jueves, 27 de octubre de 2016

Acércate, no tengas miedo


Con la excusa de Halloween se multiplican los relatos de terror por doquier y tengo que reconocer que a mí no me dan mucho miedo las historias de zombis o vampiros, ni siquiera las películas. Imagino que me viene de familia, mis padres se criaron al calor de la lumbre acunados por cuentos para amedrentar a los niños mucho más ligados a la naturaleza y a los elementos, que a fantasías de otro tipo. Esa atmósfera lúgubre de noches sin luna, ulular de lechuzas y lobos al acecho se repetía en los que escuché de su boca en mi niñez, aderezados, eso sí, por alguna que otra meiga, que a pesar de que no existen, haberlas hailas, como decimos por aquí. Al hacerme mayor mis temores comenzaron a estar ligados al monstruo más terrible que existe: el ser humano, y supongo que precisamente por ese motivo una de mis peores pesadillas tiene como protagonista a una anciana.

Me encantaba ir a la aldea de visita con mis padres, sobretodo por poder estar en contacto con los animales. En casa de un primo hermano de mamá correteaba tras las gallinas, me subía a lomos del burro, o observaba dar sus primeros pasos a los corderos. En cuanto me bajaba del coche, él me subía al caballito y nos íbamos hasta la zona de pasto para ver a las ovejas, regresábamos por la finca trasera para lamer miel directamente de algún panal de sus colmenas, recogíamos huevos recién puestos en el gallinero y acabábamos al atardecer llevando las vacas hacia las cuadras, en donde reposaba la cerda recién parida rodeada de sus lechones.

Era un hombre alegre y despreocupado que me contaba miles de anécdotas y respondía incansable a mis interminables preguntas sobre los cuidados que requería semejante granja, porque también disponían de caballo, perros y todos los gatos que merodeaban por los alrededores a la caza de los ratones que atacaban el trigo o el maíz guardado en el hórreo. Tenía un sentido del humor muy gallego que me hacía reír a carcajadas y él mismo rara vez dejaba de sonreír, por lo que se me pasaban volando las tardes que pasé disfrutando de la vida de campo en su compañía cuando no era más que una cría.

Lo que menos me gustaba era entrar dentro. La casa estaba descuidada y apenas se había adecentado en años, la entrada todavía conservaba el antiguo suelo de tierra, aunque habían incorporado un pequeño aseo junto a la puerta trasera que bajaba al corral, que sustituyó al exterior de antaño, más habitual en la construcciones tradicionales de principios del siglo XX. Pero no era la dejadez lo que me incomodaba, sino su madre, una vieja enjuta y malencarada, arrugada como una pasa, siempre vestida con colores oscuros y una pañoleta en la cabeza, que se sentaba en un rincón junto a la cocina bilbaína. Era lo opuesto a él, nunca sonreía y hablaba en un tono condescendiente, con una mirada altiva e inquisidora que me hacía temblar las piernas en cuanto la posaba en mí. Jamás me dirigió la palabra, conversaba únicamente con mi madre y se me antojaba que permanentemente enfadada, pues siempre le escuchaba darle las quejas sobre las borracheras de su hijo.


Mamá templaba gaitas intentando poner paz, la instaba a ser más indulgente con él, ya que al fin y al cabo era quien se encargaba de todo el trabajo desde que ella estaba demasiado mayor para ayudarle, y le sacaba de delante la botella de vino a su primo, recomendándole moderación, sobretodo cuando acudía a la taberna, porque solía hacerlo en caballo o en la moto, y ya había sufrido alguna que otra grave caída. Él acataba sus consejos sin rechistar, principalmente por el cariño y el respeto que le tenía, además de porque era la única que intentaba convencer a su tía para que le permitiese casarse con su novia de toda la vida.

La anciana era dura de roer y no pudo ser, así que no se casó hasta después de su muerte, superados con creces los cincuenta. Fue entonces cuando modernizó algo más la vivienda con motivo del feliz e inesperado nacimiento de su propio hijo, aunque tuvo que ir parcheándola con anterioridad debido a la enfermedad de su madre. Hubo que poner pasamanos en las angostas escaleras que conducían al piso de arriba, dividió la estancia  que hasta ese momento había compartido con ella en dos habitaciones,  y construyó un baño completo una vez que estuvo encamada y ya no podía siquiera bajar.

Una fría tarde de invierno fuimos a visitarlos, llovía tanto que no salió a recibirnos como de costumbre y me sorprendió encontrar la cocina llena de gente. Vecinos y familiares hablaban en un susurro, la olla del café humeaba en el fogón, mamá se dispuso a atenderlos repartiendo los bizcochos que traía y yo me escondí entre las piernas de papá tímida, nerviosa ante la presencia de extraños. “Anda, ve a saludar a la tía”, me dijo sin mirarme, atareada como andaba. Un escalofrío me recorrió la espalda y antes de que me diese cuenta estaba subiendo cogida de su mano. Por una vez el primo no sonreía, se le notaba cansado y estaba tan serio que me pareció mayor, o, mejor dicho, aparentaba su edad. La puerta del cuarto era tan antigua como las de abajo, había aprovechado material de deshecho y el picaporte chirrió al entrar. Aún así no se inmutó por el ruido, las contras estaban abiertas, pero fuera casi había oscurecido y apenas se atisbaba su hierática silueta en el lecho.

