jueves, 12 de octubre de 2017

Bajo esta luz de luna



     Te miro y me reflejo en la penumbra de tus ojos de barro,
     tu mirada fija en la ventana, horizonte de incertidumbres.
     De repente me abrazas, como si mi cuerpo sirviera de ancla…
     ¡Iluso! Al paso del tiempo, inexorable, volátil sucumbe,
     Y no nos queda otra que apurar lo que la vida nos regala. 
     Pero ¿quién puede encontrar placer cuando apenas tenemos una? 
     Si es eterno este camino hacia la sabiduría y tu amor no
     alcanza para mitigar mi dolor, por mucho que me funda
     contigo, como el fango maleable bajo esta luz de luna.



                                                                        by Eva Loureiro Vilarelhe





Poema escogido para formar parte de la antología del III Concurso de Poesía "Luz de luna", organizado por Diversidad Literaria, que se publicará en Noviembre



jueves, 5 de octubre de 2017

La maté porque era mía


Sí, lo reconozco, la maté porque era mía… pero en realidad fue sin querer. Eso sí, ¡me tenía harto! ¡Hasta las narices de escucharla todo el santo día! ¡No, no, no lo hagas! ¡Ni se te ocurra! ¡No puedes decir algo así! ¡Ni lo pienses! En fin, que pueden hacerse una ligera idea de cómo me tenía… Amargado con tanta prohibición. Así que un buen día le planté cara, o mejor dicho, empecé a hacer lo que me daba la gana.

¡No vean qué alivio! Por fin podía resarcirme después de tantos años aguantándome. También es cierto que sucedió por casualidad, una mañana el jefe me gritó más de la cuenta, el genio pudo conmigo y le solté cuatro frescas. ¡Qué a gusto me quedé, por Dios! Me largué pitando de la oficina, y me dieron exactamente igual todos sus reproches. ¡Cómo se te ocurre hacer algo así! ¡¿Te has vuelto loco, o qué?! No, estoy más cuerdo que nunca, así vete acostumbrando, bonita.

No lo hizo, porque cada vez se enfurecía más con mis salidas de madre. Sí, tengo que admitir que me pasé tres pueblos, cinco ciudades y hasta una metrópolis… pero es que ya puesto, me lié la manta a la cabeza. Esto es, me liaba con la primera que se ponía a tiro. Bebí todo lo que se puede beber y más, tras tantos años de ley seca. Empecé a fumar como un carretero. Malversé todos los fondos públicos a mi alcance como el que más –lo que tampoco es que tenga mucho mérito en los tiempos que corren–, pero a mí me sirvió para fastidiarla, porque ella se escandalizaba igual que del resto de barbaridades que me dio por cometer. Vamos, que no delinquí más porque el día apenas tiene veinticuatro horas, que sino, tendrían que detenerme a cada segundo.

Y la gota que colmó el vaso fue cuando me quedé con la paga que acababa de sacar una anciana de su cartilla de ahorros, que se le cayó del bolso justo al lado del taburete de la cafetería en la que me estaba tomando un café leyendo la prensa relajadamente –durante media hora larga, en lugar de los cinco minutos escasos que nos permite el jefe–. Un ápice de compasión me hizo dudar, pero, al comprobar que el camarero estaba ocupado sirviendo cortados en la otra esquina de la barra, el resto de la parroquia a lo suyo, y que nadie se iba a enterar, me guardé el sobre en el bolsillo disimuladamente sin decir ni mu. Qué quieren, ya me estaba percatando de que los vicios salen muy caros y a mí no me sobra ni un euro a fin de mes, además, me hacía ilusión tener un sobre repleto de billetes de esos que están tan de moda. 

Entonces ocurrió. Al principio creí que se le había quebrado la voz de tanto desgañitarse poniendo el grito en el cielo. Después me di cuenta de que no, de que tenía que haberse quedado patidifusa o algo, de un infarto de miocardio, o a causa de un ictus cerebral –que también se estila mucho últimamente al parecer en gente de nuestra edad–. El caso es que no me sentí culpable –al menos en un primer momento–, al contrario, como ya les he dicho antes, supuso un verdadero alivio. El silencio que reinaba en el ambiente resultó de lo más agradable, tanto que me eché una larga siesta y me desperté a las dos horas. Le mentí una vez más al jefe inventando una burda excusa por no haber ido por la tarde a la oficina, y me quedé en casa hasta el día siguiente tan tranquilo.


Los síntomas comenzaron a ser evidentes de ahí a unos días, yo seguía incrementado en número y volumen mis fechorías, pero al no tener a nadie que me censurara con la vehemencia con que lo hacía ella, dejó de parecerme divertido. Fue a partir de ese momento cuando noté un atisbo de arrepentimiento en mi interior, intenté pasarlo por alto porque justo estaba disfrutando de una de mis visitas al club de alterne en el que ya me cobran con descuento las consumiciones, por considerarme VIP –no vean cómo le hacen sentir a uno de importante tres simples letras–, pero no hubo manera. Acabé llorando entre los pechos de una de las chicas –les recomiendo encarecidamente la postura, es mucho más agradable que consolarse en el hombro de alguien, la verdad–, y regresé a casa hecho un trapo, porque es precisamente donde siempre me siento más solo que la una, al faltarme las agarradas que teníamos estando los dos a solas.     

Como comprenderán, acabé por retractarme. No obstante, no quise hacerlo dejando asuntos pendientes, y no me importó incrementar mi lista de malas acciones añadiendo una más. Cegué la cámara del cajero de la esquina con un spray, jaqueé la salida de billetes para que no pudiera contar los que escupía, y le rellené el sobre a la viejecita, dejándole algo de propina por las molestias de la semana que se pasó comprando de fiado en las tiendas del barrio. Total, el banco tiene dinero de sobras y sabe bien cómo cubrir sus números rojos, el resto de los mortales lo tenemos crudo si esperamos que nos rescaten como hacen con ellos. ¿Qué se creían, que uno no tiene su corazoncito? Pues ya ven, hasta se me resbaló una lágrima cuando se lo metí de nuevo en el bolso sin que se percatara siquiera de mi presencia –la pobre está tapia y ni me oyó acercarme a su lado–. Aunque no fue porque me diera lástima la anciana, me apiadaba más de mí mismo ya que estaba dando por terminado mi período de vacaciones inmorales, como lo llamo yo. 

En definitiva, no es que me arrepienta, porque lo que viví estos dos meses de enajenación transitoria, como alegó mi abogado de oficio en mi defensa para evitar que mi jefe me despidiera –que tuviera que pagarme una indemnización de aúpa por el porrón de años que llevo dejándome la piel en la oficina, podría ser otro modo de entender que no lo llevara a cabo, ya saben, uno de oficio no puede considerarse abogado, con todos mis respetos hacia los intérpretes de la ley–, pues eso, que todo lo que experimenté me lo guardo en la memoria, y apenas puedo decir una cosa: ¡que me quiten lo bailado! 

