jueves, 18 de mayo de 2017

¿Ligar? ¿Qué es eso?


Miré de reojo el minutero del reloj y me estremecí de nuevo. Paula resopló a mi lado, más bien porque le sacaba de quicio mi actitud, y no porque estuviese acelerando el proceso de secado del esmalte de uñas. “¡Perfectas!”, exclamó satisfecha al cabo de unos instantes. Me incorporé ligeramente para observar incrédula lo maravillosos que relucían mis dedos coronados de rojo, para inmediatamente dejarme caer sobre la cama extenuada. Tanto preparativo, ¿para qué, a fin de cuentas? Si en menos de media hora me tendría calada y acabaría de cenar lo antes posible, alegando cualquier indisposición para librarse de mí nada más terminar. Pero vayamos por partes. El agobio me entró esta mañana, sí, bueno, lo que pasa es que todo empezó hace un par de semanas, durante la pausa para el café. 

Paula, además de ser mi mejor amiga, es mi compañera de trabajo. Nos pasamos ocho horas diarias sentadas una al lado de la otra en una oficina delante de un ordenador. Nos vamos juntas al gimnasio al salir, y después la acompaño a recoger a sus hijos a las actividades extraescolares. Tiene suerte, su madre es diabética como ella y la obliga a hacer ejercicio, por eso puede permitirse el lujo de bailar zumba mientras los abuelos se encargan de llevar a Jaime y a Pepe a fútbol, a inglés, o a lo que se tercie. Son gemelos y dan más guerra que si fuesen quintillizos. Ella siempre quiso una niña y al saber que eran niños, y dos, casi le da algo. En cambio a mí ya me gustaría tener alguno, por mí como si me viene una rana, vamos, aunque a mi edad ya he tirado la toalla. 42 castañas y sola, lo tengo crudo. 

Bueno, a lo que íbamos, que esa mañana se metieron conmigo los chicos de contabilidad, nosotras estamos en nóminas y ellos se dedican a cuadrar las cuentas, hay un par de chicas nuevas que están en prácticas, pero el resto en realidad son carcamales que llevan aquí desde que abrió la empresa. Me estaba quejando de que no tenía planes para el fin de semana, Paula se tenía que quedar en casa con Fran y los niños, que andaban con mocos, y suelo irme de fiesta con un par de amigas que conservamos del instituto, las únicas sin pareja como yo, las dos divorciadas (el resto o casadas, o fuera de juego) y, como que no nos apetece ir a cenar con las parejitas, nos lo montamos las tres por nuestra cuenta. Pero justo esa semana ellas estaban también con gripe, y en esas metió baza uno de los viejos: “A ver cuándo te echas novio de una vez para que te saque a pasear, Berta, que con ese culo que tienes no entiendo cómo no te tiran más los trastos...” “¡Los jóvenes de ahora, que no tienen ni idea, dicen que están rebuenas y cuando miras para ellas son palos con melena!”, le respondió otro, y casi acaban por tirar sus cafés entre carcajadas. Suspiré sin hacerles ni caso al quedarnos solas, y noté cómo me miraba. “¿Qué?”, le pregunté al ver que no reaccionaba, “¿No irás a decirme que necesito un tío para que me saque? ¡Vamos, ni que fuera un perro!” “No, mujer, no es eso”, puso los ojos en blanco, “¿Hace cuánto que no tienes una cita?” Entonces los puse yo en blanco. “No empieces, Paula que te conozco...” 


Al día siguiente se abalanzó sobre mí en el ascensor: “¡Este fin de semana no puede, que trabaja, pero el siguiente sí!” “¿Quién puede qué?”,  le pregunté aturdida, me sienta mal madrugar y hasta bien entrada la mañana no soy realmente yo, sino más bien un autómata que maneja mi cuerpo a su antojo. “Diego, un amigo de Fran, que está libre desde hace unos meses y nos enteramos ahora.” “¿Libre? ¡Ni que fuera un taxi!”, mi sarcasmo la hizo sonrojarse. “Bueno, ya me entiendes, no está con nadie, tuvo una novia, pero rompieron en Navidad. Lleva ya divorciado varios años, tiene una hija de seis, ¡más linda! ¡Para comérsela, de verdad! La ve poco, eso sí, porque la madre se volvió al pueblo de sus padres al quedarse en paro. Él estuvo algo perdido al principio, ya sabes, a saco con todo lo que usaba faldas a menos de diez kilómetros a la redonda... Ahora está más calmado, un par de chicas después de dejarse con su novia y poco más. Dice que está mayor para andar de flor en flor, y que prefiere encontrar a una decente.” “Ya. ¿O sea que la decente ésa soy yo? ¿Pero a Fran y a ti se os ha ido la pinza o algo? ¡Si ni siquiera lo conozco! ¿Cómo voy a quedar con un desconocido?” “Se llama cita a ciegas, ¿te suena?” “¡Sííí, claro! ¡Si hasta hay un programa en la tele y todo! ¡Anda, no me hagas reír!”

Ni que decir tiene que se pasaron el resto de la semana convenciéndome para que fuera. Diego reservó mesa para el sábado por la noche en un coqueto restaurante del centro y tuvo la gentileza de enviarme la localización por Whatsapp. ¡Genial! ¡No lo he visto en mi vida y ya tiene mi número! “Se lo he dado yo, claro, pensé que no te importaría...”, se disculpó Fran mientras le ayudaba a ponerle el pijama a los gemelos. Yo les metía las mangas y las perneras en su sitio mientras él se afanaba porque no nos diesen patadas con sus saltos entre risas, litera arriba, litera abajo. Su cara de exagerado arrepentimiento me hizo olvidar el enfado y asentí claudicando. “Es un buen tipo, de verdad”, me dijo sonriendo de oreja a oreja al instante, “lo conozco desde ya ni me acuerdo y es de fiar, sino no te lo emplumaríamos... Esto... quiero decir... Que sino no te lo recomendaríamos, ¿sabes? Lo pasó mal con el divorcio, no se lo esperaba, su mujer le puso los cuernos y tal... Así que mejor no toques el asunto durante la cena, ¿vale?” Asentí de nuevo en silencio perpleja, pensando en cómo iba a ocurrírseme sacar semejante tema en una primera cita. 

¿Una cita? El sábado el ataque de pánico al salir de la ducha y mirarme al espejo, me obligó a meter la cabeza entre las rodillas y respirar hondo a fin de no perder el conocimiento. Llevo tanto tiempo sin comerme un rosco que ni recuerdo el último pol..., bueno, la última vez que estuve con alguien. Los gemelos tienen siete años y creo que cuando eran bebés no podía quedarme nunca con ellos los fines de semana porque solía estar inservible. De resaca, vamos, y muchas veces amanecía con un tipo que no reconocía a mi lado. Llamaba a Paula procurando no gritar por la histeria, y Fran aparecía al poco en mi apartamento para ayudarme a echarlo, sin armar escándalo para que mi casera ni se enterase. Vive justo debajo y se supone que no puedo llevar hombres a casa, solo novios formales, me dijo inflexible al darme las llaves, y de hecho todavía cree que Fran es mi primo, primo hermano para ser exactos, por aquello de no dejar lugar a dudas. A mis amigos les devolví los favores con creces, que conste, quedándome con los críos muchísimas noches para que pudiesen salir a cenar, o al cine. Aunque ahora los gemelos tienen tanta vida social que se dedican a quedar con los padres de sus amigos y ya no me necesitan tanto. “¡No puedo ir, invéntate algo, pero no puedo ir!”, le dije esta vez por teléfono atacada de los nervios. Se plantó en mi casa a media tarde después de dejar a los niños en un cumpleaños, sacó un arsenal de esmaltes de una bolsa de papel y me preguntó convencida: “¿Ya has decidido qué llevarás? Me he traído todos los que tengo, por si acaso.” Me dejé caer en el sofá con el pijama y el pelo todavía sin peinar. 

