jueves, 29 de marzo de 2018

Palabras cruzadas


Llegué tan sonado de la guardia, que di un traspiés justo antes de abrir la nevera para dar un trago a morro de la botella de leche. Cuando tengo prisa la bebo así, sí, y eso que sé que Nuria se pondrá furiosa en cuanto se entere, porque le parece una guarrada. ¡Qué más le dará que deje mis babas si ella sólo la toma de soja! Aunque lo que más me mosquea en realidad es que se dé cuenta. ¡No sé cómo lo hace, pero cada vez que lo hago se entera! Ella dice que es porque soy de manual, y por eso me dio por leer sus revistas, a ver si entendía yo qué quería decir con aquello… tras tres o cuatro test de esos que les ponen para descubrir de qué pie cojean sus chicos, o para adivinar si les pondrán los cuernos, o para tener claro si son los verdaderos hombres de su vida, pues... ¡no me quedó más remedio que darle la razón! 

Me tocó ser un chico tipo C, es decir, la opción predominante en sus respuestas. Y eso significa que soy atento, comprensivo, desordenado, un poco vago, olvidadizo, cariñoso, algo romántico, fiel, fogoso en la cama, y malhumorado si no duermo o como lo suficiente. ¡Joder, que lo clavaron, las muy…! Porque todas son redactoras, o psicólogas, o ginecólogas, o decoradoras, o estilistas, o especialistas en algo… y todas ellas mujeres de lo más inteligente las que pululan por las páginas de esas revistas, ¡y nos tienen calados! Que lo sepáis, Másters del Universo… En fin, igual exagero, porque cuando se lo conté a mi hermana —de esto hace ya más de tres años, que fue cuando empecé con mis ilustrativas lecturas para ponerme las pilas— le dio un ataque de risa. “¡¿Tú eres de los que busca sus síntomas en Google y ya encarga el ataúd, o qué?!”, me soltó con su voz de machorro —porque siempre fue más masculina que yo, todo hay que decirlo—. “Venga, Miriam, no digas tonterías que soy médico…”

“¡Entonces no las digas tú! ¿Desde cuándo eres tú romántico, a ver? ¡Si le pediste que se fuera a vivir contigo para que te pagara la mitad del alquiler!” En eso no se equivocaba, no, ella me conoce mejor que nadie, porque  sabe más de mi vida que yo… en algo tendrá que notarse que somos mellizos. A lo que iba, que me cagué en mis muelas al tropezar esta mañana medio zumbado, porque me di un golpe en la frente con la puerta del frigorífico, y ya tenía bastante jaqueca ¡como para aun encima eso…! Así que me fui directo a la cama sin comer ni nada, cayéndome de sueño, y me tiré sobre la colcha vestido y todo, que ni ganas de desnudarme tenía. Otra bronca que me caerá, por cierto, pensé un segundo antes de quedarme frito, por no quitarme la ropa impregnada de microbios del hospital. En fin…

Cuando desperté me extrañó que la persiana estuviera levantada, ella siempre me la cierra al llegar, no sé cómo consigue bajarla sin hacer ruido apenas porque nunca me entero. Y sobre las dos me abre la puerta para que me vaya acostumbrado a la luz, y al rato aparece con una bandeja repleta de comida que huele que alimenta, porque cocina de maravilla —que a eso se dedica en el hotel en el que trabaja, salvo los viernes, que libra para venir a prepararme el almuerzo saliente de guardia—, y a mí no me importa en absoluto que me interrumpa y no poder dormir más horas seguidas, porque comemos juntos sentados sobre la cama contándonos cómo nos fue la víspera, ya que mis guardias eternas y sus turnos maratonianos nos impiden coincidir entre semana. ¡Pero son casi las siete de la tarde, y grito en vano su nombre en nuestro apartamento desierto!

Me dirijo al baño haciendo eses, también tengo mal despertar, sí, eso ya se lo había advertido yo antes de hacer ningún test… y me lavé la cara a ver si me espabilaba, aterrorizado al no ver su cepillo de dientes en el vaso… pasé de ducharme antes de descubrir qué diablos estaba ocurriendo, porque al ir a buscar ropa para mudarme gran parte de la suya no estaba en el armario, ¡ni la maleta del altillo! ¡Joder, joder, joder! Entonces corro a la cocina y me la encuentro allí desafiante, en medio y medio de la puerta de la nevera. Tomo asiento para no caerme de culo, leyendo y releyendo la palabra: END. 


No puede ser, me digo desesperado. Mi cerebro busca razones frenético, hasta que echo el freno. A ver, Gabriel, recapacita, ¿qué has hecho? Meso mis cabellos —esta frase siempre deseé utilizarla en algún contexto, y aprovecho ahora que pega bien hacerlo, pese a sonar un tanto rebuscada, lo sé— lamentando no haberme duchado porque los noto sucios, y mi barba de dos días me rasca al pasarme la mano por la barbilla cavilando. El titular que me saca de quicio me mira de reojo desde la encimera. Sí, Nuria desayuna ojeando varios ejemplares del mes, y suele dejarlos allí mismo junto a su taza recién fregada. 

¿CRISIS DE PAREJA?
UNA CADA SIETE AÑOS

“¡Nosotros llevamos menos de cuatro!”, le contesto furioso en alto para mi sonrojo. ¡Joder, tío!, ¿estás hablando con una revista? ¡Pues claro! ¿Cómo crees que me enteré de que cuando le hago regalos porque me siento culpable por haber olvidado nuestro aniversario o algo así, es para sentirme menos culpable…?

¿Y para llegar a semejante conclusión necesitabas leerlo en…? ¡Bueno, cállate! ¡Que ya estoy desbarrando hablando solo como cuando me autodiagnosticaba durante la carrera para practicar? ¡Ah! ¿Cuando me preguntabas ‘¿Qué le duele?’, y yo te decía que me tuteases que me conocías de sobras…? ¡Sí, joder, como si no te acordaras tan bien como yo! A ver, ¡concéntrate!, que necesito recordar qué he olvidado esta vez, ¡por si aun tiene arreglo! ¿Y si empiezas por el principio? ¡Eso es! El principio… puffff, fue hace tanto que casi no me acuerdo ni de cómo la conocí. Tampoco es que le hiciera mucho caso al principio, la verdad… era una más de la pandilla de amigos de mi hermana y mía, porque compartíamos hasta eso en el instituto. 

Recuerdo que empezó a salir con un chico que no venía con nosotros y la perdimos de vista durante un tiempo, salvo cuando quedaba con su prima. Lidia —además de ser la mejor amiga de mi hermana— es prima lejana de Nuria, pero se trataron mucho desde pequeñas, y se quieren un montón. Tanto que compartieron piso mientras ambas estudiaban hostelería. Fue entonces cuando empecé a fijarme en ella, porque me dejaba caer alguna vez por allí para deleitarme con sus platos a cambio de clases particulares de química, a las dos se les daba igual de mal… Pero lo cierto es que no nos enrollamos hasta el año en que se graduaron. Un fin de semana que salimos toda la pandilla para recordar viejos tiempos… bebí de más, y me lié la manta a la cabeza. 