Ahora bien, no se lo recomiendo, no, por su bien. Porque al final acabarán matando de un susto a su conciencia como hice yo, y se lo aseguro, por experiencia, vivir sin ella es un sinvivir –pregúntenselo a Pinocho sino me creen, que mira que echaba de menos a su Pepito Grillo cuando se enfadó con él–. Y es que ya me dirán qué gracia tiene pecar si nadie se entera. Ninguna. Y no me vengan con que lo harían delante de todo el mundo, porque eso se paga con la cárcel y de allí no hay muchas probabilidades de salir bien parado. Así que háganme caso, cuiden a su conciencia y no la hagan sufrir demasiado, que si se les muere como le sucedió a la mía, ya no tendrán ganas de salir de juerga ni en Nochevieja. 


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 28 de septiembre de 2017

La feroz mirada de un asesino


Ocurrió un día nublado. Demasiado nublado. El dato es relevante porque suelo mirar por la ventana cada vez que se me atraganta algún proyecto. Mi apartamento dispone apenas de una que da a un callejón poco transitado. Lo alquilé precisamente por eso, porque resulta un lugar tranquilo donde poder trabajar a mi aire. Realizo encargos como freelance para un estudio de arquitectura, también otros que me pasan algunos compañeros que no dan a basto, y se supone que un día me estableceré por mi cuenta. A veces llego a dudarlo, porque en realidad me siento cómoda haciendo las cosas sin demasiadas prisas,  así que no tengo muy claro que lo haga, sigo ahorrando, de todas formas, nunca se sabe, quizás cambie de idea. 

Aquella mañana me levanté de mi silla suspirando para acercarme a observar la vida pasar ante mis ojos. No es que pase mucho la verdad, el tráfico es más bien escaso al ser de dirección única, y me entretengo mirando al barrendero –que ya es uno más del barrio de tanto recoger hojas por aquí a diario–, suele cruzar algunas frases con la vecina que vuelve de la compra, o saludar al anciano que pasea a su perro sin ganas. Poco más, aunque lo suficiente para conseguir relajarme dando pequeños sorbos a mi descafeinado. Pero el caso es que no se veía nada, absolutamente nada, de casualidad logré vislumbrar unos faros entre la espesa masa blanquecina que me privaba de mi rutinaria vista. Era inútil intentarlo, ¿a alguien se le habría ocurrido gastarme una broma pesada con un cañón de humo para impedirme desestresarme?

De repente un gorrión aterrizó en mi alféizar. Estaba de espaldas a mí y lo miré sonriendo, deleitándome con sus gráciles saltitos. Parecía entretenido picoteando migas, tan ajeno como yo a lo que se le venía encima. Rápido y sigiloso cual fugaz relámpago, se abalanzó sobre él un enorme gato gris, desapareciendo al instante con su presa en la boca. Del susto que me llevé derramé parte de mi tazón en el parqué, fui incapaz de moverme del sitio, todavía aterrada por lo que acababa de presenciar. 


Me estremecí al recordar el cuerpecillo lánguido del pájaro entre las fauces de su depredador. Sus afilados dientes lo mataron en el acto de un golpe certero, y tuve que reconocerle al menos la precisión y habilidad con la que había evitado el sufrimiento de su víctima. En cuanto me recuperé de la impresión, me dirigí a la cocina en busca de un trapo y me agaché a secar la madera mientras recapacitaba sobre la plasticidad del ataque felino. Su agresividad se me antojó mitigada por la elegancia de sus movimientos, lo que me llevó a decantarme por el segundo boceto. 

Me urgía entregarlo porque mi indecisión me estaba costando retrasar otros encargos que ya debería haber terminando. El interior estaba listo, lo había hablado con el cliente y no había mayor problema, ahora bien, la fachada no acababa de convencerme. Le había enseñado las tres opciones que me parecieron más adecuadas y tampoco él lo tenía demasiado claro, por lo que me pidió que fuera yo quien la eligiese. “Lo único que quiero es que no desentone con la plaza, no me gustaría que destacara en exceso.” Al salir de su despacho me senté en uno de los bancos y entendí a qué se refería. 

En un lateral de la explanada pavimentada con enormes losas de granito pulido –ideal para dar vueltas con la bicicleta o practicar con el monopatín–, había un parque infantil junto a un jardín con dos robles. Los abuelos se sentaban a la sombra viendo a los críos corretear a su alrededor, ahogando con sus gritos el gorgoteo de la fuente. Aquella sensación de familiaridad se veía incrementada por las neutralidad de colores de los edificios que la rodeaban, semejaban parte del paisaje y casi daba la impresión de que iban a mecerse con la brisa como las ramas de los árboles. 


Por eso me estaba costando tanto darle carpetazo, ninguno de mis proyectos acababa de llenarme, no casaban, y la reconstrucción que hice de la antigua fachada que se quemó en el incendio me parecía un tanto agresiva, como si fuera a quebrar la armonía del conjunto. No obstante, después de haber visto al gato en acción, lo contemplaba con otros ojos. Su elegancia distante me pareció ya menos fría, y en todo caso podría quedar mejor si se igualaba el tono de la piedra con el de las fachadas de los edificios colindantes. 

Sí, por fin lo tenía claro. Me puse manos a la obra y recuperé buena parte del tiempo perdido, parando apenas a mediodía para tomar un sándwich. Por la noche me dolía la cabeza, como me ocurre siempre que tengo que esforzarme para concentrarme en algo. Satisfecha me puse a preparar la cena para intentar aliviar la repentina jaqueca, de reojo admiraba de cuando en cuando todo lo que tenía en la entrada para el mensajero. Al día siguiente me quitaría de encima unos cuantos encargos y me daría tiempo incluso a tomarme parte del fin de semana libre. 

Picando las verduras para el sofrito me vino a la mente la imagen de la muerte del gorrión. Has sido testigo de un asesinato, me dije y me dio la risa. ¡Qué exagerada, si solo era un pájaro! Además se trataría de un homicidio, ya que es el alimento del gato… Un momento, no, no… Mi razonamiento llegó al punto de ir más rápido de lo que conseguía asimilar lo que cocinaba en mi cabeza. El collar verde que había pasado por alto echaba por tierra semejante teoría. Un gato casero disponía de suficiente comida como para evitar matar, por tanto, o lo hacía a merced de su impulso animal, o por simple diversión. ¡Solo era una persona!, pensará un asesino tras complacer sus instintos más bajos sonriendo de puro placer. 

