jueves, 29 de septiembre de 2016

Cajón de sastre


Es evidente que la ciencia lleva haciéndonos la vida mucho más fácil desde hace décadas, tanto es así que hoy por hoy resulta inverosímil vivir sin las nuevas tecnologías en una sociedad como la nuestra. No imposible, claro, ya que todavía queda algún reticente que anda por la vida sin móvil, o que se resiste a conectarse a las redes sociales. A mí no me parece mal, entre otras cosas porque soy fan de lo vintage, como se denomina últimamente a lo viejo o anticuado.

Tengo grabada en la memoria la robusta lavadora que se usó en casa hasta que se murió tras treinta años de uso continuado, aparte de las lágrimas de mi madre al despedirla cuando tuvo que cambiarla por otra nueva, que ya no duró ni la cuarta parte. Recuerdo con simpatía aquellos electrodomésticos que se arreglaban sin llamar al servicio técnico, no sólo por ahorrar, sino porque no eran tan inteligentes como los de ahora y, en consecuencia, daban menos problemas.

Usé la Adler Tippa de mi padre tiempo después de generalizarse el uso de los ordenadores, no con afán de rentabilizar las clases de mecanografía a las que empecé a ir en la escuela precisamente porque adoraba el traqueteo constante que se escuchaba por el pasillo, y una vez que me asomé a la sala insistí hasta que me dejaron apuntarme, puesto que al ver las filas y filas de máquinas de todos los diseños y condiciones quise conocer al dedillo cómo funcionaban aquellos curiosos artilugios. Su sonido al teclear me acompañó casi hasta licenciarme en la universidad, aunque entonces ya tecleaba en una Olivetti Studio 46 por culpa de la a estropeada de la anterior (que conste que a mí me encantaba que quedase un poco por debajo de la linea recta de las demás letras, por aquello de darle un toque personal a mis escritos), sin embargo mis dedos agradecieron la nueva adquisición.

Y mucho más mi primer PC y todo lo que trajo consigo. Sin él los trabajos de investigación, de fin de carrera, la tesis de licenciatura y demás serían mucho menos llevaderos, así que tampoco soy de las que opina que todo tiempo pasado fue mejor, por el contrario, me aprovecho de las novedades para adaptarlas a mis necesidades. Ahora bien, algunos artilugios cuestan demasiado al salir al mercado y hasta hace poco solía ir adquiriendo los que ya estaban superados por otros más sofisticados o mejorados, principalmente porque me parece un disparate pagar una barbaridad por algo que en unos meses estará obsoleto, según se mire, por supuesto, porque funcionan perfectamente. 


En definitiva, que mi primer smartphone lo compré, aparte de por adaptarme a los nuevos tiempos, por aquello de que no me mirasen raro al reconocer que no podía comunicarme por internet a través del mío, y como me decanto por la manzana, pues el iPad y el iPhone llegaron mucho después. Pese a que me encanta la letra impresa que deja huella, también adoro la comodidad de escribir y modificar lo que no me guste con un dedo; y aunque sigo utilizando el bloc de notas de siempre, resulta útil llevar prácticamente toda mi vida dentro de un teléfono. E igual de peligroso. Porque una vez que estás acostumbrada a tener lo necesario tan a mano, el mundo parece que se va a acabar si lo pierdes o, como en mi caso, si el móvil dice hasta aquí he llegado.

Lo fundí, literalmente, su mecanismo interior (léase, software o lo que sea) dijo basta, ya no puedo más, ve pensando en sustituirme por uno más potente, que esto es demasiado para mí. Es lo que hay, sus baterías y sus sistemas están diseñados para durar dos años como mucho y el mío no era precisamente de última generación, por lo que no aguantaba las actualizaciones de las aplicaciones y demás que tenía instaladas. Así que por una vez hice una excepción y me compré el último modelo (de hace un par de meses, ahora ya hay otro, por descontado), eso sí, como siempre aprovecho alguna oferta me hice con uno descomunal que no era muy de mi estilo (a mí que me encanta llevarlo en el bolsillo del vaquero), pero he de admitir que es estupendo tener delante semejante pantalla.


