zapato. Además, Bermúdez no estaba de servicio e igual iba algo cargado cuando llamó a la central pidiendo refuerzos, lo conoce bien y sabe que se le va la pinza. Ese con tal de hacerse el héroe es capaz de tratar a una anciana acusada de robar un tomate en el mercado como si fuera culpable de asesinato, pensó ensimismado. Y tampoco había cadáver, por lo tanto no se podía hablar ni de homicidio siquiera. En fin, que la noche iba a ser larga de coj…, volvió a morderse la lengua mentalmente de tanto que le imponía tener delante al señor E. Le dio un sorbo al descafeinado y se la escaldó, recordó al instante que su madre le diría que era un castigo merecido por malhablado y optó por tomar el analgésico para paliar en algo el efecto de la quemazón.

“¿Y dice usted que iba en dirección al camerino de la cantante en busca de pruebas?”, le preguntó al señor E., que distraído observaba los recortes de prensa enmarcados que rellenaban las paredes. C., asustado ante la demora en contestar, le dio un suave codazo para traerlo de vuelta y el comisario agradeció que por fin cesara su molesto lagrimeo. “Por supuesto, señor comisario,” se apresuró a responder el interpelado haciendo gala de su facilidad para hacer dos cosas a la vez, “en realidad no hay caso, podríamos decir que el supuesto crimen pasional se ha quedado en arrebato nada más.” El comisario pestañeó incrédulo ante la amable sonrisa del avezado detective amateur. “Podría hacer el favor de explicarse”, consiguió decir haciendo acopio de toda su buena educación, esa que yacía olvidada en su subconsciente, pero que indudablemente su madre se esforzó por que adquiriera de niño. “Oh, será un placer, señor comisario, sólo se lo comento por si le parece razón suficiente para que sus agentes dejen de perder el tiempo interrogando a ciudadanos inocentes, cuando a estas alturas imagino que la señorita desaparecida –que tuvo a bien amenizarnos la velada de manera exquisita tras nuestra copiosa cena– y su novio u/o amante deben de haber puesto punto final al momento de evasión pasional que decidieron tomarse durante el intervalo de la caída de tensión que propició el apagón general.”

“¿Y usted cómo ha llegado a semejante conclusión, si puede saberse?”, el comisario y C. lo miraban con idéntica expresión de desconcierto. “Con el debido respeto, señor comisario, me gustaría ponerlo al corriente de que el agente que decidió ponerse al frente de la investigación no protegió la escena del crimen como es debido, de hecho pisoteó la sangría que derramó el joven que tocaba la batería en el frenesí por abalanzarse sobre su amada para llevarla en brazos al camerino. Al aproximarme al escenario el inconfundible olor a vino me alertó de que aquella mancha no podía ser sangre, y el zapato que quedó como prueba de la prisa que tenían por aprovechar la interrupción del espectáculo me lleva a creer que tal vez fuera algo premeditado por el joven músico, puesto que –junto a las baquetas que yacían en el suelo bajo los platillos– también había unos alicates con mango de plástico de esos típicos que utilizan los electricistas profesionales. Ante tal descubrimiento, como podrá comprender –creo no errar al afirmar que usted mismo haría lo mismo si estuviera en mi lugar–, desobedecí expresamente la orden que su agente nos dio de no abandonar el salón, con el único afán de verificar mi teoría, por supuesto. Y sus otros dos agentes llegaron a tiempo de encontrarnos in fraganti, cuando en realidad ya me disponía a regresar a nuestros asientos, tras comprobar que de la puerta del camerino de la cantante procedían sonidos inequívocos de que, además de poseer unas cuerdas vocales envidiables, gozaba de inmejorable salud cuando la dejamos, es de suponer que disfrutando entre los brazos de su amado, a juzgar por sus reiteradas expresiones de placentero júbilo.”


El comisario se había ruborizado hasta las cejas al asistir a semejante declaración, viéndose incapaz de corregirle ni una coma, descolgó el teléfono para soltar toda una serie de improperios que preferimos no reproducir por no forzar más la escasa tolerancia hacia el lenguaje soez propia del señor E., pero que en definitiva tenían por objetivo desmontar el operativo desplegado en el establecimiento en cuestión, que continuaba mermando agentes mucho más necesarios en otros puntos calientes de la ciudad que en aquel lujoso salón de baile. En el que, por otra parte, los asistentes todavía no se habían recuperado de la impresión al ver reaparecer a la presuntamente asesinada con otro atuendo completamente diferente a fin de justificar su larga ausencia. Ni que decir tiene que, entre medias, Bermúdez recibió una considerable reprimenda a voz en grito por parte de su jefe, además de una sanción por pasarse de listo, y que tanto C. como el señor E. fueron puestos en libertad sin cargos de inmediato, con el consiguiente ofrecimiento hacia este último de que si podía hacer algo por él no dudara en comunicárselo.