El olor a quemado me alertó de que me había equivocado. Tras separar lo poco aprovechable para condimentar la pasta, me sequé las manos al delantal y fui directa a buscar el tubo. Desenrollé el plano y lo extendí de nuevo en mi mesa suspirando. Prefería volver a revisarlo, no me apetecía que aquella escena bucólica de la que fui testigo se viera amenazada por la feroz mirada de un asesino. Mi fachada no sería la culpable de alterar las apacibles tardes del vecindario en la plaza… ¡La culpa es de la niebla!, refunfuñé masticando el sabor amargo de los espaguetis, zapeé desesperada en busca de una película decente para olvidarme del tema. ¡Como mañana no se despeje el día no sé qué voy a hacer!, me dije a mí misma malhumorada. El baile de Bande à part me hipnotizó logrando que una sonrisa aflorase a mis labios a pesar de todo.         


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 21 de septiembre de 2017

Lo bueno de tener un grupo de amigas


¿Que adónde voy? Pues a ver a una de mis amigas, que va a presentarme a su último novio… y soy yo quien siente las mariposas en el estómago. No es que esté enamorada de él, ni mucho menos, no me malinterpretes, mejor será que te lo explique; es que todavía no lo conozco en persona, y eso es lo que me preocupa. Lo he visto en foto, en video, y hasta lo tengo agregado o nos seguimos en las diversas redes sociales; sin embargo no deja de ser uno más de los novios de mis amigas con los que evito relacionarme, por mera precaución. Porque en general no suelen gustarme, salvo dos de ellos que ya considero amigos en toda regla, el resto de las parejas de mis amigas deja bastante que desear… es cruzar un par de frases con el sujeto en cuestión y pensar, ¡pero qué rayos hace con este tipejo! Y comienza la función. 

Finjo interés en la conversación de turno para romper el hielo, intervengo poco, sonrío en exceso, para que no se me note tanto que estoy inventando una excusa sobre la marcha para poner pies en polvorosa, y lograr escaparme a la primera de cambio sin ofenderla. A partir de ahí siempre sigo la misma estrategia, me invento compromisos inexistentes para no tener que quedar con la parejita, y si no me queda otra porque nos juntamos todas, pues procuro sentarme lo más lejos posible de los tortolitos, a fin de disimular al máximo la aversión que me produce verlo con ella. 

Por experiencia sé que nadie escarmienta en cabeza ajena –ni yo misma, que no me creo superior al común de los mortales ni nada de eso–. Que por mucho que intente convencerla de que el individuo al que toma por el amor de su vida no le llega ni a la suela de los zapatos, no hay manera; ella no lo verá así, cegada por el resplandor inicial de todo enamoramiento. Por lo tanto no me queda otra que armarme de paciencia hasta que la cosa acabe por sí sola, porque eso seguro que ha de suceder tarde o temprano, puesto que no pegan ni con cola. 

En cuanto me llame destrozada para contarme todo sobre su nuevo y estrepitoso fracaso amoroso, acudiré a su lado enseguida, para tratar de reconfortarla mientras llora sobre mi hombro, exponiéndole lo que en realidad opino sobre su reciente ex. Los “¿cómo no me lo has dicho antes?” son habituales, por cierto, como podrás imaginar; y mis respuestas acostumbran a ser las mismas: “¿Decirte qué? ¿Que es más bajo y feo de lo que aparenta gracias a los filtros de Instagram? ¿Que lo poco de simpático que tiene lo malgasta con sus ridículas publicaciones de Facebook? ¿Que su inteligencia no está a la altura de las ocurrencias que circulan por Twitter? Eso ya lo has averiguado tú misma… ¿para qué iba yo a interrumpir tu arrebato de amour fou?”


También es cierto que en algunas ocasiones nos hemos visto obligadas a actuar. Previa puesta en común entre el resto de integrantes de nuestro clan, a espaldas de la afectada, por descontado, ya que ella sería la primera en negar la evidencia… Eso es lo bueno de tener un grupo de amigas como el nuestro, sabemos protegernos las unas a las otras de los hombres tóxicos, y cuando alguna se descarría sin aparente voluntad de enmienda –perdiendo demasiado el tiempo con alguien que en el fondo no merece la pena–, convocamos un cónclave para intervenir antes de que el remedio sea peor que la enfermedad.

Nos reunimos en casa de una de nosotras, generalmente en la de Martina, porque tiene críos pequeños y a su marido le encanta presumir de dotes culinarias delante de todas –ni que decir tiene que él es uno de los dos tíos que consideramos aptos (al menos por el momento)–. Mientras él está ocupado con los fogones, exponemos el caso a tratar pormenorizadamente, valoramos todas nuestras opciones, y finalmente procedemos a escrutar los votos a fin de dictaminar quién será la encargada de ocuparse de zanjar el tema. Una de nosotras es elegida democráticamente para iniciar la acción de acoso y derribo; bien tanteando a la que debemos rescatar de sí misma, bien al novio a extirpar. No hay nada más efectivo para romper una relación que él responda a las insinuaciones de una de nosotras, o eso es lo que nos dice el marido de Martina –quien no solo apoya la moción, sino que incluso suele aconsejarnos sobre las debilidades masculinas para proceder del modo más certero para que nuestro plan sea más efectivo–.

Rara vez fallamos, por no decir nunca… Bueno, una vez estuvimos a punto… En realidad lo que sucedió es que hubo una especie de vacío de poder, al ser yo misma la que me encapriché por un tipo que no me convenía en absoluto. El asunto se prolongó más de la cuenta precisamente porque las demás no tienen mi ojo clínico para descubrir incompatibilidades irreparables y, como comprenderás, yo en semejantes circunstancias me engañaba a mí misma, sin reconocer que su amor por mí no era sincero. El de mis amigas sí lo es, que fueron las que me salvaron de un hombre inconstante que solo me quería para satisfacer su frágil ego. 

Así que ahora ya sabes por qué me pongo nerviosa cada vez que una de ellas va a presentarme al chico del que lleva hablándome durante semanas, es mucha la responsabilidad que recae sobre mis hombros… ¿será digno de unirse a nuestro grupo, o nos veremos obligadas a deshacernos de él lo antes posible? En cuanto lo tenga delante te saco de dudas. ¡Ah!, perdona, se me olvidaba, y sobre eso de qué te diría si me pides una cita, creo que será mejor que te lo pienses dos veces antes de proponérmelo, no sé cuáles son tus intenciones, pero debes tener presente que mis amigas estarán ahí para cubrirme las espaldas…  


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 14 de septiembre de 2017

Dúo dinámico: dos relatos enamorados (sin saberlo, al parecer)




Lagarto, lagarto

Mi madre solía decir eso de “lagarto, lagarto” cada vez que las cosas no le salían como quería. Ahora conozco el verdadero significado de la expresión, pero de niña pensaba que tenía que ver con el jabón que utilizaba para intentar sacar las manchas de la ropa sucia antes de meterla en la lavadora. Después comprendí que las cosas no se solucionan tan fácilmente. Mamá no estaría muy de acuerdo con esto último, me diría que mis manos dejan claro que nunca he frotado demasiado, y que no tengo ni la más remota idea de lo que cuesta limpiar el vino de una camisa blanca, así que me voy concienciando de lo que me queda por sufrir. 