“Rojo putón”, escribió Fran en el mensaje y me dio la risa. “¡Te lo dije! El negro nos gusta a nosotras porque nos vemos más delgadas, pero a ellos les pone el rojo...” Le había enviado las fotos de los dos vestidos entre los que dudábamos, como hay confianza no me importó que me viese sin maquillar ni nada. Él ni se inmuta, creo que más que por mi primo podría pasar perfectamente por mi hermano, lleva con Paula desde el instituto y ya lo conocíamos de antes, del barrio. Debe ser el único hombre que no me preocupa que me haya visto las bragas de cuando estoy con la regla. “¡Joder, parecen las de mi abuela, Berta, si te ve alguien con esto puesto no se le levanta en la vida!”, me dijo mientras doblábamos la colada. No tengo lavadora y aprovecho que estoy tanto tiempo en su casa para hacerla y no darle más trabajo a mi madre. “Son cómodas”, le dije a modo de disculpa, pero hasta yo reconozco que son horrorosas. Paula sacó del cajón el último conjunto de encaje que me compré en las rebajas y entrecerré los ojos: “¡No pienso acostarme con él en la primera cita!” “Pues antes no tenías tantos reparos a la hora de ligar...”


¿Ligar? ¿Qué es eso? Me pregunté a mí misma ensimismada. Supongo que se referirá a cuando salíamos juntos antes de tener a los niños. A veces incluso ella y yo solas, si Fran se iba con sus amigos. Llegué a dejarla plantada más de una vez por liarme con el primero que pasaba. Borracha siempre, eso sí. Ni recuerdo lo que me decían. Tampoco lo que les decía yo, porque también les entraba si me gustaban. Pero desde que ando con las dos lobas, como las llama Fran, nada de nada. Ellas sí que saben. Al principio desayunaba con ellos los domingos antes de acostarme para contarles sus tácticas de ataque, y nos partíamos de risa tapándoles las orejas a los peques para que no escuchasen las barbaridades que les escenificaba y todo. ¡Le echan el lazo a cualquiera! ¡Es poner el ojo en uno y cae fijo! Jóvenes. Maduros. Altos. Bajos. Guapos. Feos. ¡Les da igual! El caso es no acabar solas la noche. Yo a su lado, una principiante... Tanto es así que ya ni me acuerdo del último con el que estuve. ¿Cómo voy a ligar yendo con ellas, si arrasan con todo hombre sin acompañante que encuentran a su paso? ¡Y hasta acompañados, que éstas no le hacen ascos a nada! Me veo guapa reflejada en el espejo, tanto que no parezco yo, llevo tiempo sin arreglarme como es debido, total, no vale la pena, para el caso que me hacen... Y ahora me siento como una estúpida. Todo fachada. Vestido rojo apretado, taconazo y medias de rejilla. Melena impecable y manicura perfecta gracias a mi amiga. ¿Y qué le voy a decir? Esta semana me di cuenta de que empieza a gustarme. 

De tanto bucear en su perfil de Facebook parece que lo conozco. “¿Sabe cuántos años tengo?”, le pregunté a Paula ingenua y camufló las carcajadas fingiendo un ataque de tos. Después me miró intentando contener la risa, pero nos partimos juntas cuando me soltó: “¡Parece mentira que no conozcas a los tíos a estas alturas! ¡Fran le habrá dicho hasta tu talla de sujetador!” Espero que lo de las bragas de vieja no, por favor, pensé para mí. No retoca mucho las fotos que cuelga, en eso se parece a mí. Los 47 se le echan, sí, pese a que tiene una sonrisa risueña que lo hace más joven. En unas se le nota tanto la barriguita de pasarse horas sentado conduciendo el bus, como a mí las cartucheras de la oficina. En otras sonríe feliz con su niña, y me enternece ver cómo se ve que la quiere. Al principio no me gustó demasiado. Está un poco calvo y tiene unas manos un tanto groseras, de tan grandes. Aunque ahora ya me he ido acostumbrando. Sus amigos lo aprecian, a juzgar por los comentarios que le ponen en las publicaciones, y suele comer los domingos en casa de sus padres. Cuando le toca la niña, siempre, para que la vean. Por eso me preocupa lo que piense de mí. No quiero quedar como una tonta. Y reconocer que no tengo ni idea de cómo comportarme en una cita me hace doler el estómago. ¿A que no voy a poder ni probar bocado, y parezco una de esas que está siempre a dieta? 

Fran me dejó en persona en la puerta del restaurante. Supongo que no se fiaban de que fuese a ir, porque hasta me dio un último empujón antes de entrar. En realidad fue una palmada en el trasero, la confianza da asco en estos casos: “¡Anda, que hoy triunfas, churri! ¡El rojo te favorece!”, y me guiñó un ojo sonriendo socarronamente. Es más alto de lo que aparenta en las fotos, y más calvo también, pero se corta el pelo muy corto y no se le nota tanto. Me gustó su colonia y que sus manos fuesen más suaves de lo que creía. “¿Nerviosa?”, me preguntó tras saludarme y le solté de golpe, “No, lo siguiente”, entre risitas tontas. “Yo también, no creas, se me hace raro,” continuó sin darle importancia a que casi me caigo de la silla al sentarme, “pero de tanto que me ha hablado de ti Fran estos días, hasta creo que te conozco un poco.” Sonreí con cara de circunstancias y me tranquilizó: “Nada malo, eh, que le caes muy bien. A Paula ya no digamos... Estás muy guapa, por cierto, mejoras en persona. ¡Ya veo que no eres de esas que cuando te las encuentras ni las reconoces!” Nos reímos juntos y me alegré de no utilizar filtros, photoshop, ni nada de eso.

Y tras un par de platos me encontré el postre delante, sin darme ni cuenta de que el tiempo había volado y seguíamos sin dejar de charlar. Y que a pesar de mis meteduras de pata, mis nervios y mis caras raras, lo estábamos pasando bien y todo. Porque es un tipo simpático, que le gusta el buen vino y poder mantener una conversación tranquila sobre cualquier cosa. “No soy muy culto, pero últimamente me ha dado por leer, por aquello de darle ejemplo a la niña... ¡Y, claro, la falta de costumbre! ¡Yo es que no tenía ni idea de qué debía leer! Y allá me voy a la biblioteca una tarde que tenía libre. La señora me miró por encima de las gafas y me dijo toda seria: Usted lea el libro de alguna película que le haya gustado, que le aseguro que le da mil vueltas. ¡Así que tienes ante ti a todo un forofo de la literatura de ciencia ficción! Y que sepas que Stephen King es un crack por algo... Pero Asimov es un clásico por lo mismo.” Y las carcajadas resonaron en el comedor de tal manera, que algunos comensales próximos nos miraban sonriendo de medio lado. Sí, se nota que entre nosotros hay química, y me alegro de haberle hecho caso a Paula, porque igual esta noche estreno el conjunto y todo. 

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 11 de mayo de 2017

Romance en hibernación


Dicen que el tiempo todo lo cura. Dicen que toda pasión acaba por agotarse. Dicen que todo pasa. Yo no estoy de acuerdo. Quizás es que soy raro. Tal vez es que jamás me había ocurrido nada igual. No estoy seguro. Tampoco tengo nada mínimamente semejante con qué comparar. Pero creo haber encontrado la fórmula. La manera, digamos, de no sufrir por un amor imposible que me estaba volviendo loco. 

No viene al caso entrar en detalles sobre las diferentes razones por las que lo nuestro no podía ser. No pudo ser y punto. Tampoco deseo resarcirme en el dolor que he soportado desde que la conocí. Ocurrió tan rápido que me cogió desprevenido. Por eso no sentí el pinchazo hasta unas semanas después. Pensaba que los continuos dolores de cabeza eran jaquecas provocadas por el estrés, por el trabajo, por cualquier cosa menos por lo que siento por ella. Y me equivoqué. Como tantas otras veces. La quiero tanto que me dolía saber que nunca sería mía. 