“Lo cierto es que sí”, no dudó ni un segundo el señor E. en tomarle la palabra a su  sinceramente agradecido interlocutor, el comisario aguantó la respiración esperando un tanto inquieto qué sería lo que aquel hombre de admirable inteligencia y extraño comportamiento le pediría, y expiró mucho más tranquilo ante su: “Ya que estoy aquí, si no le supone demasiado inconveniente, tengo curiosidad por ver los calabozos.” “¡Ramírez!” clamó al punto poniéndose en pié satisfecho, “Acompañe a estos caballeros a los calabozos, pero de visita, eh, que son… ¡cómo rayos se dice…! VIPs de esos…” “¡Ahora mismo, señor comisario!”, respondió la joven agente cuadrándose ante su jefe, pero este ya no vio su disciplinario gesto, ocupado como estaba abriendo otro informe que esperaba paciente su lectura sobre la mesa, contento de haber resuelto la papeleta más rápido de lo que contaba.

“¿Y tú eres…?”, le preguntó la agente Ramírez de modo más informal a C. en vista de su juventud. “Su-su novio,” titubeó el aludido sin haberse recuperado del susto, “pero conmigo no cuentes para la visita al calabozo… mejor te espero fuera”, continuó dirigiéndose ya al señor E., y este asintió algo afligido. No porque pretendiera que C. lo acompañara ni mucho menos, conociendo su delicadeza de espíritu, sino porque al final con la emoción ante el inesperado caso no había podido llevar a cabo sus planes. La chica lo observó entrecerrando los ojos y él carraspeó antes de admitir: “En realidad a estas alturas me hubiera gustado que le respondiera que es mi prometido, no obstante, he de admitir que estadísticamente hablando tampoco estoy seguro al cien por ciento de que fuera a darme el sí.” C. casi se desmaya por segunda vez en una misma noche, aunque esta vez en lugar de por un amago de infarto porque el corazón iba a salírsele del pecho tras escuchar aquello. Su desmesurada sonrisa insufló esperanzas en su abatido pretendiente, y este sacó la caja del anillo hincando la rodilla en el suelo allí mismo.   

El “¡Sí quiero!” resonó por los pasillos semivacíos y la agente Ramírez enjugó alguna lágrima menos que el exultante C. a quien le corrían por las mejillas de nuevo, aunque en esta ocasión de pura felicidad. Al señor E. se le quedó la sonrisa congelada durante su interesante visita a los susodichos calabozos, su guía aprovechó para interrogarlo a respecto del caso ya denominado de la falsa Cenicienta y él colmaba su curiosidad respondiéndole encantado sin que se le escapara ni un solo detalle de su recorrido, ni dejara de pensar en ningún momento en el halagüeño futuro que le esperaba junto a su esposo en ciernes, haciendo gala con ello de que no es una leyenda urbana que los hombres capaces de hacer dos –e incluso tres– cosas a la vez existen, son ejemplares escasos, eso sí. Al mismo tiempo, a las puertas de la comisaría, su ahijada acosaba a preguntas a C. sobre cuándo, cómo y de qué manera tendría lugar el sorpresivo enlace. Mientras su prometido sopesaba quilates comparando anillos, reconociendo que el señor E. se había rascado el bolsillo bastante más que él.   


jueves, 28 de diciembre de 2017

La fiesta



Extendí la sombra de ojos con pericia, harta de hacerlo con las demás a estas alturas podría pintármelos con los dos cerrados, y no apenas uno para confirmar que el gris perla de mis párpados combina a la perfección con el tono asalmonado de mi conjunto. ¿Vestirme de verano yo en pleno invierno? ¡Ni loca! La falda de tablas de tejido aterciopelado hasta media pierna es bien calentita para las bajas temperaturas que me esperan afuera, y el jersey de angora oversize de idéntico color es de una suavidad pasmosa. El abrigo fino negro y las sandalias serán mi única concesión incoherente con la estación del año en la que estamos, por aquello de que Sara y Mónica no me miren raro si aparezco con mis gastadas botas militares y mi grueso chaquetón de borreguillo.