En realidad me quejo de vicio. El único y verdadero quebradero de cabeza que tengo es que mi existencia es tan anodina como la de cualquiera. Mi trabajo me aburre soberanamente, no tengo pareja –ni perspectiva a la vista–, detesto la idea de compensarlo compartiendo piso con una mascota, y las vidas de mis amigas se parecen tanto a la mía como ellas se esfuerzan por disimularlo. Lo que sucede es que siempre hay días en los que estoy de bajón, y me desespero. Entonces intento alejar los males a mi manera: mirando por la ventana. 

No asomada como una vieja chismosa, no, que una tiene más clase. Ni siquiera como el hijo de la vecina del primero, que como no tiene oficio ni beneficio se pasa el día fumando apoyado en el alféizar, y cuando algún transeúnte lo increpa por dejarle caer ceniza al pasar, rezonga algo ininteligible sin soltar el cigarro de entre los labios, logrando con ello que le caiga el resto encima al interpelado. No. Yo miro por la ventana de mi oficina disimuladamente, como si estuviese concentrada buscando la palabra exacta para redactar de una manera más primorosa mi informe. La única pega es que a veces acabo tan abstraída, que mi compañero de al lado tose más fuerte de lo habitual para lograr que vuelva a la realidad, o sea al tajo, que para eso estamos aquí encerrados ocho horas diarias.   

Mi ventana es mi vía de escape. Esta tarde estuve un buen rato contemplando el reflejo de nuestra sucursal, que se vislumbra en los negros ventanales del complejo financiero de enfrente. Por culpa del cambio de hora oscurece antes y me da pereza ver tantas luces encendidas. Con lo bien que estaría yo tirada en la playa leyendo un libro como durante las vacaciones… Aunque a decir verdad me aburro casi igual que cuando estoy trabajando. Si estuviese casada con un millonario sería diferente. 

Cada día podría pasearme por una recóndita cala del Mediterráneo, con una copa de champán y un buen puñado de fresas al alcance de mi mano en su enorme yate. O mejor aún, sería su amante, porque igual con los años me cansaba de ser su mujer. Que de todo se harta una, sólo hay que ver la cara de Paris Hilton cuando sale en las revistas. Hasta el moño tiene que estar de tanto ir de fiesta en fiesta sin dar palo al agua. Yo después de un tiempo me separaría. Eso sí, sacándole un buen pellizco para poder viajar. ¡Total a él qué iba a suponerle un poco menos! Además tampoco sería demasiado, que no le veo mucho sentido a eso del lujo, porque un descapotable normalito vale igual que uno de esos que cuestan un riñón, para conducir por la Riviera Francesa con gafas de sol y pañoleta atada al cuello a lo Grace Kelly.

Sí. Me iría a ver mundo. Y hasta no me importaría trabajar de guía turística en algún país de Europa, por ejemplo. Que hace poco vi un reportaje sobre Roma y me pareció lo más, allí hay tanta ruina que visitar que seguro que siempre hay algo nuevo por descubrir. O puede que me vaya a la India, a ver si me funciona eso de reconciliarme con mi karma… A ser posible teniendo una aventura con un atractivo desconocido –tan romántica como efímera–, porque es lo que tiene el amor a primera vista, ¡en cuanto se te acostumbra el ojo, ya lo pones en otro! Pero por allí no habría problema, hay tanta gente que seguro que encuentro a mucha interesante con la que vivir experiencias reales, ¡y en vivo y en directo! No que me entere por el Facebook de cosas que ni me van ni me vienen, y que cuarto y mitad son falsas.

Sí. La India estaría bien. O cualquier otro país superpoblado de esos me valdría. Así podría contárselo todo a las cotillas de mis amigas… para que se mueran de envidia cada vez que ponga al día mi muro, repleto de fotos en lugares exóticos junto a tipos de quitar el hipo. O mejor se lo cuento por el Skype, para poder ver la cara que se les queda. ¡Eso estaría genial! De repente, una hoja marchita se estrella contra el cristal quedándose pegada justo a mi altura, resbala temblando imperceptiblemente durante un segundo ,hasta que otra ráfaga de viento se la lleva, y en ese momento caigo en la cuenta de que me estoy haciendo mayor. Otra vez otoño. Llueve y me he dejado olvidado el paraguas en casa. 

Mi compañero regresa trayendo el café que le pedí hace diez minutos. Cada vez estoy más convencida de que fuma a escondidas en los aseos, porque vuelve apestando a colonia. En el fondo no lo juzgo, debe de ser su manera de evadirse de este martirio. Se lo agradezco con una sonrisa, y me giro inmediatamente hacia mi pantalla. Me da que un día de estos voy a ser yo quien lo invite a ir al cine. Cuando me lo insinúa me hago la loca, o le digo que ya he quedado. Y la verdad es que hasta me parece sexy con sus gafitas y todo. Qué más dará si se le marca la barriga bajo la corbata, yo también estoy sacando culo desde que dejé el gimnasio. Por lo de siempre. Harta de estar metida entre cuatro paredes al salir de esta caja. Para eso mejor voy y vengo andando a trabajar y, con el dinero que me ahorro de la cuota y del metro, me doy algún que otro capricho. Lo malo es que está empezando a dejar huella en mis pistoleras. En fin, ¡qué le voy a hacer si me pirro por el hojaldre! Lo único que me tira para atrás es el aliento, mi primer novio fumaba y me daban arcadas cada vez que nos besábamos. No, si al final va a tener razón mamá… si les sigo poniendo tantos reparos voy a acabar más sola que la una. Lagarto, lagarto.  