Así que decidí ponerle remedio. La congelé. Resultó más fácil de lo que esperaba, la verdad. Conozco de sobras sus rutinas. Simplemente la esperé cuando se dirigía a hacer los recados y la rapté. Fue sencillo. Vino conmigo de buen grado como si fuésemos a tomar uno de los cafés a los que solía invitarla. Me costó más dormirla. Eso sí. No entendía a santo de qué debía limpiarle una inexistente mancha en la mejilla con un pañuelo empapado en cloroformo. Casi me caigo yo redondo al demostrarle que era agua, poniéndomelo junto a la nariz fingiendo que no sabía de dónde provenía aquel olor tan fuerte. En fin. La pobre confiaba tanto en mí que se dejó hacer. Poniendo caras raras, todo hay que decirlo, porque mi representación teatral no debió parecerle muy convincente. En el colegio descubrí que no tenía madera de actor, habitualmente hacía de árbol. 

Tenerla sin sentido entre mis brazos fue un sueño. Durante unos instantes la contemplé maravillado. Cómo desearía que fuese tras haberla poseído. Pero no. La llevé a mi casa y al atravesar el umbral se me hizo un nudo en la garganta. Le susurré al oído. En la riqueza y en la pobreza. En la salud y en la enfermedad. Hasta que frené en seco en el sí, quiero. No podría responderme así que preferí ahorrarme el mal trago. 

Dudé en desnudarla. Su respiración tranquila hacía elevar y descender delicadamente el pecho que asomaba por el escote. Deseaba tanto verla que le desabroché un par de botones de su blusa. El encaje del sostén me obligó a tragar saliva. Tan blanco y puro como su alma. Lo acaricié sintiendo su sedosidad. Su piel era infinitamente más suave. Quería recorrerla entera con mis labios. Sin embargo volví a abotonarla evitando rozar su atrayente cuello. Un mechón de su melena resbaló por un movimiento reflejo y se lo coloqué detrás de la oreja con cuidado. Sabía que era una estupidez. No iba a despertar tan rápido. La miré un par de segundos más para retener su calidez en mi memoria y cerré los ojos suspirando. Su sonrisa viene a mi mente en cuanto pienso en ella. Y su elegancia natural me fascina. Es tan bella siendo imperfecta que no podría imaginar un ser más perfecto. Adorable de trato y carácter. Mágica cuando abre la boca. Sea para hablar o para reír. Es un auténtico imán. Me abracé por última vez a su cuerpo de diosa. Para mí es todo lo que puedo desear que sea una mujer. Y la odio también por el mismo motivo. ¿Cómo pudo hacerme eso? ¡¿Ser perfecta para mí y no ser mía?! 


Ahora lo es. Le doy los buenos días cada mañana antes de preparar el desayuno. Me abrigo bien y abro la cámara frigorífica que compré a su medida. No fue cara. No es muy alta y no tuve que encargarla de un tamaño especial. Lo que sí quería es que fuese vertical. Nada de tenerla acostada en un arcón. Ni en posición fetal. De pie como está tengo la impresión de que va a echarse a andar en cualquier momento. Tuve la paciencia de esperar a que estuviese semicongelada para abrirle los párpados. No sufrió. Dormida como estaba su pulso se fue ralentizando. Saboreé hasta el último de sus latidos consciente de que ya no importaba que no lo hiciesen por mí. 

Queda siempre a buen recaudo. Cuando vuelvo de trabajar está esperándome. No con la cena preparada por motivos evidentes, pero da igual. La preparo charlando con ella. Suelo bajar los grados del congelador mientras la puerta está abierta para tratar de mantenerla a una temperatura constante. Al parecer eso ayuda a que el cadáver aguante mucho más tiempo incorrupto, o eso dicen en internet. Ella está más fresca que una manzana, desde luego. Incluso conserva el rubor característico de sus mejillas. Reconozco que ahora disfruto más de ella que antes. Nuestras conversaciones son mucho más animadas y amenas, aparte de que no se ven interrumpidas porque tenga que regresar a sus quehaceres cotidianos como pasaba con frecuencia. A veces dudo de si en el fondo no sería una excusa para librarse de mí, pero ya poco importa. 

Nuestro romance en hibernación, como me encanta denominarlo, avanza a pasos agigantados día a día, y al fin me he decidido por el anillo. El del diamante que me recomendaba el dependiente de la joyería me pareció un poco frío, y me decanté por uno con un enorme rubí. Sus labios han adquirido un tono rojizo similar, imagino que a consecuencia de que el carmín está deteriorándose y me gustó comprárselo a juego. Sueño a diario con la noche de bodas. Le he probado el vestido procurando no estropear la ropa que lleva, ya que su estilo a la hora de vestir es infinitamente mejor que el mío. Aún así creo que el velo que recuperé del baúl de la abuela no le desagrada, parece una virgen con él puesto. Mi madre estaría orgullosa de saber que he escogido una buena chica como esposa. Y la respeto. No pienso tocarla hasta que el cura nos de la bendición. Lo que no sé es cómo demonios voy a convencerlo para que oficie la ceremonia, porque cada vez que le quito la mordaza se pone a gritar y me veo obligado a recurrir de nuevo al cloroformo. En fin. Tarde o temprano entenderá que mis intenciones siempre fueron buenas...    

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 4 de mayo de 2017

Aprendiz de fan


“¡Verde!”, exclamó de repente y del sobresalto casi me mancho la mejilla de carmín. La miré por el retrovisor pisando el embrague para dejar atrás el semáforo y le sonreí. “Tranquila, llegamos enseguida”. Apenas la reconozco, ha estado enferma un par de veces en los últimos meses y ha pegado un estirón enorme. Ya no cabe en su sillita del coche y todavía me sorprende verla sin ella, porque le queda perfecto el cinturón del asiento trasero y acaba de cumplir ocho. Juguetea intranquila con el monedero, asomando la cabeza de cuando en cuando para comprobar la hora. He tenido que sudar tinta para escaparme antes del trabajo. Mea culpa, he de reconocer. 

El jueves tenía que haber parado en el centro comercial al salir, pero se me pasó. Llevamos un par de semanas de cabeza en la oficina, el jefe está que muerde y las broncas son constantes. Las ventas no solo no despegan sino que están de capa caída y poco podemos hacer nosotros, la verdad, aguantar el chaparrón y punto, él insiste en que tenemos que ponernos las pilas y nos mira mal si pedimos un día por asuntos personales. Se supone que el sábado no trabajo, pero justo ése se le ocurre hacer una reunión de marketing hasta las cinco con comida incluida. Tendría margen suficiente para llevarla a la firma de discos, si no se me hubiese ido el santo al cielo el jueves. 

Los gritos que le pegó a mi compañero aún resonaban en mi cabeza cuando entré en casa. Ella vino corriendo a la puerta, como habitualmente, salvo que no me dijo lo de “¡Hola, mamá! ¿Qué tal tu día?”, que me obliga a comérmela a besos muerta de hambre como llego. No. En lugar de eso me preguntó excitada: “¿Lo has traído? ¡Déjame verlo, porfa, porfa!” La perplejidad que floreció al instante en mi rostro no le hizo ninguna gracia, obligándola a refunfuñar: “Venga, va, mamá, no bromees...” Pero entonces el pánico que reflejaron mis pupilas al caer en la cuenta de que me había olvidado por completo, la hicieron dar media vuelta igual de rápido que había venido. Sollozando por el camino, dicho sea de paso. Mi marido me reconfortó en el sofá mientras escrutaba la pantalla en busca de algo decente que ofrecerle a nuestros cerebros exhaustos. “No te preocupes, se le pasará, el sábado lo cogéis antes de poneros a la cola, a primera hora no creo que haya tanta gente...” Asentí dejando que se me cerrasen los párpados para no pensar en lo que me esperaba y dormité a su lado semiconsciente de cómo me acariciaba el hombro durante un buen rato. 


