jueves, 15 de febrero de 2018

(sobre)vivo







Enciendo la radio para conseguir dormir
escucho el parte de los males ajenos
que no empequeñecen el mío.
Las voces distantes me arrullan
y sueño con un mundo de gigantes
en el que tampoco encajo,
tratando de olvidar los amo y quiero
que antaño sucedían al te.
La enorme taza del amargo brebaje
me da náuseas, pero bebo cortés,
cual Alicia ante el Sombrerero Loco.
––Tu corazón es grande ––me dicen.
Lo agito incrédula junto a mi oído,
llorando porque suena a roto.
Mis lágrimas jamás llegarán al mar,
solo salarán la tierra que piso.
He de proseguir mi camino sola,
me despido con la vista fija
en el horizonte el ocaso del futuro
y mi errar titubeante desde que (sobre)vivo
sin noticias de ti.





by Eva Loureiro Vilarelhe




jueves, 8 de febrero de 2018

Un marido calientapiés


NUEVA OLA DE FRÍO POLAR, leo el titular de la portada del periódico del señor que sorbe ruidosamente su cortado, sentado a mi lado en la barra del bar. Se me escapa un suspiro y agradezco que sea algo duro de oído, porque ni levanta la vista pasando de página tan concentrado como si leyera a Tolstoi. ¿Nueva?, me pregunto sin dar crédito a lo que se ven obligados a publicar los periodistas para ganarse el jornal, ¿cuándo se ha acabado la anterior? Porque yo no me he enterado, la verdad… si arrastro este catarro desde inicios de año, y tengo la nariz como un pimiento. ¡Eso es, estoy hasta las mismísimas de tanto moco!

La tele está puesta y hacen una pausa en el comadreo de los tertulianos para avanzar las noticias del mediodía. El descenso de las temperaturas parece acaparar toda la atención mediática, y los bustos parlantes adornan paisajes nevados de cuento, u oleajes dignos de una película de esas de desastres naturales. Un escalofrío me recorre la espalda al fijarme en las máximas previstas para la próxima semana. No, si al final va a tener razón mi madre con eso de que “¡Tienes que echarte novio ya!” Porque el suplicio de que baje el termómetro se convierte en auténtico pánico cuando va siendo hora de meterme en la cama. Suelo remolonear viendo algún capítulo atrasado de mis series favoritas, o adelantando páginas en los libros que se me amontonan junto a la butaca. Hasta que los párpados se me cierran, y el reloj reitera lo que ya sé. 

No me queda otra que madrugar, por lo que hace un buen rato que debería estar roncando a pierna suelta. Pero no habrá manera, eso es lo peor, las gélidas sábanas me espabilan al instante, y por mucho que dé vueltas y más vueltas, soy incapaz de conciliar el sueño mientras no entre en calor. Es en noches así cuando echo de menos a Fran. Porque me pegaba a él como una lapa y me quedaba dormida enseguida, no por otra cosa, la verdad, que el muy capullo… bueno, será mejor no envenenarme la sangre recordando lo que me hizo. “Un marido calientapiés es lo que necesitas,” la voz de mamá resuena diáfana en mi mente insomne de madrugada, “pero no uno cualquiera, uno como tu padre, de los que son un horno y puedes dormir con él casi sin nada encima.” 

Lo cierto es que preferí no imaginármelos desnudos. Al fin y al cabo son mis padres, y soy consciente de que si estoy aquí es porque ellos… aunque me da cosa pensar en ello, como a todo hijo de vecino. Es una tontería, sí, porque en realidad es la mejor manera de entrar en calor. Aunque esos días en los que estás reventada –o con la regla que viene siendo lo mismo– y lo único que deseas es llegar a casa y ponerte en posición horizontal cubierta por una nube de edredones, es una maravilla que alguien esté dispuesto a meterse antes que tú para que encuentres el nido calentito. La gloria debe ser algo así, me digo viendo imágenes de carreteras cortadas por la nieve y gente atrapada en sus coches. El infierno está en el polo Norte, no bajo tierra, ¿a quién se le habrá ocurrido semejante tontería? Yo estaría encantada si apenas necesitara usar un taparrabos, ¡menuda tontería de condena! Llevar un sinfín de prendas de ropa encima, eso sí que es una agonía… ¡Por favor, si a la pobre reportera se le ha congelado hasta la sonrisa! 


A mí también va congelárseme algo, pero va a ser el sueldo como no vuelva a la oficina de una vez. Pago y suspiro de nuevo, resignándome a que el efecto del café con leche calentito se me pase nada más poner un pie en la calle. Y también a que en cama sólo me espere la vieja bolsa de agua caliente que usaba la abuela, en lugar de un buen mozo, como diría ella. De camino a mi mesa me desprendo de más de la mitad de mi volumen corporal hasta alcanzar mi suéter de angora y mi blusa de manga larga –repito tantas veces a lo largo del día la cansina liturgia de quitarme los guantes, la bufanda, el abrigo, la chaqueta y el jersey grueso, que lo hago inconscientemente–, por eso me sorprendo al toparme con Fernando justo delante, blandiendo sonriente un informe, ¡en mangas de camisa y remangado! Mis brazos están desbordados y le pido que sea tan amable de acercármelo él, a lo que accede encantado –meneando el rabo, según Puri, mi única amiga y confidente en el trabajo–, y dándome conversación sin venir mucho a cuento. 

Un día tendré que aceptarle la invitación a cenar, quién sabe, igual es tan simpático como parece… siempre le doy largas, no me hace gracia liarme con un compañero, la verdad, porque si sale mal tendré que lamentarlo a diario. No sé, no sé… es un encanto, sí, y eso me gusta, además de que tiene unas manos bonitas y cuidadas, y Puri dice que también un cuerpazo, que ella lo vio un fin de semana por ahí en vaqueros y camiseta. En ese instante caigo en la cuenta bendiciendo los consejos de mi madre, ¿cómo se las arreglan para tener siempre razón con lo pesadas que son? Es un misterio que no me preocupo por resolver –pletórica ante mi Epifanía particular–, y sonrío de oreja a oreja. 

Él debió de pensar que fue por algo que dijo –ni idea, lo juro, ni oía lo que me estaba diciendo– y ensanchó su sonrisa desmesuradamente. “¿En serio? ¿Mañana puedes?” Antes de asentir le cogí el informe que venía a entregarme, aprovechando para rozarle los dedos, y entonces afirmé convencida: “¡Claro!”, sin saber qué era a lo que accedía exactamente. “Cena y cine”, me aclaró enseguida, creo que sin acabar de creerse que por fin le dijera que sí. Volví a asentir sin decir nada, en mi mente sólo me veía feliz, ya me importaba un bledo si después aquello no funcionaba… ¡Todo sea por pasar la semana más fría del año en brazos de un hombre-horno!   


by Eva Loureiro Vilarelhe


* Este relato se lo dedico mi querida compañera de letras Isabel Caballero (alias Tara), para demostrarle que nuestras “conversaciones” dan mucho de sí ;)


jueves, 1 de febrero de 2018

Mi pequeño elefante



Completamente desnuda contonea las caderas de camino al baño. Sus sinuosos movimientos me recuerdan aquella famosa canción de la banda sonora de Mancini para ¡Hatari! ¡Qué fácil resulta hacerla feliz! Mi espada láser estuvo increíble anoche. ¡Y es realmente increíble que ella siga teniendo ese culo a estas alturas! ¡Después de los partos, y a su edad! A la mía, si la fuerza me acompaña, igual hasta sigo dándole candela en la ducha…

Dos ninja salidos de la nada se abalanzan sobre mí cogiéndome por sorpresa. Al grito de “¡Buenos días, papi!”, me inmovilizan haciéndome sentir que los cuarenta y tantos pasan factura. No soy capaz ni de zafarme del pequeño, como para considerar siquiera levantar al mayor estilo avioneta lista para el despegue. De reojo vigilo ese trasero en pompa del que ya puedo despedirme. “¡¿Pero si el día no se ha despertado todavía, qué hacéis vosotros levantados?!”, los increpo haciéndoles cosquillas. “¡De vuelta a la cama, ahora mismo!” Sus carcajadas me indican el poco caso que me hacen, tengo que reconocer que mi autoridad brilla por su ausencia.