A mi hermana no le hacía mucha gracia que tonteara con ella, por si la cosa salía mal y luego Lidia iba dándole las quejas, aunque a esas alturas ya debió parecerle que éramos mayorcitos para saber a qué atenernos, y se llevó a la prima a dormir a casa con su novio para dejarnos a nosotros a solas en su piso. Se lo agradecí muchísimo, porque yo entonces compartía el mío con un par de pesados que no nos dejarían tranquilos en toda la noche… y ese fue el principio. Después seguimos viéndonos cuando podíamos, entre sus exámenes finales y mis prácticas no demasiado, la verdad. Lo suficiente para darme cuenta de que congeniábamos estupendamente, y de que me reía de lo lindo con su sentido del humor, tanto como me asustaba cuando se enfadaba —porque genio tiene casi tanto o más—, aunque eso lo descubrí al vivir juntos. 

Y sí, le pedí que se viniera a mi piso porque necesitaba ayuda con el alquiler. Llevaríamos unos tres meses juntos cuando su prima le dijo que se iba a Londres a buscarse la vida. Se había liado con James, un cocinero que vino de Erasmus y le propuso que se volviera con él. No se lo pensó dos veces, le apetecía experimentar fuera, mientras Nuria estaba empezando las prácticas en el hotel y no podía permitirse pagar su apartamento ella sola. Así que le dije que era la mejor opción, que yo también me quedaba sin mis dos colegas porque ellos ya habían terminado y a mí me faltaba todavía el último de la carrera y lo que viniera después… No fue muy romántico, no, e incluso tuvo sus dudas, porque no estaba segura de que fuera buena idea. Imagino que le daría vueltas comparando el artículo  “Recapacita antes de tomar decisiones precipitadas” con el de “¡Atrévete!” Al final salí ganando, decidió mudarse a mi piso y hasta hoy no nos ha ido tan mal… o eso creía yo.


Su prima fue quien le regaló el juego de palabras imanes. James le había comprado uno idéntico a ella para que adornara la nevera con sus versos preferidos de Keats, pero Nuria es bastante más pragmática y lo usó para dejarme mensajes. Palabras cruzadas, lo llamamos nosotros, porque yo se las dejaba antes de irme al hospital y ella me las ponía por las mañanas antes de despertarme o venir saliente de guardia. He de reconocer que encontrarme un I LOVE YOU me levantaba el ánimo después de un día duro, e imagino que a ella le haría ilusión que la despidiera con un ME TOO. La de risas que nos echamos con aquel ACHE que me descolocó, porque la llamé al trabajo todo preocupado por si estaba enferma, y luego resultó que sólo le dolía todo el cuerpo de las agujetas, por la noche loca que nos habíamos pasado sin dormir siquiera para recuperar el tiempo perdido…

Y el paso del tiempo originó un nuevo motivo de conversación cifrada.  BABY, me puso una mañana y sé que se marchó triste a trabajar por culpa de mi NOT YET. Le expliqué que no es que no quisiera, pero necesitaba subir en el escalafón para no tener que chuparme tantas guardias, sino iba a ser imposible compaginar nuestros horarios con un bebé de por medio. Además, pretendía ahorrar dinero para hacer las cosas como es debido, que para eso me había leído de cabo a rabo el reportaje “Tu boda: perfecta”. TIC-TAC, me repitió un par de veces al ver que los meses se sucedían sin cambios, y entonces me dio por comprarle regalos sin venir a cuento. Porque mi jefe es un capullo que o bien me tiene manía o me quiere tanto que necesita tenerme en el hospital confinado más que al resto, sino no se explica que yo siga casi igual que como empecé. Sí, y también se los compro porque me siento culpable ante los ojos de Nuria, por acatar sus decisiones sin protestar como hacen los demás residentes para conseguir un turno más digno… ella le montaría un pollo, seguro, pero yo no, no soy así, y lo sabe.

Y como sí que soy olvidadizo, hace un par de semanas que no tengo ningún detalle con ella… e imagino que este END tiene que ver con eso, que con el carácter que se gasta —que me encanta, por cierto— se ha cansado de esperar a que me decida, y ha cogido la maleta con algunas de sus cosas para dejarme plantado, a por el resto ya vendrá después. ¡Joder, me lo merezco! Y me entran sudores pensando en dónde estará, por ahí sola con el frío que hace… ¿adónde se habrá ido, por favor? No sé si llamar a mi hermana y preguntarle si está en su casa… porque la de Lidia ahora le queda lejos… El móvil me da un susto de muerte, no esperaba tenerlo con sonido, y el mensaje me deja tan alucinado que no sé si reír o llorar.

“¡Recién aterrizada! Ha venido James a buscarme al aeropuerto, ¡qué majo! ¿Ves?, no hace falta que te preocupes por mí que me cuidan… y yo a ti también, Gabi, que te he dejado algo de comer en el frigo. Después hablamos, ok?” ¡Joder! ¡Lo había olvidado por completo! Que se iba a pasar el fin de semana a Londres con su prima porque yo lo tenía a tope, haciendo turnos dobles de locura con el único propósito de juntar días para coincidir con sus vacaciones… Resoplé tan aliviado que hizo eco en la cocina desolada sin ella, y entonces me levanté para comprobarlo. “Preferiría comerte a besos”, le puse en cuanto me rugieron las tripas ante los tuppers repletos de sus delicatessen. Y al apartar la vista del teléfono me encontré con las dos palabras que tiré sin darme cuenta esta mañana en mi trance previo al sueño. HAPPY y WEEK se reían de mí a carcajadas desde el suelo. Y ellas fueron las principales responsables de que me decidiera... ¡por fin!

Le envié una foto y esperé su respuesta con el corazón aleteando. “Really?”, me preguntó incrédula ya en modo British on, supuse que por aquello de estar de cháchara con James en el coche. “¿Acepta mi proposición, señora García?”, ya que ponerme de rodillas a distancia no tenía sentido, al menos que mis imanes sonaran lo más posible a petición formal. Y me alegré de estar acostumbrado a ver con ella las películas en versión original, tras recibir su: “Yes, I do”. Mi pecho se ensanchó, consciente de que me había hecho un hombre. Hay que ver lo que se consigue usando las palabras adecuadas, pensé orgulloso, gratamente sorprendido de mí mismo porque no suelo utilizar tantas… ellas me sonreían divertidas desde la puerta de la dichosa nevera: 

WEEDING FIRST!
HOONEY MOON AFTER
(WITH BABY INCLUDED, I HOPE)  




 by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 22 de marzo de 2018

La niña caracol


Había una vez una niña caracol. En realidad era una niña única en su especie, porque jamás se había visto algo tan extraño. Al nacer parecía un bebé completamente normal, nada hacía presagiar en lo que se convertiría. Sin embargo, pocos meses después, al mismo tiempo que comenzaron a salirle los dientes, unos pequeños cuernos asomaron tímidamente entre sus finos cabellos ensortijados. Sus padres estaban orgullosos de que tuviese tanto pelo y, gracias a aquella incipiente melena, se alegraron de poder esconder sus inauditas protuberancias durante un tiempo. 

De poco sirvió que consultaran a prestigiosos médicos y todo tipo de curanderos, que acudían solícitos de lejanos lugares —con el fin de incrementar su fama tratando de ser los primeros en descubrir qué extraña enfermedad padecía la pequeña—, porque enseguida el caparazón empezó a formarse en la parte baja de su espalda. Y antes de cumplir los cinco años todos los habitantes del reino sabían que aquella niña no era normal, pese a que su salud no se resintiera ni un ápice a consecuencia de su bizarro aspecto. Solía estar sola, para evitar que se burlasen de ella, y porque su tendencia natural a inventarse cosas la hacía parecer todavía más rara. Su madre insistía en que no debía contar mentiras, sin entender que no eran tal cosa las historias que brotaban de su imaginación, y que tampoco era capaz de refrenarlas. 