Su delgadez se evidenciaba bajo la colcha, al aproximarme comprobé que estaba mucho más pálida de lo que esperaba, su rostro tenía un tono amarillento semejante al de la cera, que contrastaba con el rosa palo de su camisón abrochado hasta el cuello, sus prominentes pómulos y las cuencas hundidas evidenciaban todavía más lo desmejorada que estaba. No la había visto nunca sin el pañuelo en la cabeza y los escasos mechones blancos se adherían enmarañados de tal manera a su cráneo que exageraban más si cabe su aspecto de calavera. Por un momento creí que estaba muerta, el pánico se apoderó de mí y me quedé petrificada a pocos metros de la cama. Entonces él le dijo en gallego: “Madre, mire quién ha venido a verla”.

Tardó unos segundos en reaccionar, parpadeó antes de mirarme de arriba abajo con sus pupilas penetrantes. Me estremecí de nuevo. Había perdido en parte su fuerza, pero continuaba teniendo esa fiereza indescriptible que me hizo contener la respiración. Por primera y única vez en mi vida la vi sonreír, alargando sus escuálidos dedos macilentos en mi dirección: “Acércate, no tengas miedo.”  


El corazón se me detuvo al mirarle directamente a la cara y ni me moví, aterrorizada como estaba. Se me hicieron interminables los instantes en que aguanté estoicamente sus ojos clavados en los míos, hasta que se dejó caer exhausta y los cerró postrándose en la almohada. Suspiré aliviada, pero de repente sentí una mano sobre mi hombro y me tapé la boca para ahogar un grito de pánico. Él me miró extrañado con lágrimas en las mejillas. No dijo nada, imagino que mis apenas ocho años le sirvieron de explicación para que todo mi cuerpo temblase como una hoja y me cogió en brazos para regresar abajo.

Volvimos a los pocos días para el entierro. A mí me ahorraron el velatorio, a mamá no le gustaba la costumbre de hacer besar el cadáver a los niños para que se vayan acostumbrando a lo que nos depara el futuro, y tampoco me dejó verla antes de que cerrasen la tapa. Hoy por hoy no sé si sería mejor que la viese, ya que durante años su rostro fue mi peor pesadilla. Yo bajaba sola a recoger huevos al ponedero con una cesta, a veces hurgaba bajo las gallinas para ver si había alguno reciente, porque me gustaba sentir su calor y lo estrechaba delicadamente en mi palma como si fuese un bebé. Entretenida como estaba, no reparé en ella hasta que sentí su fría presencia. El cesto se me escapó irremediablemente de las manos, desparramando su viscoso contenido por el suelo a caer.

Allí impávida, sentada como en su sempiterno rincón de la cocina, estaba ella observándome implacable, con las manos entrelazadas sobre el delantal y su macabra sonrisa torcida repetía  insistentemente: “Acércate, no tengas miedo”. Los ojos encovados de su cara demacrada me hipnotizaron de tal manera que llegué a sentir su gélido aliento apoderándose de todo mi ser. Empapada en un sudor frío, con la respiración entrecortada, me llevé las manos al pecho aterrada incapaz de reaccionar, hasta que sentada en mi cama me daba cuenta de que sólo había sido un mal sueño.

Su recuerdo me persiguió durante décadas y jamás llegó a haber monstruo que me diese más miedo que aquella desagradable anciana, por eso a veces me pregunto si habría cambiado algo de haberla visto en el ataúd. Quizás retener en la memoria la placidez rígida que le conferiría el eterno descanso a su expresión me hubiese permitido albergar algún atisbo de bondad en ella, porque para mí la envarada vieja que conocí en mi infancia se convirtió en la mismísima personificación de la muerte.  
  
by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 20 de octubre de 2016

Recortando personajes


Por hacerle un favor a una amiga llevo toda la semana ayudándole con sus trabajos de manualidades. “Anda, échame una mano que tú eres más artista que yo”, dijo toda inocente con una exagerada sonrisa. No lo hice por el piropo, sino porque sé que necesita apoyo logístico urgentemente. Y ya me ven, pintando con acuarelas y témperas, o recortando papelitos para hacer collages y guirnaldas por su culpa. Ahora que está tan de moda el scrap, a quien le parezca que se cotiza demasiado es que nunca intentó hacerlo por sí mismo, porque no saben la de tiempo que lleva.

En el fondo a mí me gusta porque es una buena excusa para desconectar, con compañía se puede mantener perfectamente una conversación, y a solas es estupendo para dejar volar la imaginación. De hecho, se me ocurrió personalizar una tira de muñecos para que resultase más original y me dediqué a dibujarles cara o a añadirles complementos. Ésta parece la típica chica solitaria que le encanta leer, gordita y con gafas, Sofía le podría pegar, vive sola con su gato y está enamorada de Arturo, el marido de la vecina tercero, una mujer tan elegante como desagradable. Él es encantador, cariñoso con los niños, siempre tan bien vestido, tanto para trabajar como de sport. Ella le parece una bruja, tan estirada cuando se la encuentra, protesta continuamente en las reuniones de la comunidad y mira a los demás por encima del hombro, agarrada a su bolso de marca como si se lo fuesen a robar delante de todos.