Sí, mis amigas irán de vestidito de tirantes tiritando, procurando disimular el castañeteo de sus dientes llevándose su bebida a la boca. En conclusión, ellas estarán borrachas mucho antes del amanecer, y yo me aburriré como una ostra mientras hago de canguro para que no les pase nada. El día menos pensado me escaqueo y paso de salir en Añoviejo, con la de fines de semana que podemos hacerlo, ¿para qué gastar más en una sola noche que en todas las del resto del año juntas? No, no exagero, que no bebo alcohol y nunca nos cobran por entrar en ningún sitio, salvo en Fin de Año, claro, que se aprovechan y no solo la entrada, sino también las consumiciones nos salen por un ojo de la cara. 

Los míos están perfectos, ahora que los veo, retoco los labios con una pizca de brillo y le grito a mi hermano que ya estoy lista, guardando el gloss en la ridícula cartera de mano  que solo uso en ocasiones como esta. Desde que se ha echado novia él siempre tiene prisa, yo ninguna, hasta me apetecería quedarme en el sofá dormitando entre papá y mamá, si no fuera porque sé que acabarán viendo uno de esos insufribles programas de relleno. ¡Con la de películas interesantes que dan en otros canales!, pero no, ellos erre que erre con los refritos de canciones horripilantes. En fin, que me resigno a dejarme arrastrar por los gustos ajenos. “¿Vas a ir con esa pinta?”, ni me digno en responderle y me coloco un mechón suelto de mis trenzas en el espejo del ascensor. “¡Pareces una colegiala!”, insiste y suspiro. “¿Pintada como una puerta?”, digo por no estar callada, a sabiendas de que la mayoría van incluso más exageradas que yo, ¡y de día! “Solo te falta subirte la falda dándole vueltas a la cinturilla…”

“¿Lo dices por experiencia?”, le pregunto sarcástica recordándole su etapa tímida en el colegio al que íbamos, de uniforme, por supuesto, cuando ni se atrevía a levantar la vista de sus mocasines en el pasillo, por si se encontraba de frente con la chica que le gustaba. “¿Dónde dices que tengo que dejarte?”, cambió de tema para zanjar el asunto en vista de que no le convenía el giro que estaba tomando la conversación. Le di las señas del apartamento de la fiesta privada, unos amigos de Mónica la habían invitado y ella no se cortó a la hora de pedir si podíamos acompañarla. En realidad sentía curiosidad por saber qué se cocinaba en el ático del lujoso edificio frente al que me bajé del coche de mi hermano. Le deseé suerte y me sonrió nervioso, va a declarársele a Virginia y a mí me hace tanta ilusión como a él, siempre fue un cortado y por una vez osa llevar la iniciativa, se le nota a leguas que la adora. 


A mí en cambio mis amigas van a matarme, llego con más de una hora de retraso, se suponía que tomaríamos las uvas juntas, pero me dio pereza. Ahora me dará más encontrármelas eufóricas y desenfrenadas, y yo que pasé de brindar con champán para evitar el dolor de cabeza… un sorbo es suficiente para provocarme jaqueca. El chico que está soltando juramentos en el vestíbulo me llamó la atención, no había nadie más alrededor y entendí que hablaba solo. Carraspeé para que notara mi presencia y se giró en redondo sorprendido. No dijo nada, me miró de arriba abajo con el ceño fruncido y me pareció que no le desagradó lo que veía, pero no podría jurarlo, como él sí hizo al exclamar: “¡Hostia!” Yo opté por no ponerme a la altura de sus improperios.

“¿Al ático?”, le pregunté pulsando el botón después de que me permitiera entrar a mí primero. “No, suelo alquilar el esmoquin para bajar la basura…” Pestañeé incrédula y se sonrojó, cosa que me causó todavía mejor impresión que su inusitado sarcasmo. “El cava me juega malas pasadas, me desata la lengua,” se disculpó de inmediato, “siento haber resultado grosero desde abajo.” Ya íbamos por el segundo piso de los 38 restantes, me acerqué sonriendo para restarle importancia a su comentario. “¿Puedo?”, le pregunté poniéndome de puntillas para alcanzar su pajarita deshecha, supuse que la principal responsable de su malhumorado desatino. Asintió mirándome a los ojos reticente, ruborizándose de nuevo, y ese detalle acabó por hacerme bajar la guardia. La vulnerabilidad está infravalorada hoy en día, y me encanta verificar que todavía hay personas que la conservan intacta. 