Por eso se lo pasaba tan bien en el bosque al salir de la escuela. Allí podía contarles a los árboles o a los animales que se paraban a escucharla todo lo que le apetecía, sin necesidad de ocultar su anatomía bajo la capa que le obligaban a usar sus padres para guardar las apariencias. Entre esos otros habitantes de su entorno no desentonaba, al contrario, los pajarillos y las mariposas se posaban en su caparazón para oír mejor sus entretenidos relatos, las ardillas compartían con ella sus frutos secos a cambio de un cuento dedicado, o incluso echaba la siesta con sus amigas las liebres sobre un tronco, arropada por algún oso pardo embelesado por su inventiva, que le proporcionaba calor con su suave pelaje.   

Lo que no imaginaba era que alguien más atendía a sus relatos oculto entre la maleza. Un muchacho vecino de otro pueblo cercano al bosque la oyó un día por casualidad, y se acercó sigilosamente para comprobar quién narraba de un modo tan singular aquella divertida historia. La reconoció en el acto, famosa como era por su deformidad, y se sorprendió de que no le resultara tan desagradable como esperaba. Quizás influyó en ello que su voz fuera tan bonita, porque jamás hubiese imaginado que se quedaría prendado al instante de una chica como ella. Siempre le habían advertido que se apartara de ella, que estaba maldita, y a él le pareció el ser más mágico que había visto en toda su vida. 


Hasta se le antojó que le favorecía ser como era, sus delicados cuernos se mecían al ritmo de sus palabras, y le hizo gracia verla sentada sobre su concha balanceándose como en una mecedora. Asistió a su narración maravillado, y se regocijó al ser testigo de la efusividad que le demostraba su público. Con gran algarabía se rindieron a sus pies nada más terminar, instándola a su manera para que les contara otra más. Porque sólo así se explica que los pájaros trinaran revoloteando a su alrededor, o que los conejos golpearan el suelo con sus patas. Era un bis lo que le demandaba su audiencia, y ella se lo concedió solícita, no sin antes deleitarlos a todos con su contagiosa risa, que al muchacho le sonó tan pura y cristalina como la cascada de las montañas. Él también asistió a su reclamada intervención, pero el cielo empezó a oscurecer dando rienda suelta a las sombras y no le quedó más remedio que regresar por donde había venido, porque para su desgracia se le había hecho demasiado tarde. 

Desde aquel día el muchacho acudía a diario al bosque alegando cualquier excusa en casa, no sólo porque se sintiese atraído por sus relatos, sino porque cuanto más la observaba más le fascinaba aquella niña. Ella ni se imaginaba lo que ocurría, hasta que una tarde el chico pisó una rama en un descuido, descubriendo su habitual escondite. Los animales se ocultaron al instante todos alarmados, y la joven entendió que no se trataba de otro de ellos. Él decidió salir para no asustarla más de lo que ya estaba, pero ella se recogió de inmediato en su caparazón tras verlo asomar la cabeza entre los arbustos. Su sorpresa fue mayúscula al reconocerlo, pues se trataba del chico con el que se cruzaba a menudo yendo con su madre a la feria. Él era el único que nunca se había metido con ella, e incluso miraba mal a los que la insultaban a su paso, y por ese motivo lo amaba con toda su alma, porque su inusual gentileza henchía de gozo su maltrecho corazón. 


Él le habló intentando que no se ocultase explicándole que acudía a escucharla a diario, sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano, pues ella no encontraba el valor suficiente para salir de su concha, ni para asomar los cuernos siquiera. Las advertencias de sus padres y sus malas experiencias con los otros chicos de la escuela la obligaron a ser desconfiada, tampoco tenía amigas a quien confiar sus penas o su cuita amorosa, y su timidez innata la llevó a enrocarse en su postura. Para cuando logró superar el temor a encarar a su verdadero amor, el chico se había ido. Salió huyendo presa del pánico tras cansarse de insistir, temiendo que de un momento a otro los animales le atacaran, porque ellos fueron los primeros en vencer sus miedos para defender a quien consideraban que estaba siendo atacada.

Consternada, la pobre niña caracol lamentaría su cobardía hasta la saciedad, porque él no regresó. Al menos que sepamos, pues dicen que ella todavía lo espera contando historias al pie del mismo árbol, en aquel claro del bosque en el que se pasa las tardes con sus insólitos amigos. Así que debe ser cierto que conserva la ilusión de que en cualquier momento su chico aparezca para observarla desde una prudente distancia, y por eso le prepara a diario nuevas historias con las que mantener intacto su interés por escucharla, tan atento como el primer día que se la encontró siendo como ella es en su hábitat natural. 



by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 15 de marzo de 2018

Dichoso martes trece


Lo cierto es que nunca he sido supersticioso, aunque, a decir verdad —a raíz de los últimos acontecimientos—, debería comenzar a pensar que la fecha en cuestión tuvo algo que ver. No lo sé, mejor juzguen por sí mismos, ya que todo sucedió tan rápido que prefiero recrearme en recordarlo paso por paso, para deleitarme con aquellos detalles que jamás olvidaré.

El fatídico día en cuestión comenzó como cualquier otro de mi rutinaria existencia. En planta desde antes de las seis, me dirigí hacia mi ventana con el tazón humeante en la mano. Haga frío o calor, siempre repito el mismo ritual: me asomo para comprobar qué me augura la oscura espesura previa al amanecer. Su tonalidad varía en función de la época del año o de la climatología, por eso trato corroborar que no me he equivocado al escoger mi atuendo. En realidad me refiero a lo que llevo por debajo del mono de trabajo, puesto que, si la temperatura está por los suelos, necesitaré un buen relleno para aguantar la jornada en la imprenta sin que me castañeteen los dientes. El jefe es tan rácano que no se dignó a poner calefacción ni en la sala de descanso, y ahora que está dispuesto a reducir plantilla tras mermar por enésima vez sus ganancias, temo ser el primero del que prescinda.

El salario ya nos lo redujo hace mucho con el cuento de la crisis —el horario no, por supuesto—, y yo sigo asomándome a la ventana como cuando echaba el primer cigarrillo del día sorbiendo mi café, cuando hace años que no fumo. Los mismos que llevo sin poder permitirme el paquete y medio diario, mis prioridades ahora son la comida y el alquiler. Ni que decir tiene que mi casero no está tan de acuerdo con esto último. Haber estudiado letras no vale nada en el mercado laboral, lo más cerca que conseguí estar de los libros que reverencié durante toda la carrera, es reajustando la bobina que se atasca en la impresora por la mala calidad del papel. Ironías del destino, sí. Reducir costes en la materia prima también conlleva estar rodeado de páginas que serán carne de destructoras, tras su escasa acogida en los quioscos pese a su irrisorio precio. ¿A quién le interesan autores de pacotilla que sólo se publican por ser rostros famosos? Y a los que ya los son por su talento les ocurre tres cuartos de lo mismo. ¿Quién no tiene hoy por hoy ya un ejemplar de los diálogos de Platón? O mejor dicho, ¿a quién puede interesarle tenerlo?