Como prácticamente no sale su única amiga es la chica del quinto, una azafata que odia a los pilotos que quieren liarse con ella y les sigue la corriente hasta que los tiene a tiro para darles una patada en la entrepierna. “Estás casado, capullo”, es su grito de guerra y después le cuenta todo con pelos y señales a la vuelta de sus viajes. Sofía la escucha embobada hablar de todos aquellos lugares que jamás pisará en su vida, puesto que la otra se pasea de una punta a otra del planeta encantada de poder conocer a chicos de otras razas, que son los que más le van. Ella es todo lo que desearía ser, divertida, charlatana, atractiva, con una maravillosa melena lisa, una piel muy cuidada y, como es delgada y tiene un culito respingón, le sientan genial los pantalones. Se llama Cecilia, pero la llama Ceci y es a la única que le deja hacerlo porque odia su nombre y el resto de sus amigas la llaman Cari, o cosas por el estilo.

Un día a la lectora empedernida le da un vuelco al corazón al volver de bajar la basura, pues se encuentra a su amor platónico sentado junto a su puerta. En cuanto pudo recuperarse del pasmo cayó en la cuenta de que estaba despeinado, cosa rara en él, y completamente borracho a aquellas horas. “Lamento la intromisión”, le explicó sin apenas poder remover la lengua, “es que me han robado la cazadora.” ¡Oh, no! Por favor que no sea la marrón de cuero con la que está irresistible, pensó ella. “Me he quedado sin llaves ni móvil, y como eres la única que siempre está en casa, podrías dejarme llamar a mi muj... bueno, a mi ex, que acaba de abandonarme llevándose a los críos”. E inmediatamente se echó a llorar sobre su hombro y ella cerró los ojos a punto de desmayarse al oler desde tan cerca su colonia.

No, no es que sea de esas que marea y tumba a cualquiera del guantazo que te da en cuanto su deshumanizado portador está a dos metros a la redonda, sino de las que deleita dejando un maravilloso perfume un buen rato después de que él salga del ascensor, cosa que precisamente ha comprobado quedándose encerrada hasta que algún vecino tiene la mala baba de llamarlo, con lo bien que le vendría utilizar las escaleras. Al entrar valoró sus opciones, tal vez podría aprovechar la ocasión para confesarle su pasión, otra no tendría, seguro y ya que estaba de bajón... aunque, claro, cómo iba él a rebajarse tanto como para fijarse en alguien como ella, con la estupenda mujer que tiene, o tenía, demasiado desesperado tendría que estar. 
“Me dijo que era un padre excepcional, pero como marido dejaba mucho que desear...”, seguía él dándole las quejas, “¡Caramba, qué salón más acogedor, tienes buen gusto para combinar las tapicerías! ¡Menuda librería, parece una biblioteca! ¡Ahora entiendo porqué sales tan poco!” Le dio la impresión de que se le pasaba el disgusto de repente y de que no estaba tan ebrio como le pareció en un principio. “¿Te importa si vamos a tu dormitorio?” Retiro lo dicho, está como una cuba, pensó para sí misma dando botes. 


“Es que me encanta tu vestido, sabes, aquel que llevaste a la boda de tu prima el verano pasado”, a ella se le helaron las manos en la puerta del armario. “La ropa de mi mujer no me sirve, pero tú y yo creo que usamos la misma talla, ves, me queda perfecto, es que me diste una envidia cuando te lo vi puesto.” “Me lo regaló Ceci”, consiguió balbucear. “¿Quién?” “La vecina del quinto.” “Ah, ya, la azafata, es un encanto esa niña, lástima que sea tan bajita, veinte centímetros más y se podría ganar la vida como modelo, con lo que le gusta a ella viajar, y así no tendría que aguantar ni a los pasajeros ni a los pulpos de los pilotos, que ya me contó, pero de sus chicos no puede quejarse, le van los exóticos y cada vez que la veo con uno, me muero de...” Sonó el timbre y la aludida entró con su desparpajo habitual cargada de bolsas, entrecerró los ojos al verlo de semejante guisa. “No sé a quién de las dos le sienta mejor el vestido, es una pena no haberlo sabido antes, porque le he traído unas Havaianas de Brasil a Sofi que no creo que sean de tu número, aunque los pareos sí que te los podrá prestar si te apetece.”

Y la noche de la inauguración del espectáculo de Nancy, Cecilia convenció a Sofía para seguir de fiesta después, que por una vez que salía no podía dejarla tirada. “Si seguro que acabas bien acompañada...”, intervino tímida. “Lo sé, de hecho, he quedado con mi último ligue, que de casualidad está por la ciudad, lo que pasa es que va a traerse a un amigo que le pedí que viniese para conocerte. Uno de esos paliduchos y de ojos claros que tanto te gustan.” “Arturo era moreno”, objetó ella. “Eso es porque se le va la mano con los rayos UVA, pero él ya es historia, quítatelo de la cabeza, que está mucho mejor ahora que es Nancy.”