A veces me ocurre en el trabajo, muy de cuando en cuando, entre las modelos que maquillo a diario –casi niñas en su mayoría–, me topo con una chica en la que advierto idéntica reserva, que manifiesta poniéndose colorada ante mi abrupta intromisión en su espacio vital. El ritmo apremia y en ocasiones ni tiempo me da a presentarme, aparezco de repente ante ellas con mi maletín, verificando el croquis que me han dado, y radiografío sus facciones con mirada profesional sin pararme a saludar primero. Suelo sonreírles, por aquello de restar violencia a la premura que me exigen, pero sin poner mi alma en ello e imagino que pareceré más bien gélida, porque necesito acabar rápido y pasar a la siguiente en cuestión de minutos. Es primordial para que no haya retrasos. Sin embargo, como en este caso no es así, me aproximo despacio y le digo algo que no es que me lo haya inventado, es que lo tomo prestado de un diálogo de una escena de esas que se me quedan grabadas, esa del tópico de “suelo hacérsela a mi padre”, cuando la realidad es que las he tenido que anudar a millares en el backstage, a maniquíes tan altos y muchísimo más guapos que él. 

“Creí que esto solo pasaba en las películas”, comenté tras el inesperado frenazo en seco, causante de que nuestros cuerpos chocaran uno contra el otro. Disculpó tartamudeando su repentina mano en mi trasero, tratando de recobrar la verticalidad perdida con el apagón, en lugar de apretarla alrededor de mis nalgas para verificar su consistencia. Otro punto a su favor, pensé observando divertida cómo se intensificaba el color de sus mejillas al volver la luz. “¿Crees que estaremos encerrados mucho rato?”, reprimí una carcajada ante el punto de histeria que rayaba en su voz, tras descubrir que la alarma no funcionaba y estábamos parados entre la planta 25 y la 26. Me miró sospechando lo que pensaba. “No tengo miedo,” su mirada lo corroboraba y me intrigó conocer a qué era debido su nerviosismo, “es que vine aquí de rebote…” Le hice un gesto para que tomáramos asiento, no estaba segura de si aquello iría para largo, o si desde fuera se darían cuenta de que estábamos allí metidos y enviarían a alguien a rescatarnos, pero lo que era indiscutible es que los tacones me estaban matando. Al verme descalza sonrió imitándome, alegando que sus zapatos le resultaban igual de incómodos que a mí mis sandalias. “¡La falta de costumbre!”, exclamamos al unísono y nos dio la risa. 

Entrecerré los ojos y entendió qué deseaba saber. “Vengo por compromiso, mi cuñado es el mejor amigo del que da la fiesta, me envía a mí para cubrir su ausencia porque ayer nació mi sobrino, pero en cuanto pueda me largo pitando al hospital. ¿Quieres verlo? Dicen que se parece a mí…” Metió la mano en su americana antes de que pudiera responderle y sacó la billetera, para mi sorpresa, no su teléfono. Me enseñó una foto en blanco y negro, de revelado casero, y advertí manchas de ácido en sus uñas. “Siempre hay quien le encuentra el parecido a un recién nacido para quedar bien, pero en tu caso es cierto, ha heredado el flequillo de su tío…” Sonrió de oreja a oreja, obviando por completo la irónica manera de meterme con sus prematuras entradas, y la ternura que reflejaba su mirada me conmovió. “Y también he de decir que eres más amante de lo vintage que yo, que debo de ser de las pocas que todavía llevo fotos impresas en la cartera.” “¡Déjame verlas!”, y no pude negarme ante su expresión de felicidad. Nos echamos unas risas con mi pequeña yo, junto a mis mucho más jóvenes padres, y a mi hermano de adolescente.


Hasta que afirmó convencido: “Es una lástima que no nos hubiéramos conocido entonces, siempre me gustaron las niñas con trenzas.” Colocó evitando mi mirada el mechón que se resistió a quedarse en una de ellas, y tuve que ser yo quien le obligara a mirarme a los ojos. Nuestros labios ya no tuvieron tanto reparo en conocerse con mayor profundidad, y jadeante eché mano de mi bolsito desesperada por encontrar lo que llevaba allí guardado desde no recordaba cuándo. Blandí mi tesoro ante su asombrado rostro, y tragó saliva. “¿Me creerás si te digo que no sé en que año caducó?”, le dije tratando de que no creyera que es algo a lo que estoy habituada. “¿Y tú a mí si te digo que hace más de uno que no…?” El sofoco ante tanta sinceridad me obligó a desprenderme de mi abrigo. “¡Espera! No te quites nada más, como en aquella vieja película” Asentí sonriendo emocionada, recordaba la escena a la perfección, mejor vestidos, al menos ella lo prefería así para evitar malentendidos, y me senté sobre sus largas piernas ayudándole a ponerse el preservativo apretando los párpados, por aquello de no estropear el momento de confidencialidad a nuestras respectivas pieles.

