jueves, 25 de agosto de 2016

¡Por fin se acaba el verano!


No, no es que me haya vuelto loca, ni que la resaca olímpica se me haya subido a la cabeza. No, lo que pasa es que como no hay marcha atrás y agosto ya está en las últimas busco buenos motivos para alegrarme de que llegue septiembre. Y hay dos que merece la pena celebrar, que además están relacionados.

No soy mucho de ver deporte en televisión, prefiero jugar un partido (de lo que sea) a verlo retransmitido, pero con las olimpiadas hago una excepción. En primer lugar porque el abanico de oferta resulta mucho más ameno que el sucinto repertorio con el que nos bombardean en la sección deportiva de los informativos, y también porque reconozco que es emocionante ver a nadadores, atletas y demás deportistas compitiendo por alcanzar la gloria mientras una está casi tan encharcada en sudor como ellos por el calor que hace, eso sí, he de admitir que el horario no ayudó mucho esta vez y tuve que desconectarme de las redes sociales para que no me estropeasen la sorpresa de quién subía al podio.

Por la fotografía que aparece al inicio habrán imaginado cuál es mi deporte preferido, que precisamente podrá optar a medallas en las próximas olimpiadas, pero por el momento seguimos pendientes de las diversas competiciones que tienen lugar alrededor del planeta. Una de las que cuenta para el campeonato mundial de surf se celebra en mi ciudad y es nada menos que la Pantín Classic, que este año tendrá lugar entre el 30 de agosto y el 4 de septiembre, y siempre se convierte en una inmejorable manera de rematar el verano, porque se espera que alrededor de treinta mil personas disfrute del espectáculo que supone ver a verdaderos profesionales sobre las olas.

La otra razón por la que me emociona que la época estival llegue a su fin es que las playas vuelven paulatinamente a su normalidad, lo que significa poder disfrutar de ellas incluso a veces en solitario. Y eso es una gozada que sólo ocurre aquí. Estamos tan acostumbrados a ellas que no valoramos el paraíso en el que vivimos, nuestras costas pueden rivalizar en belleza con cualquier destino turístico afamado, ya no digo de la Península, sino del mundo entero. Tanto los organizadores del campeonato como diversas asociaciones de Ferrolterra llevan años luchando para que se reconozca la valía de nuestro entorno y para que se invierta en su cuidado, ya que se trata de un negocio que aparte de atraer visitantes (como bien demuestra la afluencia a la susodicha prueba), serviría para estimular la maltrecha economía local, a juzgar por el notable incremento del número de alumnos con el que cuentan las escuelas, que viene al caso destacar que en su gran mayoría se trata de niñas o chicas, por lo que, como se ha visto en la reciente cita olímpica, el futuro del surf también pinta en femenino.

Hay que admitir que no es un deporte barato, no obstante actualmente resulta mucho más asequible tanto por la proliferación de oferta como por el abaratamiento del material. Lo que sí es innegable es que es uno de los más atrayentes de todos, por su vistosidad y lo emocionante que parece. Y digo parece porque el surf engaña, a simple vista da la impresión de ser fácil y divertido. Divertido no les quepa duda que lo es, y emocionante también, lo que sucede es que ni es fácil, ni apto para todos los públicos. A mí me atrajo desde pequeña, pero no tuve oportunidad de empezar hasta hace unos tres años. Y ya no pude parar. El surf engancha, quien lo prueba una vez, repite, ahora bien, entraña una serie de dificultades que hay que tener en cuenta. 

Para jugar al fútbol sólo hace falta un balón, unos cuantos amigos y un poco de espacio libre. Para surfear, aparte de pertrecharse hasta los dientes, sobre todo en invierno (traje, escarpines, guantes, capucha, tabla e invento, por no hablar de los accesorios...), se necesita conocer las corrientes, el viento adecuado a la playa adonde se vaya, y que las olas tengan la amabilidad de romper adecuadamente. Cosa que por desgracia no ocurre tanto como sería deseable, por eso ya habrán escuchado eso de que el surf es un estilo de vida.

No es una frase hecha, porque quien realmente quiere dedicarse a esto debe adaptar sus horarios a las mareas y a las condiciones meteorológicas. Y no todo el mundo vale, o puede, claro. Así que podemos hablar de dos tipos de surfistas. Los pros (apócope de profesionales) que, independientemente de que se dediquen exclusivamente a ello o no, se han ganado el título como los pilotos con sus horas de vuelo, en su caso digamos que por la cantidad de salitre acumulada en su curtida piel. Y después están los aficionados, que van al agua menos de lo que les gustaría y se les ponen los dientes largos al ver a los otros pasándoles las quillas por las narices, porque saben que nunca serán como ellos.