Nancy en efecto resplandeció en el local de ambiente en el que se estrenaba como cantante, su actuación fue un éxito, pese a que los nervios la traicionaron y se equivocó en los compases iniciales. Sin embargo el público que abarrotaba la sala aplaudió a rabiar y ella les correspondió con su mejor sonrisa. La misma que puso Sofía al ver al impresionante sueco que le presentó su amiga.

“Soy un adefesio a su lado, no se fijará en mí”, le decía apabullada antes de acercarse a su lado. “No seas tonta, sin gafas estás más guapa y a éstos les van las morenas, ya lo verás.” “Pero si soy una foca comparada con él.” “No digas tonterías, estás estupenda así rellenita, y ya me gustaría a mí tener tus tetas, ¿por qué te crees que te he puesto semejante escote? Andas siempre tapada, no les enseñas lo que se pierden, boba. Tú sonríe y bebe, que así se te suelta la lengua, pero no te pases, que te conozco, y al final te da por llorar e igual acabas contándole que nunca te comiste un rosco.” 
La noche de juerga tuvo sus frutos. Los asistentes al local descubrieron que había nacido una estrella, Nancy no cabía en sí de gozo, sus nuevas amigas lo celebraron con ella por todo lo alto hasta altas horas de la madrugada, aunque el sueco y Sofía desaparecieron un poco antes que los demás. Y por ese motivo un mes después se reunieron las tres en su piso. 


Ella lloraba desconsolada mientras Nancy le decía que eran las hormonas, que a su ex le pasó lo mimso de los dos embarazos. “En el primer trimestre se le caían las lágrimas por la menor tontería y siguió casi igual hasta dar a luz, lo que sí se le fue pasando fueron las ganas, porque ya no sabía qué excusa ponerle para que no nos acostásemos.” Cecilia le dio una colleja. “No nos cuentes esas cosas, que aunque me caiga mal estoy de su parte, tiene razón, fuiste un mal marido, no me vengas con que te casaste porque querías tener hijos, que estamos en pleno siglo XXI.” Pero al escuchar sonarse los mocos por enésima vez a Sofía, se dejaron de discusiones y le hicieron un poco más de caso. 
“Si sale con los ojos azules como él, date con un canto en los dientes”, le espetó Cecilia al ver que no paraba de sollozar. “Los tenía verdes. Pero ¿qué le voy a decir cuando me pregunte por su padre? Si ni siquiera sé cómo se escribe su nombre”, se quejaba a lágrima viva. “Bah, si tanto te preocupa, eso tiene fácil arreglo, espera que lo busco en el Facebook que tenemos un amigo en común.”

“No sabía que tu perfil fuese I’m perfect”, se sorprendió Nancy. “Es que lo soy, y sabes de sobras que odio mi nombre” “Cari, con lo bonito que es Cecilia” “¡Pero a que tú no te lo pusiste!”, exclamó molesta. “Mujer, cómo te pones, es que la muñeca de mi hermana siempre me llevó la vida, y es una especie de homenaje”, respondió ella con sus interminables pestañas aleteando como mariposas. La otra puso los ojos en blanco. “Centrémonos, aquí lo tienes, ¿ves? Kjell, se llama y tienes razón, los tiene verdes.” Las tres se sumergieron en la pantalla intrigadas. “Pues no está nada mal”, comentó Nancy, “está estudiando ingeniería agrícola, se nota que le va el monte al chaval, porque hace montañismo y colabora con ONG’s, va en bicicleta a la cafetería donde trabaja para pagarse los viajes que se pega, así que sólo le falta la barba para ser un hipster en toda regla.” Sofía lo observó detenidamente durante unos instantes y acto seguido reanudó su llantina.

“A ver, no es exactamente lo que querías, pero vas a formar una familia, ¿no?”, dijo Cecilia resoplando hastiada. “Sí, corazón, va a salir todo bien,” intervino Nancy, recriminándole a la azafata su poca paciencia con un gesto, “además, los críos son los que mejor entienden todo, fíjate en los míos, el mayor ahora hasta levanta la cabeza de la consola para verme actuar, y la peque es un cielo, el otro día me pintó las uñas de los pies. Así que ya verás como tu niño es un amor.” “Niña, quiero que sea una niña”, reconoció hipando. “¡Sí, mejor, que así le haré los vestiditos!”, aplaudió  emocinada y Cecilia le propinó otro pescozón.

“¡Ay, mujer, mira que eres bruta!” “Qué quieres, si me lo pones a huevo. Además lo mejor de ser un tío es poder ponerte simplemente unos vaqueros y una camiseta. No como nosotras, que entre el sujetador...” “¡Si tú no lo usas nunca!” “Porque no merece mucho la pena, para lo que tengo... Pero con el uniforme es obligatorio, y si es de esos de relleno mucho mejor, además de la puñetera falda, que es más incómoda que otra cosa, no sé en qué piensan nuestros jefes, no podrían al menos dejarnos usar minishort...
Y mientras Nancy se reía a carcajadas y a Sofía se le pasaba poco a poco el disgusto, tuve que dejarlas porque se me acabó el papel de seda.   

