jueves, 14 de diciembre de 2017

Ojos de resaca



Nacer en diciembre es un marrón. Sí, os lo digo por experiencia. No por eso de la fusión de regalos –como escuché decir el otro día–, que hay quien aprovecha y ya te da todo junto, el de Navidad y el de tu cumpleaños, y al final siempre acabas recibiendo menos. No. Eso quizás me importaba algo de pequeña, por aquello de que a mi hermano siempre le tocaba prácticamente lo mismo que a mí y no me parecía justo. Ahora paso. Casi tanto como de las comidas familiares y todo el buen rollo que se supone que estamos obligados a experimentar en estas fechas. ¡Cómo si el resto del tiempo no tuviéramos que acordarnos de lo pesados que se ponen nuestros cuñados! En fin. Que es un marrón, os lo juro. Porque en el fondo te da un bajón doble, uno por el porrón de años que se te van echando encima, y otro por la llegada de esos días de celebración en los que siempre echas en falta a alguien –un abuelo, una tía especial para ti– y lamentas no poder intercambiarlos por alguno de los familiares que te sobran en la mesa. 

Lo peor de todo es si coincide en viernes o al día siguiente no tienes que madrugar, porque ya no puedes evitar acabar pasándote de la raya, saliendo hasta las tantas para olvidarte del ingente número de velas de tu tarta y de que no queda nada ya para Nochebuena, y despertarte con un desconocido en tu cama al que ni siquiera recuerdas. Sí. Eso fue lo que me encontré esta mañana, bueno, mejor dicho, casi este mediodía. Despegué los párpados a duras penas maldiciéndome por haberme dejado las persianas abiertas y por poco me da un ataque al sentir un brazo peludo sobre mi estómago. ¿¡Cómo ha llegado esto aquí!?, me pregunté tratando de recordar si había tenido que echar mano a la navaja que llevo en el bolso. Una simple precaución de mujer independiente, aunque mi hermano se encargó de que supiera utilizarla desde que empezamos a ir de marcha por separado. Pero no, todo indicaba que no había participado en ninguna carnicería, el brazo estaba unido a un cuerpo desnudo que emitía evidentes indicios de estar profundamente dormido. 

Es decir, que los ronquidos del individuo en cuestión fueron los que me impidieron seguir durmiendo hasta media tarde. Levanté la sábana para verificar mi grado de embriaguez cuando me lo traje a casa, es decir, si era un verdadero adefesio es que iba fatal. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir a todo un Adonis, sin depilar, eso sí, pero aún encima bien dotado. ¡Y yo no me acuerdo ni de su cara, maldita sea! Fui directa a la ducha refunfuñando, además de preguntándome cómo habría acabado un bellezón de semejante calibre conmigo. Borracho, seguro, pero muy ciego tenía que ir para caer tan bajo… Bajo el agua casi me muero del susto al verlo aparecer en pelotas, porque sin sábana encima todavía estaba más macizo. Entró como si fuera lo más normal del mundo y me metió la lengua hasta la garganta a modo de buenos días. Siguió refrescándome la memoria sobre lo que hicimos, o mejor dicho, convenciéndome para hacerme abstemia a partir de ahora, porque me arrepentiré toda mi vida de no tener ni idea de lo que pasó de madrugada.


“Tienes una piel supersuave”, fue todo lo que me dijo al cerrar el grifo, el suyo porque el otro me costó lo suyo lograr que dejara de desperdiciar agua. “Eso se arregla apretando con una llave Stillson, cómo se nota que vives sola… no te preocupes, en cuanto desayunemos le pongo remedio.” El gordo de Navidad, me cayó a mí y todavía no estamos a 22, pensé hipnotizada por sus iris verdes. Yo lo miraba con ojos de resaca, o de perro apaleado, que viene siendo lo mismo. Recordé la frase de Machado de Assis, sobre Capitu y sus "olhos de ressaca", pero de la del mar, en Dom Casmurro. Nada que ver con los míos, aunque en ese momento me encantaría que tuvieran el poder de atraerlo irremediablemente, de la misma manera que lo estaban haciendo los suyos conmigo.