Yo evidentemente estoy entre los segundos. Me inicié tarde, mal y arrastro, me esfuerzo todo lo que puedo por mejorar y sé que, aunque me rompa los cuernos en el intento, jamás conseguiré nada. Aún así no pierdo la esperanza. Soy capaz de ponerme en pie encima de una tabla gracias a Iago Nieto, buen amigo y mejor persona, surfista autodidacta, de los pros, por supuesto, que me inició en este mundillo y al que le estaré eternamente agradecida por su paciencia y cariño a la hora de intentar transmitirme algo de su sabiduría marítima.

 
Iago Nieto en Doniños (Ferrol)

Gracias a él sé que mi pasado de nadadora me convierte en una remadora decente, que mi conocimiento de la costa y las mareas me ayuda a respetar el mar y no meterme cuando no debo, que tengo buena vista para escoger la mejor de la serie, y que soy especialista en no cogerla nunca, porque si estoy en el pico con más gente mi carácter apacible me lleva a cederla siempre incluso cuando tengo preferencia (por no hablar de mi vergüenza a quedar en ridículo si no la cojo como debería). Por estos y muchos más motivos, soy plenamente consciente de que soy una inútil, no obstante si no voy al mar en toda la semana me subo por las paredes.

Al agua suelo ir con un compañero de andanzas que está en las mismas que yo, desesperado por no poder ir más. Me lleva mucha ventaja, por supuesto, porque él ya tiene el título de albañil, mientras yo me canso de apilar piedras para que me salgan tapias torcidas, mi colega hace paredes sin problemas, y aún así se queja. Que si no avanza, que si no le salen los giros, ni los saltos. Y yo lo miro entrecerrando los ojos antes de soltarle. ¡Y qué esperas si como mucho podemos venir uno de cada siete días, además, tú me has visto a mí, caramba, date con un canto en los dientes! Entonces se deja de refunfuñar y reconoce resignado. Es que somos unos chocos. Que es como denomina él a  cualquiera que no se le de muy allá esto de la tabla, imagino que por aquello de que ni a calamar llegamos.

Pese a todo seguimos intentándolo, no nos da pereza ponernos el neopreno aunque estemos a cinco grados y esté diluviando, si hay olas es un día espléndido, independientemente de que caigan o no chuzos de punta. Hacemos ejercicio, nos hartamos de remar y nos echamos unas risas juntos durante un par de horas antes de volver cada uno a lo suyo, y si encima tenemos la suerte de coger una buena regresamos a casa con una sonrisa de oreja a oreja.

Muchas veces estamos completamente solos en el agua, y es una sensación alucinante verte en la inmensidad del océano únicamente con el cielo por testigo. Otras estamos rodeados, de conocidos casi siempre, porque al final somos los mismos habitualmente los que frecuentamos según qué playas, y entonces aprovecho para deleitarme con lo que hacen los demás, los pros, claro, que es de los que se aprende, se me van los ojos viendo la facilidad con la que se mueven algunos y suelo decirle a mi colega que de mayor quiero ser como Luis Rodríguez.



Luis es un mítico surfista ferrolano que fue varias veces campeón de España (también de Europa EUROSURF y subcampeón del mundo ISA) y cada vez que lo veo en acción me maravilla. Por la naturalidad con la que le sale de dentro, porque en eso también me he fijado que, como en todo, hay clases. Éste es un deporte en el que sin esfuerzo no consigues nada, ni siquiera si estás sobrado de talento, pero desde luego quien lo tiene se le nota y a Luis le sale por las orejas. En la imagen que encabeza esta entrada está en Punta Galea (Getxo) y en la anterior demuestra lo que sabe en Esmelle, otro de los arenales de Ferrol, pero podría poner muchas más fotografías suyas por medio planeta, de cuando tuvo la ocasión de codearse con los mejores.