Así que me quedé el viernes hasta tarde para que mi jefe no me mirase raro al salir media hora antes de la reunión. Cosa que hizo igualmente, cómo no. Ni se me ocurrió pedirle permiso para acompañarla al centro de salud por la mañana. Ella había rodeado el sábado con un círculo rojo de rotulador idéntico al que utilizo para marcar las consultas en el pediatra, las visitas al dentista, o las revisiones del oculista de su hermano. Su padre sonrió divertido al comprobar que me había olvidado de marcar el viernes, y lo hizo él, justo a continuación de que ella pusiese una estrella para adornar su acontecimiento. “¡No puede ser! ¿Justo el día antes?, gimió lastimosa mientras los hombres de la casa se reían a su costa. “Toca vacuna, cariño, me olvidé de decírtelo, pero no te preocupes, el abuelo irá contigo, yo ya sabes que no puedo.” Se le atragantaron los cereales del desayuno y no volvió a dirigirnos la palabra hasta la hora del almuerzo. Papá me llamó a media mañana para decirme que había ido todo bien, lo conozco demasiado para saber que miente. “Es una campeona, ni un ay... Bueno, uno igual, sí, pero ya está. Le compré una piruleta al salir, pero no te preocupes, se la daré después de comer.” Traducido: los gritos debieron de haberse escuchado al menos dos kilómetros a la redonda y ya se habría zampado un par de chuches como mínimo. En eso no se parece a mí. Es una quejica y le dan pánico las agujas, yo apretaba los dientes y no se me escapaba ni una lágrima. Ella en cambio se asusta por todo, aunque es más simpática y extrovertida que yo, por eso me hace tanta gracia que seamos casi idénticas físicamente, siendo nuestros caracteres tan diferentes.

“Quiero ir tan guapa como tú”, me dijo la víspera y le pinté las uñas porque evidentemente no pensaba maquillarla. Le encantaría, por supuesto, es lo que hace aprovechando que no estoy en casa, y cuando llego me la encuentro disfrazada con lo primero que encuentra en mi armario y la cara tan pintarrajeada que luego me cuesta lo suyo limpiársela en la ducha. El problema era la ropa, yo pasaría a recogerla sin tiempo para mudarme el traje y a ella no sabía qué ponerle. No había tenido tiempo para comprarle nada últimamente y todo le queda raquítico o enorme, así que la noche anterior  le dejé en la silla colocado su jersey preferido. Le di un par de vueltas a las mangas para que no se note que le están cortas, y lo combiné con una camiseta que le va grande por debajo para que no se le viese el ombligo. Le cogí un pantalón que ya no le sirve a su hermano y sonreí al ver que le iba genial. ¿No se llevan los vaqueros tipo boyfriend? Pues esto es más o menos lo mismo. Le dejé su preciosa melena lisa suelta e inmediatamente se la atusó con la soltura de una modelo profesional. Está tan mayor...

Tanto que quiso pagar ella el CD con sus ahorros. El abuelo contribuyó un poco para que no se le agotasen los fondos, por aquello de no dejar la hucha medio vacía. Eso sí, le dio la misma cantidad a su nieto para que no pensase que pretendía interferir en sus asuntos económicos. Su hermano puso los ojos en blanco al verla metiendo semejante cantidad de calderilla en su monedero de Hello Kitty y ella arqueó una ceja ofendida. Vaya par, uno mirándose al espejo durante horas para colocarse el flequillo, y la otra enseñándole a su muñeca de trapo las uñas de los pies pintadas a juego con las de las manos antes de disponerse a dormir. No pegó ojo, la pobre. Vino tres o cuatro veces a nuestra habitación a preguntar si ya era hora de levantarse, y su padre acabó por dejarla meterse en la cama para poder descansar nosotros. Se quedó rendida abrazada a mí casi de madrugada y, de no ser por lo grande que está, me parecería que fue ayer cuando le di el pecho por última vez. 


Ahora devora. Se zampó en un suspiro el bocadillo de la merienda sin darme ni tiempo a mí de coger algo para matar el gusanillo. Cuando regresé del baño ya estaba esperándome en el descansillo, no me quedó más remedio que retocarme el maquillaje en el coche, las ojeras con el rímel reseco imposibles de ocultar, tiré de rojo de labios para disimular. “¡Date prisa! Como haya cola también para comprar el disco ya verás...” Por favor, que el chute de Apiretal le haga efecto ya, o me va a acabar sacando de mis casillas. Es una lástima no haberme tomado otro yo, igual me quitaba este maldito dolor de cabeza... La hilera de gente llevaba el carro hasta los topes. Sábado a primeros de mes, compra gigante. Por lo que no le quedó otra que armarse de paciencia. Cogió ella el disco tan rápido y tiró de mí tan fuerte que casi me caigo. Los señores que nos tocaron delante en caja se compadecieron de ella. “Si lo llegamos a saber te dejábamos pasar, guapa, pero ya nos han empezado a cobrar. Eso sí, los cromos esos de las galaxias te los regalo, que mis nietos no los quieren.” Me los metió en el bolsillo de la americana a toda prisa obligándome a seguirle el paso hasta el tinglado que montaron para la firma. Todavía no había llegado la estrella y me alegré de haber conseguido al menos no defraudarla en eso. 

La fila tampoco daba demasiadas vueltas aún por las cintas que zigzagueaban delante del escenario. Una foto gigante de su ídolo le hacía brillar la cara con la emoción, paré a coger un descafeinado en vaso de cartón a fin de calmar los rugidos de mi estómago y aprovechó para soltarse de mi mano. La vi alejarse segura de a dónde debía dirigirse y un escalofrío me recorrió la espalda. Poco más baja que las adolescentes que tenía delante, las observaba tímida acariciando el sobado CD recién comprado, ellas intercambiaban impresiones a viva voz con otro grupo de chicas que estaban casi de primeras, dando botes y soltando sonoras risitas sin venir a cuento. Parece una aprendiz de fan a su lado, pero reconozco que ya no es mi niña pequeña. Se está haciendo mayor y en cuanto me despiste y la pierda de vista vuelve a mi lado hecha una chica. “Es lo que nos queda,” sentí decir a mi espalda, “peregrinar a las firmas de discos y a los conciertos.” La madre que suspiraba compungida me indicó el lugar idóneo para hacer las fotos y se lo agradecí. “Aquellas dos locas son las mías. Mellizas. Mi marido no quiere saber nada. Está tan harto de que le calienten la cabeza con su música que hasta se pone tapones para poder echar la siesta...”

Y así fue. Esperé pacientemente a que le tocase a ella subir al escenario. Noté lo que le temblaban las piernas, lo bajo que susurró su nombre cabizbaja. Tanto que no la oyó y se lo deletreó como hace siempre con su primo irlandés cuando la llama Claire en lugar de Clara. A la cantante le dio la risa y la miró con la misma ternura que yo, porque en el fondo no es más que una niña. Como demostró al contarme lo que les había escuchado hablar a las chicas que tenía delante. Que si su color del pelo no puede ser natural. Que si es más alta de lo que parece en la tele. Que si en las fotos sale más guapa de lo que es. Hasta que concluyó convencida: “Mamá, a mí me parece maravillosa, ¿sabes? Hoy es el día más feliz de mi vida.” Claro, hija, pensé para mí acariciándole la cabeza, y lo que no sabes es que te quedan muchos todavía por vivir. 

by Eva Loureiro Vilarelhe

Cuando las nubes están rosas, es que va a llover: segunda parte de la trilogía



"Da igual que esté en el agua, leyendo o durmiendo, su recuerdo me persigue días tras día, haciéndome desquiciar por momentos al no poder volver a verla".
Akira

Akira es un surfista profesional con grandes posibilidades de ganar su primer campeonato del mundo. Tras leer el cuaderno que escribió su madre sobre su pasado, toma la decisión más importante de su vida, emular al capitán Ahab en busca de su particular ballena: una peculiar joven a la que conoció siendo un niño, que apenas ha visto en un par de ocasiones y de la que no sabe nada desde hace siete años. Ser consciente de que está locamente enamorado de ella, lo empuja a llevar a cabo un desesperado último intento para conseguir encontrar al amor de su vida. 