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 13 de octubre de 2016

Día de meter las patatas en la lavadora


En casa tenemos una inside joke, como dirían los anglosajones, una broma privada, o más bien una anécdota que nos hace gracia porque podemos aplicarla a nuestra intimidad, es decir, a mí en este caso. La historia viene de uno de los relatos de Ursula Wölfel que conocemos por la preciosa edición en gallego de Kalandraka ilustrada por João Vaz de Carvalho (la única pega es que la traducción no esté a la altura del resto). Se titularía en español 28 historias para reír y la verdad es que algunas no dejan de ser un tanto surrealistas (y, por eso, divertidas) y otras son tan reales como la vida misma (y, por lo mismo, divertidas). La que paso a resumir ahora es “La historia de la mujer que siempre estaba pensando en otra cosa”, en ella se nos cuentan las vicisitudes de una mujer que quería lavar la ropa, cocer patatas y limpiar la cocina, pero que como estaba siempre pensando en otra cosa, pues no daba pie con bola y metía las patatas en la lavadora, el detergente en la olla y el agua para fregar en la lavadora. Al final el desastre acabó por traerla de nuevo a la realidad e hizo todo realmente bien. O sea, igualita que yo.


Ayer tuve un día de esos, menos mal que como fue festivo no estaba estresada por tener que cumplir horarios y si no acabamos las tareas antes de ponernos a cocinar podemos seguir haciéndolas después de comer, porque de lo contrario iba apañada. En realidad estaba preparando un bizcocho para merendar y al mismo tiempo recogiendo la ropa de la secadora, cuando de repente lo escuché gritar “¡Apártese de ahí, o le disparo a usted también!”, me giré de inmediato anonadada con la cuchara de palo todavía en la mano, sin preocuparme demasiado de si goteaba en el suelo, su cara resultaba tan amenazadora como el arma que empuñaba, un Winchester 1873 con la culata bien apoyada sobre su hombro. Sabía que su dedo no titubearía ni un segundo en apretar el gatillo, sus ojos negros ensombrecidos más si cabe por una pobladas cejas negras, me miraron tan fríamente como si fuese un mero trozo de carne. Llevaba el sombrero ligeramente ladeado, dejando al descubierto una marca de nacimiento en la raíz del cabello. Su frente sudada, ennegrecida por el polvo del camino, amenazaba con anegarle la vista, pero no se molestó en limpiarse, concentrado como estaba en su objetivo.

“Permítame, señorita”, oí decir entonces a mi espalda, y sin tiempo para volverme noté su brazo asiendo mi talle con delicadeza. Se me cayeron las zapatillas mientras me aupaba y en ese momento me di cuenta de que las baldosas no eran de barro cocido, sino que la arena de aquel desierto montañoso me había invadido la cocina. El caballo siguió su trote alerta, consciente de que su jinete estaba en tensión, pese a aparentar la mayor calma posible. Ni ocasión tuve de fijarme en el hombre que me levantó como si fuese ligera como una pluma. Me así a su cintura clavándome su pistola en el antebrazo. “Un poco más arriba, por favor”, me indicó en un susurro. Entendí que entorpecería sus movimientos y lancé la cuchara hacia atrás para no mancharle la camisa de chocolate, aunque, a decir verdad, bastante sucia estaba, además de adherida a su torso musculoso bajo su entallado chaleco.

Poco me importó a mí lo transpirado que estuviese, preocupada como estaba de no caerme, sin dejar de mirar al malencarado aquel que nos tenía encañonados desde la distancia. Entrecerré los ojos extrañada por cómo había sido capaz de escrutarle tan nítidamente el rostro desde tan lejos, el primer plano, claro, me dije, ahora estamos en panorámico, por eso se recorta tan claramente el paisaje en el horizonte, ¡caramba, qué cactus tan bonitos!, no me importaría llevarme uno para el salón. Un atronador silbido me devolvió de inmediato a la situación, además de que por poco me resbalo de la grupa. Me aferré con más fuerza a él, pinchándome el dedo con la punta de la estrella que lucía en el chaleco. Chupé la sangre pensativa, aquello no era nada comparado con lo que me haría la bala que nos pasó rozando.

“No te acerques más o os atravieso a los dos de un solo tiro”, gritó de nuevo y me fijé en que en su horrible sonrisa torcida destacaba un diente de oro. El pañuelo rojo que llevaba al cuello estaba cochambroso y la barba de tres días le daba un aspecto todavía más aceitoso a su cetrino cutis. Un buen baño le hacía falta al tipo éste, huele desde aquí, admití y carraspeé antes de comentar: “Oiga, ¿y usted no piensa desenfundar su Colt 45?”. “Desde donde estamos sería malgastar munición, ¿no se ha dado cuenta?”, respondió tratando de reprimir la sorpresa que le produjo que entendiese de armas, asentí en silencio, el plano corto me obligó a atusarme el pelo, qué pinta tengo, por favor, y me saqué la pinza que lo recogía. Su sonrisa complacida me indicó que le gustaba mi melena y yo estaba de acuerdo, por eso siempre lo llevo suelto. Sin embargo entorné lo ojos de nuevo, lástima que del delantal no me puedo deshacer por el momento, pero es que verme con el pantalón de chandal viejo y la gastada camiseta de andar por casa no pegaba ni por asomo con su atuendo, aun si llevase unos vaqueros... Otro silbido interrumpió mi razonamiento, agaché la cabeza acurrucada en su espalda y de repente el trote se convirtió en galope. 