Me resigno a no poder continuar con mi hazaña nocturna, mi pequeño elefante ha recuperado su cómoda posición fetal. Con suerte esta noche se duermen tan rápido como ayer y nos lo montamos en el salón y todo. Que mis calzoncillos vuelvan a dar señales de vida con sólo imaginármelo atrae la atención de uno de ellos, y me pongo en pie de un salto para disimular, con el ánimo renovado por completo. ¡Estoy hecho un chaval!, me digo antes de notar el pinchazo en el lumbago. Bueno, con achaques, admito culpando a los excesos entre las sábanas. Hoy mismo empiezo en el gimnasio o estos dos me muelen a palos en un par de telediarios. Consigo convencerlos para que nos esperen calentitos en nuestra cama. Por ella también debo ponerme en forma, y me afeito admirando de medio lado su atractiva figura. Un par de cortes sin importancia merecen la pena, está cañón desde que se apuntó al Zumba ese con sus amigas. ¡Y esta noche cae otra vez, eso seguro!, le sonrío pícaro tarareando la pegadiza melodía cuando me pide la toalla. 


by Eva Loureiro Vilarelhe 





jueves, 25 de enero de 2018

¡Pim, pam, pum!


Al filo del mediodía, las campanadas llaman a misa de doce y los parroquianos se apresuran hacia la iglesia. El viento aúlla por los callejones, en la plaza el sol invernal aprieta. Los hombres se calan el sombrero para que no se les vuele, las mujeres se ajustan el pañuelo y se cubren la vista por culpa del polvo. El aire viene frío, al atardecer será gélido, pero es domingo y deben acudir a su obligada cita con el párroco.

En lo alto del campanario una siniestra silueta se perfila, nadie mira, nadie quiere ver lo que se avecina. La primera bala silba imperceptible entre el tañer de las campanas. El primer cuerpo cae inerte, nadie se detiene. La escasa media docena de críos espera en el banco lateral tras asistir al catecismo, salvo una niña demasiado pequeña que observa inquieta el abatido rostro de su madre. Ahora entiende la prisa por llegar antes de lo acostumbrado. O eso parece indicar su inteligente mirada. 

Antes de cerrar las puertas, tres disparos más hacen eco en el silencio manso de la capilla. Cabezas gachas, vista al suelo, niños que prosiguen con sus cuchicheos hasta que el sacerdote aparece y todos se ponen en pie. “En este recóndito pueblo tan alejado de la mano de Dios…”, el consabido sermón no sorprende a ninguno de los feligreses. Salvo a la niña, que incauta le pregunta en voz baja: “Pero si nuestra montaña casi roza el cielo, mamá, ¿no estaremos más cerca?” La acalla con un gesto, atemorizada de que alguien más la haya oído. 

Y, angustiada, reza. Reza porque la vieja mula no se les muera antes de la primavera. Reza porque su niña sobreviva al descenso en plena noche. Reza porque no descubran sus intenciones antes de su huida. Reza porque el alma inocente de su marido las proteja también desde poco más arriba de lo que están. Por todo esto y mucho más, le reza a su Dios misericordioso. No al vengador, del que apostata. 

Del mismo modo que renegó su esposo en paz descanse. O el joven cura que vino a sustituir a Don Anselmo. Uno abatido en la plaza. El otro despeñado a pocos metros de la aldea de camino al arzobispado, junto a la carta denunciadora de los impíos desmanes que se producen en aquel lugar. “El Señor tendrá la última palabra en el Juicio Final”, la voz amplificada desde el púlpito indica que el nuevo no comparte sus mismos escrúpulos, e intenta mantener a raya la repugnancia que le provoca. 

A la salida se apresuran por regresar a casa, solo los niños rezagados se atreven a jugar en la plaza. “¡Pim, pam, pum!”, gritan entre risas girando en la rueda y se echan al suelo imitando la posición de los cadáveres. Sus madres los llaman desde las ventanas y enseguida cierran las contras. La niña se gira y le tira del brazo para que no mire. ¿Quién de ellos será el próximo ángel exterminador?, se pregunta sabiendo que eso de tomarse la justicia por su mano es costumbre hecha ley. Por aquello de dar ejemplo, hasta la noche no se podrá recoger los cuerpos. Para entonces los cuervos ya habrán dado buena cuenta de sus ojos. 

by Eva Loureiro Vilarelhe


jueves, 18 de enero de 2018

El golpe perfecto


Supongo que los nervios me jugaron una mala pasada al final, de ahí que no me saliera redondo, pero rocé la perfección, de eso estoy bien orgullosa. Me inspiré en la saga de Danny Ocean, él y su cuadrilla sí que lo logran siempre, incluso cuando parece que las cosas van a torcerse salen airosos del paso. No sé cuántas veces habré visto la trilogía, y no porque salga Brad Pitt, ni mucho menos el viejales de Clooney, esos le van más a mi madre, o a mi hermana, algo que no entiendo, porque están los dos mayorcitos que no veas. Mamá me dice que debería ver la versión de Frank Sinatra y Dean Martin, y que tampoco tienen ni punto de comparación con El golpe. Se puso tan pesada con el tema que al final le llamé así a mi plan: el golpe perfecto. Porque lo cierto es que me llevó lo suyo llevarlo a cabo.

Mi hermana es cuatro años mayor que yo, ya va a la universidad y apenas la vemos. Vuelve a casa casi exclusivamente en vacaciones, o algún fin de semana que haya puente, porque se ha echado novio y prefiere quedarse con él todo lo que puede. A mí no me parecería tan mal sino fuera porque también se lleva toda su ropa y no puedo cogerle nada prestado. Aunque a decir verdad siempre se enfada si me pongo algo suyo. Mamá dice que salió a la familia de papá, por eso está más lisa que una tabla. Yo a mis catorce no tengo que usar pañuelos de papel para rellenar el sujetador, como hacen mis compañeras del instituto. Por eso se pone como una loca si le uso sus camisetas. “¡Es que me las estira! ¿No lo veis?”, les grita a mis padres pidiéndoles dinero para comprarse otras nuevas. Lo peor de todo es que se lo dan, y así me quedo yo con las suyas usadas y sin ninguna para estrenar. 

En el fondo me lo merezco, que conste, pero es que no puedo evitarlo, ella tiene mucho estilo para vestirse y yo ninguno. Cuando voy con mi madre a comprar no tengo ni idea de lo que me puede sentar bien o no, si me lleva ella vuelvo siendo otra. Hace magia la muy puñetera. O tiene clase, como dice el pelma de su mejor amigo. Robbie es gay y sabe vestirse igual que mi hermana, como si fueran a estar en el front row de la semana de la moda de Nueva York. ¡Les tengo una envidia a los dos! Él no es que me caiga mal, lo que pasa es que habla por los codos y acabo estresada cuando viene a casa. Ahora que la ve tan poco es aún peor, no se calla hasta que no la ha puesto al día de todos sus rollos. ¡Pero si ya se los has contado por teléfono, pesado!, me dan ganas de gritarle. Lo bueno es que así me enteré de dónde escondía mamá la llave.