Y por fin sobrada de megas para navegar y de gigas de almacenaje lo he convertido en una especie de cajón de sastre. Acumulo datos, utensilios y chismes varios, que han logrado modificar incluso algunos de mis hábitos diarios. Por poner un ejemplo, la tarjeta para pagar con el móvil es de lo más divertida. Es igual que en el anuncio, pasas la mano y, sin necesidad de abrir siquiera la cartera, como por arte de magia (en realidad se llama contacless, aunque yo prefiero decir abracadabra), pues me dan el ticket y si la cantidad no es elevada ni me molesto en teclear código alguno.

Sí, ya sé que parece de paletos sorprenderse con las innovaciones, pero yo no he perdido esa capacidad, sigo poniendo la misma cara de admiración que la primera vez que vi un tocadiscos cuando era una niña. Al acabar de escuchar el LP el brazo retrocedió hasta su posición inicial y me acerqué maravillada al disco, rocé con las yemas su superficie todavía incrédula, ¿cómo podía salir música de una aguja y un simple trozo de plástico con surcos? Me sobresalté cuando me avisaron que no lo tocase, que se estropeaba, ensimismada como estaba contemplando aquel milagro, porque aunque después estudié la producción y propagación de las ondas sonoras, e incluso me interesé por conocer más pormenorizadamente su funcionamiento, continúo pensando lo mismo que aquel día, que es algo mágico, y que al incorporarlo a la cotidianidad de nuestras rutinas pierde un poco ese misterio, pero no me digan que no parece cosa de brujas que escribamos un Whatsapp y que lo reciban en las antípodas al instante, pudiendo mantener una conversación simultánea sin necesidad de cables.

Los nacidos en la era digital ya lo traen incorporado de fábrica, tanto es así que ya he visto en más de una ocasión a algún crío intentando pasar las páginas de un libro o una revista moviendo el dedo como hacen en la tableta (¡y su cara de consternación al verificar que aquello no funciona como esperaban!), por eso creo que es importante que les recordemos que se puede sobrevivir sin nuevas tecnologías, que algo tan desusado como un lápiz y un papel viene genial en caso de que se colapse la wifi, y que es sano y aconsejable tener una agenda paralela a la del smartphone. Sano por aquello de que escribir algo cada día previene la aparición de la demencia senil y del Alzheimer (o eso indican estudios recientes), y aconsejable porque en caso de pérdida, hurto, o fin de sus días, quedarse sin móvil a estas alturas puede ser una hecatombe.  

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 22 de septiembre de 2016

Qué toca hoy para comer, o el suplicio de cocinar a diario


Para mí cocinar es un placer. Sí, sí, a pesar del título lo digo en serio, me encanta preparar todo tipo de platos o postres, disfruto entre los fogones y además me sirve para desconectar, aunque no siempre de la misma manera. Cuando ando estresada o preocupada por algo, suelo ir al armario donde guardo las recetas, busco una que llevo tiempo intentando hacer y todavía no he tenido ocasión, y me sumerjo en su atenta lectura, dispongo todo lo necesario para empezar, y me dedico a seguir concienzudamente las indicaciones a fin de que salga lo más perfecta posible. Si se trata de una que ya he hecho con anterioridad, pero debido a su complejidad sólo la repito ocasionalmente, a veces incluyo variaciones de invención propia en aras de adaptarla a los gustos familiares, o simplemente por curiosidad, por experimentar el consabido “a ver qué sale”.

Cuando ando cavilando en mis cosas y necesito un momento de reflexión, para hacerlo con tranquilidad me inclino por alguna que me sé de memoria, que podría preparar con los ojos cerrados, para poder evadirme sin temor a provocar un estropicio, y así, mientras reparto la masa de las magdalenas, o remuevo la salsa para que no se queme, le doy vueltas al relato que tengo entre manos, o al tema del la entrada del blog de esa semana, por ejemplo. Bromas aparte, como soy un culo inquieto, para mí realizar una actividad física que no me impida pensar en otra cosa es la mejor manera de llevarla a cabo relajadamente, y confieso que acostumbro a encontrar la inspiración que necesitaba en un laboratorio tan particular como es la cocina.