Los caballos son seres que impresionan, no sólo por su belleza, sino que al montarlos se les tiene un respeto considerable, entre otras cosas porque son unos bichos enormes. Nos guarecimos detrás de una roca y desmontamos tan rápido como había llegado arriba, qué cosas tienen las narraciones, la linea temporal es tan fina y maleable como un espagueti, me habré dejado el fuego encendido, me preguntaba justo cuando nos enfocaron de nuevo en primer plano. Mi palidez contrastaba con su tez curtida por el sol, apuesto y poco más joven que yo, aunque dudaba, tal vez su madurez le venía por la rudeza del oficio y no por la edad, la limpidez de su mirada no dejaba lugar a dudas de su nobleza, pese a que en ese momento la tensión por escrutar al enemigo prevalecía dándole un toque de sabiduría que me pareció de lo más sexy. Mi risita contenida lo desconcertó y me miró sorprendido. “¿Puede saberse qué diablos le hace tanta gracia?”

Antes de que me diese tiempo a disculparme otra bala rebotó en la piedra y nos echamos al suelo. Su brazo rozó un segundo el mío y no pudo evitar fijarse en él admirado, aún así continuó con su monserga, “¡Por su culpa nos ha descubierto! Sepa usted que no tenía previsto tener compañía por estos parajes, ¡y mucho menos femenina!”. Arqueé una ceja ofendida, remangué la camiseta para que se marcase todavía más el desarrollado tríceps que se había quedado apreciando visiblemente sorprendido. “Yo también tenía otros planes, no digo que más interesantes que los suyos, pero desde luego tengo mucho que hacer, así que a ver si acabamos con esto rapidito que necesito ponerme a pelar patatas.”

Boquiabierto me miró de arriba abajo y me imaginé lo que pensaría el pobre de mí, dónde se metió Maureen O’Hara, o Jane Russell, en fin, que lo compadecí. Una vez más tuvimos que centrarnos en lo que estábamos porque escuchamos aproximarse un caballo y corrimos hacia el nuestro. Tarde, nuestras diferencias de pareceres nos habían jugado de nuevo una mala pasada, porque el otro aprovechó la coyuntura para asustarlo con un par de disparos y nos quedamos desprotegidos y sin transporte en el peor momento. Entonces desenfundó su revólver y conseguimos llegar hasta un saliente de la pequeña colina en la que nos encontrábamos. Volvió a mirarme incrédulo al verme alcanzar sola de un salto el escondite, incluso ayudándole a subir a él agarrándole un brazo, por estar atareado cubriéndome.

“¿De dónde se ha escapado usted, de un circo?” me preguntó sin aliento. “Más o menos”, admití tratando de localizar al otro, el travelling de nuestra carrera no me permitió saber dónde estaba, atenta como andaba procurando esquivar balazos, y teníamos que aprovechar la panorámica para encontrarlo. “Está junto a aquella brecha”, me señaló convencido, e intrigado al verme tan metida en el papel sin esperárselo. Asentí sin dudarlo, no fui capaz de distinguirlo, pero confiaba en su experiencia. “Intentará atacarnos por detrás”, continuó incorporándose ligeramente para valorar nuestras opciones, “lo mejor será que nos quedemos aquí sin movernos a esperarlo”, hizo una breve pausa para abrir el tambor de su revólver, dos conté y tragué saliva, “prefiero tenerlo a tiro”. Hice un mohín y un escalofrío me recorrió la espalda, no por el frío, evidentemente, cuando me levanté por la mañana no tenía ni idea de que iba a presenciar un homicidio en primera fila.


El calor era insoportable, el suelo ardía bajo mis calcetines de deporte, el aire crepitaba y al mirar al cielo la luz del sol me cegó, me llevé la mano a la frente para verificar que varios buitres volaban  haciendo círculos sobre nosotros. “Típico”, musité y alzó la vista para mirarme a los ojos. Me sonrojé al darme cuenta de que estaba observando mi delantera, dos manchas amarillentas destacaban sobre el negro de mi camiseta, a esas alturas tan pegada a mi piel como lo estaba a sus pectorales su camisa. Carraspeó él entonces y de repente me obligó a agacharme, chistándome para que permaneciese en silencio. “Se acerca”, supuse que me dijo, porque de tan bajo que lo hizo casi ni le escuché. O quizás eran los latidos de mi corazón golpeando frenéticamente en mis sienes los que me impidieron oírlo.