Jamás lo había hecho antes en un ascensor, ni en la primera cita con ningún chico, para cuanto más a los diez minutos de habernos presentado. Y lo peor de todo era que ni siquiera nos habíamos presentado, pero por una vez, no sé decir muy bien por qué, no me importó en absoluto empezar la casa por el tejado. “¿Te llamas?”, conseguí gemir. “Guille…llermo, ¿túúú…?” Mi “Lucíííaaa”, sonó unas cuantas octavas por encima de lo necesario, pero él lo repitió incluso más alto que yo. Su nombre en cambio se lo susurré al oído cuando enterró su cabeza en mi jersey. “¿Te sonará muy extraño si te pregunto si lo lavas con Perlán?”, y nuestras carcajadas nos hicieron estremecer por lo que movían a su vez, hasta que nos dimos cuenta de que había algo más en movimiento. “¡Estamos bajando!”, exclamamos de nuevo a un tiempo. Y nos alegramos de no tener demasiadas prendas que hacer volver a su sitio antes de que las puertas se abrieran de par en par en el vestíbulo. 

Sus pantalones lucían tan perfectos como mi abrigo, y no entendimos la cara de risa del par de individuos engominados con pinta de mafiosos que nos encontramos de frente. Un vistazo de reojo en el espejo me lo explicó, mi gloss anaranjado adornaba más el cuello de su camisa que mis labios emborronados, y sus rizos alborotados disimulaban sus incipientes entradas. Le hice un gesto para que viera qué pinta de sexo reciente teníamos, y me cogió de la mano al grito de “¡Corre!”. En la calle no paramos de reírnos hasta que detuvimos nuestra errática carrera al quedarnos sin aliento. Lo recuperamos con otro beso de esos que saben a poco, y me sugirió que pasáramos de la fiesta y nos fuéramos a un garito que conocía. 

“Uno de esos en los que ponen películas antiguas en lugar de música, y se puede charlar o disfrutar del cine con letras mayúsculas.” “¿Cómo de antiguas?”, quise saber suspicaz. Su zapateo sobre el asfalto al estilo de Fred Astaire en Melodías de Broadway 1940 me lo dejó claro, y le di la réplica emulando a Eleanor Powell, feliz de que el vuelo de mi falda estuviera a la altura de la diva, pese a que mis pasos de baile ya no tanto. “¿Sabes que tienes muchas papeletas para ser el hombre de mi vida?”, afirmé más que preguntar y sonrió tan enternecido como cuando me habló de su sobrino. No dijo nada, cogió de nuevo mi mano para conducirme a aquel paraíso nocturno, pero lo detuve al alzar el brazo para pedir un taxi. “Creo que antes podíamos hacer una parada en el hospital”, le sugerí expectante. Sus ojos brillaron tanto como la madrugada estrellada al decirme: “¿Sabes que tú las tienes todas para ser la madre de mis hijos?”


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 21 de diciembre de 2017

La vendedora de cerillas


Un frío amanecer plomizo es testigo de su carrera, la prisa por alcanzar la parada no se explica porque llegue con retraso, sino por su desesperación por ahogar la ansiedad que lo corroe. Los minutos pasan demasiado lentos, incrementando su ritmo cardíaco hasta límites insospechados. Pero todo llega, el bus antes de lo acostumbrado esa mañana. Le reconforta saber que madrugar tiene sentido, y su vida parece cobrarlo durante el entrecortado trayecto en dirección a la oficina, donde todavía conserva un precario empleo que apenas le alcanza para subsistir.

El tijeretazo a su salario, justificado por la ley marcial del jefe, no supuso una disminución de su jornada, por lo que no puede buscarse otra alternativa para compensar, ni dejar el que tiene por si no encuentra nada mejor. Se resigna a base de recortes. Primero fue prescindir de su diminuto apartamento de un solo cuarto interior, a continuación reducir gastos de lo prescindible de lo imprescindible, y seguir apretándose el cinturón hasta que se quedó sin agujeros y se vio obligado aumentar alguna cosa haciéndole más. Desde su cuarto de la pensión más barata que encontró bien podría ir andando a trabajar si se levantara todavía más temprano, pero ahorrarse el desayuno en la cafetería de enfrente tiene sus ventajas, y prefiere no caminar con el estómago vacío para aguantar más tiempo sin comer nada. 


A media mañana se toma el vasito de café de la máquina del descansillo, le sale más barato que en cualquier otro sitio, pese a saber peor que en ninguno. De paso mata el gusanillo hasta mediodía llevándose algo caliente a la boca, y también es el único momento de vida social del que dispone. En realidad sus compañeros lo ignoran por completo, pero allí de pie junto a su corrillo de charlas se siente acompañado, casi igual que cuando el bus va lleno. Ellos salen a comer fuera, continuando sus conversaciones interrumpidas. Él se trae la comida de casa. A lo sumo un sándwich de pan duro con embutido de oferta del súper, alguna fruta pasada, y con suerte un yogur, si es que le hicieron descuento por estar a punto de caducar. A veces se pregunta si solo le bajaron el sueldo a él por ser el único extranjero, o es que al resto no les afecta tanto la crisis al contar también con el de sus parejas.    