No se preocuparon de que estuviera yo delante, siguieron a lo suyo cuando aparecí en la cocina para prepararme un sándwich y se le escapó sin querer. “¡Eso es tan estúpido como guardar la llave de un cajón en el de abajo, Roberto!”, le soltó medio enfadada, porque a veces discuten por tonterías y ella lo llama por su nombre de verdad, porque sabe que le fastidia. A punto estuvo de escapárseme un ¡anda!, pero me contuve. Aunque mi sonrisa se ensanchó de tal manera que Robbie le dijo todo ofendido: “¿Y esta idiota de qué se ríe?” Mi hermana se encogió de hombros metiéndose un par de patatas fritas en la boca. “Ya sabes, está en la edad del pavo…” Ambos soltaron un par de risitas tontas, y yo me fui a merendar al salón. Después soy yo a la que toman por una cría, pensé escuchándolos parlotear totalmente reconciliados.

Encendí la televisión por inercia, sin embargo ni siquiera miré para la pantalla. En mi mente solo veía el objeto de mi deseo. En Navidad papá le regaló a mamá un jersey de mohair rojo de manga corta. Alucinante viniendo de él, que siempre le compra la primera tontería que encuentra. Esa vez una dependienta de los grandes almacenes tuvo la amabilidad de ayudarle, imagino que la comisión que se embolsaría por semejante venta le serviría de estímulo. Porque es de esos caros, caros. Y precioso. Se me caía la baba al pensar en poder ponérmelo yo, aunque a quien se le dejó probar fue a mi hermana. En ese momento vi claramente que a mí me quedaría perfecto, puesto que tengo la misma delantera que mi madre, y aun encima no se notaría que se lo cogí prestado.

El problema vino cuando lo guardó en su cómoda. Tiene una muy antigua de madera noble en su dormitorio, de esas en las que el primer cajón tiene cerradura. De pequeña recuerdo haber visto la llave puesta, una gruesa de hierro con forma de nubes o cómo sea que se llamen los adornos que tiene en la parte de arriba. En cuanto crecí la sacó, y nunca supe en dónde la metía hasta ahora. Tampoco se me ocurrió investigar, la verdad, porque no tenía demasiado interés en saber lo que guardaba allí dentro. Ropa interior, supuse, y poco más. Aunque al verla dejar el jersey fuera de mi alcance, empecé a creer que igual escondía algo más que prefería que no supiera. ¿Mi hermana lo sabría? Ella estaba enterada de dónde tenía la llave, así que me entró curiosidad por descubrir qué era lo que me ocultaban. A mí sola, porque papá seguro que estaba al tanto.


Aquella tarde empecé a darle vueltas, y esa misma noche volví a ver Ocean´s Eleven para inspirarme. Esperé a que se acabaran las vacaciones mientras pulía mi estratagema.   Con mi hermana fuera resultaría más sencillo, así que me armé de paciencia. Mi madre es enfermera y apunta sus turnos en el calendario de la alacena. La primera tarde que tuvo que trabajar entre semana me colé en su cuarto al venir de clase de inglés para buscar la llave, papá todavía no había llegado de trabajar y fui corriendo a hacer una copia antes de que regresara. Fui lista, la encontré enseguida y no me paré a abrir el cajón en ese momento. De lo contrario me habría pillado, porque en cuanto la coloqué en su sitio lo escuché saludarme desde la entrada. La mía la escondí en mi hucha. Ellos no lo saben, pero tiene truco y se abre el orificio de abajo. Lo justo para sacar una moneda, que es lo que hago cuando ya no me queda nada de la paga para comprarme alguna golosina. 

Sí, también me las tienen tasadas con el cuento de que uso corrector. Bueno, la verdad es que ahora ya no me da por ahí… desde que conocí a Mario solo quiero que se fije en mí, y sé que creerá que soy una niñata si me ve comiendo chucherías. Es por él por quien me emperré en ponerme el jersey. El sábado quedamos todos para pasar la tarde juntos. Una de mis amigas está saliendo con uno de sus amigos y sería la oportunidad ideal para conseguir que me haga caso si me ve con el jersey entallado. Mi hermana me regaló una falda negra ajustada estupenda para combinarla con él. A mis padres no les hizo gracia verme con ella puesta, dijeron que me hacía mayor. Ella puso los ojos en blanco y yo me eché a llorar cuando mamá zanjó el asunto diciendo que tendría que supervisar con qué me la ponía antes de salir de casa. 

Es una injusticia esto de no ser mayor ni pequeña. Mi hermana tiene un morro que se lo pisa, hace lo que le da la gana y no le dicen nada. En cambio a mí me regañan por esto y por lo otro. Día sí, día también. Me dice que tenga paciencia, que ella también pasó por lo mismo, pero no me lo creo. Yo al menos no me acuerdo de eso. De lo que sí me acordé fue de devolver la llave a su sitio exactamente igual que estaba, y de entrar descalza. Porque las alfombras de lana de su cuarto son traicioneras, mamá siempre se entera de si entro por las huellas de mis pisadas. Esta vez no me cazó, porque a la mañana siguiente no me dijo nada durante el desayuno. Eso me dio ánimos para seguir adelante. El viernes tenía doble turno, papá estaría viendo la tele y no se enteraría de nada. Para cuando mamá volviera a casa el sábado por la noche, su jersey ya estaría bien dobladito en su sitio.  

Lo que sí calculé fue muy bien los tiempos, hice un esquema y todo. Tendría que venirme antes de lo normal, por si el bus se retrasaba y llegaba más tarde de lo previsto. No me importaba, si Mario se fijaba en mí igual hasta venía él a acompañarme para que no volviera sola. Al sentarme en el sofá junto a mi padre el corazón me latía a mil por hora. Me preguntó si quería palomitas y se extrañó de que me sobresaltara. “¿Estás muy pálida? ¿Te ocurre algo, cariño?” Negué con la cabeza, incapaz de responderle y me metí un buen puñado en la boca para disimular. En realidad se me estaba haciendo cuesta arriba engañarlos de aquella manera. Ellos confían en mí, y son buenos conmigo. Recordar que mamá no me dejaría ni en broma estrenar mi falda al día siguiente, me obligó a cambiar de opinión y estarme calladita. Su jersey estaba escondido en el altillo de mi armario dentro de un bolso que me regalaron mis amigas y tampoco me deja usar. 

Tenía pensado salir con la ropa escondida en él. Si papá de casualidad se fijaba y me preguntaba a dónde lo llevaba, le mentiría diciéndole que iba a prestárselo a Sofía. Es la que mejor le cae, así que estaba segura de que no me pondría pegas. Estuvimos viendo una película de esas de tiros que tanto le gustan hasta tarde, por lo que me desperté pasadas las once y me fui directa a la ducha. Pensaba lavarme el pelo y alisármelo, que es como dice mi hermana que me queda mejor. Aunque como tenía hambre primero quise desayunar, con la melena húmeda recogida en una toalla. Al llegar a la cocina creí que estaba soñando, bueno, mejor dicho, pensé que aquello era una pesadilla. Mi madre me dio los buenos días, dormilona, sonriendo de oreja a oreja. “¡Ni que hubieras visto un fantasma, hija!”, exclamó mi padre, “Lleva así de pálida desde anoche, será mejor que le tomes la temperatura a ver si va a tener fiebre.”