El gato que se plantó en mi alféizar aquella mañana en cuanto asomé la nariz, me sacó de mi acostumbrado letargo. Tan negro como la noche, lo dejé pasar al calor del cuarto de ambiente espeso todavía sin ventilar. En menos de diez minutos tendría que irme, y quizás el casero decida echarme de una vez por todas si sigo dándole esquinazo, pero pensé que mientras yo estuviera a cubierto, él podría aprovecharse cuanto quisiera de mi humilde morada. ¿O será ella? No entiendo de sexos de gatos, ni de sexo en general, ya puestos, que ni lo cato… Fui al baño a cepillarme los dientes y a vaciar la vejiga antes de cerrar el mono a cal y canto, para defenderme de la helada que me espera al salir a la calle. Mi nuevo compañero de piso sintió entretanto curiosidad por conocer la otra única estancia con la que contamos, y su plena confianza en mi hospitalidad le llevó a encaramarse al lavabo con total tranquilidad.

No contaba con que abriera el grifo para lavarme las manos al acabar, soltó un bufido saltando de inmediato a la barra de la toalla —que por su inestable sujeción no aguantó con su peso, descolgándose—, y se vio obligado a encaramarse al estante del espejo. Desde cualquier ángulo que lo analicemos, lo cierto es que no fue la decisión más acertada, lo que me llevó a concluir que se trataba de un joven inexperto. Yo no estuve rápido, tampoco, he de reconocerlo, pues todavía me estaba secando cuando traté en balde de separarlo a tiempo de evitar el desastre. El obsoleto armarito se vino abajo, haciéndose añicos sobre la cabeza del pobre minino, con la mala suerte de que le seccionó una oreja de cuajo. Estuve más presto entonces a echar mano del papel higiénico, a fin de taponar la hemorragia, y salí a todo correr hacia la clínica veterinaria más cercana.  

La gente está tan sola que se multiplican las tiendas de mascotas, por consiguiente, también las peluquerías caninas, y hasta esas boutiques en las que puedes comprarle un abrigo a tu loro. Lógico, tendrán que pasarlas canutas por estas latitudes viniendo del Trópico. A dos manzanas de mi casa hay una tienda que atiende urgencias las veinticuatro horas, no es que me hubiera parado antes a comprobarlo, pero, como es lo que anuncian en el cartel, toqué el timbre insistentemente. Una chica con el sueño pegado a las pestañas vino a abrirme poniéndose una bata con dibujitos de animales. Se despertó de golpe al ver la cantidad de sangre que me corría por el brazo. Le cauterizó la herida enseguida, dijo que era mejor que intentar coserle la orejita que recogí creyendo que serviría de algo. “Al vivir en las calles dudo que le dure demasiado, si es que no se le infecta y coge algo peor.”

“Me he dejado la cartera en casa…”, reconocí abrumado en ese momento, “vivo aquí cerca, ¡vuelvo ahora mismo!” Negó con la cabeza sonriendo, tratando de arreglarse el pelo aplastado por la almohada al verse reflejada en un cristal. Suele pasarme, las mujeres se me insinúan a la primera de cambio, y a mí no me tira ninguna, la verdad. Creo que se dio cuenta enseguida de que no me gustaba, porque carraspeó, e incluso se puso bastante colorada. “El gato ha tenido suerte, no se preocupe…”, me explicó azorada, de una manera un tanto atropellada. “Estas cosas me vienen bien para practicar porque, aparte de poner vacunas, poco más hago… Eso sí, lléveselo de aquí ahora mismo, que está a punto de llegar mi jefa. Si decide quedarse con él, venga otro día y le haremos precio para hacerle una revisión en toda regla, ¡el pobre tiene más parásitos que un búfalo!” Le di las gracias entre risas, porque me imaginé que él —seguro al fin de que era macho— se zamparía al pajarito que se dedicara a comerle las pulgas. La chica fue tan amable de limpiarme y ponerme un apósito a mí también, ya que me había hecho un leve corte en la palma al tratar de liberarlo de los cristales rotos, continuó mirándome embobada, eso sí, para mi desgracia, por lo que aparté la vista incómodo. Mi madre siempre insiste en que tengo planta de galán de cine y a mí me saca de quicio, ¡para lo que sirve! 

Al regresar por donde habíamos venido no pudimos evitar pasar por debajo de una escalera, acababan de colocarla unos obreros que nos dieron los buenos días, y les sonreí consciente de que iba a llegar tarde al trabajo. Bien, si semejante manera de empezarlo significa que van a descontármelo entero, pues ¡qué se le va a hacer! Necesitaba cambiarme el mono, no podía aparecer todo ensangrentado. O quizás fuera buena idea, igual así evitaba el castigo del jefe. De todos modos, tenía que volver para darle un plato con leche o algo más contundente con que llenar el estómago al herido de guerra que llevaba en brazos. ¿Tendría alguna lata de sardinas? Entonces me di cuenta de que también me había olvidado las llaves, y eso sí que era un verdadero fastidio. Mi casero no va a abrirme sin pagarle lo que le debo, o aprovecha la ocasión para ponerme de patitas en la calle y quedarse con mis cuatro cosas. Si las vende, recuperaría una parte de lo que sabe que no puedo pagarle.


El gato me obligó a posponer mis cavilaciones, pues saltó al suelo de un brinco y se metió por el callejón. Creí que era una especie de despedida, llegué a ponerme triste y echarlo de menos durante el efímero instante que tardó en asomar la cabeza para maullar. “O sea, que quieres que atajemos”, le dije asintiendo asombrado, “¡Anda que no conoces tú bien el barrio, amigo!” Y lo seguí sin más —sin pensármelo dos veces—, yo que no he vuelto a cruzarlo ni borracho, porque incluso a plena luz del día hay que tener coraje para pasar por allí. Atravesándolo se llega a mi calle en menos de la mitad de tiempo que dando toda la vuelta a la manzana, lo que ocurre es que entras vestido e igual sales en pelotas por el otro lado. Porque por el camino puede que te atraque el primer yonqui que se esté chutando en un rincón, o que te dejen sin ropa los sintecho que duermen entre cartones, o —como poco— que te encuentres con alguna haciéndole un servicio exprés a un cliente que no tiene coche.

Como las habituales del barrio ya me conocían y no iban a atosigarme porque estoy sin blanca, además de que lo poco que tengo en la cartera ni siquiera lo llevaba encima, pues lo seguí. Total, al mono no creo que pueda quitarle las manchas, así que poco me importaba ya si me quedaba sin él. Correría el frío hasta casa con mi nuevo amigo si me dejaban desnudo, y listo. El bicho me llevaba una buena ventaja y me apresuré para no perderlo de vista, no fueran a hacerle algo a él. Lo llaman el callejón, aunque son un par de callejuelas que se cruzan en la parte trasera de los patios de luces. Imagino que no estarían en el trazado original de los bloques de edificios, pero es lo que tienen las ciudades, que a veces crecen por voluntad propia independientemente de quien pretende organizarlas. Me alegré de que todavía no nos encontrásemos con nadie al doblar la primera esquina, un par de metros más y ya veríamos mi calle después de la siguiente curva.