Por eso de mayor quiero ser como él (¡y no me importaría que tuviese que salirme su barba para conseguirlo!), sin embargo, como dudo que ocurra semejante milagro, procuro seguir practicando en cuanto tengo ocasión y sigo soñando con parecerme mínimamente a él. No tengo reparos en admitir que me he visto millones de veces cogiendo una ola perfecta, pero con lo que más sueño es con hacer un tubo. Desde que vi la película Soul Surfer, que recrea la vida de la surfista Bethany Hamilton, estoy convencida, si ella fue capaz de ser campeona del mundo sin un brazo, yo llegaré a atravesar una ola saliendo por el otro extremo sin caerme a revolcones. Ya lo verán, un día lo lograré. Mientras tanto continúo remando en las paradisíacas playas ferrolanas.

by Eva Loureiro Vilarelhe


jueves, 18 de agosto de 2016

Cine de verano


Me encanta ver películas en verano. La verdad es que prácticamente es lo único que suelo ver en televisión tanto ahora como el resto del año, "Downton Abbey" llegó a su fin y no acostumbro a engancharme a ninguna otra serie, en primer lugar porque me cuesta ser fiel a los horarios fijos (por problemas de conciliación familiar más que nada, pero éste es otro tema del que habría mucho que hablar), por lo que acabo decantándome por sentarme ante el televisor para disfrutar del séptimo arte siempre que no haya un libro que me lo impida, cosa que también sucede a menudo. Dirán que podría grabarla o verla a la carta en otro momento, y tienen razón, lo que pasa es que una tiene adquiridas unas cuantas manías que a estas alturas son difíciles de erradicar, como la de no poder esperar si sé que van a darla a la hora en que en el salón reina por fin el silencio.

Otra de ellas es la de zapear por todas las cadenas a la caza de un largometraje que no haya visto. No resulta muy difícil si se trata de alguno reciente, puesto que llevo años sin pisar una sala de cine para ver un filme para adultos, por aquello de la susodicha conciliación. Con los más clásicos sí que tengo más problemas, ya que me pasé la adolescencia tragándome las dobles sesiones que había los viernes en la segunda y los Sábado Cine de la primera cuando eran las únicas que existían. En casa solían retirarse al terminar el primer filme, aunque se quedaban en vela por si el siguiente no era muy recomendable para mi edad, apareciendo de cuando en cuando a hurtadillas para verificarlo hasta que en un descanso los instaba a quedarse en la cama tranquilos, asegurándoles que con “La gata sobre el tejado de zinc” o “Con faldas y a lo loco” no tenían mucho de qué preocuparse. Ahora bien, si de milagro vuelven a poner alguna de esas cintas memorables, no me molesta en absoluto repetir.

Pues, lo dicho, que me encanta ver películas en verano porque me recuerda precisamente a aquella época en que me quedaba hasta las tantas sin preocuparme en exceso que al día siguiente tuviese que levantarme a la misma hora de siempre, porque al no tener que ir al instituto no pasaba nada por estar sin dormir lo suficiente. Ahora son otros los que me obligan a ponerme en pie, pero como durante casi tres meses no tengo que doblegarme a rutinas escolares, tampoco me importa haber dormido menos por quedarme a ver el final. El único inconveniente que tiene la programación estival frente a la habitual, es que en parrilla no abundan estrenos de esos que se anuncian a bombo y platillo durante semanas antes, sino más bien reposiciones, versiones anteriores de otras que están en cartelera, o muchas de mero entretenimiento que no tienen enjundia alguna y sí efectos especiales en demasía, incluso en ocasiones de bajo presupuesto, y se les nota, sobretodo cuando el peso de la trama recae en ello (qué quieren que les diga, ver el Godzilla de cartón piedra de Ifukube hace gracia, en cambio hacer algo semejante a estas alturas – un grafismo de ordenador nada conseguido, por ejemplo – como que no, vamos, que 1954 queda muy lejos).

En resumen, que hay un poco de todo y, como soy de buen conformar, me apaño con lo que toque, eso sí, preferiría que repitiesen aquellos maravillosos ciclos temáticos con actores inolvidables de referente como Paul Newman, o de directores como John Ford, o hasta de wéstern, si me apuran, que una está acostumbrada a ver de todo, y cuando digo de todo es de todo, porque la mayoría de las veces no me quedaba otra que doblegarme a las preferencias de quien manejaba el mando, y qué le vamos a hacer si le pirraban los maratones de artes marciales de la TVG. ¡Pero aquí estoy para contarlo, con toda la filmografía de Bruce Lee a mis espaldas! Eso sí, la parte positiva es que cuento con una amplia y variada base en películas de acción que me permite mantener conversaciones eruditas sobre el tema con mis amigos.