Amarillo limón (o verde lima)

La cabeza me da tantas vueltas como el ventilador que escucho ronronear sin cesar. Me da pereza abrir los ojos para verlo girar tan monótonamente como mi vida. Pero el ruido me está matando y voy a tener que levantarme a apagarlo. Y a tomarme una aspirina mientras me preparo un café. Me pondré en pelotas para sudar menos, y listo.  ¡A principios de noviembre y con el frío que hace fuera, hay que joderse! Ni siquiera me compensa por lo que me ahorro en calefacción. Quién me mandaría a mí comprarme este trasunto de oficina para vivir, sabiendo que tenía debajo un horno clandestino de pan congelado –que funciona 24 horas al día–, y una academia de peluquería que cierra solo los domingos justo encima. Mi madre, por supuesto. Que si el entresuelo es lo ideal para ti, porque primero lo usas como vivienda mientras juntas un poco más de dinero para poner el despacho, y en cuanto te forres compras un pisazo en el que quepan todos los nietos que tienes que darnos, porque como tu hermano es gay, y no quiere saber nada de adoptar, tienes que compensarnos a mí y a tu padre, ¡me oyes! Menos mal que madre no hay más que una, que si no... En fin.

Estaba claro que no iba salirse con la suya, es el eterno cuento de la lechera. Sigo currando en mi oficina haciendo informes como si fuera un simple gestor, porque con la crisis y la subida de tasas ¿a quién se le va a ocurrir acudir a un abogado que no sea de oficio? Solo a los ricos, ¡y esos no contratan a abogaduchos de tres al cuarto como yo! Así que cerré el chiringuito casi antes de tenerlo montado. ¡Y lo de verse rodeada de nietos lo tiene crudo! Como mucho podré alimentar a uno, dos si mi mujer tiene un salario equiparable al mío –o sea uno de mierda–, pero a ellas aún encima les pagan menos… No sé cómo no la montan y se rebelan, en plan, ¡mujeres al poder! Y por si fuera poco tendríamos que vivir en este zulo, o algo semejante, porque las ventas de viviendas caer caerían en picado, pero los precios bajaron tanto como nuestra capacidad adquisitiva, ¡y estamos igual que antes! Para que después hablen de la pobreza en los países subdesarrollados… Ellos todavía lo tienen peor, por supuesto, pero la clase media española es que ya no tenemos ni clase, ni media. ¡Habría que armar una buena! 

Al abrir la ventana del patio de luces se me cae el alma al suelo. Está más negro que un agujero de esos del espacio, y como todo lo que cae también desaparece, creo que aquí hay tema para Stephen Hawking. Pero me resigno a asomarme, porque detesto el humo del cigarro. Hace poco que he vuelto a fumar y estoy cabreado conmigo mismo. ¡Hala! ¡Otro gasto tonto más! Y yo que quería dar la entrada para el piso en las afueras de una vez… a este paso cumplo cuarenta viviendo como un estudiante. Y también porque sé que a ella no le gusta que fume. Ella… ¡si ni siquiera la llamo por su nombre! Cuando empezamos a trabajar juntos me equivoqué. La busqué en el directorio, y pensé que se llamaba María José. Yo ya llevaba cinco años en la oficina y al acabar el periodo de pruebas la trasladaron a mi departamento. ¡Y a mi lado! ¡No me lo podía creer! Y menos que me dijera que se llamaba Clara. Clara Amor, dijo sonriendo al estrechar mi mano, y el corazón se me desbocó. Desde entonces lo noto palpitar descontrolado en cuanto oigo sus pasos, o huelo su perfume al pasar junto a mi sitio para ir al baño… 

Creo que se la apreté demasiado por los nervios, la mano, digo, en aquel primer saludo, y la cagué, porque hizo una mueca extraña y se me escurrieron las gafas. Patético, pensé para mí, eres patético. Pero al subirlas con el dedo índice me fijé en su blusa y me quedé sin respiración. ¡Ay, mi madre! Siempre viste muy sobria. Decente, vamos, no como algunas que van como si fueran a concursar en algún reality. Ella no. Su blusa, su falda y sus tacones. O su pantalón y su camisa. Y siempre de americana. Que no falte la chaqueta para pasar desapercibida. Pero en agosto se la quita al llegar, porque la empresa nos lo permite para ahorrar en aire acondicionado. Y aquel día su blusa blanca dejaba entrever su precioso sostén de encaje. De esos que me vuelven loco. Así que me senté en mi sitio inmediatamente y me puse a teclear sin mucho sentido. Desesperado porque dejara de mirarme como a un bicho raro. 

¡Es verla y me excito, no puedo remediarlo! Ella no me hace ni caso, lo sé. Lo asumo. Aunque no puedo evitar fantasear con nuestra boda. Mi hermano dice que soy demasiado chapado a la antigua, y que me he buscado una que se viste como una vieja. ¡Qué vieja, ni qué niño muerto! Es su ropa de trabajo, que él nada más que la vio un momento que vino a tomarse un café conmigo, un día aprovechando que estaba en el centro. Además, ¿porque no lleve el pelo a la última, o no se vista como una adolescente, es una vieja? ¡Ni hablar! ¡Es una señora! Como a mí me gustan. De las que aparentan la edad que tienen, ni más ni menos. Los fines de semana tampoco usa vaqueros, porque está ganando peso y con falda disimula más las cartucheras. Que se lo escuché decir el otro día hablando por teléfono con una de sus amigas. 

Un viernes me las encontré al salir del cine en Callao. Todas igualitas, con sus bolsos de marca falsificados y sus pintas de quinceañeras. Menos ella. Muy digna con su vestido negro –un little black dress, de esos– y su cazadora vaquera. Y los mocasines planos. Que me encantan. Era lo único atractivo que tenía Audrey Hepburn, y sus ojos, claro. ¡Pero si era un palo, por favor, qué iba a encarnar ella la femineidad…! ¡Una mujer con curvas como debe ser es la verdadera femineidad! Como mamá, que la pobre se queja de que no encuentra talla en ningún sitio, y no por estar gorda, eh, ¡qué culpa tiene la pobre de tener una buena delantera! 

Deberían levantarse contra el imperio textil, en plan, ¡rebelión de las mujeres! Y ya puestas reivindicar lo de los salarios… ¡y todas y cada una de las putadas a las que se ven sometidas por culpa de los hombres! Sí. Ya me gustaría a mí verlas. La cafetera silba y me da la risa. Me las imagino a grito pelado. Lo de quemar sujetadores en los setenta sería moco de pavo comparado con esto. Lideradas por una Marianne con un pecho al descubierto, a lo Revolución Francesa global. Alguno se quedaría mirando embobado sus atributos y ellas, ¡zaca!. Aprovecharían el descuido para darnos la somanta de palos que nos merecemos…

Yo incluido, que soy el primero en entonar el mea culpa. Ayer sin ir más lejos, no podía dejar de mirarle al escote a la chica del vestido amarillo limón. ¿O era verde lima? No lo recuerdo, la verdad… Ya estaba un poco perjudicado de más a esas horas. Solo sé que era idéntico a la rodajita de limón de mi gin-tónic, aunque es que no estoy muy seguro… igual estaba tomándome un mojito, y en ese caso sería verde lima. Bueno, de lo que sí me acuerdo es de sus pechos meneándose al compás de la música, me quedaría toda la noche observando sus delicados movimientos. ¡Son lo más bonito del mundo! Ni paisajes exóticos, ni gatitos haciendo tonterías, ni nada de eso. ¡Tetas! Es lo más buscado en internet. ¡Pongo la mano en el fuego! 