De repente escuchamos música demasiado alta, el minino maulló imperceptiblemente entre los atronadores últimos compases de la quinta de Beethoven. Me extrañó que se oyera con las puertas y ventanas cerradas, hasta que me fijé que en el edificio abandonado se veía luz en el tercer piso. No es que tenga prejuicios, no obstante, dudé que sintonizara esa emisora el típico okupa punki. Sin embargo, eso me dio qué pensar, porque hay mucha otra gente necesitada en los tiempos que corren. Bueno, también se me antojó una opción digna de considerar si me quedaba sin sitio donde dormir. Torcí a la derecha en el siguiente cruce imitando a mi compañero de andanzas, y entonces nos encontramos de bruces con la escena. Los charcos en el suelo comenzaban a reflejar la claridad del cielo, y al reparar en ellos vi que estaban teñidos de sangre.

Ella forcejeaba en vano, sus gritos ahogados por la manaza que le hacía de mordaza. Al fijarme con más detenimiento en sus movimientos, admití que no estaba tratando de librarse de su agresor, sino que se retorcía de dolor, siendo como era embestida por él con todas sus fuerzas. Descalza y con las piernas desnudas hasta las nalgas, bajo un amasijo de harapos rasgados, la manga de lo que fue su abrigo yacía malherida a modo de irrisorio colchón. Era bella. Inauditamente bella pese a la mugre que recubría la albura de su piel. El gato y yo nos quedamos clavados a pocos pasos del lugar de los hechos. Y en ese momento su grotesco rebuznar cesó poniendo fin a aquella salvajada, logrando con ello que él se percatara de nuestra presencia. En cuanto me miró supe de quién se trataba, y el brillo del puñal —que sostenía en la otra mano y había pasado por alto— me obligó a tragar saliva. “Corre a casa, la ventana quedó abierta”, conseguí decirle en un susurro. Obedeció en el acto, al menos eso me hizo creer, puesto que puso pies —mejor dicho, patas— en polvorosa, ¡me maravilla lo listos que son estos bichos! O quizás su huída se debió a que también reconoció el careto que sacaron en las noticias.

“Peligroso preso fugado”, rezaba el titular, “es muy violento y va armado” aclaraban por si acaso. No tenían ni que haberse molestado, su pinta lo decía todo. A veces me pregunto los motivos que tendrán estos tipos para acentuar su aspecto de delincuentes. Tal vez sea para ahorrarse las molestias, uno al verlos ya levanta los brazos y les deja hacer lo que se les antoje antes de que abran la boca para pedirle el dinero, el reloj, o el aire que respira. Fuerte, moreno y de piel cetrina, cejijunto y ceño fruncido. Una ceja rota por una cicatriz, un piercing estilo taurino en la nariz, y un tatuaje en forma de calavera en la nuez, completaban el conjunto. Más claro agua. Pero aún así, su mirada insistía en su único cometido en la vida. Jodérsela al que se encontrara en su camino. Porque sino no se entiende el ensañamiento con el que decapita y descuartiza al pobre diablo que le entregó hasta a su propia familia, como dicen que hizo en aquel chalet en el que entró a robar.     

Se irguió subiéndose los pantalones, apartando de un manotazo a la desvencijada chica que se había visto forzada a acogerlo en su seno hacía un segundo. Juro que actué por inercia. Por instinto de conservación, supongo, porque nunca había participado en ninguna pelea, ni en el patio del colegio. Antes de que llegara a incorporarse le asesté una patada en plena cara. Debí destrozarle la boca con mis botas de seguridad reforzadas, a juzgar por los dientes que saltaron y el crujido de su mandíbula rota. Cayó redondo a mis pies, y todo mi ser se estremeció ante la patente muestra de mi consabida animalidad. Un gemido ahogado convirtió mi asombro de mí mismo, en preocupación por quien estaba sufriendo más que yo. Fui hacia ella de inmediato, temiendo rozarla siquiera y que sus pedazos se me desmenuzaran entre las manos como el espejo roto. 

Se asustó de mi proximidad en un principio, temerosa de que pretendiera lo mismo que aquel depravado. “¡Voy a buscar ayuda, no tengo el móvil encima!”, traté de calmar su angustiada expresión. “No, no me dejes aquí con él”, musitó sin apenas fuerzas para mover los labios. No estaba seguro de haberla oido bien, la música seguía resonando en el callejón por encima de nuestras voces, pero sí de que su acento indicaba que no era de aquí. Me arrodillé a su lado apartando la vista de sus senos desnudos, para cubrírselos lo más pudorosamente que me fue posible con aquellos retazos de trapos. “¿Estás sola?”, le pregunté por saber si tenía pareja, familia, o algún conocido que la acompañara al hospital. Ella me miraba de hito en hito, en su mirada se transparentaba el cielo de primavera y se tomó su tiempo para responderme toda tranquila: “Ya no.”


Mirándola embobado, me atreví a separarle de la frente un mechón que se le había quedado pegado por el sudor, ajeno al nauseabundo olor a vómito, orines y heces que se respiraba en aquella oscura esquina. Dicen que antes de morir ves pasar toda tu vida por delante. Yo sentí una especie de vértigo que me dio un vuelco al estómago, porque vi mi futuro al asomarme en sus ojos. Nuestro futuro juntos. Su mano en la mía, mi boca en la suya. Las estrecheces económicas de mi precariedad laboral sobrellevadas con creces gracias a la dulzura de sus besos. Un par de cabecitas rubias igual a la suya, de ojos azules entremezclando los de ambos. Los de ella son más pálidos, como su delicada tez, que le acaricié con mi pulgar con la excusa de limpiarle una mancha de sangre de la barbilla. Fue entonces cuando la garganta me ardió por el contacto del frío acero.

Inundé su pecho de rojo y en el acto entendí lo que ocurría, al ver cómo la doble hoja del puñal le rebanaba el cuello a ella también. Traté por todos los medios de contener aquella sangría, pero se me escurría entre los dedos a velocidad de crucero. Ojalá se nos ralentizara el pulso, para que los borbotones no mermaran tan rápido nuestro momento. Nuestras miradas no se desconectaron lo más mínimo, no hasta que perdimos la consciencia. Permanecimos juntos hasta el final. Antes llegué a percibir las carcajadas de nuestro verdugo alejándose. Y me aferré a su mano inerte en pleno apogeo del aria Nessun Dorma. Es lo último que recuerdo. Es una lástima que fuera el definitivo, pero sin lugar a dudas fue el más dichoso martes trece de mi existencia. Aunque ahora dispongo de toda la eternidad para rememorarlo hasta la saciedad. 




*Dedicado a mi gran amigo Ilya, que mañana está de cumpleaños. 


by Eva Loureiro Vilarelhe   
     




jueves, 8 de marzo de 2018

Armas de mujer


Siempre detesté aquella horrible película, esa en la que Melanie Griffith y Sigourney Weaver hacen gala de hasta dónde puede llegar una ejecutiva para lograr el éxito. ¿Se supone que esas son armas de mujer? En absoluto, lo único que ambas demuestran con los papeles que interpretan, es conocer a pies juntillas todas las estrategias aprendidas en un mundo empresarial marcadamente masculino. Si me apuran, hasta podríamos cambiarlas sin problema por dos actores en boga a finales de los ochenta y el resultado sería el mismo, incluso en lo que concierne a seducir a Harrison Ford… también es cierto que en tal caso habría que modificar el título, Working Girl ya no tendría demasiado sentido. 