Mis tripas hicieron eco y me sonrojé como una tonta, me acarició la mejilla dejándome embobada con su sonrisa de anuncio, hasta que se me cayó el alma al suelo. ¡La nevera está pelada, voy a quedar fatal! Pero no. Mi ángel salvador me llevó en brazos a la cocina envuelta en la toalla, me sentó sobre la mesa para que mis pies descalzos reposaran en la silla en lugar de coger frío sobre las baldosas. Y por arte de magia empezó a sacar del frigorífico huevos, jamón, tomate, fruta, yogures y demás, para preparar un brunch en toda regla. Si incluso notaba el ambiente caldeado y todo, y no precisamente por mis sofocos premenopáusicos, alguien se había molestado en encender la calefacción y no había sido yo. 

Estoy soñando, me dije observándolo incrédula moverse entre los fogones y mis alacenas como si llevara haciéndolo toda la vida. Pues no quiero despertarme, y el lunes falto al trabajo si hace falta, me encierro aquí con él y no me importa si acabamos muriendo de inanición, que pienso seguir resarciéndome del hambre atrasada que tengo hasta dejarlo en los huesos. Debió de leerme el pensamiento, porque después de devorar todo lo que preparó hasta rebañar el plato, siguió chupando mis dedos como prolegómeno de lo que vino a continuación, mientras yo me esforzaba por recordar qué deseo había pedido al soplar las velas. ¿Acaso fue que se arreglaran todos mis problemas? ¡Solo falta que me diga que vendrá conmigo a casa de mis padres en Nochebuena! Pero es demasiado bonito para ser cierto, no es posible que me concedan que por una vez no tenga que escuchar la misma cantinela de siempre sobre mi mala suerte para echarme novio.      


De madrugada me desperté aturdida. Tenía sed y noté el estómago vacío. No me extraña, con tanto trajín… Me giré hacia él, pero su lado de la cama estaba frío. Encendí la luz en el acto. Ni rastro de su presencia en mi dormitorio. Su ropa ya no estaba tirada por el suelo y me levanté para comprobar si se había marchado. Había desaparecido del mismo modo que había aparecido, como por arte de magia. ¿Habría sido un sueño? No. Todavía me costaba mantener las piernas cerradas sin sentir calambres. En el fregadero estaban los platos y las cazuelas sin fregar de todo lo que cocinó para mí, y en la mesilla de noche la caja de preservativos vacía. Abracé mi almohada desesperada. Entonces se me encendió la bombilla, y corrí a buscar mi bolso. El móvil se había quedado sin batería, así que tardaría en saber si me había dado su número. Buscando el cargador en el cajón de la entrada, un sobre llamó mi atención. 

“Querida María: 
Este es nuestro regalo de cumpleaños con intereses, es decir, hemos decidido compensarte por todos los años que nos escaqueamos de darte nada porque ya teníamos bastante con pensar en algo para el amigo invisible. Así que puedes tomártelo como que tus amigas se han vuelto invisibles para que tuvieras la cita perfecta. La compra la hizo Sonia, yo me encargué de buscar a Mario y de dejarle mi copia de tus llaves para que la llevara a tu apartamento. Me las devolverá, no te preocupes, que todavía tiene que venir a cobrar… 
                 Te quiero mucho, 
                                         Laura 
P.D.: Como no nos cuentes con pelos y señales todo lo que te hizo no volveremos a dirigirte la palabra.” 


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 7 de diciembre de 2017

La niña que fui


Una inesperada sensación de vértigo se apoderó de mí al ver desaparecer mi carta por la ranura del buzón, imagino que pensando en lo lejos que debería viajar, me acongojaba su desamparo y me aterraba la idea de que no la recibiera. ¿Cuánto tiempo le llevaría llegar a su destino? Acostumbrada a la inmediatez de los correos electrónicos, a los mensajes de los móviles, y a los chats de internet; se me antojaba que una eternidad. En ese sentido no se había avanzado mucho, desde luego, había leído en algún lugar que hace más de un siglo se tardaba apenas un par de días en recibir una misiva desde el extranjero, ¿cómo era posible que ahora no se hiciera más rápido? Por falta de interés, seguramente, tuve que reconocer. 