Es tan pobre que no puede permitirse tener amigos. Ni salir a cenar, ni al cine, ni hacer nada que conlleve cualquier tipo de desembolso por nimio que sea, para cuanto más invitar, como tanto se estila, para su desgracia. Tampoco es que disponga de alguno para hacerlo, pero esperaba que sus colegas le hicieran algo más de caso. El de la mesa de enfrente se dirige a él en contadas ocasiones. “¿Qué código de acceso le has puesto a los dosieres del mes pasado?” “Akhmatova65” “¡Caramba! ¿De dónde te sacas semejantes contraseñas?” “Es una de las grandes poetas de mi país” “¿Y el número?” “El año en que mereció obtener el Nobel de literatura” “¿De dónde me dijiste que eras?” “De Ucrania” “Eso es… perdona que se me olvide siempre, ya ves, me falla la memoria.” Y continuó redactando su informe con una hierática sonrisa, poniendo punto final a toda la interacción. Con suerte hablará de nuevo con él la semana siguiente, o el mes próximo, dependiendo de cuándo necesite volver a consultar los archivos.

¿Crees que nos espera algo más allá de esta rutinaria esclavitud?, le pregunta él mentalmente. El otro ni parpadea ante su pantalla. Sí, tienes razón, ¿quién sabe lo que nos deparará la muerte? Más frío del que siento no, por favor, piensa ya para sí mismo. Y se concentra en teclear más rápido para hacerse el valiente. La sopa boba y la soledad de su cuarto es lo único que precederá a la oscuridad de la noche. Un libro de la biblioteca mitigará su amargura durante un par de horas, antes de caer rendido en un profundo sueño sin sueños. No obstante, tiene que reconocer que algo comenzó a cambiar. Sí. Lo nota en su interior. Aunque todavía no se atreva a ponerle nombre. El de ella también lo desconoce.


Los fines de semana son como las autopistas alemanas, monótonos e interminables. Aprovecha para adecentar sus dos trajes para espaciar al máximo la inevitable visita a la tintorería. Las camisas las lava a mano en el lavabo de su dormitorio y lucen espléndidas, un poco desgastadas por cuellos y puños, es cierto. Sus corbatas al menos vuelven a estar de moda. Las tonalidades grises de su vestuario se confunden con la de su piel desde que sigue la dieta forzosa. Eso del hombre gris lo inventaron por mí, admite observando su reflejo en la ventanilla del autobús. Recién afeitado se le nota menos, pero como lo hace en días alternos, en el que le toca ahorrar en cosméticos su rostro envejece a ojos vista. Sus iris de un azul desvaído tampoco ayudan a alegrar el conjunto. Da con todo le dijo la dependienta, y ese fue el motivo por el que se compró todo del mismo color. 

Es lunes y les toca su conductor preferido, ese que los deleita sintonizando Radio Clásica, es famoso ya, algunos pasajeros le comentan cosas sobre ello entre felicitaciones. Él no, no es de los que se acerca a alguien si no se lo han presentado previamente. Se entretiene verificando si han bajado las temperaturas, el hielo en los bordes de la acera le preocupa. ¿Y si se ha resfriado? Su corazón da una nueva vuelta de tuerca, trastabillando le anda desde que sonó el despertador. Hoy hace cinco semanas, constata al ver la fecha en el móvil del que está leyendo las noticias enlatadas hombro con hombro. La décima de Mahler le da esperanzas. Para él la música es incluso mejor anestesia que la literatura. Y, como por arte de magia, el autobús se convierte en un oasis de paz en la aridez hiriente de la gran ciudad. Es lo que más echa en falta de su país. Tocar el violín que tuvo que vender para poder emigrar, y escuchar más a menudo a sus compositores favoritos por doquier. Su radio no le quedó más remedio que empeñarla el mes pasado. Un día de estos enviará un correo desde la oficina para pedir algo en “Música a la carta”, por aquello de darle las gracias al melómano que lo lleva al trabajo esa mañana.