Aunque para mí nunca lo tuvo, jamás me identifiqué con ese tipo de mujer trabajadora que absorbe lo peor del otro sexo para hacer carrera. Así me va, claro, dando tumbos de un empleo a otro sin cesar… ¡y todo por defender lo que creo justo! Y ¿qué es lo que considero justo? Pues que tengo el mismo derecho a cobrar un salario igual al compañero que desempeña idéntica función que yo en mi oficina, para empezar. O que no tengo por qué aguantar miraditas ni toqueteos de ningún hombre dependiendo de cómo vaya vestida. O que si me da la gana de quedarme embarazada no me despidan, ni me miren mal por acogerme a una reducción de jornada para cuidar al bebé.

Sí, salí reivindicativa yo, ya de pequeñita me lo decía mi madre. Era la primera en liarme a tortas con el chaval que se atreviera a meterse con alguna de mis compañeras de clase, algún que otro ojo morado en las fotos del álbum lo acreditan. O en insultar al baboso de turno que le soltaba una grosería por la calle a una de las chicas de nuestra pandilla, las carreras que nos pegábamos después si se nos echaba encima el muy colgado también las recuerdo. Porque eso es así, y no hay vuelta de hoja, si un tío viene a por ti, estás jodida. A no ser que seas Sigourney Weaver, claro, y puedas agarrarlo del cuello para ponerlo a tu altura y escupirle cómodamente en la cara. Bueno, no se me asuste el personal… he de reconocer que a mis años ya estoy más calmada, y no me da por ahí.

Comencé a cambiar al conocer a Mara. Sí, me gustan las chicas desde que tengo uso de razón. Por eso alucino cuando dicen que la culpa la tienen ellas porque van provocando. ¡Yo jamás me tiré encima de ninguna, por muy buena que estuviera! Como mucho me acercaba y me insinuaba, y si me decía que no, pues eso. NO. Siempre me quedaba el consuelo de hacerme amiga suya y tal… ¡Ni se me ocurriría ir a buscar a unas cuantas colegas y tirárnosla en plan manada, vamos! Es que no, es NO. Y que conste que mi chulería me viene del barrio en el que me crié, era chungo y tuve que aprender a defenderme, sobre todo de los gilipollas que me increpaban al grito de ¡bollera de mierda!, e intentaban que probara rabo para saber lo que es bueno… 

Lo bueno fue que a mi padre lo trasladaron y tuvimos que mudarnos. Y en mi nuevo instituto de mi otra ciudad conocí al amor de mi vida. A Mara le horrorizaba mi lenguaje soez, mi pinta de chico malo, y mis faltas de ortografía. Eso fue lo primero que corrigió. Me quedaba a estudiar en su casa todas las tardes al salir de clase —porque lo segundo que me enseñó fue que si no estudias lo tienes todavía más crudo—, y así logré conquistarla. Aprendo rápido y supe que si quería impresionarla debía chapar gramática, moderar mi ordinariez y cambiar de peinado. Ahora ya no me reconozco en las fotos antiguas con el pelo tan corto, ella dice que una melena bien cuidada es la mejor presentación para una entrevista de trabajo. Y es cierto que la imagen es fundamental hoy por hoy. Por eso odio que la nuestra se convierta en cuestión de Estado cuando una mujer está en el punto de mira. ¿Y ellos qué? ¿Acaso se les critica si llevan la corbata mal conjuntada? ¿O si tienen barriga cervecera? ¿O se ven obligados a pasearse medio en pelotas por las alfombras rojas?

Es superior a mí, me revienta que se nos juzgue por fuera, sin tener en cuenta nuestro intelecto, y que los cargos a dedo sean todos para ellos. Cuando está demostrado que entre un hombre y una mujer en igualdad de curriculum, el de ella siempre tiene un plus añadido. Porque ha tenido que luchar contra los prejuicios, cargar sobre sus hombros con familia, tareas domésticas y demás, para llegar al mismo sitio. Mientras él lo ha conseguido de una manera mucho más relajada, por lo tanto, si hubiera que ponerlos a prueba en condiciones excepcionales, ¿quién creen que reaccionará de manera más eficaz ante el estrés, las complicaciones, o la imperiosa necesidad de convertirse en un ser multitarea? En efecto, quien ya lo es: ella. 

Llámenme feminista, lo soy, ¡y a mucha honra! Lo que ya no soy es “feminazi”. ¡Si la guerra de sexos ya está más que superada, por favor! ¿Acaso todos los hombres son iguales? Por supuesto que no, pese a que muchos de ellos digan que nosotras sí. Porque esa no es la cuestión, no se trata de pisotearlos a ellos para subir nosotras, no. Ya he dicho que incluso en mi etapa guerrillera la película que he citado me pareció un esperpento de lo que quieren en que nos convirtamos. Y no, no seremos como ellos, porque eso es ponerse a su altura y, como ellos creen que estamos por encima —puesto que de otro modo no se explica que ellos sí nos pisoteen—, lo que debemos es defender nuestros derechos. ¿Con qué armas? Pues con las nuestras, claro está, porque las verdaderas armas de mujer son aquellas por las que tanto se nos critica al género femenino desde hace siglos.

Dicen que todas somos iguales: sentimentales, lloronas, débiles, y un largo etcétera de estupideces que no pienso repetir aquí. En definitiva, que destilamos amor por los cuatro costados. Y eso es algo que descubrí yo al ser madre. Sí, Mara quiso tener un bebé, y su jefe no la echó, sino que le facilitó las cosas, y todo ello sin tener que irse a vivir a un país escandinavo, ¡para que luego digan que aquí no se puede! Baja maternal, permiso de lactancia decente, jornada flexible… hasta yo participé en el proceso, llevándole al crío para que le diera el pecho durante mis intervalos desempleada. Que yo no tuve tanta suerte con mis jefes, vamos, y los que me tocaron en desgracia no veían con buenos ojos que defendiera a una compañera víctima de acoso, o de malos tratos por parte de su pareja. Pero una cosa sí que es cierta, dejé de echarle la culpa a los hombres en general, por el simple hecho de que ahora soy la madre de un niño. 

Un hijo en el que tengo puestas todas mis esperanzas, porque confío ciegamente en que se convertirá en un adulto tolerante y respetuoso con el otro sexo como muchos otros que he ido conociendo a lo largo de mi vida. Porque también los hay, existen hombres que se escandalizan tanto como nosotras ante las vejaciones que sufrimos, sí, no exagero, que habrá a quien no le parezcan tan graves, pero sólo hay que echar un vistazo a la prensa para echarse las manos a la cabeza: que si burkas, lapidaciones, ablaciones, prostitutas a la fuerza… Por no hablar de lo que nos queda más cerca: desapariciones, asesinatos,  violaciones en masa, abusos, maltrato físico y psicológico, desigualdad salarial y educativa… Vamos, que el día que una chica guapa pueda regresar de madrugada —de taconazo, minifalda y escote— y llegar sana y salva a su domicilio, tras haberse cruzado con varios hombres por el camino sin mayor novedad, podré decirle a mi hijo: esta es la sociedad en la que quiero que vivas, amor mío.

Y en nombre de ese amor, y del todo el que llevamos nosotras dentro, os arengo a que nos unamos para convertir ese “todas son iguales” en una nueva consigna: 

¡TODAS SOMOS UNA! 