Yo misma ni recordaba cuándo había utilizado por última vez el correo postal. Tendría que haber sido por algo relacionado con el banco, ¿o sería por culpa de la compañía telefónica? Que me había visto obligada a hacerlo, vamos. De lo contrario iba a lo práctico, a lo rápido, si te equivocas te llega un email en el acto anunciándote el fallo en la comunicación, aunque en este caso sí que tiene ventajas usar el correo tradicional. Un cartero siempre se esforzará por no tener que devolver nada a su remitente, por muy ilegible que sea la letra, o por muy errónea o incompleta que presente la dirección del destinatario. La mía le llegará, me dije más tranquila, harán todo lo posible para entregársela en mano si es preciso, de eso no me cabía la menor duda. Lo que sí me preguntaba era cómo sería recibida, porque me costó lo suyo escribirla.


Hacía tanto tiempo que no me dirigía a él que dudé hasta en cómo tratarlo. “Estimado” me pareció demasiado distante, “Apreciado” un tanto frío, y opté por el clásico “Querido”, además de continuar tuteándolo como hacía antaño. Comencé disculpándome por osar escribirle de nuevo al cabo de tantos años, ¡y a mi edad! Me embrollé en exceso, lo sé, porque se me mezclaban un cúmulo de sentimientos que me veía incapaz de expresar. Necesitaba contarle cuál era mi objetivo, qué buscaba con aquello, y creo que acabé por decírselo de la manera más pueril. No le hablé de la mañana en que me miré al espejo y no me reconocí. Sí, tenía delante las facciones que veo a diario, mis incipientes arrugas, las escasas canas que van clareando mis sienes… era yo, por supuesto, pero me dio la impresión de que me faltaba algo para serlo realmente.

Era una mañana luminosa, la luz que se colaba por los cristales traslúcidos de la puerta provenientes de mi dormitorio alegraban la mortecina claridad del baño. Y en ese momento me di cuenta, en el preciso instante en que un rayo de sol rebotó en el espejo haciéndome entrecerrar los párpados, lo vi. O mejor dicho, no lo vi. Efectivamente, eché en falta ese brillo. Mis ojos habían perdido su brillo característico, y me pareció que no era yo quien me miraba. Entorné la puerta para bloquear el efecto deslumbrante, y observé su reflejo detenidamente durante un buen rato. Pestañeé incrédula, a sabiendas de que ya no había nada que hacer. Lo había perdido. Al mismo tiempo que las ilusiones se me fueron anquilosando, mientras me fui amoldando a la repetición del correr de los días –todos iguales uno tras otro–, sin ser consciente de ello –ahora sí lo soy–, se me empañó también la nitidez de mi pupila. O dicho de otra manera, la rutina se zampó la desmedida curiosidad que ostentaba de cría. 


Todo esto no se lo expliqué, ya digo, convencida de que solo él me entendería sin más, me limité a resumirle mi deseo en una ingenua frase: “Quiero recuperar a la niña que fui.” Un par de sutiles golpecitos en la cadera me despertaron de mi ensimismamiento, me giré aturdida, encontrándome con unos enormes ojos castaños que me miraban fijamente. Su propietario me preguntó esgrimiendo una sonrisa equiparable a la calidez de sus iris: “¿Puedo?”, agitando nervioso su sobre atestado de sellos. Asentí, permitiéndole acceder a la ranura del buzón, sorprendida porque tuviera que alzarse sobre sus talones para introducir su carta. “¿Crees que es necesario ponerle tantos?”, le dije de pronto insegura. “No sé, es que de esas cosas sabe mi abuelo, de sellos y monedas antiguas lo sabe todo, pero como está en el hospital… por eso este año no pido juguetes, quiero que haga que se ponga bueno, para que venga a recogerme al salir del colegio como siempre.” Volví a asentir con cara de circunstancias, y él se encogió de hombros un tanto apenado, continuando con su aclaración.

“¡Total! Últimamente se equivocaba trayéndome regalos que no le pedía, mamá me dice que es que está muy estresado, y es normal que a veces cometa errores… pensé en enviarle una foto del abuelo para que no hubiera fallo, aunque al final le pedí que curara a todos los abuelos enfermos, para que ninguno deje solos a sus nietos.” “Igual es demasiado para él…”, aduje tratando de mitigar su decepción si no veía realizado su sueño. “¡Oh, no, qué va! ¡Tiene que ser pan comido para él! Si es capaz de repartirles juguetes a todos los niños del mundo en una sola noche…” Sonreí entonces con mayor convicción y me devolvió la sonrisa alegre. “¿Te vienes al parque?”, no esperó por mi respuesta y salió disparado hacia los columpios al grito de “¡Tonto el último!” La milésima de segundo que tardé en reaccionar le otorgó una clara ventaja, seguí sus pasos rápidamente sin preocuparme lo más mínimo por el gorro que dejé atrás con mi carrera.   