Mi madre se acercó a ponerme la mano en la frente. “¡Uy! Tienes razón, está ardiendo, lo siento mucho, no podrás salir así, vas a tener que quedarte en casa…” “Pe-pero si no me pasa nada, mamá, de verdad”, balbuceé mirándola incapaz de contener las lágrimas. “¿No me engañas?” “¡Que no, mamá, jolin!” “¿Y no tienes algo que contarnos?” En ese instante me di cuenta de que me estaban tomando el pelo. Sí, mojado y todo. ¿Cómo se habrían enterado? ¡Si estaba completamente segura de no haber cometido ningún fallo! No sé qué me dio más rabia, si saber que ya no podría impresionar a Mario, o que me hubieran pillado como a una principiante. Porque mira que había visto veces esas películas, y me había asegurado de no dejar ni rastro de mis maquinaciones. “¿Hija? Estamos esperando una respuesta…”, insistió mi padre con cara de risa y me dejé caer en mi silla enfurruñada. “¿Qué he hecho mal, si puede saberse?”

“Para empezar no confiar en nosotros” me reprochó mamá y resoplé preparándome para uno de sus sermones, “¡Mírame cuando te hablo, Clara!” Obedecí a regañadientes y me puse triste al ver sus ojos húmedos. “¿Sabes que si me lo hubieras pedido te lo habría dejado poner encantada? ¡Y con la falda, por supuesto! ¡A mí también me gustaban los chicos a tu edad, qué te crees!” Papá carraspeó incómodo y mi madre puso especial énfasis en su siguiente frase, “¡Tu padre el que más, claro!” No sé si fue por lo falso que sonó aquello que los tres estallamos en carcajadas. Pero en cuanto pude parar de reír me puse a llorar y me lancé al cuello de mi madre pidiéndole perdón. Ella me llenó de besos como hacía cuando era pequeña, y por una vez me dejé hacer sin protestar porque sé lo mucho que lo echa de menos.  

“¿Tú no tenías guardia hasta esta noche?”, le pregunté sentada en su regazo. Así le llevo casi una cabeza y tuve que mirar hacia abajo para verle la cara, noté sus esfuerzos por aguantar con mi peso y le acaricié la mejilla. Hay que ver lo que son capaces de hacer por sentirme cerca, papá todavía me lleva al caballito si se lo pido. Aunque sólo se lo digo cuando estoy segura de que no nos verá nadie, como cuando nos vamos a dar un paseo de los largos montaña arriba. “Y tú deberías ver El golpe, así evitarías dejar cabos sueltos…” “¿Qué fue lo que me delató?”, le pregunté ansiosa. “Tu edad”, respondió sonriendo y puse los ojos en blanco. “¡Mamá, por favor!”, protesté. “Olvidarte la copia de la llave encima de tu mesilla de noche, boba”, intervino papá entre risas. 

Y así fue como estrené falda y jersey rojo esa misma tarde. Con permiso, aprobación paterna y materna, e incluso un poco de rímel de propina tras prometer no volver a hacer nada parecido, además de soportar un maratón de cine antiguo todo el domingo. Mereció la pena, la verdad, al final no estoy segura de si Mario se fijó en mí, el que sí lo hizo fue otro de sus amigos que me cayó genial, no será tan guapo como él, pero es más divertido. Mis padres me hicieron comprender que si pido las cosas por favor, conseguiré muchas más de las que podría imaginar. Además de que me encanta que todavía me mimen como antes y vengan a arroparme cuando me quedo dormida, aunque yo no me entere, porque papá así se enteró de lo que andaba tramando y avisó a mamá para que pidiera un cambio de turno. Porque mi hermana y yo somos lo más importante del mundo. Mucho más que el trabajo, el dinero, o que cualquier otra cosa. Me quitaron un peso de encima, la verdad, porque se me estaba haciendo muy cuesta arriba mentirles. Y sí, mi golpe fue perfecto, puesto que gracias a mi plan me di cuenta de que ellos tres son lo más importante para mí. 

by Eva Loureiro Vilarelhe


jueves, 11 de enero de 2018

Uno de los nuestros



Agradecí los cinco minutos de retraso con los que me obsequiaron, los justos para darme tiempo a hacer una última ronda a fin de cerciorarme de que todo estaba en regla. Eso esperaba, al menos, tragué saliva antes de dirigirme a abrir la puerta. No llamaron, me llegó un mensaje con un escueto: “Estamos arriba”, y noté el sudor frío empapándome la frente. Usé una toallita para adecentarme, debía estar lo más presentable posible y preferí evitar humedecer las mangas de mi camisa de franela. Revisé mi aspecto en el espejo de la entrada, constaté que estaba un poco más pálido de lo habitual, lo lógico dadas las circunstancias, y no me dio la impresión de tener nada fuera de lugar de cintura para arriba. 

“Nos han abierto el portal,” alegó uno de ellos en voz baja, “mejor así, ¿no crees? Íbamos a contactarte por el móvil de todas todas”. El que tomé por el líder desde el principio se limitó a hacerme un ademán con la cabeza a modo de saludo. Les pregunté si querían tomar algo y me chistaron para que permaneciera en silencio. Entonces él sacó un pequeño cuaderno y un bolígrafo del bolsillo, dando por sentado que irían al grano. “Nada de preámbulos, entiendo”, se me escapó con los nervios, y su mirada amenazadora me obligó a tragarme mis palabras. Cállate, imbécil, que te la vas a cargar, me dije forzando una sonrisa. Mi mueca debió resultar grotesca porque el tercero me sonrió divertido, con aire socarrón, sentí de nuevo la pegajosa humedad en mi rostro.

El jefe me observó detenidamente durante un buen rato, apuntó algo en su bloc de notas después de soltar un par de bufidos. Escruté su expresión en busca de un significado, pero sería incapaz de decir si era de aprobación o no. Su rictus severo no me daba muchas esperanzas, la verdad, y la mancha de tomate que advertí en mis pantalones tampoco, porque enseguida frunció el ceño indicándome que guiara la comitiva. De camino a la cocina pasó un dedo por el aparador del recibidor, y recordé a mi madre cuando venía a verme a mi piso de estudiante. Un escalofrío me recorrió la espalda, menos mal que había limpiado el polvo el día anterior… Lo que no tuve fue demasiado margen para recoger las cosas antes de que llegaran, los platos y cuencos de la cena todavía estaban en el fregadero, la mesa lista, eso sí, aunque con un par de montoncitos de camisetas, bodies, y pijamas doblados, porque todavía estaba organizando la ropa de la colada y dejé la cesta con la seca sobre una de las sillas. En la terraza había tendido la mojada, y el tambor entreabierto permitía comprobar que la siguiente lavadora esperaba lista para ser programada.    