Lo que pasa es que a mí me gusta adivinarlas primero, no que me las enseñen a la primera de cambio…. por eso las prefiero recatadas. Tampoco es que me parezca mal que ellas tomen la iniciativa, en absoluto, es más, a mí me viene de perlas, porque soy un patán a la hora de ligar. Pero que no me vengan con el género a la vista, sino más bien discretas, para poder imaginármelas y después llevarme una agradable sorpresa. A veces te sale rana y no es como esperabas, claro. Pero bueno, no me quejo, que yo tampoco tengo lo que se dice un tipazo, vamos, porque mi tableta de chocolate está derretida y en taza. 

Los tíos siempre igual, nosotros las queremos así o andando, y no nos molestamos en mirarnos al espejo. Mi amigo Juan, por ejemplo. Es un tío simpático, de eso no hay duda, pero es más feo que pifio, y siempre tiene más que decir de las tías. Que si las tiene caídas. Que si mira qué culo más gordo. Que si tiene las piernas torcidas. ¡Pues anda que las tuyas!, le digo yo entre risas, y me mira raro. Ya me estoy hartando de salir con él… Nos conocemos del instituto, y hace un par de meses me lo encontré por casualidad, llevábamos años sin vernos, y empezamos a quedar…


El problema es que al tío le va la marcha que no veas, y me estoy pasando bebiendo… Que me vino bien para olvidarme de la mierda de existencia que llevo, es verdad, que estaba muy de bajón últimamente… pero ya hasta me resulta cansino. ¡Y al salir tanto de noche he vuelto a caer, que es lo que más rabia me da! El próximo fin de semana le digo que no puedo quedar, a ver si así dejo de fumar… Porque sé que a ella no le gusta, y sus pechos son infinitamente más atrayentes que los de la de ayer. Me acabo el café y apago el pitillo a medias para ir directo al baño, que me la estoy imaginando con el escotazo del vestido amarillo limón (o verde lima), y necesito una ducha fría, ¡ya! ¡Es mi último cigarrillo! Lo juro, por mi madre.      




by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 7 de septiembre de 2017

Tres micros de amor, o no…



Punto crucial

[Nota pegada al frigorífico 
–con el imán abridor de cervezas, para más señas–]

Me pediste tiempo, y te lo concedí a cambio de espacio. Ahora considero que hemos llegado a ese punto crucial en toda relación que se precie de serlo. 
Tenemos dos opciones: o avanzar hacia el abismo de lo desconocido, o recular y acabar desandando el camino que hemos recorrido juntos.
Dejo la pelota en tu tejado. Ya me preguntarás lo que estimes oportuno.
                                                                                                                         Besos

Posdata: ¿Una pista? Sí, quiero (para que te hagas una ligera idea de lo que tengo en mente…)


[Respuesta escrita a toda prisa antes de irse a trabajar
–en el reverso, para aprovechar bien la hoja de papel reciclado–]

esta noche hablamos -STOP- escribir no es lo mío -STOP- ¿no hay opción 3? -STOP- es broma -STOP- no me grites nada más entrar por la puerta -STOP- que te conozco -STOP- te lo compensaré con creces -STOP- ya sabes cómo -STOP- ¿es obligatorio disfrazarse de pingüino? -STOP- ¡qué pereza con este calor! -STOP- prefiero ir en bermudas -STOP- tú con el tanga de anoche me vale -STOP- ¿Las Vegas entraría en la opción 1? -STOP- lo digo porque allí no desentonaríamos así “vestidos” -STOP- ;)





Y decidiste quedarte

Nos encontramos una tarde lluviosa por casualidad. Me atrajo la seductora manera en que intentabas secarte el pelo en vano. Te invité a mi casa y decidiste quedarte. Imagino que te sentías tan a gusto como yo contigo a mi lado en el sofá. 
Me encanta que sigas ahí siempre que regreso, insinuándome con tu mirada que me siente para acariciarte. Ni siquiera sé tu nombre, tengo la impresión de que un día me lo dirás tú mismo. No entiendo por qué la gente cree que los gatos no hablan, si soy capaz de entender absolutamente todo lo que deseas decirme enroscado a mis pies. 




En la cama equivocada

Su cuello se me ofreció en todo su esplendor al arquear la espalda, me desvivía por besárselo con fruición, mientras sus piernas me impedían alcanzarlo con mayor facilidad, aferradas a mi cintura como estaban. Los movimientos frenéticos de mi pelvis la hacían enloquecer, y a mí me volvía loco precisamente ver la desesperación del deseo en su tórrida mirada. 
No es de extrañar que no los oyésemos entrar en la casa, al derribar la puerta no tuvimos más remedio que separarnos. Lástima que fuera cuando estábamos los dos a punto. Tres hombres sucios pistola en mano sonreían enseñando sus colmillos dorados. La sensación de asco se mezcló a mi evidente desconcierto. Ni tiempo me dio a sentir miedo. Ella sollozaba suplicante y aquel tipejo tuvo que gritar para que lo oyera por encima de sus lamentos:

— ¡Gringo, parece que acabaste en la cama equivocada, no más! —y dirigiéndose a los otros dos añadió ensanchando su macabra sonrisa— ¡Que empiece la balacera, cuates!

En ese efímero instante previo al infierno de pólvora y sangre, recordé vagamente que ella me había comentado en una ocasión algo sobre que su marido era traficante de armas. El ensordecedor ruido de los disparos ahogaba sus carcajadas, y sus frías miradas sin escrúpulos sedientas de muerte fue lo último que vieron mis ojos. 



by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 29 de junio de 2017

Personal Trainer


Recostada sobre la hamaca, la puesta de sol me dejó un regusto melancólico y me incorporé de inmediato para darle otro pequeño sorbo a mi mojito. Siempre bebo muy despacio para que no se me suba a la cabeza, detesto perder el control incluso cuando estoy completamente sola, como ahora. Le dije a Rosita que podía retirarse por hoy tras traerme la cena afuera, y lo cierto es que preferí llenar la sensación de vacío que me invade con la bebida, antes que con la ensalada y el filete de pavo a la plancha que se enfriaba sobre la camarera. Llevo ya un par de semanas prácticamente sin salir de casa, el único ejercicio que hago son unos cuantos largos en la piscina, más que por ganas, porque este final de junio está siendo tan caluroso que me achicharro incluso a la sombra de las palmeras. Tengo épocas así, de bajón, en las que no me apetece ni mover un dedo aparte de para marcar el número de mis clientes y, como puedo permitirme el lujo de contribuir a engrosar los ceros de mi cuenta bancaria a distancia, me regodeo en la apatía más absoluta. 