Ahora bien, como todo tiene sus pros y sus contras, también hay que reconocer que cocinar a diario para los demás conlleva un esfuerzo y sacrificio considerables que son dignos de encomio y absoluto respeto. Habrá quien no lo vea así, pero yo lo tengo claro, de hecho siempre que voy de invitada a alguna casa particular agradezco de un modo u otro al encargado de la comida su labor. En primer lugar llegando con puntualidad a la hora convenida, ya que hay platos que exigen una perentoria puesta en escena (algo que no siempre puedo cumplir si voy acompañada, cosa que me enerva sobremanera, puesto que es intrínseco a mi carácter y a mi educación ser como un reloj suizo), y a continuación haciendo algún tipo de comentario o alabanza para agasajar al cocinero.

Bien es cierto que en algunos casos puede resultar complicado, porque cocinar es un arte que no le sale bien a todo el mundo, además de que cada uno tenemos nuestros gustos, no obstante, incluso en ocasiones extremas, me devano los sesos por encontrar algún cumplido que decir eludiendo la mentira, miento fatal y se me nota, aparte de que no me parece de recibo engañar (antes de decirle a una amiga que está muy guapa con su nuevo corte de pelo, cuando en realidad pienso que a la pobre la han desgraciado por unos cuantos meses, prefiero el silencio, incluso arriesgándome a parecer borde al no secundar el chirriante peloteo generalizado). Por lo que, si la comida no me agrada, me decanto por el postre, si éste tampoco, aludo a la presentación, y si no hay por dónde cogerlo, valoro el trabajo que le ha llevado preparar el menú para sus convidados, puesto que soy plenamente consciente de que hay que hacer verdaderos malabarismos para organizar la alimentación de una familia sin tirar la toalla en algún momento.


Y si siguen sin verlo, recapaciten un instante. Sin pararme a argumentar sobre el tiempo que se pierde haciendo la compra para procurar tener la despensa no digo llena, sino simplemente surtida de lo más básico, ¡cuánto más se pierde en decidir qué hacer de comer siguiendo una dieta rica y variada como mandan los cánones, los médicos y hasta las redes sociales! Que arroje la primera piedra quien no haya hecho una foto a un suculento guiso, o a un pastel que le ha salido precioso, para subirla de inmediato. Yo al menos he llegado a romperme los cuernos tratando de elucubrar qué poner en la mesa, y eso que aparte de adorar cocinar, tengo buena mano, según reconocen propios y extraños, por lo que suelo recibir elogios tanto por el sabor como por la originalidad de mis creaciones, pero hay días en que se me agotan las ideas, o estoy desganada y no se me ocurre nada.    

Esos días me veo tentada a preguntar, ¿qué os apetece comer hoy? Sin embargo me lo pienso bien antes de formular semejante cuestión, porque rara vez me dan una respuesta salvadora que agradecería encarecidamente toda contenta por tener el problema resuelto. Por regla general, los adultos se inclinan por satisfacer su apetito pidiendo una comida (de esas elaboradas que requieren bastantes pasos) que les apetece volver a saborear, cuando una lo que ansía es que no le dé mucho que hacer, y los niños por aquellas que son sus preferidas, platos fáciles y rápidos de preparar, pero que lamentablemente han comido anteayer porque ya recurrí a ellos para solventar el trámite entonces. En definitiva, que opto por quedarme calladita e intentar encontrar una salida, para lo que salgo disparada hacia el mercado.

Algo que tampoco sirve de ayuda cuando las cosas se tuercen. El pescado que me venía al pelo se ha terminado, el que queda está por las nubes o no les gusta, y carne preparé ayer. Solución mágica: huevos. Y verduras, por supuesto, en la nevera siempre tengo cebollas, zanahorias y calabacines. Espinacas, berenjenas y demás también, porque no hay como un pisto para aprovechar las sobras. Que últimamente cenaron mucho de bocadillo por las actividades de la tarde, como en casa no se tira nada, ese puñado de macarrones que sobró del otro día, el cuscús de la víspera y las patatas al vapor del anterior, me van a venir de perlas. De primero siempre una ensalada, que hay que alimentarse sano, si es de canónigos y frutos secos, mejor que mejor, y de segundo, revuelto de lo que quedó por ahí, salteo unas hortalizas, añado el contenido de los tuppers, aderezo y lo cubro con los huevos batidos esperando el milagro, sonrío y listo. Asunto arreglado, al menos por hoy. 