Lo que asimismo me ha enseñado la experiencia es que puede aparecer alguna pequeña joya donde menos te lo esperas, y raro es el verano que no cae una. Éste ya encontré la primera y lo cierto es que no me lo esperaba por puro prejuicio, la verdad. Hace unas semanas dieron “La vida secreta de Walter Mitty” protagonizada y dirigida por Ben Stiller. Empecé a verla porque era la única desconocida y porque me gusta ver las películas que realizan los actores, quizás se trate de otra manía más, o tal vez sea porque en el fondo me interesa descubrir lo que tiene que decir alguien al que estás acostumbrado a ver interpretando vidas ajenas y no mostrando sus inquietudes existenciales como hace un director. He de reconocer que este actor en cuestión no es muy de mi agrado, no porque me parezca malo, no se lleven a engaño, sino simplemente porque su retahíla habitual de muecas me aburre soberanamente. Admito que alguna comedia en la que desempeña su papel a la perfección hasta me resultó graciosa, pero no es un tipo de humor que me haga reír a carcajadas.


En el filme Stiller interpreta a un tipo anodino que sigue sus rutinas en el trabajo a rajatabla desde hace más de veinte años, hasta que de repente se ve desbordado por los acontecimientos y explota. Walter Mitty es el encargado de los negativos de la prestigiosa revista Time, su única anomalía excéntrica de comportamiento es una tendencia a la ensoñación que le hace parecer un friki a la vista de sus compañeros de oficina, incluidos aquellos con los que tiene más confianza, por quedarse embobado viviendo su realidad paralela hasta límites absurdos, y que en el último mes se ve incrementada ante la llegada de una nueva trabajadora a la redacción de la que se enamora.

Su mundo se desmorona al descubrir que se va a interrumpir la edición impresa definitivamente, con el consecuente despido de gran parte de los empleados en plantilla, entre los que se encuentra dado que su cometido resulta obsoleto, pero al mismo tiempo cobra un inesperado protagonismo porque debe revelar la fotografía de la portada de ese último número. El fotógrafo de referencia de la publicación, al que le une una especial amistad a distancia ya que nunca se han encontrado, le envía personalmente el carrete y entonces ocurre lo que nunca antes le había sucedido, pierde precisamente el negativo que debe ser utilizado para tal fin, por lo que acaba embarcándose en una surrealista búsqueda del autor de la imagen sin importarle tener que seguirlo hasta los confines del planeta.

Sean Penn (que según mi opinión nunca guapo fue, aunque con los años adquiere más morbo y atractivo cuanto más marcado está un rostro en el que destacan sus límpidos y saltones ojos azules) interpreta al aventurero que debe perseguir por medio mundo, poco importa que diga apenas un par de frases en todo el filme, con él ocurre lo mismo que con la entrañable Shirley McLean, que hace de madre del protagonista, con su mera presencia llenan la pantalla, dándole su toque personal a cualquier escena.

Los típicos equívocos adornan la trama y enredan el devenir de un hombre al que le acabas cogiendo cariño, Walter Mitty tiene un pasado original, su gris cotidianidad contrasta con la cresta que lucía junto a su padre en aquel campeonato de skaters que ganó justo antes de irse de viaje por Europa con tan sólo un mapa y una mochila a cuestas. No obstante fue precisamente la muerte de su progenitor la que le hace dejar todo: su sueño viajero, su monopatín y su peinado punk, para ponerse a trabajar en una pizzería a fin de ayudar a su madre a sacar adelante a su hermana pequeña.

El romanticismo y la nostalgia planean por toda la película, un hombre que anhela su jovialidad de antaño, una revista referente en tantos aspectos que deja de ser impresa cerrando con ello un ciclo, e incluso una historia de amor que no acaba de cuajar por la indecisión e inseguridad del galán (dicen que la versión anterior de 1947 es más ácida y cómica que ésta, es evidente que en la actualidad el cine se hace de otra manera y, como en toda comparación, juzguen por sí mismos, que en el fondo es una cuestión de gustos). Ahora bien, el rocambolesco ritmo que adquiere la narración al ir tras la pista del fotógrafo no nos impide admirar el paisaje y reflexionar sobre lo que está sucediendo en pantalla (algo digno de elogio en un filme de factura norteamericana en los tiempos que corren), de hecho merece mencionarse el buen hacer de Stuart Dryburgh como director de fotografía, porque si hay una escena que me ha conmovido especialmente es el impresionante descenso por una serpenteante carretera de las montañas de Islandia. 