"Con 21 años y una planta que muchos ya quisieran, no es el puto amo del surf porque no le da la gana. ¿¡Y todavía es virgen!? Joder, que alguien me lo explique porque no lo entiendo..." 
Gareth

jueves, 27 de abril de 2017

Tengo un sueño


“Mi sueño...”, se me escapa en un susurro olvidando que no estoy sola. La señora levanta la vista y me mira fijamente, “¿Tienes sueño, querida? No me extraña, a saber a qué hora te has acostado ayer, jejeje. ¡Ay, juventud divino tesoro...! ¡Qué bien hacéis! ¡Aprovecha ahora! Mientras el cuerpo aguante... Hazme un favor, anda, tráeme una talla menos del pantalón, porque los vaqueros después ceden y no quiero que me queden flojos.” Asiento sin comentar nada, forzando una sonrisa al reparar en el botón a punto de reventar, incapaz de contener la lorza que le sobresale en la cintura. Antes les comentaba algo, ahora ya he aprendido, es inútil. Si quieren seguir vistiéndose como quinceañeras a los cincuenta, allá ellas. Yo ni mu, les traigo lo que piden y si me preguntan mi opinión miento, ¿qué voy a hacer sino? Mi madre les soltaría cuatro frescas, en plan, señora, haga el favor de vestirse como lo que es, no como una fulana, o algo por el estilo, ella que no se saca el traje de chaqueta de encima ni para estar por casa. Pero yo no me atrevo a tanto, además, no es asunto mío, a mí me pagan igual, no importa si vendo más o menos. Las acciones de Inditex siguen subiendo y mi salario no me da ni para alquilar un apartamento. En fin. “Tengo que ir al almacén, ahora mismo se lo traigo.” “¡Uy! No me trates de usted, que me haces mayor, jejeje.” Y me voy sonriendo sin responder. 

Por el camino me cruzo con mi supervisora, me indica un montón de ropa que debería estar doblada y no insiste al escuchar a su espalda: “Chica, tráeme también una menos de la camiseta, que estoy a dieta y seguro que el mes que viene me va grande.” Me giro para sonreírle de nuevo, prefiero no recordar lo apretada que le queda. Lo dicho, no es asunto mío, si después no puede ponerse nada de lo que compre, allá ella, que lo devuelva y listo. Katy me empuja bromeando al pasar por mi lado, suelta un par de risitas y me guiña un ojo. Me lo paso bien con ella, es la única capaz de arrancarme una sonrisa sincera aquí dentro, es una lástima que esté en la sección de niños, porque si hay mucho lío a veces ni nos vemos. “Después hablamos”, le entiendo decirme exagerando al gesticular. La música de ambiente y la cantidad de gente que hay en la tienda me impide escucharla. Con ella no me importaría compartir piso. Ella me comprende. Sabe que estoy desesperada. Harta de la rutina agobiante del trabajo. Yo no nací para doblar camisetas. Tengo un sueño. Sí. Lo malo es que lo he ido dejando y, claro, es lo que pasa, el tiempo pasa, y no he conseguido avanzar ni un ápice para alcanzarlo que digamos.

La señora me espera impaciente y me devuelve un montón de prendas, ya se ha mudado, lógico si en las que le traigo no entra. “Solo me llevo esto”, me dice convencida enseñándome otro buen lote de ropa. Le doy las gracias y me dedico a recoger la que deja observando cómo disfruta llevándose su botín a caja. Yo hace siglos que no me compro nada. Con esto de ahorrar para irme a vivir con Fran gasto lo mínimo. Y en el fondo me pregunto si vale la pena. No. Al menos irme con él. Preferiría estar sola. Mi casa, mis cosas, y punto. Lo que pasa es que no puedo permitírmelo. A Fran le molesta todo lo que hago. Si pongo música no le gusta.  Si la tarareo menos. Si salimos con todos no puedo reírme de las bromas de sus amigos. Si salimos solos parece que se aburre. Todo se reduce al sexo, y tampoco es que sea para echar cohetes. Katy siempre me pregunta qué hago con él y tiene razón. Es la inercia. Lo conocí en la facultad. Él tuvo más suerte, encontró trabajo como publicista enseguida. Yo no. Cansada de dejar currículum me resigné a trabajar de dependienta. A mis padres no les hizo mucha gracia, aunque al final lo aceptaron igual que yo, mejor que estar en casa sin hacer nada es. Sin embargo me desespera, porque es un círculo vicioso. Las semanas vuelan y los meses pasan sin cambios. Sigo dando vueltas en la misma noria de siempre. Casa, trabajo. Trabajo, casa. Fin de semana casi sin dormir. Casa, trabajo. Trabajo, casa. Fin de semana sin dormir en absoluto. Y así hasta el infinito. Cuando veo la cara de amargada de nuestra jefa me dan escalofríos. No quiero convertirme en ella. No. Me niego a acabar así. Porque es que yo tengo un sueño.


Hace mucho que no sueño con que se hace realidad, todo hay que decirlo. Antes me veía. Loca de alegría por haberlo conseguido. Todo, absolutamente todo, como yo quiero. Me regodeaba en los detalles hasta que todo estuviese como yo deseaba. Y me despertaba pletórica. Feliz, porque cada noche añadía pequeños cambios que me parecían indispensables para lograr la perfección. De hecho me acostaba pensando en lo que debía mejorar, incluso tomaba notas en un pequeño cuaderno que guardo celosamente en el cajón de mi mesilla. Ya no. Ahora tengo que apretar los párpados muy fuerte antes de quedarme dormida, para intentar rememorar alguna de las imágenes en las que mi vida era como yo quería que fuese. Aparto la mirada al echarme la crema de manos para no ver el otrora manoseado bloc allí olvidado, y cierro el cajoncito de un empujón enfadada. Lo noto. Sé que me mira diciéndome: “Traidora. Yo que guardo todos tus proyectos y no me haces ni caso. Mejor sería que me echases a reciclar... ¡Total, para lo que valgo!” Y me tapo los oídos con la almohada para no escuchar sus recriminaciones. Un día de estos lo tiro. O lo quemo. Sí. Eso. Mi sueño reducido a cenizas.