Pero ¿y mañana? Porque encargarse de las comidas es toda una responsabilidad, puesto que a mediodía me saludan con un “¿Qué toca para comer?”, ni un “¡Hola mamá!, ¿qué tal?”, ni nada, entran hambrientos aspirando el aroma desde el recibidor tratando de adivinar el menú, y lo celebran dando saltos si les encanta, o arrugan la nariz si no les convence, y aunque al final me den la enhorabuena después de protestar, no se lo perdonaré en la vida, tras el mal trago que supone matarme a cocinar y no acertar. Claro que enseguida se me olvida, no tengo tiempo para rencores, debo ocuparme de organizar la merienda y la cena inmediatamente.

Aparte de un arte, cocinar es una ciencia, una combina física y química sin reparar en ello, trabaja contra reloj atendiendo a varias cosas a la vez, dispone cromáticamente los alimentos para que resulten más atractivos, y hasta ejerce de psicóloga teniendo en cuenta las preferencias de sus comensales. Así que no estaría de más que hubiese un club, un grupo de lo que quieran, o un chat para cocineros en apuros. No sólo de compartir recetas vive el chef, por lo tanto entre sus secciones me gustaría que hubiese tres fijas: una, que podría titularse “Aquí te pillo, aquí te mato”, de lluvia de ideas para momentos de absoluta desesperación, que ofreciese ejemplos rápidos y sencillos de elaborar sin recurrir a la comida prefabricada (como llamo yo a la “montada” en las cadenas industriales), algo del estilo: “Saltee durante unos minutos en una sartén unas cuantas verduras de la huerta troceadas, incorpore una pechuga de pollo en dados mientras pone a remojo unos fideos instantáneos, escúrrales el agua hirviendo cuando estén blandos, dórelos junto al resto del sofrito un minuto más, y ya dispone de un nutritivo plato de fusión entre cocina oriental y mediterránea”; otra, que podría designarse como “La despensa perfecta”, donde apareciese un listado de alimentos no perecederos que saquen las castañas del fuego si aparece alguien con hambre por la puerta sin previo aviso, en el que tengan cabida los antedichos fideos chinos, guisantes, judías, maíz, o habas en conserva que respeten el medioambiente además de no llevar aditivos perniciosos, para preservar también la integridad de la salud familiar; y una tercera, que podría denominarse “Intercambio de ingredientes”, para solventar carencias de extrema urgencia del tipo “Esto..., estaba preparando una salsa de tomate casera y me he dado cuenta de que no tengo tomates (triturados en lata tampoco, que me salté la sección anterior), ¿alguna sugerencia para substituirlos? Matarme no vale que ya lo ha hecho mi madre. Posdata: es domingo y no tengo un 24h cerca. SOS (y no estoy haciendo publicidad de una marca de arroz!!!)”.

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 15 de septiembre de 2016

Más familia y punto


El último anuncio de Ikea es muy simpático, para quienes no lo hayan visto se lo resumo. Se nos dice que los niños tienen demasiados deberes y que sería más aconsejable que pasasen más tiempo en familia, por lo que se aboga por lo que denominan “cenología”, esto es, dedicarse a repasar desde gramática, geometría, cálculo y hasta astronomía mientras se hace la cena, se pone la mesa o se da buena cuenta de lo que se ha preparado entre todos. La verdad es que al verlo se nos escapa una enternecedora sonrisa casi sin dar por ello, porque los críos es lo que tienen, aparte de tener respuesta para todo, resultan irresistibles.

Algo semejante ya me ocurrió con el video que titulaban como “La otra carta” en las Navidades de 2014. En aquella ocasión hacían una especie de experimento sociológico también con niños. A un puñado de diversas edades que todavía creía en los Magos de Oriente se les proponía que escribiesen la consabida carta a los Reyes, a continuación se les instaba a que hiciesen lo propio con sus padres. Todos coincidían en querer pasar más tiempo con sus progenitores, algo que a éstos no les sorprendía en absoluto, pero no podían evitar emocionarse al leerlo escrito por sus propios hijos (tampoco cualquier padre o madre que lo vea puede evitarlo, al pensar en su o sus propios retoños). Para terminar se les decía que sólo podrían enviar una de las dos cartas, lo que ocasionaba que sopesasen el riesgo de quedarse sin sus deseados juguetes, pese a que aún así todos escogían enviar la segunda.