Ahora mismo, sí, ¡ya estás tardando! Ve en busca de tu madre, de tu hija, de tu abuela, de tu hermana, de tu amiga, de tu novia, de tu vecina, de esa desconocida con la que te cruzas a diario, de la mujer que tengas más cerca, vamos… ¡Sal a buscarla ahora mismo, y cógele la mano! Mírale a los ojos luciendo tu mejor sonrisa, y dile: ¡Estoy aquí, a tu lado, y siempre puedes contar conmigo para lo que necesites, mujer! 

¡Y demuéstraselo a partir de ahora en tu día a día! Defiéndela como si fueras tú misma, porque en realidad lo eres, tú eres más ella de lo que crees, todas y cada una de nosotras somos la misma mujer indefensa ante una sociedad que no nos trata como iguales, cuando en realidad somos la mitad de la población mundial. No importa nuestra edad, nuestra raza o nuestras creencias, somos la misma, y unidas seremos tan fuertes como ellos. Así que plantémosles cara de una vez por todas, cabeza alta, mirémoslos frente a frente, y repitamos al unísono —porque todas somos una—: ¡Eh, yo tengo los mismos derechos que tú, así que ya va siendo hora de que lo reconozcas y creemos un mundo nuevo, más justo e igualitario para todos! ¡Y para todas y cada una de nosotras!          
    


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 1 de marzo de 2018

¿Qué fue de ella?


Obra de un solo acto. La escena única se desarrolla en un café. Al fondo, Pepe —el propietario— le sirve una cerveza a Manolo, un cliente habitual acodado en una esquina de la barra, que ya parece formar parte del mobiliario. En una mesa lateral, un grupo de ancianos juega a las cartas, en otra prefieren el dominó. Tres adolescentes se despiden y salen del bar hablando acaloradamente. El ambiente es variopinto, como el de cualquier cafetería de barrio. En la mesa más próxima al ventanal, junto a la puerta de entrada, un hombre y una mujer de unos treinta años centran nuestra atención. 

Laura lleva su uniforme de auxiliar de vuelo, se ha quitado el gorro y el abrigo. Javier va vestido con ropa informal, su cazadora de cuero descansa en el respaldo de la otra silla desocupada. Están charlando ante un par de tazas cuando ven pasar por la calle a una viejecita. Camina despacio arrastrando un carro de la compra desvencijado por el uso, su maltrecho y encorvado cuerpecillo da la impresión de que de un momento a otro va a dejarse llevar por el peso de su carga. 

LAURA —¡Fíjate! ¿La recuerdas?

JAVIER —Vagamente…

LAURA —Sí, hombre… ¡la señora que vendía rosquillas en la esquina!

JAVIER —¡Anda, es verdad! ¡Qué mayor está, ¿no?! Hace muchísimo que no la veía.

LAURA —Hace veinte años, nada menos, que desapareció. Regresó hará un par de meses…

JAVIER —¿Cómo lo sabes? (la interrumpió sorprendido) 

LAURA (alzando la voz para dirigirse al propietario) —¡Pepe! ¿A que le sirves gratis el desayuno a doña Amalia todos los días?

PEPE (encogiéndose de hombros mientras seca un vaso de tubo con un paño limpio) —Voy a ser lo mismo a fin de mes, hija… ¡si ni siquiera me acepta la porra que le ofrezco para acompañar el vaso de leche!

MANOLO (sin resistirse a meter baza) —¡Caramba! ¡Pues a mí no me perdonas ni los céntimos que dejo de vez en cuando de propina…!

PEPE (mirándolo medio enfadado, con la confianza que otorga el trato diario) —¡Tú, calla, agarrado! ¡Que seguro que tienes más que ninguno de los que estamos aquí en la cartilla de ahorros! ¡Todo para la pensión, dices, porque ni a una ronda te he visto invitar en toda mi vida!

MANOLO (entrando al trapo ofendido) —¡¿Pensión?! ¡Ya me contarás qué pensión me va a quedar si nos las han robado a todos esos sinvergüenzas!


LAURA (haciendo caso omiso a la discusión en la que se enzarzan también algunos de los ancianos presentes) —Ayer le mentí diciéndole que estaba de cumpleaños, para poder invitarla a unos churros…

JAVIER (sonriendo condescendiente) —Bueno, lo estás la semana que viene, tampoco es para tanto…

LAURA (poniendo los ojos en blanco) —¡Ojalá parar entonces no se acuerde y pueda invitarla otra vez! ¡Me da una pena verla tan delgada!

JAVIER (acariciándole una mano) —No lo entiendo… ¿qué fue de ella?

LAURA (suspirando abatida) —Dicen que perdió la cabeza por un hombre, y que por eso se marchó… otros creen que estaba casado y la dejó cuando se cansó de ella… yo me quedo con la versión de mamá…

JAVIER (sonriendo sarcástico) —Pero, ¿cómo te enteras de todas esas historias?

LAURA (haciéndole un gesto de burla) —Qué simpático… desde que te has mudado al centro te crees que aquí somos todos unos paletos, ¿o qué? (Javier se ríe a mandíbula batiente) No te las des de señorito conmigo, hermanito, que no cuela, tú eres tan de aquí como yo… y sabes que todo el mundo habla de los demás, ¡por los codos!

JAVIER (pidiéndole perdón juntando las manos, poniendo cara de niño bueno) —No te pongas así, Lau, anda, que no soy tu novio, y no me gustas cuando te enfadas. (provocó justo lo contrario, porque Laura se enfurruñó todavía más) ¡Vale, tú ganas…! Perdóname, reconozco que el cotilleo es el deporte nacional, aquí y en cualquier otro sitio… así que no me vengas con esas, ¡y desembucha de una vez todo lo que sepas! ¿O voy a tener que torturarte? (hizo ademán de hacerle cosquillas en la cintura y ella se separó bruscamente)  

LAURA (intentando contener la risa) —¡Estáte quieto, Javi! (se giró hacia la calle para observar el lento avanzar de la anciana, y su expresión se dulcificó) ¡Mírala! Si hasta tiene paciencia para maquillarse y todo…

JAVIER (asombrado) —¡Pero si parece un payaso! (la mirada de Laura se ensombreció) ¡No lo digo por mal, en serio! ¡Es que está tan pálida…! Y esos manchurrones verdes, ¿se supone que son la sombra de ojos? Por no decir que el pulso le tiembla, porque ese rojo de labios es digno del Joker… (en cuanto terminó su frase se arrepintió de haber sido tan insensible, su hermana no lo miraba a él, una lágrima le resbaló por la mejilla y se apresuró a limpiársela con sus dedos) ¡Eh, Lau! Sabes que soy un capullo, no me hagas caso, ¿vale? Cuéntame, ¿qué le pasó?


LAURA (carraspeando antes de comenzar a hablar) —Mamá se enteró de que en realidad se había marchado al pueblo a cuidar de su madre enferma. La tía Angus la conocía de no sé qué, fueron a la escuela juntas o algo así, por eso lo supieron. Al parecer su padre murió primero, de repente, así sin más, y él era el que estaba bien… En cambio la madre siguió encamada durante una eternidad. Sí es cierto que se hablaba de un hombre que la rondaba —casado o no, nunca se supo—, doña Amalia es muy discreta, y muy decente, dice mamá, que siendo viuda es libre de hacer lo que le dé la gana sin que nadie tenga que sacar la lengua a pasear. Lo malo fue que no tenía tiempo para trabajar mientras cuidaba de la vieja, y cuando murió sus hermanos se quedaron con la casa y la dejaron sin nada. (Javier meneó la cabeza incrédulo) Suerte que todavía conservaba su piso del barrio. Por eso volvió. Los vecinos ayudaron a desalojar a los okupas, pero no tiene ni para pagar la luz, ni el agua, ni la calefacción…

JAVIER —¿No cobra pensión, ni ayuda de ningún tipo?