Me fijé en que algunas páginas estaban ya escritas y que simplemente ponía cruces o rayas en los cuadraditos destinados a tal efecto. El salón estaba intacto desde la víspera, Javi se tiró gran parte de la papilla por encima, tuve que prepararle otro cuenco, y Pepa prefirió hacernos compañía mientras lo bañaba otra vez en lugar de ver un poco los dibujos antes de acostarlos. Ella se quedó frita enseguida, ya estaba cansada cuando la recogí del colegio, pero a él me costó lo mío conseguir dejarlo en su cuna. Unos cuantos paseos por toda la casa cantándole el himno del Barça –y eso que yo soy de su eterno rival, pero es el único que me sé–, mientras miraba el reloj desesperado porque la hora señalada se aproximaba y el crío no se quedaba dormido ni a tiros. La chica de la guardería me dijo que estaba un poco pasado de rosca, que igual estaba cocinando algo, y solo cruzo los dedos para que no se despierte con fiebre justo ahora, porque vamos a entrar en su cuarto.

El osito de Pepa estaba en el suelo y su manita colgaba de un lado de su cama extensible. Mientras sean pequeños me gusta que compartan dormitorio y la suya le llega de sobras por el momento, ya le pondré el colchón grande cuando crezca. Me acerqué para arroparla y se dio la vuelta, por lo que aproveché para ponerle a Nilo entre los brazos. Le llama así porque le gustó el nombre del río que me recorrí de cabo a rabo poco antes de ir a buscarla al orfanato. Por Javi no tuve que ir tan lejos, después del período de acogida nadie se interesó por él ni por su labio leporino, y a nosotros nos vino genial. Congeniaron desde el primer día, y hasta hay quien me pregunta si son mis hijos biológicos, lo cierto es que la gente no se fija demasiado en la diversidad de colores de nuestra piel al vernos juntos.  

El cuarto de los juguetes estaba ordenado a conciencia, dejamos a Javi en la trona ocupado con el sonajero mientras Pepa y yo hicimos recuento de filas, para evitar a toda costa que nos quedara algún muñeco fuera del baúl. Los cuentos en la estantería, y los lápices y las pinturas en sus botes, con los papeles y libretas recogidos en el cajón. Encontramos todo en su sitio, y hasta les expliqué en un susurro que estábamos empezando un mural en la pared del fondo. Mis dibujos de línea van rellenándolos los peques a su antojo, y he de reconocer que tienen buena mano para combinar los tonos, a juzgar por las primeras figuras que están terminadas. Eso sí, solo lo hacemos el fin de semana, porque Javi suele acabar literalmente pintado de témperas de los pies a la cabeza. 


El vapor aún ahumaba el espejo del baño debido a la ducha doble, pero por lo demás estaba más o menos colocado. Los juguetes a secar en su red, y las toallas y demás en el cesto de la ropa sucia. Pepa me ayudó recogiendo los peines y cepillos de dientes, y hasta perfumó el ambiente con su agua de colonia después de mudar el pañal de Javi. Estaba consiguiendo regular el ritmo de mi respiración cuando el sonoro ¡CUAC!, nos sobresaltó a todos. El de la mirada socarrona recogió el pato de goma que acababa de pisar, el jefe volvió a fruncir el ceño y yo suspiré decepcionado conmigo mismo. ¡Cómo se me había podido olvidar su patito preferido! Me remangué la camisa para enjuagarlo en el lavabo y dejarlo a secar con el resto del zafarrancho de combate. El pulpo azul me miró compungido, entendiendo lo complicado de mi situación. 

Y lo peor estaba por llegar. Aquella mañana me había levantado antes incluso de lo normal para dejar mi cama hecha y mi cuarto listo, por eso no me digné a revisarlo en esos cinco minutos extra. Lo primero que se ve al abrir la puerta es precisamente la cama, y a Pepa no se le había ocurrido mejor cosa que utilizarla para servirles el té a sus amigos invisibles. Son cuatro, nada menos, y las pastas que cogió de la alacena para ofrecérselas como buena anfitriona dejó un inevitable rastro de migas sobre la colcha, además de algún que otro manchurrón de chocolate, por haberse limpiado sus deditos tras la maniobra. No sé yo si le darían el carnet de manipuladora de alimentos, ahora el de protocolo y etiqueta, seguro, a juzgar por la laboriosa presentación con que agasajó a sus comensales. Ella, Javi, y yo mismo incluidos, porque siete tacitas esperaban a ser rellenadas con el agua tiznada de cacao que utiliza para hacer las veces de infusión, y que únicamente un verdadero milagro había mantenido en el interior de la inestable tetera sin derramar ni una gota. 

El carraspeo del líder puso punto y final a la inspección, a esas alturas de poco valdría que me volviera loco recogiendo aquel desastre. La suerte estaba echada. Los conduje hasta el salón para permitirles deliberar, y los dejé allí para acabar de doblar la dichosa ropa de la secadora, además de así tratar de templar mis alterados nervios. Tampoco es que aquello fuera a ser la muerte de nadie, ¿o sí?, otro escalofrío me recorrió la espalda. Lo que sí me fastidiaba era haberla cagado tan estrepitosamente por confiado. ¡Cómo se me habría olvidado revisar mi dormitorio! ¡Con lo que le gusta a Pepa meterse en mi armario y probarse mi ropa! ¡O imaginar que participa en las olimpiadas, emulando los vídeos de mi admirada Kostadinova, lanzándose al vacío desde la mesilla a la cama infinita! En fin, de nada me sirve ya lamentarme… Irrumpieron en la cocina interrumpiendo mis cavilaciones, y me puse en pie para escuchar el veredicto.


“Habiendo examinado todas las pruebas in situ, y tras haber interrogado a amigos, familiares, e incluso vecinos,” comenzó el jefe con su voz nasal en un tono más bajo de lo acostumbrado, “procedemos a comunicarle”, el usted se lo sacó de la manga para aumentar el rigor de su discurso –y a decir verdad logró acongojarme más de lo que ya estaba–, “que a partir de ahora el certificado oficial de PSTT estará en su poder con todas sus ventajas y obligaciones, por sus más que demostrados méritos propios.” La sonrisa final que acompañó a semejante declaración fue la que logró despertarme de mi aturdimiento. “¿O sea, que lo he conseguido?”, pregunté algo inseguro. “¡Claro, hombre, ya eres uno de los nuestros!”, el socarrón me propinó un buen manotazo en la espalda a modo de felicitación, aunque mis noches de insomnio hubieran preferido que fuera menos entusiasta. “Sin haber cotejado los datos, me atrevería a decir que eres el candidato que mejor nota ha obtenido”, comentó el que envió el mensaje a mi móvil para evitar despertar a los niños con el timbre de la puerta.  

“¿Y PSTT qué significa exactamente?”, me preguntó mi hermana ese domingo en la acostumbrada comida familiar. “Padre Soltero TodoTerreno”, le aclaré mientras limpiaba de espinas el pescado de Pepa al mismo tiempo que le metía una cucharada de compota de frutas a Javi en la boca. Su carcajada me obligó a explicarle que en un principio habían pensado en PSSP (Padre Soltero Sobradamente Preparado), pero no quisieron hacer publicidad de aquel viejo anuncio y finalmente optaron por PSTT. “¿Y qué beneficios te reporta haberlo obtenido?”, insistió con cara de risa y entrecerré los ojos despectivo. “Pues mira, cariño, para que te enteres, somos muy capaces de valernos por nosotros mismos, y por eso hemos montado una organización de ayuda mutua. Claro, hay que estar a la altura de los demás, no vale que seas un inútil y no puedas contribuir recíprocamente en función de las necesidades del resto… ¡de ahí la necesidad de conseguir el imprescindible certificado de aptitud!” “Si me lo traduces igual me entero de algo”, su ironía iba a hacerme perder la compostura de un momento a otro, aunque me contuve delante de los críos. Mis sobrinos tampoco me quitaban el ojo de encima. 