En definitiva, pasar más tiempo con la familia es algo deseado tanto por mayores como pequeños, y por familia hablo en el sentido extenso de la palabra, incluyendo perros, gatos o cualquier tipo de mascota, y si me apuran hasta plantas, porque todo ser vivo con el que se interactúe en el hogar tiene derecho a ser un miembro más de la unidad familiar. No exagero, a mí las disquisiciones sobre qué debe ser considerado como tal están de más, cuando lo que importa en definitiva es el cariño que hace el roce y no el sexo de cada cual, o el grado de parentesco que haya. Porque ¿quién decide qué es lo normal? Yo desde luego no tuve una que se ajustase a los cánones.

Nací con el bum de natalidad de finales de los setenta, pero de padres que ya tenían nietos, algo que hoy en día no desentonaría demasiado en mi época era anormal. Si papá aparecía al salir del colegio mis compañeras me advertían que había venido a buscarme mi abuelo, cosa que a mí me sacaba de quicio. Ahora bien, también tenía cosas buenas, si mi madre (como muchas de entonces) se dedicaba a cuidarme después de toda una vida trabajando, a mis ocho años también se retiró mi padre, así que tuve la oportunidad de entablar una relación muy estrecha con ambos, debido a la gran cantidad de horas que pasábamos juntos.

Que mis padres no eran los más listos del mundo. Seguro. Que tampoco los más ejemplares. También. ¿Es que acaso los hay? No obstante cuando era una niña ni se me ocurriría dudar de que lo eran y es con lo que me quedo, porque cuando crecí y descubrí sus defectos aprendí a quererlos y respetarlos más si cabe, por todo lo que hicieron por mí dentro de sus posibilidades y por intentar enseñarme a ser como ellos, buenas personas.

Hay quien dice que lo que importa es la calidad y no la cantidad, supongo que para defenderse por el poco tiempo que dedica o puede dedicar a su familia, y ya no hablo únicamente de los hijos, la pareja o demás amigos y familiares con los que compartimos el día a día también merecen la atención adecuada, que no se consigue sino estando juntos. Porque ¿cómo se mide la calidad? O ¿cómo se sabe que se está teniendo un momento de calidad? Y si no entienden lo que quiero decir piensen en sus propios recuerdos. ¿A que hay algún detalle insignificante que no saben muy bien por qué se les ha quedado grabado? Un abrazo, una caricia, una sonrisa, un gesto sin importancia quizás, pero que rememoran con especial emotividad de su infancia o adolescencia.

A mí me pasa mucho y es más, se pueden ver a diario en cualquier lugar público. El otro día sin ir más lejos, esperando a ser atendido igual que el resto estaba sentado a pocos metros de mí un hombre con dos críos, él ensimismado en su teléfono no hacía mucho caso de lo que le decían, pero, cuando se cansaron de pasar páginas de las revistas que había en las mesitas, inclinaron la cabeza a su lado hipnotizados por la pantalla. Al cabo de poco empezaron a acosarlo con preguntas. “Papá, ¿por qué no pones el video del otro día? ¿Por qué no buscas...?” Él en un principio intentó zafarse, un tanto molesto. “Ahora no, que tengo que consultar una cosa. Después, que esto es importante. Es algo del trabajo, ¿entiendes?” Ellos no cesaron de atosigarlo hasta que cedió, no sé si por no aguantarlos o para que dejasen de alborotar la sala de espera. Reinó de nuevo el silencio durante unos segundos, los que tardaron en hacernos reír a todos los presentes con sus graciosos y exagerados comentarios sobre lo que veían. No me acuerdo de qué era, ni siquiera importa, lo que sí no olvidaré es la cara de felicidad de los dos hermanos y las caricias que les hizo el padre meneando la cabeza, mirando entre compungido y divertido al resto de adultos que estábamos alrededor, como intentando disculpar lo imposible, que un par de niños no jueguen con cualquier cosa que tengan a su alcance.