Siguiente parada. Cruza los dedos. ¿Viene? Sí. Ahí viene. Su pecho palpita al vislumbrarla desde donde está, a su gorro en realidad, por lo bajita que es, allí afuera en la fila. La primera vez que la vio le llamó la atención por la cantidad de ropa que llevaba encima. Él espanta el frío con un fino abrigo raído. Pero lo de ella le pareció exagerado. Casi no se le veía la cara bajo la bufanda. Se sacó un grueso guante para pagar y lo entendió. Su temblorosa mano aterida no acertaba con el cambio. De una finura y delicadeza exquisita, reparó entonces en el resto de su fisionomía. De rostro afilado y cuello esbelto, sus estilizados miembros se movían al compás con estudiada elegancia. Es bailarina, se dijo al verla caminar hacia él. Con los auriculares puestos, se deshizo del montón de lana para poder respirar, pasó por su lado en dirección a la puerta trasera. Tres paradas más y se bajó. Una antes que yo, sube una después. Ni falta le hizo memorizarlo.

La escena se repitió a diario casi sin variación durante tres semanas, salvo por el diverso colorido de sus capas de cebolla. Él era el que permanecía igual. Absorto al verla desfilar ante sus ojos. Sus miradas se cruzaron en alguna ocasión, por eso el cuarto lunes se obró el milagro. Le pareció intuir una sutil curvatura en la comisura de sus labios, que finalmente se convirtió en plena exhibición de dientes bien alineados. Sí, le sonreía a él. Un anónimo rostro conocido a fuerza de tanta vista, cuya expresión destilaba semejante tristeza que inspiraba compasión. Y al día siguiente también, y al otro... y, sucedió. Sin más. Del mismo modo que cuando reconoce los primeros acordes de una de sus melodías preferidas, y se ilusiona ante lo que le depara el futuro inmediato. Como ese instante fugaz en el que un fósforo se rasca y prende, extinguiéndose en el acto, en milésimas de segundo. Esa efímera sonrisa de cortesía que le insufla un ápice de calor a su atribulado espíritu. No es de extrañar entonces que la haya bautizado como la vendedora de cerillas. 

by Eva Loureiro Vilarelhe         


jueves, 14 de diciembre de 2017

Ojos de resaca



Nacer en diciembre es un marrón. Sí, os lo digo por experiencia. No por eso de la fusión de regalos –como escuché decir el otro día–, que hay quien aprovecha y ya te da todo junto, el de Navidad y el de tu cumpleaños, y al final siempre acabas recibiendo menos. No. Eso quizás me importaba algo de pequeña, por aquello de que a mi hermano siempre le tocaba prácticamente lo mismo que a mí y no me parecía justo. Ahora paso. Casi tanto como de las comidas familiares y todo el buen rollo que se supone que estamos obligados a experimentar en estas fechas. ¡Cómo si el resto del tiempo no tuviéramos que acordarnos de lo pesados que se ponen nuestros cuñados! En fin. Que es un marrón, os lo juro. Porque en el fondo te da un bajón doble, uno por el porrón de años que se te van echando encima, y otro por la llegada de esos días de celebración en los que siempre echas en falta a alguien –un abuelo, una tía especial para ti– y lamentas no poder intercambiarlos por alguno de los familiares que te sobran en la mesa. 

Lo peor de todo es si coincide en viernes o al día siguiente no tienes que madrugar, porque ya no puedes evitar acabar pasándote de la raya, saliendo hasta las tantas para olvidarte del ingente número de velas de tu tarta y de que no queda nada ya para Nochebuena, y despertarte con un desconocido en tu cama al que ni siquiera recuerdas. Sí. Eso fue lo que me encontré esta mañana, bueno, mejor dicho, casi este mediodía. Despegué los párpados a duras penas maldiciéndome por haberme dejado las persianas abiertas y por poco me da un ataque al sentir un brazo peludo sobre mi estómago. ¿¡Cómo ha llegado esto aquí!?, me pregunté tratando de recordar si había tenido que echar mano a la navaja que llevo en el bolso. Una simple precaución de mujer independiente, aunque mi hermano se encargó de que supiera utilizarla desde que empezamos a ir de marcha por separado. Pero no, todo indicaba que no había participado en ninguna carnicería, el brazo estaba unido a un cuerpo desnudo que emitía evidentes indicios de estar profundamente dormido. 

Es decir, que los ronquidos del individuo en cuestión fueron los que me impidieron seguir durmiendo hasta media tarde. Levanté la sábana para verificar mi grado de embriaguez cuando me lo traje a casa, es decir, si era un verdadero adefesio es que iba fatal. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir a todo un Adonis, sin depilar, eso sí, pero aún encima bien dotado. ¡Y yo no me acuerdo ni de su cara, maldita sea! Fui directa a la ducha refunfuñando, además de preguntándome cómo habría acabado un bellezón de semejante calibre conmigo. Borracho, seguro, pero muy ciego tenía que ir para caer tan bajo… Bajo el agua casi me muero del susto al verlo aparecer en pelotas, porque sin sábana encima todavía estaba más macizo. Entró como si fuera lo más normal del mundo y me metió la lengua hasta la garganta a modo de buenos días. Siguió refrescándome la memoria sobre lo que hicimos, o mejor dicho, convenciéndome para hacerme abstemia a partir de ahora, porque me arrepentiré toda mi vida de no tener ni idea de lo que pasó de madrugada.