“Tú no lo entiendes porque vives aquí y mamá te queda a tiro de piedra, pero yo estoy solo en la jungla de asfalto, como la llamáis, así que no me queda otra que recurrir a lo que sea. Ahora ya puedo dormir tranquilo, porque si alguno se me pone enfermo y me es imposible pedirle otro día más al jefe sin riesgo de que me despida, los chicos de PSTT me enviarán a alguien para que se haga cargo de ellos… otro padre como yo, vamos, acostumbrado a arreglárselas solito, que esté disponible por estar de vacaciones, o que tenga también a alguno pocho y no le importe hacerse cargo de uno más.” Me miró con cara de alucinada y seguí regocijándome en las perspectivas futuras que se abrían ante mí: “Sí, y también hay un servicio especial de vigilancia nocturna, por si tienes una cena de empresa a la que asistir sin falta; por no hablar del bonus a mayores “amor fase preliminar”, es decir, cuando encuentras pareja y todavía no estás preparado para traértela a casa con todo el lote, te hacen de canguro hasta que se estabilice la cosa…” Mi hermana se acabó el vino de su copa de un solo trago. “Entre nosotros no hay necesidad de explicaciones, es tú un día por mí y yo otro por ti, cariño.” Su cara de envidia me lo decía todo, y mi sonrisa de oreja a oreja a ella también.


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 4 de enero de 2018

El rocambolesco caso de la falsa Cenicienta



“GRAN CENA BAILE”, releyó sin querer por culpa de las enormes letras de molde, y guardó de inmediato las entradas en el bolsillo interior de su americana de terciopelo azul noche, porque se estremeció de nuevo al reparar en el “cotillón incluido” de la frase final. “Con lo bien que estaríamos aquí los tres viendo el especial Resumen del Año del canal de Historia…”, Morris ladeó la cabeza comprensivo emitiendo un sonido gutural y el señor E. suspiró ajustándose los gemelos frente al espejo. No llevaba esmoquin contra su voluntad, por aquello de darle el gusto a C. de estrenar el traje que le regaló por Navidad, con la pajarita y el fajín a juego ligeramente dorados reconoció que estaba a la altura de su elegancia habitual. Así que se despidió de su fiel escudero revolviéndole cariñoso las orejas, mientras el cánido se dejaba hacer complacido. 

El local estaba prácticamente lleno cuando llegaron, C. llevaba parloteando sin parar sobre la excepcional cantante que iba a amenizar la fiesta posterior a la cena. La ahijada del señor E. y su ahora prometido los acompañarían en la mesa que tenían reservada, su compromiso había sido la revelación sorpresa de la pasada Nochebuena. Se casarían el próximo julio y el orgulloso padrino, que también ejercería como tal el día de la boda, sería el encargado de llevarla hasta el altar sustituyendo a su mejor amigo y difunto padre de la novia. El acontecimiento le dio algo en que pensar a nuestro detective particular –ante la ausencia de casos que resolver– y, contra todo pronóstico, salió de él lo de invitarlos en Nochevieja, puesto que tenía en mente atar cabos sueltos que le parecía que iba siendo hora de unir definitivamente.

Acostumbrado ya a la intensa vida social a la que se veía abocado desde que C. formaba parte de la suya –y de la que solo se libraba con una excusa suficientemente contundente como la de estar encamado con fiebre–, ni se inmutó ante el desfile de platos no del todo de su gusto con que los agasajaron, ni con la expectación que levantó entre los comensales la aparición de la conocida intérprete que él pudo apreciar con sus cinco sentidos por primera vez en su hasta hacía bien poco anodina existencia, puesto que tuvo la suerte de que la bella señorita pasara justo por su lado al entrar en el salón cantando entre las mesas en dirección al escenario. También se vio obligado a hacer gala de su caballerosidad innata, al recogerle el chal que se le enganchó en la esquina de su mesa, cosa que ella le agradeció acariciándole la mejilla sin dejar de deleitar al auditorio con su prodigiosa voz. 

La ahijada del señor E. tuvo que llevarse la mano a la boca para no soltar una carcajada, viendo a su padrino poniendo cara de circunstancias ante el revuelo que se montó entre el público por el intrascendente flirteo de la cantante, que demostró sus tablas al resolver la situación sacando provecho de un casual incidente. Del resto de comensales, consiguió arrancar los primeros vítores al terminar su canción en la improvisada tarima que servía de escenario, y del hombre que tuvo tal galantería con ella, que ya no le quitara la vista de encima, intrigado como estaba por saber si entre su repertorio habría algún otro tema que mereciera tanto la pena como el "Blue Velvet" con el que comenzó su actuación. Le dio la razón a su querido C. sobre las tan cacareadas virtudes de la chica, y se alegró de que gracias a ello la velada no se le haría demasiado pesada.


Nunca entendió eso de quedarse despierto hasta medianoche para tomar las doce uvas al unísono de las doce campanadas. De hecho jamás había conseguido lograr tal hazaña, puesto que de niño en el aviso previo de los cuartos se quedaba observando su plato decidiendo cuál sería la elegida para dar el pistoletazo de salida a la desenfrenada lucha contrarreloj, indeciso entre la que le parecía más esférica, o aquella que por su forma ovalada más se asemejaba a la órbita de la luna. Y cuando por fin optaba por coger una sin mirar, para comprobar enseguida cuál había preferido el azar que fuera la escogida, ya escuchaba gritar a su alrededor eso tan absurdo de “¡Feliz Año Nuevo!”, como si el resto del tiempo no se pudiera desear lo mismo. Si por él fuera, en lugar de su cortés “¡Buenos días!”, todas las mañanas diría al encontrarse con algún vecino de camino a la escuela –o incluso en la actualidad cuando saca a Morris a horas intempestivas para que haga sus necesidades antes de ir al trabajo–: “¡Feliz Nuevo Día!”

Por ese motivo, se puso un tanto nervioso cuando les trajeron las copas de cava y los cuencos con las dichosas uvas. Recordó que el año anterior, sin ir más lejos, se había enterado de que había comenzado 2017 por el jaleo de los vecinos, puesto que Morris y él estaban viendo un interesantísimo documental que no quiso poner a grabar cuando le entró sueño a eso de las once y media, de lo contrario a esas horas ya estaría durmiendo a pierna suelta con su pijama de rayas. Sin embargo, nadie pareció percatarse de su incomodidad, achacándolo a la histeria colectiva con la que se vivían aquellos minutos finales, como si no fuera a haber mañana, pensó para sí mismo, sorprendiéndose de las contradicciones intrínsecas a la naturaleza humana, puesto que todos eran adultos y ya habían vivido situaciones semejantes en el pasado. Pero eso es en definitiva lo que le atrae de los demás, la capacidad que tienen para asombrarlo a diario y no dejar de aprender algo nuevo sobre sus congéneres.