Todos tenemos días malos, de esos en los que estamos tremendamente cansados, abatidos, o simplemente estresados, de esos en los que me tiro en el sofá con lo puesto y me digo a mi misma, cinco minutos y después sigo. Entonces aparece uno en el salón con un libro pidiéndome que se lo lea, o si puede leérmelo, que ya van siendo menos pequeños. Cierro los ojos y pienso, no por favor, no puedo más. Acto seguido abro los brazos diciendo, mamá está muy cansada, ¿qué tal si le das un abrazo a ver si se le pasa? Entorno los párpados para comprobar la reacción, a veces dudan porque tienen real interés por lo que quieren que veamos juntos, sin embargo al final acaban por hacerme daño al tirárseme encima en plancha para aprovechar el breve intervalo de reposo que me tomo. Y dolorida lo estrujo todo lo que puedo aferrándome a ese instante, porque sé que igual es uno de esos que recordará de mí cuando ya no esté a su lado.

Por todos estos y muchos más motivos, creo firmemente que las cosas nos van bien cuando hacemos el esfuerzo de estar más con los nuestros, en casa o en cualquier sitio, porque con las personas que queremos sale lo mejor de nosotros mismos. Con lo que, si me preguntan por la receta para conseguir un mundo mejor, la respuesta es siempre la misma: más tiempo en familia y punto.  

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 8 de septiembre de 2016

Al final la culpa es del eterno retorno de Nietzsche


Dichosa “vuelta al cole” con la que nos llevan bombardeando desde hace unas semanas. Vale que en algunos grandes almacenes se lo curren con una oferta de tenis+zapatos colegiales a un precio asequible para padres malabaristas que intentan poder pagar libros, material escolar y demás sin arruinarse en el intento. Otra cosa es que nos pretendan vender un jamón, un trozo de lomo, un chorizo, un salchichón, una cuña de queso curado y una botella de aceite de oliva como “pack vuelta al cole”, no me digan que no da que pensar, porque, una de dos, o los críos no comen bocadillos en verano, o cualquier excusa es buena para sacar tajada de la furia consumista del tan cacareado “regreso al hogar”.

En fin, septiembre es lo que tiene, antes era el mes de la vendimia y ahora le han colgado el sambenito de perentoria incorporación a la rutina habitual, puesto que hasta hay un anuncio en el que se lo contrapone al anterior de forma despreciativa, siendo agosto risueño y alegre, septiembre aparece como triste y aburrido, además de deprimente. Todo sea por hacer caja, o ésa es la conclusión a la que una llega tras analizar en qué han convertido el tradicional calendario que hacía referencia a las faenas agrícolas. Comprendo que hoy por hoy no tenga mucho sentido para los niños (aunque creo que ayudaría a que aquellos criados en ciudades supiesen que las frutas y la leche no vienen del supermercado) conocer qué tareas son características de cada mes, ni cuándo se debe sembrar y recolectar el producto de interminables jornadas de trabajo de sol a sol, ahora bien, de ahí a que cada cierto tiempo se inventen una excusa para reactivar el comercio hay un trecho. Y si les parecen que exagero acompáñenme por el calendario.

En cuanto acaba la vorágine de la antedicha “vuelta al cole” ya casi estamos en la antesala de las Navidades, de hecho parece que paulatinamente se va adelantando la fecha de inicio de la cuenta atrás, esto es, los escaparates se llenan de árboles y adornos navideños dando con ello el pistoletazo de salida al período de mayor gasto. A finales de octubre comienzan a multiplicarse por doquier y de paso nos añadieron otra fiesta de importación como es Halloween, que antes no se celebraba y últimamente sólo nos falta ir de puerta en puerta dando a elegir entre truco o trato. De seguir así no me extrañaría ver reunirse a las familias el cuarto jueves de noviembre para comer el pavo de Acción de Gracias, háganme caso, tocar la fibra sensible es un filón y resulta de lo más fructífero –a sabiendas de que aquí se prolonga más de la cuenta porque también tenemos los Reyes– con lo que llegamos a empezar el año sin dejar de ser asediados por quienes quieren que no reparemos en gastos, aprovechándose del supuesto espíritu que durante esos días se adueña de nosotros y nos hace aflojar la cartera sin pensar en lo que vendrá a continuación. 