Igual que cuando lo conocí. Los tres kilos de más en la báscula me alertaron de que no podía seguir sin pisar el gimnasio que ocupaba la mayor parte del semisótano de nuestra mansión de Barcelona, utilizaba más la otra parte, que albergaba mi Maserati GranCabrio y el Lamborghini Huracán de mi marido, además del McLaren 650S y el Audi R8 que teníamos de adorno. Me lo recomendaron como el mejor personal trainer de la ciudad, pese a que en realidad se dedicaba a dar clases de spinning en gimnasios por hobby, al parecer era óptico de profesión, y la curiosidad pudo más que mi escepticismo sobre sus pobres referencias. Bajito, moreno y no muy agraciado, lo hice pasar directamente a la tarima de madera de fresno que relucía de lo impoluta que estaba por falta de uso. La sala de squash que hizo construir Nathan apenas la había usado para cerrar un par de negocios, por lo que me preguntó si acabábamos de mudarnos. “Hace seis meses”, le comenté sin poder evitar sonreír ante sus pupilas dilatadas por el asombro en cuanto le abrí las puertas de nuestro domicilio.

En realidad llevábamos ya ocho en la ciudad, no obstante preferimos instalarnos en un hotel mientras buscábamos una vivienda acorde a nuestras necesidades. A Nathan le encanta alardear de sus ingresos, en cambio yo prefiero la discreción en lo que a mi fortuna se refiere, supongo que será porque en mi familia no han faltado jamás toda clase de lujos durante generaciones. Mi padre me enseñó que no hay nada más grosero que hablar de dinero con desconocidos, y para él lo son todos los que no conviven en nuestro hogar, de hecho ni con sus abogados se digna a hablar de cifras, son perfectamente capaces de estimar la que pasa por su cabeza a la hora de orquestar un contrato, y las raras veces en las que se equivocan, simplemente les escribe una nota a lápiz a modo de corrección en la esquina del informe preliminar que le presentan. Yo hago igual con los inversores que me confían sus ahorros, les aconsejo y les dejo decidir sobre el tipo de riesgo que quieren correr, y a continuación me encargo de gestionar los fondos según mi parecer, ellos saben que soy infalible, entonces, ¿para qué rebajarse a discutir sobre números cuando se tiene de sobras para despreocuparse por el tema?

Como ya me había informado sobre sus honorarios, le extendí un cheque doblando la cantidad que cobraba por hora antes de empezar. Me lo devolvió perplejo: “Tengo otra clase esta tarde, lo siento, pero no podré quedarme tanto tiempo.” “Es por las molestias,” aduje negándome a corregirlo, “a partir de ahora quiero que se centre en mí, vaya haciéndose a la idea...” “¡Si todavía no sabe si le convencerá lo que voy a proponerle!”, exclamó visiblemente sorprendido. “Lo sé, no se preocupe, estas cosas se saben de antemano, no es el primer PT que tengo.” Sonreí indicándole que estaba dispuesta a comenzar y se encogió de hombros guardándolo en su mochila. He de decir que me impresionó su marcada musculatura, pese a su estatura estaba muy bien proporcionado, y en cuanto entró en el gimnasio examinó cuidadosamente todos los elementos de los que disponía, se acercó a la elíptica sin estrenar y frunció los labios al reparar en las esterillas. Muy profesional. Reconoció enseguida que no estaban a la altura del resto del material, porque se trataba de un regalo por parte de la empresa que nos vendió las máquinas, al verlas pensé lo mismo que él, si racaneas con algo así tratándose de una compra de alto nivel, olvídate de que vuelvan a encargarte nada más. 


Ni que decir tiene que acabé extenuada. Tras tantos meses sin moverme, comencé a sudar desde el primer minuto, y ya no dejé de hacerlo hasta completar la hora y media de intenso entrenamiento a la que me sometió. “Suave, para empezar”, dijo observando mi complexión atlética, y menos mal, porque estaba absolutamente oxidada. En cuestiones genéticas también soy agraciada de nacimiento, alta, rubia y de ojos azules, pecho voluminoso, todavía en su sitio a mi edad, cintura de avispa, caderas sinuosas y piernas largas. No me puedo quejar, únicamente cojo peso cuando me paso demasiado con la comida, y entre el pà amb tumàquet, la butifarra, el jamón ibérico y la crema catalana, tenía bastante con lo que compensar lo transparente que me había vuelto para mi marido. Nos habíamos instalado en Barcelona debido a su trabajo, para que pudiese desplazarse cómodamente por toda Europa. A mí me interesó conocer la ciudad, aburrida ya de París o Londres, y a él le daba exactamente lo mismo, pudiendo como podía ir acompañado de sus diferentes amantes en sus continuos viajes de negocios. Yo siempre preferí trabajar desde casa, porque nunca sé cuándo entraré en uno de los que denomino mis períodos de letargo, hastiada de la insípida e insustancial vida que llevo. Si al menos tuviese un hijo... 

Esa es mi desgracia, alguna tenía que tener, claro. Descubrir mi esterilidad me llevó a mi primera gran depresión, y desde entonces encadeno una tras otra. Adoptar nunca estuvo entre en mis planes, horrorizada con las experiencias de las que soy testigo a mi alrededor. Tampoco quise saber nada de técnicas de reproducción asistida, desafío pretencioso del hombre hacia la voluntad divina, si no me quedaba embarazada de manera natural no lo haría de ningún otro modo. Y mi primer divorcio se desencadenó precisamente porque el hombre al que todavía amo quería tener descendencia. Nathan tiene tres hijos de sus dos matrimonios anteriores, por lo que no le pareció ningún problema, al contrario. “Así no tendremos que preocuparnos por la custodia cuando nos divorciemos”, comentó divertido cuando mi padre le presentó el acuerdo prematrimonial, y papá me miró sopesando si me merecía la pena casarme con semejante capullo. Disfrutaba de lo lindo en la cama con él, al menos al principio, y después de cansarse de mí me compensaba con su procaz sentido del humor. Es cierto que a veces se deja llevar por el sarcasmo, pero en el fondo lo pasamos bien juntos y me utiliza como consejera en sus negocios. Yo a cambio le fundo su tarjeta de crédito sin dignarme a gastar ni un solo céntimo de mi cuenta corriente, a sabiendas de que será todo lo que saque en limpio de él. 