No haremos una reconstrucción de su infructuosa –por no decir desastrosa– tentativa de dar cuenta de su cuenco de fruta al son de las campanadas, entre otras cosas porque el desencadenante de los posteriores acontecimientos sucedió nada más empezar el Año Nuevo. El repentino apagón arrancó gritos de pánico real y simulado entre el auditorio que seguía las instrucciones de la cantante para proceder a comer las uvas, al mismo tiempo que los miembros de la banda reproducían el sonido del reloj de manera tan original que hacían las delicias de todos los presentes. Jamás habían asistido a una representación semejante, ni tan lograda, y la absoluta oscuridad en la que se sumió el inmenso salón comedor –ahora dispuesto para el baile– no formaba parte del espectáculo. Como se oyó claramente asegurar a algún encargado del local a viva voz, visto que la luz parecía hacerse de rogar para regresar a calmar los soliviantados ánimos. “Si esto llega a pasar en la Nochevieja del 99 más de uno se muere del susto pensando que lo del fin del mundo era verdad…”, comentó irónico el prometido de la ahijada del señor E. y, justo a continuación, los “Ahhh” de alivio instantáneos una vez que todos recuperaron la visión, se vieron ahogados en el acto por los “¡AHHH!” de horror al reparar en el macabro espectáculo que ofrecía el escenario.


El señor E. se levantó de su asiento raudo y veloz para aproximarse lo más posible de la escena del crimen, pero hete aquí que un hombre más bajo y fornido que él se le plantó delante pisoteando sin rubor el charco de sangre en el que yacía uno de los zapatos de tacón de la cantante. “¡Todo el mundo quieto en donde está!”, clamó haciendo chirriar el micrófono para desgracia de los tímpanos de los oyentes, “¡Soy policía, y desde este momento tomo el mando de la situación!” Haciendo un estropicio de paso, pensó el señor E. a su lado, asistiendo impotente a cómo manoseaba el bastón de sujeción del micro para separarlo de su base, recogiendo el zapato sin guantes ni nada y acercándose a uno de los encargados del establecimiento. “¡Cierren todas las salidas! ¡No quiero que nadie salga ni entre del establecimiento hasta que el asunto esté aclarado!” ¿Y por qué lo dice a través del micrófono, para que el autor de los hechos obtenga ventaja y se escabulla antes de que echen el cerrojo?, volvió a menear la cabeza nuestro peculiar investigador sin dar crédito al despropósito del que estaba siendo testigo. 

“¡Y usted vuelva a su sitio! ¡Despéjeme la escena del crimen, que tengo que avisar a la científica!” El señor E. obedeció en el acto, pero porque ya había visto suficiente como  para empezar a darle vueltas en la cabeza al impactante caso que se le presentó sin previo aviso, y en tan memorable noche. C. lo asió del brazo ansioso y él le dijo que tenía que ir al baño. “Pero, ¡¿tiene que ser ahora?! ¿No ves que ese bruto es capaz de pegarte un tiro si te descubre saliendo de su campo de visión?” El policía lucía su arma enfundada sobre su a-punto-de-saltársele-los-botones camisa blanca, como si con ello quisiera intimidar al personal que iba indicando que se acercara de manera ordenada a su posición estratégica, a fin de realizar un sucinto interrogatorio inicial para ir descartando gente. 

Sobrepasado en número como se veía, entre las mesas más próximas al escenario había mandado que los camareros le ampliaran el espacio para poner a todo el mundo en fila, aunque como ellos también estaban entre los sospechosos le pareció apropiado tener su pistola más a mano para curarse en salud –la suya, por descontado, la del que encañonara no lo tenemos tan claro dado su sospechoso estado de semiembriaguez–. “¿Campo de visión? Me alegro de que vayas aprendiendo la jerga que utilizo yo”, apreció el señor E. orgulloso de su novio, y añadió en voz baja a propósito de tamaña falta de etiqueta –por aquello de no faltarle al respeto al policía en mangas de camisa más que con alguien de su entera confianza–, “Consolémonos con que de esa guisa nos ahorra a nosotros tener que soportar su espantosa chaqueta de confección esperpéntica en el nuestro.”

Ni que decir tiene que ambos se dirigieron juntos a los aseos, C. entusiasmado con que su novio lo considerara digno de ayuda en su emocionante investigación. No obstante, como no estaba familiarizado con sus métodos como sí lo está Morris, le chistó cuando se pasó de largo el pasillo que conducía al baño de caballeros. El señor E. se giró para advertirle con un gesto que guardara silencio, C. lo siguió con el alma en un puño al ver que se acercaban a una zona restringida al público, que contaba con varias dependencias sin duda destinadas a oficinas, donde al parecer habían improvisado un camerino para la estrella invitada y su banda. La adrenalina le golpeaba las sienes, inexperto como era en esas lides, ante el inminente peligro que intuía en la escrutadora mirada de su amado. Tanto se enfervorizó su sangre, que cuando estaban a punto de alcanzar su objetivo, el “¡Policía! ¡Alto o disparo!” casi le provoca un infarto, mientras que a su lado el señor E. se resignó a subir los brazos en señal de rendición, pese a que su sonrisa de satisfacción contrastaba bastante con la situación a la que tenían que  hacer frente. El par de agentes debidamente uniformados que les apuntaban con sendas 9 mm. parabellum procedieron a su detención, esposándolos con hirientes bridas de plástico, y les leyeron sus derechos entre los gimoteos del pobre C., quien por primera vez en su vida se veía conducido a comisaría sin tener ni idea de qué delito había cometido. “Si ni siquiera me han puesto ni una triste multa de tráfico”, se lamentaba al agente que le pareció que hacía de poli bueno, porque la cara de pocos amigos de su compañero no le inspiraba tanta confianza, aquel era el que hacía de malo, seguro.


El comprimido efervescente se deshacía lentamente en el vaso a medio llenar que tenía encima de su escritorio el comisario de policía. “¿Sabía usted que la velocidad con la que se disuelve depende de la cantidad de sodio que contenga el agua decantada?” “¡Peláez, haga el favor de traerme un descafeinado!” “¿Para tomar con la aspirina, jefe?” “¡Peláez, coj…! ¡Quieres traerme el café de una puta vez!” Pasando por alto su erudita intervención, el comisario intentó sin demasiado éxito moderar su lenguaje delante del rostro inescrutable del señor E. Aquel tipo lo tenía algo mosca, su sangre fría le daba mala espina, sin embargo, tenía que reconocer que su corrección a la hora de expresarse le generaba una extraña confianza, vamos, que se le hacía cuesta arriba tratarlo con la rudeza habitual que utilizaría con cualquier otro delincuente. Al que había sido detenido con él sí que le daría un par de tortas para que dejara de lloriquear, la maldita jaqueca iba a hacerle estallar la cabeza de un momento a otro, y como no pusiera fin a su molesta llantina inmediatamente lo que iba a conseguir era que le reventara la cara, en su mente, claro, él es de los que considera que la violencia policial debe ceñirse únicamente a la de carácter verbal, la física solo consigue darle mala imagen al cuerpo.

Peláez le trajo el café enseguida y él se tomó su tiempo para echarle el azúcar y revolver antes de retomar el diálogo con el sujeto que centraba su atención. El par de agentes que los detuvieron informaron de que estaban merodeando por la parte trasera del escenario, lo que quizás indicaba que eran los asesinos que volvían a la escena del crimen. A decir verdad, al comisario no le cuadraba demasiado todo aquel jaleo que se había montado por un poco de sangre y un zapato. Además, Bermúdez no estaba de servicio e igual iba algo cargado cuando llamó a la central pidiendo refuerzos, lo conoce bien y sabe que se le va la pinza. Ese con tal de hacerse el héroe es capaz de tratar a una anciana acusada de robar un tomate en el mercado como si fuera culpable de asesinato, pensó ensimismado. Y tampoco había cadáver, por lo tanto no se podía hablar ni de homicidio siquiera. En fin, que la noche iba a ser larga de coj…, volvió a morderse la lengua mentalmente de tanto que le imponía tener delante al señor E. Le dio un sorbo al descafeinado y se la escaldó, recordó al instante que su madre le diría que era un castigo merecido por malhablado y optó por tomar el analgésico para paliar en algo el efecto de la quemazón.