El polvo que desprenden las prendas que coloco en el estante me llevan a observar las diminutas motas al trasluz. Parecen brillar como el oro y durante un instante sonrío inconscientemente. Qué bellas son esas pequeñas cosas. “¡Eh, Bibi! ¡Despierta, que viene el ogro!” Ni siquiera me giro, me agacho para recoger un par de perchas que se me han caído y me voy directa hacia el montón de ropa arrugada que hay sobre un expositor bajo. “¡Niñas, daos prisa que esto parece una cuadra! Aunque no me extraña, con tanta gente... ¡Vienen aquí a revolver como si esto fuese un mercadillo, pero después no compran nada! Cómo se nota que fuera está lloviendo...” “¿Mucho?”, le pregunta Ana a la encargada con cara de circunstancias y ésta la mira por encima del hombro sin responder. “Es que no he traído paraguas y he ido a plancharme el pelo...”, le aclara más bien a la pared, porque la otra ya se ha dado media vuelta dejándola con la palabra en la boca. La sigo con la mirada y le doy las gracias a mi compañera por el aviso. No cabe duda, es un ogro, me pregunto si cuando habla se dirige a nosotras o a seres de su imaginación, porque cada vez que se digna a mirarnos da la impresión de que nunca antes nos ha visto. Suele mirar al frente y como es alta y lleva siempre taconazos, que por cierto no sé cómo aguanta con ellos tantas horas, pues ni nos ve. A mí menos, que soy bajita. En el fondo me alegro. Así no tengo que aguantar sus estúpidos ojos azules clavados en los míos. Está claro que nos cogen por ser más bien monas, pero ella no debió de abrir la boca en la entrevista, porque sino no me lo explico. Es repulsiva. Y con esa cara de no haber roto nunca un plato todavía da mas asco. Arcadas dice Katy que le dan si se cruza con ella. Y, como siempre, tiene razón. 


De casualidad miro el reloj y me entran ganas de llorar. ¿Las agujas no se mueven o es que me he metido en el libro ese de Proust que siempre relee papá? ¡Qué suplicio! ¡Lo que me queda para salir! ¡Y hoy con la de trabajo que hay no me va a dejar ni cogerme un descanso! Ni un respiro nos da, la muy... Ahí está, azuzándonos para que hagamos algo y no estemos quietas dos segundos en el mismo sitio. Unas chicas se acercan para preguntarme por una blusa que han visto en el escaparate y contraigo los músculos de las mejillas como un resorte. Tengo callo ya de sonreír como una falsa. Por inercia, como todo en mi vida. ¡Qué horror! Y entonces me fijo en ellas. Son tres. No muy guapas, la verdad, pero visten con estilo. Una tiene la melena lisa natural y la recoge con delicadeza a un lado mientras me explica que quiere combinarla con la cazadora que lleva en la mano. Alabo su elección y le aconsejo un pantalón y una falda que le irían genial. No suelo hacerlo, pero hay algo en ella que me empuja a ser sincera. Claro. Me recuerda a mí hace unos cuantos años ya, demasiados, para mi desgracia. Pero no por su aspecto, claro. Debe tener unos dieciocho. Menos de veinte seguro. Es su mirada lo que la hace parecerse a mí. Terriblemente soñadora. Y ese aire bohemio que le da la ropa que usa. Muy chic. Très chic. Diría mamá.   

Las veo yendo hacia los probadores entre risas y me muero de envidia. Suenan auténticas. Naturales. Echo tanto de menos reírme así. Bajo la vista para evitar que se me salten las lágrimas y el par de pantalones que tengo que recoger entra en mi campo visual. Cierro los ojos apesadumbrada y voy hasta el perchero a ciegas. Total, me conozco la tienda palmo a palmo. De repente choco con alguien y en el acto abro los párpados de par en par, deshaciéndome en excusas. Él me mira divertido, se limita a sonreír ante mi sonrojo. Tiene unos cálidos iris castaños. Su novia ni se fija en nosotros y se lo lleva distraída cogiéndolo de la manga. Él le pasa el brazo libre sobre el hombro cariñosamente y la envidia vuelve a apoderarse de mí. Cuelgo el pantalón en su sitio con saña, justo cuando el ogro me dirige una rápida ojeada. De inmediato viene directa hacia mí, con la gelidez de sus ojos azules anticipándome la reprimenda. Y, por fin, despierto. Voy a su encuentro resuelta y su frase ya no puede alcanzarme cuando nos cruzamos. De hecho, ni la oigo. “No puedes tomarte un descanso ahora”, casi me grita al comprobar que estoy llegando a la entrada. Me giro y el estupor reflejado en su rostro me hace sonreír de inmediato. “¡Tengo un sueño!”, exclamo triunfante soltándome el pelo, lanzando al aire el prendedor, “¡Y no quiero esperar ni un minuto más para tratar de conseguirlo!” 

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 20 de abril de 2017

Uno rápido, anda...


“A ti una semana de empleo y sueldo. Ella está fuera...” “Ella no ha tenido la culpa, he sido yo”, lo interrumpí intentando controlar mi rabia y sonrió condescendiente antes de añadir mirándome por encima de sus gafas de pijo que va de intelectual, “Es lo que hay, chaval. La próxima vez piénsatelo dos veces antes de hacer el capullo en el cuarto de la limpieza. Y ahora si me disculpas, tengo más cosas que hacer...” Me levanté en mitad de la frase y mi portazo me despidió por mí. Es lo que hay. ¡Será hijoputa! Le tengo unas ganas locas desde que me hicieron supervisor. Guzmán no era mal tipo, un poco seco en el trato, pero en definitiva te hacía un favor si se lo pedías, si podía, por supuesto, a veces a regañadientes, porque es lo que tienen, se hacen de rogar, así te queda más claro que les debe una, o dos, mejor dicho, suelen cobrártelo con creces. Pero cuando me ascendieron a éste también lo trasladaron a nuestro sector, y la cosa se puso chunga. Aunque tiene razón en algo, debería habérmelo pensado dos veces. Fijo que nos caía una buena como nos pillasen. Y nos pillaron. Y nos cayó, vaya si nos cayó.

A ella sobre todo, y eso es lo que más me jode, en realidad. Me la crucé al salir del despacho, venía de recoger sus cosas de la taquilla y la impotencia que destilaba mi mirada además de mi comentario, "Recuerda, tú vales, hazme caso y preséntate ", la hizo sonreír de lado. Así es como más me gusta. Tiene una cara preciosa, de esas que hipnotiza y no puedes dejar de mirar. Pero cuando sonríe parece una cría con pinta de pilla. Por eso me quedé colgado de ella en cuanto la conocí. De cuerpo ni fu ni fa, todo hay que decirlo. Ahora, su cara es un sueño. De hecho suelo soñar con su rostro perfecto muy a menudo. Demasiado. Al principio solo coincidíamos en el turno de tarde, más bien al final. Le tocaba limpiar con la manguera los restos de pescado cuando yo me pasaba a comprobar que todo estuviese en orden. Casi no habla. Ni falta que hace. Sus gestos lo dicen todo y le hizo gracia mi modo de presentarme. Sonrió arrugando la nariz y ya lo supe. Por lo que le eché un cable para que la contratasen más meses. O más bien me ayudé a mí mismo, ya que yo era el principal beneficiado. Fue lo último que hizo Guzmán antes de irse. 

Por sus compañeras me enteré de que anda dando bandazos de un lado a otro. Y de que su novio está como un queso. Yo apenas lo intuí una vez que vino a buscarla de noche. Moto japonesa de gran cilindrada, traje y corbata, zapatos impolutos y casco calado. Me pareció serio. O tal vez es que la pinta de abogado o banquero me echó para atrás. Ella se asió a su cintura con cariño mientras a mí me comían los celos, después de darle un par de golpecitos con las yemas de los dedos en el cristal del casco. Es preciosa y ni siquiera se da cuenta. Sutil y encantadora como ninguna. La primera vez que la escuché cantar pensé que tenía el altavoz del móvil conectado. Pero no. En cuanto me di cuenta de que era ella se me descolgó la mandíbula. Y le dio la risa. Normal, prefiero no pensar en la cara de gilipollas que tendría. "Tienes que presentarte a uno de esos casting de la tele, da igual el programa, te sale el talento por las orejas", solía repetirle, pero ella nada, ni caso. En el fondo la entiendo, le gusta la tranquilidad y haciendo lo que hace nadie la molesta. Es rápida y eficaz con las manos, los clientes no tienen queja, únicamente tiene que pelearse con alguna tripa pegajosa o con los encargados porque es impuntual. Y ahí me la ves, tarareando tan campante limpiando las vísceras del pescado. Me pareció que revivían al oírla. O quizás fueron imaginaciones mías. Movían la cola siguiendo el compás, de eso estoy seguro. 