“Tienes una piel supersuave”, fue todo lo que me dijo al cerrar el grifo, el suyo porque el otro me costó lo suyo lograr que dejara de desperdiciar agua. “Eso se arregla apretando con una llave Stillson, cómo se nota que vives sola… no te preocupes, en cuanto desayunemos le pongo remedio.” El gordo de Navidad, me cayó a mí y todavía no estamos a 22, pensé hipnotizada por sus iris verdes. Yo lo miraba con ojos de resaca, o de perro apaleado, que viene siendo lo mismo. Recordé la frase de Machado de Assis, sobre Capitu y sus "olhos de ressaca", pero de la del mar, en Dom Casmurro. Nada que ver con los míos, aunque en ese momento me encantaría que tuvieran el poder de atraerlo irremediablemente, de la misma manera que lo estaban haciendo los suyos conmigo.

Mis tripas hicieron eco y me sonrojé como una tonta, me acarició la mejilla dejándome embobada con su sonrisa de anuncio, hasta que se me cayó el alma al suelo. ¡La nevera está pelada, voy a quedar fatal! Pero no. Mi ángel salvador me llevó en brazos a la cocina envuelta en la toalla, me sentó sobre la mesa para que mis pies descalzos reposaran en la silla en lugar de coger frío sobre las baldosas. Y por arte de magia empezó a sacar del frigorífico huevos, jamón, tomate, fruta, yogures y demás, para preparar un brunch en toda regla. Si incluso notaba el ambiente caldeado y todo, y no precisamente por mis sofocos premenopáusicos, alguien se había molestado en encender la calefacción y no había sido yo. 

Estoy soñando, me dije observándolo incrédula moverse entre los fogones y mis alacenas como si llevara haciéndolo toda la vida. Pues no quiero despertarme, y el lunes falto al trabajo si hace falta, me encierro aquí con él y no me importa si acabamos muriendo de inanición, que pienso seguir resarciéndome del hambre atrasada que tengo hasta dejarlo en los huesos. Debió de leerme el pensamiento, porque después de devorar todo lo que preparó hasta rebañar el plato, siguió chupando mis dedos como prolegómeno de lo que vino a continuación, mientras yo me esforzaba por recordar qué deseo había pedido al soplar las velas. ¿Acaso fue que se arreglaran todos mis problemas? ¡Solo falta que me diga que vendrá conmigo a casa de mis padres en Nochebuena! Pero es demasiado bonito para ser cierto, no es posible que me concedan que por una vez no tenga que escuchar la misma cantinela de siempre sobre mi mala suerte para echarme novio.      


De madrugada me desperté aturdida. Tenía sed y noté el estómago vacío. No me extraña, con tanto trajín… Me giré hacia él, pero su lado de la cama estaba frío. Encendí la luz en el acto. Ni rastro de su presencia en mi dormitorio. Su ropa ya no estaba tirada por el suelo y me levanté para comprobar si se había marchado. Había desaparecido del mismo modo que había aparecido, como por arte de magia. ¿Habría sido un sueño? No. Todavía me costaba mantener las piernas cerradas sin sentir calambres. En el fregadero estaban los platos y las cazuelas sin fregar de todo lo que cocinó para mí, y en la mesilla de noche la caja de preservativos vacía. Abracé mi almohada desesperada. Entonces se me encendió la bombilla, y corrí a buscar mi bolso. El móvil se había quedado sin batería, así que tardaría en saber si me había dado su número. Buscando el cargador en el cajón de la entrada, un sobre llamó mi atención. 

“Querida María: 
Este es nuestro regalo de cumpleaños con intereses, es decir, hemos decidido compensarte por todos los años que nos escaqueamos de darte nada porque ya teníamos bastante con pensar en algo para el amigo invisible. Así que puedes tomártelo como que tus amigas se han vuelto invisibles para que tuvieras la cita perfecta. La compra la hizo Sonia, yo me encargué de buscar a Mario y de dejarle mi copia de tus llaves para que la llevara a tu apartamento. Me las devolverá, no te preocupes, que todavía tiene que venir a cobrar… 
                 Te quiero mucho, 
                                         Laura 
P.D.: Como no nos cuentes con pelos y señales todo lo que te hizo no volveremos a dirigirte la palabra.” 


by Eva Loureiro Vilarelhe