LAURA — Sí, claro, imagínate a lo que le llega la miseria que le quedó de su difunto marido, si hace más de cuarenta años que se murió… por eso vendía rosquillas en la calle, porque ya entonces no le daba ni para comer con la hipoteca y todo lo demás. Mamá me dijo que las vecinas le pagaban por hacerles de niñera, porque siempre fue muy digna y le daba vergüenza aceptar limosnas. Por eso Pepe le da el desayuno, él fue uno de los críos a los que coleó de joven…  
JAVIER (frunciendo el ceño preocupado) —¿Y cómo se las apaña? ¿Su casa no es la del edificio que está en ruinas?

LAURA —Sí, iban a tirarlo y edificar, pero con la crisis se fue todo al garete, y los dueños al perder la oportunidad de vender ya ni se preocuparon por mantenerlo, porque aquí los alquileres están por los suelos, y ellos viven en sitios mejores… salvo ella, claro. Papá fue quien se encargó de buscar a quien pudiera adecentárselo un poco…

JAVIER (interrumpiéndola incrédulo) ¿Papá?

LAURA (impaciente por tener que explicarle todo) —A ver, hombre, es que no te enteras de nada… ¡ni que vivieras en la luna! Papá está muy metido en la Asociación Vecinal desde que está a media jornada… qué quieres, él tuvo suerte, otros ni siquiera conservaron su empleo… Arturo, sin ir más lejos, el que fue su compañero, como sabe de fontanería se dedica a hacer chapuzas por las casas, ¡para que después hablen de economía sumergida! ¡Qué dinero negro ni que niño muerto, si a veces le pagan en especie! Y otras ni eso… que él también ayuda gratis a quien no tiene ni qué llevarse a la boca. A Mary, la vecina del cuarto le arregló la lavadora… yo le llevé huevos, mantequilla y harina, porque quiso hacerle un pastel para agradecérselo, por el cumpleaños de su hijo pequeño… ¡tenías que haber visto la cara del crío, el pobre Arturo no daba crédito! De tres pisos le hizo una tarta alucinante, si es que estaba de respostera antes de que la echaran… (Javier agachó la cabeza) ¡Qué esperabas! Aquí todos andan más o menos igual… eres de los pocos que ha conseguido un ascenso y prosperar, Javi, si hasta yo no puedo ni irme de casa… ¿adónde iba a ir? Si mañana hacen un ERE en la compañía aérea y nos dejan a todos en tierra sin pestañear… es lo que hay… además, prefiero estar para echarles un cable a papá y mamá, que ya me dirás lo que les va a quedar con lo poco que cobra ella, y estando él como está…

JAVIER (frunciendo el ceño preocupado) —Yo también les ofrecí dinero, pero no quisieron aceptarlo…

LAURA (encogiéndose de hombros) —¿Qué te crees, que a mí sí? Yo ahorro todo lo que puedo, como viajar ya viajo… ¡pues para qué voy a gastar más, si me paso mis días libres en la Asociación!

JAVIER (asombrado) —¿Haciendo qué exactamente?


LAURA (entre risas) —¡Hay que ver qué concepto tienes de mí! ¿Me consideras tan inútil como para no poder ayudar a repartir la ropa y la comida que nos dona la gente? (él la mira pensativo sin responder) ¡Despierta, Javi, que ya no somos críos! ¡Tú sólo has quedado hoy conmigo porque no tienes ni idea de qué regalarme por mi cumpleaños, sino no te vería el pelo! 

JAVIER (molesto) —¡No digas eso!

LAURA (condescendiente) —A ver cuándo reconoces que es verdad… ¿sabes qué me gustaría que me regalaras? (él la interroga con la mirada) ¡Tiempo! Que ese día te quedes a pasar la tarde con nosotros… que traigas a Paula contigo de una vez, que todavía no se la has presentado a papá y mamá y ya empiezan a pensar que te avergüenzas de ellos,(Javier intenta interrumpirla, pero Laura se lo impide con un gesto) o que es demasiado fina para venir a comer a nuestra casa… ¡y no me mires con esa cara! ¡Siempre estás hasta arriba de trabajo, nunca tienes un momento para pasarte ni a saludar, y si lo tienes te escapas con ella a esquiar, o a bucear en algún paraíso sólo al alcance de vuestros salarios! ¡Así que lo único que te pido es que te vengas a pasar el día con nosotros! ¡Cuadra en domingo, no te preocupes por no llevar la agenda encima para consultar si estás disponible!

Laura mira el reloj, se le ha hecho tarde y tiene que ir al aeropuerto, se levanta para ponerse el abrigo. Javier permanece sentado mirando ensimismado a la anciana, que no ha conseguido alejarse demasiado durante la conversación. Laura se dirige a la barra para pagar, al preguntar cuánto se debe su hermano vuelve en sí.

JAVIER (alzando la voz poniéndose en pie) —¡Pepe, deja que ya pago yo… y lo del resto de la parroquia también! (hace ademán en dirección al grupo de ancianos enfrascados en el juego, uno lo escucha y le da las gracias, por lo que se convierte en un estallido generalizado de agradecimientos).

LAURA (sonriendo divertida) —Nada mejor que un sermón para que bajes de las nubes, hermanito…

JAVIER (pasándole un brazo por el hombro antes de salir de la cafetería) —Dile a mamá que cuente con Paula el domingo, y que no se preocupe, que come de todo y cualquier cosa que haga le gustará… y tú cuando aterrices donde te toque…

LAURA (interrumpiéndolo entre risas) —¡Londres!

JAVIER (meneando la cabeza consciente de lo poco que sabe de su vida) —Pues cuando aterrices en Londres, haz el favor de enviarme un informe de las necesidades más acuciantes de la Asociación esa…

LAURA (entre asombrada y exultante, lo mira de arriba abajo y le responde con sorna) —¿Acaso me has tomado por tu secretaria? Ahora mismo te paso el número, que igual hasta te coge el teléfono papá y todo, y ya si eso que te lo digan quienes lo saben de primera mano… ¡y gracias por mi regalo! ¡Por los dos! (le estampa dos besos en las mejillas)

JAVIER (abrumado) —El tuyo te lo doy el domingo, ya le preguntaré a Paula qué te compro, que el tiempo que me pides es el que sé que os debo… y lo de aportar mi granito de arena en lo que pueda… pues, se lo debo a toda esta gente (indicando con la mano a los vecinos con los que se cruzan por la calle), que forman parte de lo que soy… 

LAURA (alborotándole el pelo) —¡Eres un sol, hermanito! ¡Un poco inmaduro, eso sí, pero es lo que tiene ser el pequeño…!

Javier la abraza devolviéndole los besos y aprovecha la coyuntura para hacerle cosquillas. Se cierra el telón con Laura retorciéndose entre risas de ambos.



by Eva Loureiro Vilarelhe