Exacto, la cada vez más empinada cuesta de enero es otra estupenda estratagema para continuar acosando nuestra maltrecha economía. Con el pretexto del ahorro somos víctimas de irrenunciables ofertas, además de las famosas rebajas que se llevan lo poco que quedó en nuestros bolsillos. No satisfechos con ello, había que inventar algo para que en febrero no decayese la euforia de despilfarro, ¡y qué mejor cosa que un santo de los enamorados! Si bien es cierto que hay quien no cae en sus garras, no porque no crea en el amor, sino porque no le parece oportuno fijar un día concreto para ser detallista con su pareja, por tanto hubo que buscar un revulsivo para descreídos, no obstante, como hay quien sucumbe a San Valentín y también celebra el carnaval por todo lo alto, como debe ser, pues hubo que posponerlo para el mes siguiente por no resultar pesados.

En marzo, ¿quién va a negarse a demostrar su apego por su progenitor? Y en mayo, ¿quién será capaz de renegar de su pasión por su madre? Nadie. O al menos no se atreve a reconocerlo en público por aquello del qué dirán. Entremedias tenemos la Semana Santa, Pascua, o como quieran denominarla, otra coartada perfecta para vender provisiones y pertrechar a los que se escapan, o bien a los que se quedan en casa a fin de que la pasen a cuerpo de rey. En junio porque viene el verano y tu jardín no está preparado, en julio porque necesitas un traje de baño y no puedes dejar de beneficiarte de las nuevas rebajas, y en agosto por la operación salida, o por la fiesta patronal de turno, debes acudir en tropel a tiendas y demás centros comerciales no vaya a ser que te haga falta algo y no lo tengas.


En definitiva, que entre planes renove, operaciones de lo que sea (que seguro que me he dejado alguna en el tintero), promociones, descuentos o equivalentes (se les agota la imaginación para inventar adjetivos que “liquiden” precios) sin olvidar por supuesto los outlets, imprescindibles desde que la crisis hizo tocar fondo el consumo del ciudadano medio, pues nos pasamos la vida superincentivados a fin de lograr que hagamos lo único para lo que al parecer valemos los habitantes del planeta: gastar hasta el último céntimo de lo que tenemos, que además si así ya no podemos pagar la hipoteca, mejor, que nos desahucian y habrá más oferta en el mercado inmobiliario, indispensable para crear otra burbuja. De locos.

Al final cada vez estoy más convencida de que se cansan de predicar sobre el progreso de la civilización hacia un futuro más evolucionado y lo único que constato es que el tiempo sigue siendo circular como para los griegos, porque año tras año se repiten los mismos clichés, corregidos y aumentados para procurar pescar a más incautos espectadores, por lo que la culpa va a ser del eterno retorno de Nietzsche y tendremos que seguir aguantando indefinidamente la machacona cantinela de la “vuelta al cole” cuando la proporción de población que en realidad tiene que volver al colegio es cada vez menor, puesto que la natalidad cae tan en picado como de seguir sin remediarlo nuestras perspectivas de supervivencia a largo plazo.

by Eva Loureiro Vilarelhe   

jueves, 1 de septiembre de 2016

Malditos parásitos



Unos parásitos, eso es lo que somos para nuestro planeta, de los peores, además, no de aquellos que ayudan a sus huéspedes eliminándoles insectos molestos, como hacen los picabueyes con los rinocerontes, por ejemplo. No, no, los seres humanos somos de lo peor, de hecho somos la única especie que destroza conscientemente cualquier hábitat en su propio beneficio, incluso perjudicándose a sí mismo, y encima se jacta de ello como si su hazaña mereciese ser digna de encomio. A eso nos dedicamos, básicamente, y cada vez más a menudo me pregunto hasta cuándo podremos seguir admirando su precioso color azul desde la estratosfera.

La Tierra es frágil, como cualquier ser vivo necesita preservar el equilibrio logrado tras milenios de evolución, si desea continuar haciéndolo manteniendo su peculiar belleza. Pero eso no va con nosotros, nos creemos seres superiores por nuestra inteligencia y precisamente somos la especie que menos la utiliza en términos de preservación. Cualquier otro animal o planta es consciente de que si no cuida su entorno no tendrá futuro, no sólo ella, sino también su descendencia, el instinto de conservación es algo inherente a todo ser viviente, y nosotros hacemos caso omiso desde que nos apropiamos del entorno en el que vivimos como si fuese nuestro.