Lo que sí vi fue la punta de la escopeta asomar a pocos metros de donde estábamos, me hice una bola por puro instinto y el disparo rebotó junto a mi pierna. Casi me da un infarto al ver el agujero que dejó en la roca. Mi inesperado acompañante lo intentó a continuación, se notaba que sabía lo que hacía, escogió el momento oportuno, la inclinación de su cuerpo era la adecuada, su puntería saltaba a la vista que era buena, porque logró herir a su contrincante en el muslo pese a estar escondiéndose rápidamente. Aun así no fue suficiente. Nos acribilló sin descanso los siguientes minutos y durante la lluvia de balas me dio tiempo a recapacitar, seguro que sabe que sólo nos queda una, de lo contrario esperaría a recuperarse un poco, o a hacerse un torniquete, porque la sangre delataba su posición en la inmensidad del ocre. Incauta de mí, ni siquiera lo vi venir, lo teníamos encima y me había quedado absorta mirando el charco granate que dejó atrás.

Y una vez más metí la pata al intentar saltar para huir, porque tropecé y acabé echa un ovillo tras caerme de la brecha en la que nos refugiamos, lo que le obligó a desperdiciar la última bala para protegerme y seguirme hasta el lugar en el que yacía yo muerta de miedo, convirtiéndonos a ambos en un blanco perfecto. Tiró inmediatamente la pistola y levantó los brazos en señal de rendición, gritándole, “¡Déjala, ella no tiene nada que ver!” Sentí los fríos y oscuros ojos de aquel ser despreciable escudriñándome, desnudándome sin compasión, sopesando si valdría la pena a pesar de mi inusual aspecto, o me metía un trozo de plomo entre ceja y ceja sin más. Me incorporé aguantado impávida su lasciva mirada, y al sacudirme la tierra del delantal lo noté, contuve la respiración para disimular el rayo de esperanza que iluminó mi rostro. Saquen ese plano corto, por favor, que se va a dar cuenta, además sin maquillaje se me notan mucho más las pecas.

No sé ni cómo lo intuyó, sólo recuerdo que lo lancé tan rápido y con tanta fuerza como pude, confiando en que mi destreza para jugar a los dardos me sirviese de algo. Le clavé el “pelapatatas” en un hombro y grité de alegría al verlo abalanzarse sobre él y arrebatarle el rifle de las manos, tumbándolo de un culatazo. Entonces me fijé en que había acertado en pleno centro de la diana de bolas que tenemos junto a la puerta de la terraza. Se acercó carraspeando y lo arrancó comentando divertido: “Será mejor que las pele yo, corazón”. Y me agaché meneando la cabeza para recoger la cuchara de palo y limpiar el suelo, que estaba perdido de cobertura de chocolate para el bizcocho. 
Los niños ya me conocen y en cuanto me ven mirando al infinito en lugar de atendiendo a lo que debería les da la risa, sus voces me hacen regresar de mi momentánea ensoñación, pero los miro medio alucinada todavía y ponen los ojos en blanco, yéndose inmediatamente a su cuarto exclamando entre carcajadas, “Mamá va a meter las patatas en la lavadora”.

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 6 de octubre de 2016

El backstage de la literatura



El pasado viernes se celebró el día de los intérpretes y traductores, por lo que me gustaría rendir un pequeño homenaje a aquellos que ayudan a hacer posible que los libros sean lo que son: una obra de arte. Como suele suceder, que haya un “día de” conlleva que hay un problema detrás de lo que se conmemora en esa fecha. En el caso de las personas que posibilitan la comunicación entre hablantes de diferentes lenguas es que no se valora lo suficiente su trabajo. Quizás un poco más el de los intérpretes, por aquello de la inmediatez, aunque imagino que en cuanto haya un programa de ordenador mínimamente fiable intentarán prescindir de sus servicios. Craso error, sin lugar a dudas, porque sin ellos serían impredecibles los equívocos lingüísticos que ocasionarían otros mucho más graves de entendimiento, e incluso diplomáticos.

Sin embargo, hay quien opina que si ya es posible traducir cualquier frase a un buen número de idiomas de forma rápida y gratuita en internet, o también aprender a hablarlos con una aplicación para el móvil ¿para qué se va a recurrir a un traductor o a un profesor? Pues porque son imprescindibles, insisto cada vez que escucho algún comentario sobre el tema. Una persona especialista en una o varias lenguas es la única capaz de hacernos entender las peculiaridades culturales de las diferentes sociedades en las que se hablan esos idiomas.

De hecho, no soy de las que aboga por un profesor nativo por encima de todo, sino más bien por uno bilingüe (o plurilingüe), esto es, que comprenda al cien por cien tanto la lengua que enseña como aquella (o aquellas) que utilizan sus alumnos, a fin de evitar problemas de comprensión derivados de carencias comunicativas. De poco sirve ser nativo si después uno no entiende las dudas que le plantean en clase, o no maneja el otro idioma con la soltura suficiente para reconocer qué palabras se usan habitualmente en según qué momentos (en una ocasión un profesor de alemán de la facultad que nos tradujo estante por anaquel y alguno lo miró como si hubiese soltado un taco).