Todo lo contrario que con Marc. Me entrenó en exclusiva durante dos semanas, es de pocas palabras, pero se reía a mandíbula batiente al escucharme jurar hasta en catalán, porque los tacos es lo primero que aprendo cuando estoy en el extranjero, no vaya a ser que no me entere de que me toman por una americana estúpida. Rubia y estadounidense sí, pero de tonta no tengo ni un pelo, que en Louisiana hay que aprender a torear a mucho macho alfa para llegar a donde llegué yo. Sobre todo si eres la niña de papá, tienes que demostrar el doble que vales para el puesto. Ser mujer es lo que tiene, y si eres guapa peor, solo te imaginan desnuda y no dando órdenes en un despacho. Por eso prefiero hacer las máximas gestiones por teléfono, mi voz es de resaca permanente desde que tengo uso de razón, y eso que nunca me llevé un cigarrillo a los labios. Una tarde de bochorno infernal le aconsejé que enfriásemos las bebidas isotónicas con hielo y al ver el frigorífico le dio la risa. “Es que mi piso entero es la mitad de esta cocina”, comentó al reparar en mi ceja arqueada y le acaricié la mejilla sin decir nada.

A la semana siguiente lo llevé a ver las vistas desde mi dormitorio, dos adultos perfectamente conscientes de cómo iba a acabar la cosa. Por eso me dejó claro que volvería a atender a otras personas: “Vendré al acabar, si estás sola.” Asentí en silencio, ambos sabíamos que rara vez no lo estaba, y entendí sus motivos, tampoco quería hacerle sentirse como un objeto, es más, me gustó que no se dejase comprar tan fácilmente. En lugar de los cheques abultados le daba regalos que aun así aceptaba a regañadientes. Material técnico por su afición a la montaña, entradas para conciertos o partidos para él y sus amigos, perfumes, algún que otro reloj, un traje y una camisa para acompañarme a una cena benéfica... Niñerías sin importancia para mí, que él evidentemente no se podía permitir. El sexo era tan intenso como nuestras sesiones de fitness, y en poco tiempo mejoré mi figura y mi piel resplandecía para envidia de mis amigas. “¿Quién es?”, me preguntaban ávidas por arrebatármelo en cuanto me despistase, y yo jugaba precisamente al equívoco sin soltar prenda. Me gustaba estar con él, y no sólo físicamente hablando. Poco a poco se fue abriendo y empezó a responder a mis preguntas. “Tus iris tienen un par de manchas grises muy curiosas”, me confesó al mismo tiempo que me explicaba lo aburrido que le resultaba su trabajo en la óptica. Y entendí por qué se dedicaba a dar clases en los gimnasios cuando me daba cuenta de la cantidad de gente de las altas esferas que conocía. Le interesa el arte en general, por eso trata de entablar conversación con escritores, pintores o músicos que requieren sus servicios. Lo escuchaba rodeando su cintura por detrás con mis piernas mientras apoyaba el mentón sobre su cabeza, en horizontal no había mayor problema con nuestra diferencia de altura.


Tardé en reconocerme a mí misma lo enamorada que estaba, en realidad fue por casualidad. Nathan regresó antes de lo previsto de una visita a Rusia y me fastidió tener que cancelar nuestros planes para el fin de semana. Demasiado. Tanto que caí en la cuenta. Fui impulsiva, no medí la repercusión que podrían tener mis palabras y lo estropeé todo. Ahora que ya pasó el suficiente tiempo soy consciente de ello. Entonces no. En aquel momento me enfadé muchísimo al descubrir que él no estaba por la labor. Había encargado que nos trajesen una cena especial de su restaurante favorito y me arreglé para la ocasión, salón de belleza, depilación completa y melena, pese a saber que acabaríamos en la piscina. Bikini de infarto y caftán transparente que apreció efusivamente al llegar, tarde y un poco cansado. Mal día en el trabajo, así que lo mimé hasta que conseguí hacérselo olvidar por completo. Jugueteando con los rizos húmedos de su nuca, observaba el sutil brillo de su piel tostada bajo la luna y, al ver su expresión relajada admirando la vista nocturna sobre la ciudad, me acerqué a su oído para susurrarle: “No temas, no me quedaré sin dinero tras el divorcio, podríamos vivir holgadamente en mi casa de Malibu.”

Y fue el final. Reconozco que no me comporté como debería, reaccioné de modo infantil e insolente. Terminamos mal, distanciándonos de manera brusca. Eso sí, en algo no me equivoqué, el divorcio me salió casi regalado gracias a las condiciones que había dispuesto mi padre. No le afectó tanto como el primero, a decir verdad, supuso un alivio para él que regresase a casa. Está mayor y mamá lleva años encamada, le gusta que aparezca de visita sin avisar en el rancho que le compró para que disfrutase de los caballos cuando aún podía montar. Ella sigue siendo tan dulce y cariñosa como la recuerdo desde pequeña, aunque haya días en los que me confunda con el ama que la crió. No se lo tengo en cuenta, la admiro por ser capaz de aguantar junto a su marido haciendo oídos sordos a los comentarios sobre sus escarceos amorosos. “Siempre me respetó, y sigue haciéndolo como el primer día,” me dijo cuando al volver del instituto fui a contarle furiosa las habladurías que circulaban por doquier, “no debes darle mayor importancia de la que tiene para mí. Ninguna. Sé que tu padre me quiere, y que me cuidará como nadie si me hace falta en la vejez.”

Quizás sea eso lo que más admiro de él. De todo lo que me enseñó sobre el mundo de los negocios, me quedo con su trato hacia los demás. Su cortesía está por encima de todo, por mucho que sea implacable en cuestiones monetarias. Por eso me arrepiento del comportamiento que tuve con Marc. Al caer la noche sobre mi piscina infinita que se confunde con el mar cuando está en calma, siempre me entran ganas de llamarlo para disculparme, rememorando aquellos atardeceres que pasamos juntos en Barcelona. La diferencia horaria o que no me coja el teléfono, son excusas que cada vez tienen menos fuerza para impedírmelo. Estaría bien sentir de nuevo la calidez de su voz, y miré de reojo el móvil junto a la toalla. Descolgó cuando estaba punto de desistir, somnoliento respondió con un monosílabo ininteligible, y sonreí recordando lo ridículo que estaba por las mañanas sin peinar. “Espero que la vida te esté tratando mejor de lo que lo hice yo en su día”, fue todo lo que se me ocurrió decirle para romper el hielo, y suspiré aliviada al seguir escuchando su pausada respiración a poco más de seis mil millas de distancia.  

by Eva Loureiro Vilarelhe