Nada más lejos de la realidad. Recuerdo que en la película “La guerra de los mundos” logramos librarnos de una invasión extraterrestre, cuando al parecer no había esperanza alguna de vencerlos, gracias a que el sistema inmunológico de los aliens no estaba habituado a los microorganismos que pululan por doquier y morían sin remedio. Resultó irónico que los venciesen unos seres tan insignificantes, pero también explica hasta qué punto todo está relacionado en nuestro ecosistema. Llevamos conviviendo con ellos desde siempre y ni siquiera nos damos cuenta de que sin semejantes seres la vida como la concebimos hoy en día tampoco sería posible.

Nos da igual, no hacemos ni caso de todas las alarmas que anuncian el cambio climático, empeñados en seguir discutiendo si se puede hablar de tal fenómeno cuando lo tenemos delante nuestras narices. Que el polo se deshiela y crecen las aguas, mientras a mí no me aneguen el chalet de la playa qué me importa. Que la desertización y la escasez de agua potable se hace cada vez más patente en todo el mundo, si encuentro botellas suficientes en el supermercado y del grifo sigue saliendo con la presión acostumbrada por qué he de preocuparme. Que arden millones de hectáreas agravando todavía más el drama de la deforestación y del efecto invernadero por pura avaricia, pues estupendo, que así tendremos más terrenos recalificados para construir lo que nos venga en gana. Que no queremos industrias contaminantes en nuestros evolucionados países, pues las deslocalizamos (qué palabra tan moderna y políticamente correcta) que si se ensucian los de los demás ya no es asunto nuestro y nos dedicamos a mirar nuestros recuperados paisajes a base de estropear otros, cuanto más lejanos mejor para no verlos o cerrar los ojos si salen en las noticias. Y así sucesivamente, que la lista es larga y las excusas igual de terribles. 




Somos una especie narcisista, nos encanta mirarnos el ombligo y deleitarnos con nuestros placeres mundanos, para qué vamos a preocuparnos los más mínimo por reducir, reciclar y reutilizar si total al final nadie más lo hace. Se desperdician toneladas de alimentos, despilfarramos energía y la basura se continúa incinerando incluso en supuestas plantas de reciclaje. Qué más dará entonces si yo tampoco me esfuerzo.



Pues sí que da, y mucho. La arena de las preciosas playas que todavía podemos disfrutar está hecha de diminutos granos y sin cada uno de ellos no existirían, es cierto que se necesitan muchísimos para ser un arenal, pero todos suman. Por eso no podemos escudarnos en falacias para no actuar como habitantes responsables de un planeta en agonía, debemos empezar ya mismo a pensar en el ahora, no en el futuro, ni siquiera a corto plazo. En este mismo momento desaparecen especies, hábitats o parajes indescriptiblemente hermosos por no ser tajantes con nuestra cotidiana dejadez. Actuemos de una vez como debemos, si no les parece oportuno hacerlo por el bien del entorno háganlo por el resto de la humanidad, ya que en los países sin recursos nuestros congéneres no viven precisamente con nuestras regalías y por desgracia son en los que más repercute el desastre medioambiental que estamos provocando con nuestra arrogante actitud.



Quizás crean que exagero, que todavía no es para tanto, yo en cambio creo que es urgente ponernos a arreglar este desaguisado, porque de lo contrario llegará un punto en el que la madre naturaleza se harte de nuestros desmanes y explote. ¡Malditos parásitos! Vociferará iracunda y, cual perro pulgoso desesperado, intentará deshacerse de todos nosotros de una manera rápida y efectiva. Ya no le bastarán los continuos seísmos, las erupciones volcánicas, los tsunamis, los tifones, las inundaciones y demás avisos a los navegantes a los que nos viene acostumbrando en los últimos tiempos, no, preferirá un método absolutamente letal que afectará incluso al resto de especies que recibirán el castigo sin comerlo ni beberlo, bueno, en realidad tan sólo aquellas que sobrevivan a nuestras tropelías por entonces, y no le temblará el pulso al hacerlo, a sabiendas de que tal vez no se recupere el equilibrio en millones de años. En el fondo a ella no le importa, incluso si el sol ya ni siquiera es la estrella que nos otorga la vida porque ya se ha consumido. El devenir es incierto y jamás sabremos lo que nos deparará, ahora yo apuesto por una nueva glaciación repentina o algo por el estilo que nos deje a todos fuera de juego en segundos, ya digo, un castigo ejemplar que merecemos por ser los peores parásitos de nuestro propio planeta.

by Eva Loureiro Vilarelhe