Poco a poco fuimos coincidiendo en el turno de mañana. Y ya me lancé. La acribillaba a preguntas en los descansos. Me aprendí sus rutinas y reconozco que la seguía, haciendo coincidir mis cafés con los suyos. O más bien mis cafés con sus nada. Ella simplemente sale a tomar el aire a la puerta de acceso del almacén. Le molesta el humo de los que fuman y suele apartarse un poco. Me alegré de no ser fumador y aproveché cada minuto que compartimos para saber algo más de su vida. Con escaso éxito, también he de decirlo. Ya digo, apenas habla. Ni falta que hace. Un día le comenté que me encantaba su voz y me dejó sin palabras escucharla pronunciar tantas seguidas para responderme. “También sé hacer otras cosas, ¿quieres verme en acción?” 

En ese momento no caí en lo adictivo que podría llegar a ser, al responderle que sí asintiendo con la cabeza, la lengua ni me respondía. Comencé a desesperarme cada vez que nuestros turnos no coincidían. Me volvía loco, mejor dicho, porque incluso se los cambiaba a compañeros perjudicándome claramente con los horarios. Todo por verla. O más bien, sentirla, notarla, escucharla, saberla en todo su esplendor. En acción, dijo. Y cualquier adjetivo se queda corto para describirla. Me moría de envidia pensando en si llega tarde tan a menudo porque estará haciéndole lo mismo a su novio. Después se me pasa al estar a solas. Ella y yo. No existe nadie más. No al menos en ese instante. Supongo que esa fue nuestra perdición. O la mía. A ella no le importa que la echen. Imagino que un ser tan extraordinario no soporta estar mucho tiempo en el mismo lugar. Soy yo el que está jodido. Porque no sé cómo sobreviviré sin ella ni un día más. Por eso la busqué sin descanso. Y, tras un par de meses insufribles, la encontré en la pescadería de otro supermercado.

Aquella mañana estaba muy pillado de tiempo. El jefe me estaba encima desde hacía un par de semanas y no me dejaba ni un respiro. Cuando me estreso es cuando más falta me hace estar con ella. Y saco tiempo de debajo de las piedras para hacerlo. “¿Cuánto te queda para el descanso?”, le pregunté a bocajarro mientras le quitaba la espina a unos lirios. Miró el reloj de reojo y ni se dignó en responderme. “Más de una hora, guapito”, me soltó su encargada para que me largase en el acto. Señaló la fila de gente que esperaba a ser atendida con una exagerada inclinación de cabeza, y solo entonces fui consciente de que varias señoras no me quitaban el ojo de encima intrigadas. Supongo que mi intromisión les serviría a continuación para mantener una simpática conversación con algún que otro chiste a mi costa, pero me la traía floja, la verdad, estaba que me subía por las paredes y no me corté un pelo a pesar de que sabía que todas me oían. “Uno rápido, anda...”, le supliqué. Ni siquiera levantó la vista. Su sonrisa torcida me bastó. Es su manera de decirme que sí. Así que me di toda la prisa que pude para dejar todo listo antes de volver a buscarla. 


O más bien a ir tras ella. Nunca me espera, ni me avisa, ni me manda recado. Ella a lo suyo. Si voy bien, y sino, también. Simplemente se mete en el cuarto en el que se guardan los utensilios de limpieza. No suele haber mucho movimiento. Las máquinas y los carritos llevan de todo en cantidades industriales, por lo que es raro que vengan a buscar nada hasta el siguiente turno. Así que se esconde allí a oscuras a esperarme. Y yo voy aflojándome la corbata por el camino. Me quito la camisa nada más entrar. Y su cofia cae al suelo dejando a la vista su preciosa melena. Es una pena que no sea cajera. Con su cara y su pelo encandilaría a todo el mundo. Podría cobrar lo que le diera la gana, quién iba a fijarse en el ticket ante la aparición de un ángel. Entonces sonríe y me hace dudar. Un diablillo es lo que es. Cuelga mi camisa de un cordel con sus pinzas del pelo, y la linterna del móvil es la señal de que comienza la función.

No estoy seguro de qué es lo que más me fascina. Su prodigiosa voz. Las imposibles figuras que consigue hacer con la sombra de sus manos. O el arte que sale a raudales por cada poro de su piel. Lo que sí es cierto es que pierdo la noción del espacio en cuanto me veo inmerso en su espectáculo. Y del tiempo también, a juzgar por la bronca que me echó mi jefe cuando regresé a mi puesto. Al parecer llevaba bastante reclamando mi presencia en su despacho, tanto como la pescadera echando en falta a su más reciente incorporación. Y tuvo que ser precisamente el más bocazas de la tienda el que nos descubrió. Prefiero no repetir la sarta de estupideces que se inventaron a nuestra costa. De todo dijeron. Y nada cierto. En fin. Es lo que tienen los compañeros de trabajo. Les encanta saber. Y exagerar, todavía más. 

Ya no me importa lo que digan. Eso seguro. Sobre todo ahora que sé dónde encontrarla. Y salí pitando a por el coche en la hora del almuerzo. Crucé los dedos desesperado por que la información que conseguí fuese correcta. Ella tendría que estar trabajando en el instante en que me plantase delante. Y mis vítores de alegría anticiparon mi aparición, obligándola a levantar la vista hacia el pasillo central por el que venía a todo correr. Con lo que ya no contaba es que la fama me precediese, ya que esta vez era un tipo calvo y bajito su supervisor. Y fue él precisamente quien la miró entrecerrando los ojos, después de mirarme a mí de arriba abajo nada más frenar en seco a pocos centímetros del mostrador del pescado. “Ni se te ocurra”, la amenazó en un susurro, pero implacable. Bajó la vista de inmediato, escudriñando ensimismada las entrañas del besugo que estaba despiezando, y por un momento temí que se echase atrás. Hasta que sonrió de lado y lo supe. “No me gustaba mi jefe”, me aclaró un mes después en la pescadería del siguiente hipermercado. Y yo bendigo a diario que sea un culo inquieto. 

by Eva Loureiro Vilarelhe 

jueves, 13 de abril de 2017

¡Al ladrón!


La cabeza parece que me va a estallar de un momento a otro. Tanto es así que ni me atrevo a abrir los ojos. Ernesto ya se ha duchado y me pregunta desde el baño si pienso decidirme algún día a ponerme en pie. Sé que le gusta ducharse conmigo los domingos por la mañana, por eso le fastidió que me quedase remoloneando en cama. La benzodiacepina no me han servido de mucho, al contrario, me desperté en plena noche asustada por culpa de un estruendoso ruido en la calle y me levanté dando tumbos a hacer pis. Volví a quedarme rendida, pero no descansé en absoluto, intranquila y sin dejar de soñar, no recuerdo muy bien sobre qué, solo que me sobrecogía una desapacible e inexplicable sensación de inquietud. Y al parecer me desperté un par de veces más llorando. Eso me dijo él, yo no lo recuerdo, supongo que sus abrazos no sirvieron de mucho. Mi marido es lo que tiene, es muy cariñoso y me acuna hasta que me vuelvo a dormir si tengo una pesadilla, pero hay momentos en los que su calidez no me basta para sobrellevar la pena que siento.