El mensaje que se nos transmite en uno de los eslóganes promocionales es que los sueños son para ser vividos, y es algo que se cristaliza en el instante en el que Walter Mitty decide lanzarse ladera abajo en monopatín. Lleva ya unas cuantas situaciones inverosímiles en las que se pone a prueba su valentía y arrojo (con escena de tiburón incluida), pero en las que en realidad reacciona por espíritu de supervivencia, y es precisamente en el momento en que se ve en la necesidad de llegar al valle lo más rápido posible cuando elige recuperar su actitud del pasado. Se ata unas piedras a las manos para poder maniobrar en las curvas sin hacerse daño y simplemente se atreve a hacerlo.

Su bajada a toda velocidad me ensanchó inmediatamente la sonrisa, porque sentí lo mismo que él. Que es posible si osamos dar el paso. Creo que las vivencias personales de cada uno nos hacen ver las cosas según puntos de vista diferentes, en mi caso sonreí porque todavía tengo esa extraña mezcla de vértigo y felicidad que me confirió atreverme a cumplir mi sueño de dedicarme a escribir. Principalmente porque aún no he llegado al final del trayecto, continúo construyendo mi camino cada día, y cada uno que pasa me alegro más de haberme decidido a hacerlo. Igual que Walter Mitty.

by Eva Loureiro Vilarelhe

viernes, 12 de agosto de 2016

A propósito de Nueva York y Tokio en Predestinados



A propósito de Nueva York y Tokio en Predestinados

La elección de estas dos metrópolis como telón de fondo en mi novela Predestinados no es, ni mucho menos, casual. Su protagonista, Beatriz Morgade, es una recién licenciada en Bellas Artes interesada por la fotografía que tiene la oportunidad de hacer un curso de posgrado en la Columbia. Nueva York se me antojó el escenario perfecto para una joven artista con hambre de vivir nuevas experiencias y con debilidad por la arquitectura. Manhattan resulta ideal para enriquecer el bagaje cultural de mi personaje, no sólo por lo atractiva que es visualmente hablando, sino porque cualquier forastero se siente casi como en casa nada más llegar, o eso al menos fue lo que viví yo.

Llegué a la isla el verano siguiente al acontecimiento que cambió para siempre su historia, además de alterar su famoso skyline. Las fotografías que había visto con las sempiternas torres gemelas ya no encajaban, ni siquiera aquellas imágenes más antiguas con el Empire State en primer plano se adecuaban a la nueva situación. Las cicatrices de la tragedia estaban sin cerrar todavía y se palpaba en el ambiente la exagerada preocupación por la vulnerabilidad que trajo consigo, evidenciándose en mucha mayor presencia policial de lo habitual por doquier en una de las ciudades más seguras del mundo.

Tópicos aparte, una de las cosas que más me sorprendió fue la sensación de déjà vu que me asaltaba en cualquier esquina, como si ya hubiese estado en un lugar que visitaba por primera vez. Supongo que de tanto haber visto rincones emblemáticos, calles y plazas filmadas hasta la saciedad, pues una parece conocer sino perfectamente dónde se encuentra, al menos no se siente perdida en absoluto y hasta se arriesga a ir deambulando por ahí sin mirar demasiado un plano que en cuanto despliega sirve de imán para que cualquier transeúnte se ofrezca amablemente a mostrarle el camino o la dirección que desea tomar, rompiendo con ello otro estereotipo sobre que nadie se preocupa por nadie en la Gran Manzana.

En definitiva, mi experiencia personal fue muy positiva, por lo que me pareció el sitio idóneo para comenzar la novela protagonizada por una pintora que todavía no se atreve a lanzarse de lleno a su pasión, ya que precisamente será pasión lo que se encuentre en la ciudad que nunca duerme y servirá de aperitivo para todo lo que le depara el destino a lo largo de su vida.


Su trayectoria vital es la que centra la narración y el hilo conductor no siempre va en línea recta. Nueva York es la primera en aparecer, pero Beatriz ya conoció Tokio en su etapa como estudiante, muchos años antes regresar a vivir allí en la segunda parte del libro. Su interés por el grabado japonés de la época Meiji (1868-1912) es lo que la lleva a pasar un semestre de Erasmus en la capital nipona. Declara abiertamente que le gusta la Bauhaus y como yo también adoro el Expresionismo, me imaginé que su estilo pictórico acabaría por ser una buena mezcla entre este movimiento, que preconiza la fuerza expresiva del color, junto a un toque indiscutible de su predecesor, porque su obsesión por la luz y los destellos casa más con el gusto impresionista. Quise dotar de verosimilitud su trayectoria artística y la hice interesarse por los orígenes o la inspiración de ambos, la pintura plana japonesa y por extensión su milenaria técnica de estampación tan admirada en Occidente por autores como Van Gogh, Gauguin, o tantos otros.