Con los traductores pasa exactamente lo mismo, sin ellos no podríamos acceder a textos escritos en lenguas desconocidas, porque una máquina no entiende de metáforas, de juegos de palabras o de ironía, por lo tanto difícilmente valdría para traducir una obra literaria como es debido. Es cierto que en ocasiones algunas traducciones dejan mucho que desear, recuerdo mi sorpresa al leer por primera vez a Kant en el original, su estilo, claro, conciso y ameno, contrasta abismalmente con las pesadas traducciones al español que me había visto obligada a estudiar en el instituto, algo que es consecuencia la mayoría de las veces más de los métodos utilizados que de la voluntad de quien se ha esforzado por volcar el texto en otra lengua. 


Sobre las condiciones laborales a las que se ven obligados los traductores por parte de las editoriales nos relató el catedrático de filología alemana una anécdota introductoria en una de sus clases, fue en mis primeros años universitarios y por desgracia sigue estando vigente hoy en día. Hablaba de horas y horas a destajo para entregar los encargos dentro de los plazos marcados, además de la escasa remuneración que recibían por su hercúleo esfuerzo, puesto que traducir requiere concentración, habilidad, estudio y mucho más tiempo de lo que pueda parecer. Nos contó que un chico que se dedicaba a ello para pagarse la carrera cuando eran ambos estudiantes estaba traduciendo del francés una novela bastante extensa. Apurado por acabar lo antes posible, ni siquiera se podía permitir el lujo de repasar o corregir lo más mínimo, metió la pata hasta al fondo al traducir tinta en lugar de ancla (palabras que en francés se pronuncian de manera semejante y se escriben casi igual). Al reparar en que no tenía mucho sentido la frase “echaron la tinta por la borda”, anotó a pie de página como nota del traductor “costumbre típica de los marineros franceses”, y se quedó tan ancho.  

Bromas aparte, lo cierto es que por cosas como estas prefiero leer en versión original siempre que puedo, sin embargo he de reconocer que entre los libros que marcaron mi vida en un momento determinado se encuentra la magnífica traducción del Tristam Shandy de Laurence Sterne que hizo Javier Marías para Alfaguara.  Soy de las que reconoce una buena en cuanto la tengo entre manos, agradeciendo aquellas más cuidadas, repletas de anotaciones, que en ocasiones tienen a bien ofrecer a los lectores las casas editoriales, porque cuando no se repara en gastos (ni de tiempo, ni de especialistas traductores, ni de correctores que revisen hasta el más nimio detalle) se nota y se reconoce el valor que enriquece cualquier obra.

Algo semejante ocurre precisamente con los encargados del diseño gráfico, porque todo cuenta a la hora de hacer un texto más vistoso. O con quienes se dedican a revisar textos ajenos para encontrar la errata pasada por alto, trabajo que debe ser realizado también por quien sabe lo que hace, puesto que tampoco un ordenador es capaz de distinguir un error de sintaxis y es lo que más abunda por no contar con su buen hacer a la hora de editar un libro.


Con los ilustradores es más de lo mismo. Aparecen constantemente en letras pequeñas, como si su aportación fuese menor, o menos importante que la del escritor. Sin embargo, no me imagino los libros de Roald Dahl para niños sin los dibujos de Quentin Blake, por poner un ejemplo de uno de los numerosos tándem que conjugan a la perfección la palabra y la imagen, que en el mundo del cómic es tan frecuente, pero que en la literatura infantil y juvenil también adquiere especial relevancia, principalmente porque ayuda a fijar en la memoria determinadas obras de un modo especial.

O Gato Malhado e a Andorinha Sinhá de Jorge Amado es el primer título que tengo plena consciencia de haber leído en la biblioteca de la escuela. Tendría unos siete años y no he vuelto a releerlo hasta hace pocos, cuando se lo regalé a una amiga que tuvo un bebé. Lo encontré por casualidad en una feria del libro usado y al abrirlo se me iluminó la cara. Los dibujos de los protagonistas eran exactamente como los recordaba y la simpática historia de amor que el autor escribió para contarle a sus propios hijos volvió a conmoverme como cuando era una cría.

Por eso cuando compro un libro me paro a revisar el backstage, esto es, lo que no vemos tras una  simple ojeada y que en el fondo influye muchísimo en el resultado. Si es ilustrado compruebo que se tiene en cuenta al artista que hay detrás, además de que me guste lo que hace. Si es traducido, que la edición sea cuidada y se note que no fue hecha a prisa y corriendo. Si el diseño interior y exterior o la portada me dicen algo, ya que es un objeto que se aprecia con los cinco sentidos (resulta más o menos  agradable a la vista, puede que me apetezca acariciarlo, pasar sus páginas para escuchar su leve crepitar, y me encanta que huela a nuevo, no digamos ya cuando olían a tinta fresca recién salidos de la imprenta...). Y que no haya errores que me hagan chasquear la lengua, porque el cuidado en los detalles se agradece, incluso si se trata de una edición de bolsillo o autoeditada, ya que en los tiempos que corren se abaratan muchos costes, pero insisto, creo que en lo referente a las personas que hacen posible que disfrutemos de lo que es un libro, jamás se debería reparar en gastos. 

by Eva Loureiro Vilarelhe