Desayunamos riéndonos de los comentarios jocosos de nuestro hijo. David tiene partido y acostumbra a relatarnos la previa con su peculiar sentido del humor. Se parece mucho a mí, y eso me preocupa, no me gustaría que siguiese mis pasos. Le encanta dar cuenta de las manías de cada uno de sus compañeros de equipo, además de las del entrenador, por supuesto. Le gusta sacar a relucir sus dotes de observación y sé que le fascina que nos encontremos por casualidad con alguno de mis pacientes, lo mira de arriba a abajo con aire circunspecto y reconozco en su mirada la mía de antaño, sé que daría cualquier cosa por saber lo que pasa por su mente, y suelo responderle en alto a la pregunta que no llega a verbalizar. “No te agradaría en absoluto, créeme, no suele ser plato de buen gusto.” Él se encoge de hombros circunspecto y sonríe de lado, con su encantador aspecto de jovencito impúber que es más listo de lo que parece. “Ya, aun así, sería interesante, mamá...”, reconoce pensativo y su padre sale al paso intentando separar nuestra vida privada de la mía profesional. “Por favor, en la consulta le atenderá, ahora no, no ve que tenemos prisa.” 

Alquilé un despacho en un edificio de oficinas precisamente para no pasar consulta en casa. Por las mañanas estoy en el hospital psiquiátrico, y por las tardes hago lo que puedo para ayudar a quienes me ruegan que siga atendiéndolos después de ser dados de alta. Me gusta mi trabajo, y se me da bien disimular mis sensaciones delante de los demás. Asisto a diario a múltiples situaciones descontroladas, incómodas, desagradables, o simplemente embarazosas, siempre sin inmutarme.  Al menos exteriormente. Aunque parezca mentira, es más fácil cuando son casos extremos o graves, te limitas a tratar la patología con la medicación adecuada e intentas encauzar el asunto para que no se salga de los parámetros de la normalidad. El problema viene cuando esa presunta normalidad no lo es tanto, o se salva por los pelos. Las consultas por depresión se han disparado en los últimos años, de hecho ejerzo más de psicóloga que otra cosa la mayoría de las veces. Prescribir pastillas a quien en el fondo solo necesita compañía, o simplemente recuperarse de un trauma no demasiado severo agravado por el estrés cotidiano, no resulta de mi agrado. La cuestión social incide en las anomalías individuales y ahí se complica la cosa. Tengo colegas que ni se lo plantean, tiran de recetario y punto, aduciendo que sus pacientes se lo agradecerán igual, o incluso se quejarán si no toman la medicación de moda entre las celebrities. Un horror. Para mí, claro, que si me tomo un par de píldoras para dormir me arrepiento de inmediato, por los desagradables efectos secundarios que tendré que sufrir.

Pero es que llevo unas cuantas noches sin pegar ojo. Los viernes viene Clara. Mi niña. Ya la llamo así hasta yo misma. Ernesto dice que es la hija que siempre quise tener, por eso comenzó a referirse a ella como mi niña. Y supongo que hasta cierto punto tiene razón. Antes no me afectaban estos casos. No tanto al menos. Cuando empecé creo que me dejaba llevar por la curiosidad que me provocaba descubrir variedades nuevas que no había tratado, y mi mirada asombrada, idéntica a la de mi hijo David, le hacía gracia a mi mentor. El doctor Clavero. Ahora me echaría una bronca de narices si se enterase de lo que me está pasando. Llamémosle crisis de los cuarenta o como se prefiera, me da igual. Lo cierto es que me cuesta mantener la compostura en cuanto entra por la puerta. De un tiempo a esta parte lo he notado, suelo poner cara de circunstancias cuando me relatan sus vivencias, incluso sonreír condescendiente, compasiva o cortés, en función de las necesidades... Pero una vez que salen de mi despacho me dan ganas de salir detrás gritando “¡Al ladrón!”, porque noto que se van llevando poco a poco algo de mi alma con ellos. Y con Clara es todavía peor.


Tiene casi treinta años y parece una cría. Frágil e insegura. No es guapa, ni siquiera atractiva. Simplemente da lástima. Eso es lo que resulta irresistible en ella. Sus enormes ojos grises destilan tanta tristeza que no entiendo que haya alguien capaz de hacerle daño, para cuanto más su propia familia. A mí solo me dan ganas de abrazarla al tenerla delante. Y lloro a mares nada más irse cada viernes, porque no puedo asimilar que sean tan crueles con un ser tan débil. Es lo que denominamos socialmente como gafe. O peor aún. Es un auténtico imán para las desgracias. Y me parte el corazón verla sufrir tanto. Traté de desentenderme de ella a los primeros síntomas de implicación afectiva por mi parte. Incluso se lo comenté a su tutor legal. Está incapacitada y fue lo primero que hice para protegerla, procurar alejarla lo más posible de sus padres y hermanos. Él me lo desaconsejó de plano y también mi superior en el hospital. En realidad entiendo por qué, me costó meses de terapia conseguir llegar a la superficie del problema, y someterla a un cambio de terapeuta repercutiría negativamente en su evolución, sobre todo ahora que ha comenzado a abrirse a mí. Jamás ha tenido tanta confianza con alguien como conmigo. Es cierto que me complace poder ayudarla de alguna manera, pese a que tengo que reconocer que está costándome la salud.

Llevo semanas sin dormir bien. Los fines de semana por descontado, y en cuanto me voy recuperando ya me pongo nerviosa al pensar en su próxima cita del viernes. Ernesto está empezando a perder la paciencia. Me acusa de lo mismo que le echaba yo en cara cuando David era pequeño, de traerse trabajo a casa en lugar de dejarlo para cuando no estuviésemos juntos. Y tiene razón. Antes cerraba la consulta y dejaba allí bajo llave mis preocupaciones laborales. Ahora ando ensimismada y constantemente pendiente de un único caso, el suyo. Me dedico a buscar alternativas para mejorar su autoestima sin excederme con el cóctel de medicamentos, mi prioridad es que se convierta en la adulta que es, y al mismo tiempo me devano los sesos pensando en cómo lograr que encuentre algo que hacer, y por lo que aun encima le paguen en los tiempos que corren. Es normal que se enfade conmigo. Lo reconozco. El otro día le solté de sopetón si Clara podría realizar en su empresa un curso de formación en el que pasasen por alto alguna falta presencial, y entró en cólera. Lógico. Mi pregunta no le molestaría en absoluto en cualquier otro momento.

“¿Acaso es que ya no puedes ni follar sin pensar en ella?”, me gritó levantándose de la cama y le chisté preocupada por si lo oía David. Salió desnudo dando un portazo y escuché a nuestro hijo preguntándole si pasaba algo. Al asomarme al pasillo en camisón me saludó guiñándome un ojo. “Buenas noches, mamá”, me dijo en un tono más elevado de lo habitual y me fijé en que llevaba puestos los auriculares de su iPod, observándolo pasar sonriendo pícaramente de camino a su habitación. Así que abrí los ojos para adaptarme a la luz matutina que presagiaba una espléndida mañana de domingo, me desperecé rápidamente para darme prisa antes de que se vistiese, y me arrodillé ante él deshaciéndome en el acto de la toalla que rodeaba su cintura. Ni que decir tiene que le agradó en grado sumo semejante manera de darle los buenos días, y hasta a mí me vino bien para aliviar un poco la jaqueca, ya que enseguida me sentó sobre la encimera en la que está incrustado el lavabo para resarcirme a mí por mi gentileza. 

“¿Esto significa que te vas a tomar las cosas con otro ánimo?”, me preguntó de camino a la cocina entrelazando mis dedos como una pareja de enamorados por el parque. Inspiré profundamente satisfecha antes de responderle, el orgasmo es la medicina ideal para equilibrar el organismo: mente y cuerpo preparados para lo que les echen después de. “Esto significa que al menos intentaré mantener a raya mi ansiedad, para que afecte lo menos posible a la convivencia familiar, y a la idiosincrasia de nuestras relaciones íntimas, en última instancia.” “Cómo me pone que me hables así”, me susurró al oído aprovechando para mordisquearme el lóbulo y me estremecí de nuevo. Nada mejor que el sexo oral para mejorar la comunicación de pareja... 

by Eva Loureiro Vilarelhe