 Obras de Van Gogh basadas en grabados casi idénticos de Hiroshige

Durante los siglos que se llevaron a cabo este tipo de impresiones hay innumerables ejemplos que podrían servir de estímulo para cualquier artista, pero la perfección que alcanzan durante el período Meiji es sin duda de una belleza plástica tal que difícilmente se puede obviar. Es más, algunas de esas imágenes pertenecen al imaginario colectivo, sin importar que tengamos consciencia o no de su procedencia.


A estas alturas he de reconocer que Japón es mi viaje pendiente, aún no he tenido la posibilidad de recorrer un país por el que siento absoluta devoción. Visualmente por sus paisajes de postal, por su irresistible mezcla entre tradición y modernidad, y por su exquisitez decorativa incluso en los entornos más humildes. Ahora bien, es la manera que tienen los japoneses de entender la vida lo que me ha llamado la atención desde que tuve las primeras noticias sobre una sociedad distante con la que comparto más de lo que se puede imaginar, teniendo en cuenta que nací a miles de kilómetros.

Herder admitía que el modo de pensar de un pueblo está implícito en su lengua, por lo tanto cuanto mejor conocemos el idioma del otro más entendemos su carácter, y no puedo estar más de acuerdo con él, porque aprender japonés fue el detonante final para comprender los entresijos de una cultura que me fascinó desde temprana edad. Por desgracia, mi nivel lingüístico todavía no me permite leer a sus autores sin necesidad de traducciones, pero también es cierto que existen en el mercado editorial buenas ediciones de obras fundamentales para quien se interese por saber algo más sobre el país del sol naciente.

No pretendo descubrir ahora nada nuevo, de hecho estoy plenamente convencida de que Murakami tiene un hueco ganado a pulso entre los lectores occidentales, lo que sí me gustaría es recomendar una obra importante como fue en su día y continúa siéndolo tanto para los japoneses como para aquellos que quieran conocer mejor los fundamentos de una manera de ser que aúna un enorme respeto por las costumbres y un educado gusto por la simplicidad y la belleza de lo cotidiano, algo que en última instancia aprende a valorar Beatriz Morgade con el paso del tiempo.


Namiko es una novela de Tokutomi que se publicó por entregas en un periódico entre 1898 y 1899 y se convirtió en best seller enseguida. Su autor, un japonés cristiano que reniega de la tradición decimonónica de su país abogando por la novedad que supone abrirse a Occidente, critica severamente el concepto rancio de familia tradicional nipona que coarta la libertad individual y en la que no se tiene en cuenta el romanticismo.

No se trata de un relato que siga los ritmos a los que estamos acostumbrados hoy en día, y pese a que sus personajes en ocasiones resulten demasiado planos, como bien dice Carlos Rubio en el prólogo de la traducción editada por Satori, tiene un formidable valor documental, ya que ejemplifica de manera fehaciente ese debatirse entre pasado y futuro de toda una sociedad en el momento en que Japón deja de estar cerrado al resto del mundo.

Tokutomi retrata además el descalabro de un matrimonio ofreciéndonos una bella historia de amor, y pienso que consigue al mismo tiempo describir con certera sencillez la sensibilidad literaria nipona que podemos encontrar manifiesta en muchos de sus más famosos haikus, cuyo éxito hace que incluso en la actualidad sea raro que algún japonés no haya oído hablar de la desgraciada joven que da título a la edición inglesa.
by Eva Loureiro Vilarelhe

miércoles, 10 de agosto de 2016

Predestinados: primera entrega de una trilogía











Qué harías si la vida te ofreciese otra oportunidad justo cuando acabas de perderlo todo. Dos ciudades, Nueva York y Tokio, dos hombres de culturas contrapuestas, y el atribulado corazón de una mujer palpitando ante su destino. 


Predestinados es una novela cuya protagonista relata abiertamente su pasado, hablando sin reservas de amor y pasión, de dolor y pérdida, de amistad y de relaciones familiares, prestando especial atención a la amplia galería de personajes secundarios que la rodean y a la evolución de su concepción de la vida, al ser consciente de que está inevitablemente marcada por el destino.

by Eva Loureiro Vilarelhe


Booktrailer Predestinados