“¿Y dice usted que iba en dirección al camerino de la cantante en busca de pruebas?”, le preguntó al señor E., que distraído observaba los recortes de prensa enmarcados que rellenaban las paredes. C., asustado ante la demora en contestar, le dio un suave codazo para traerlo de vuelta y el comisario agradeció que por fin cesara su molesto lagrimeo. “Por supuesto, señor comisario,” se apresuró a responder el interpelado haciendo gala de su facilidad para hacer dos cosas a la vez, “en realidad no hay caso, podríamos decir que el supuesto crimen pasional se ha quedado en arrebato nada más.” El comisario pestañeó incrédulo ante la amable sonrisa del avezado detective amateur. “Podría hacer el favor de explicarse”, consiguió decir haciendo acopio de toda su buena educación, esa que yacía olvidada en su subconsciente, pero que indudablemente su madre se esforzó por que adquiriera de niño. “Oh, será un placer, señor comisario, sólo se lo comento por si le parece razón suficiente para que sus agentes dejen de perder el tiempo interrogando a ciudadanos inocentes, cuando a estas alturas imagino que la señorita desaparecida –que tuvo a bien amenizarnos la velada de manera exquisita tras nuestra copiosa cena– y su novio u/o amante deben de haber puesto punto final al momento de evasión pasional que decidieron tomarse durante el intervalo de la caída de tensión que propició el apagón general.”

“¿Y usted cómo ha llegado a semejante conclusión, si puede saberse?”, el comisario y C. lo miraban con idéntica expresión de desconcierto. “Con el debido respeto, señor comisario, me gustaría ponerlo al corriente de que el agente que decidió ponerse al frente de la investigación no protegió la escena del crimen como es debido, de hecho pisoteó la sangría que derramó el joven que tocaba la batería en el frenesí por abalanzarse sobre su amada para llevarla en brazos al camerino. Al aproximarme al escenario el inconfundible olor a vino me alertó de que aquella mancha no podía ser sangre, y el zapato que quedó como prueba de la prisa que tenían por aprovechar la interrupción del espectáculo me lleva a creer que tal vez fuera algo premeditado por el joven músico, puesto que –junto a las baquetas que yacían en el suelo bajo los platillos– también había unos alicates con mango de plástico de esos típicos que utilizan los electricistas profesionales. Ante tal descubrimiento, como podrá comprender –creo no errar al afirmar que usted mismo haría lo mismo si estuviera en mi lugar–, desobedecí expresamente la orden que su agente nos dio de no abandonar el salón, con el único afán de verificar mi teoría, por supuesto. Y sus otros dos agentes llegaron a tiempo de encontrarnos in fraganti, cuando en realidad ya me disponía a regresar a nuestros asientos, tras comprobar que de la puerta del camerino de la cantante procedían sonidos inequívocos de que, además de poseer unas cuerdas vocales envidiables, gozaba de inmejorable salud cuando la dejamos, es de suponer que disfrutando entre los brazos de su amado, a juzgar por sus reiteradas expresiones de placentero júbilo.”


El comisario se había ruborizado hasta las cejas al asistir a semejante declaración, viéndose incapaz de corregirle ni una coma, descolgó el teléfono para soltar toda una serie de improperios que preferimos no reproducir por no forzar más la escasa tolerancia hacia el lenguaje soez propia del señor E., pero que en definitiva tenían por objetivo desmontar el operativo desplegado en el establecimiento en cuestión, que continuaba mermando agentes mucho más necesarios en otros puntos calientes de la ciudad que en aquel lujoso salón de baile. En el que, por otra parte, los asistentes todavía no se habían recuperado de la impresión al ver reaparecer a la presuntamente asesinada con otro atuendo completamente diferente a fin de justificar su larga ausencia. Ni que decir tiene que, entre medias, Bermúdez recibió una considerable reprimenda a voz en grito por parte de su jefe, además de una sanción por pasarse de listo, y que tanto C. como el señor E. fueron puestos en libertad sin cargos de inmediato, con el consiguiente ofrecimiento hacia este último de que si podía hacer algo por él no dudara en comunicárselo.

“Lo cierto es que sí”, no dudó ni un segundo el señor E. en tomarle la palabra a su  sinceramente agradecido interlocutor, el comisario aguantó la respiración esperando un tanto inquieto qué sería lo que aquel hombre de admirable inteligencia y extraño comportamiento le pediría, y expiró mucho más tranquilo ante su: “Ya que estoy aquí, si no le supone demasiado inconveniente, tengo curiosidad por ver los calabozos.” “¡Ramírez!” clamó al punto poniéndose en pié satisfecho, “Acompañe a estos caballeros a los calabozos, pero de visita, eh, que son… ¡cómo rayos se dice…! VIPs de esos…” “¡Ahora mismo, señor comisario!”, respondió la joven agente cuadrándose ante su jefe, pero este ya no vio su disciplinario gesto, ocupado como estaba abriendo otro informe que esperaba paciente su lectura sobre la mesa, contento de haber resuelto la papeleta más rápido de lo que contaba.

“¿Y tú eres…?”, le preguntó la agente Ramírez de modo más informal a C. en vista de su juventud. “Su-su novio,” titubeó el aludido sin haberse recuperado del susto, “pero conmigo no cuentes para la visita al calabozo… mejor te espero fuera”, continuó dirigiéndose ya al señor E., y este asintió algo afligido. No porque pretendiera que C. lo acompañara ni mucho menos, conociendo su delicadeza de espíritu, sino porque al final con la emoción ante el inesperado caso no había podido llevar a cabo sus planes. La chica lo observó entrecerrando los ojos y él carraspeó antes de admitir: “En realidad a estas alturas me hubiera gustado que le respondiera que es mi prometido, no obstante, he de admitir que estadísticamente hablando tampoco estoy seguro al cien por ciento de que fuera a darme el sí.” C. casi se desmaya por segunda vez en una misma noche, aunque esta vez en lugar de por un amago de infarto porque el corazón iba a salírsele del pecho tras escuchar aquello. Su desmesurada sonrisa insufló esperanzas en su abatido pretendiente, y este sacó la caja del anillo hincando la rodilla en el suelo allí mismo.   

El “¡Sí quiero!” resonó por los pasillos semivacíos y la agente Ramírez enjugó alguna lágrima menos que el exultante C. a quien le corrían por las mejillas de nuevo, aunque en esta ocasión de pura felicidad. Al señor E. se le quedó la sonrisa congelada durante su interesante visita a los susodichos calabozos, su guía aprovechó para interrogarlo a respecto del caso ya denominado de la falsa Cenicienta y él colmaba su curiosidad respondiéndole encantado sin que se le escapara ni un solo detalle de su recorrido, ni dejara de pensar en ningún momento en el halagüeño futuro que le esperaba junto a su esposo en ciernes, haciendo gala con ello de que no es una leyenda urbana que los hombres capaces de hacer dos –e incluso tres– cosas a la vez existen, son ejemplares escasos, eso sí. Al mismo tiempo, a las puertas de la comisaría, su ahijada acosaba a preguntas a C. sobre cuándo, cómo y de qué manera tendría lugar el sorpresivo enlace. Mientras su prometido sopesaba quilates comparando anillos, reconociendo que el señor E. se había rascado el bolsillo bastante más que él.