“¿Tú qué le has pedido a Papá Noel?”, quiso saber elevando las piernas para conseguir igualar la altura que alcanzaba yo con mi impulso. “Ya me lo ha concedido”, admití entre risas notando el calor en mis mejillas pese al intenso frío vespertino. Volvió a abrir los párpados desmesuradamente para fijar sus iris de refresco de cola en los míos, y exclamó procurando alzar su vocecita sobre el chirriar de las cadenas: “¡Caramba, qué rápido! ¿Crees que mi abuelo estará en casa cuando yo regrese?” Mi sonrisa se ensanchó en esa ocasión, iluminando mi mirada y la suya al unísono. De ilusión es de lo que se alimenta el espíritu, y ya no iba a ser yo quien le aguara la fiesta. 


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 30 de noviembre de 2017

El efecto demoledor de las melenas rubias



“A la bandera de Japón”, respondí al instante. Ella ni pestañeó, aunque tardó en pasar de lámina. Si esperas que te diga que se parece a una gota de sangre, vas de lado, bonita, pensé para mí, aguantando con expresión inocente el intenso escrutinio al que me estaba sometiendo en ese mismo instante su implacable mirada. ¿Tienes que poner esa cara de asco?, me dieron ganas de preguntarle, porque el presuntamente se lo estaba pasando por el forro, la muy… Sí, soy culpable, pero todavía no me han condenado, y del doble homicidio justificado al asesinato hay un trecho, ¿o no?

Me tienen frita, casi no he pegado ojo en los últimos… ¿cuántos van? ¿Dos o tres? Ya no me acuerdo ni cuántos días llevo aquí encerrada… y entre los interrogatorios, y esta mierda de examen psiquiátrico… ¡estoy hasta el gorro! Por no decir algo peor… y todo por culpa del abogado de oficio que me han puesto, que va y alega enajenación mental. Por inercia, o por simular que entiende de leyes, supongo, porque –como ya le había explicado yo antes– lo hice conscientemente, vamos, ¡con alevosía de esa y todo, vaya! Lo que no me dieron fue margen a meditarlo demasiado, a pre- menos porque los cogí in fraganti. Ya hasta me sé las palabrejas esas que se usan en estos casos, tanto ver series es lo que tiene, de todo se aprende en esta vida... 

Y ahora toca la típica mancha, claro, no podía faltar… o sea, que en las películas no se inventan nada, porque ¡anda que no la habré visto ya veces! Me tomo mi tiempo, solo para fastidiarla, en realidad, porque sé perfectamente lo que tengo que responder. La verdad es que la han clavado, porque es exacta a la de las fotos de la escena del crimen que me estuvieron enseñando durante horas el par de inspectores de policía que no paran de darme la murga desde que me detuvieron. Allí me encontraron dos agentes novatos diría yo, porque al que me apuntó con el cañón de su HK de 9 milímetros parabellum le temblaban las manos, y al otro –que hasta parecía adulto y todo– las rodillas.


“Cuidado con la pistola, hijo, que aun vamos a tener un disgusto”, le dije al chaval entregándole la mía por la culata. Ese fue mi error, tardar demasiado en salir pitando de allí. Perdí la noción del tiempo, al quedarme ensimismada observando la mancha de sangre que se extendía paulatinamente sobre la sábana blanca. No pude evitarlo. Me recordó a ella de cría, cuando andaba correteando por el pasillo con su maillot de ballet y las alas de hada que le había comprado mamá encantada. Ganas de vomitar me daban al verla. Yo soy seis años mayor y ya era adolescente, pero de niña jamás me dejé disfrazar de princesita como ella. Siempre fui la preferida de papá por eso. En aquella época además estaba de moda el grunge y ni siquiera me peinaba, ni me miraba al espejo antes de bajar a la calle. Sus gritos me llegaban al portal: “¡Mariano, es que nunca vas a decirle nada!”

No hizo falta. En cuanto conocí a Raúl cambié radicalmente. Consciente de que si quería que se fijara en mí tenía que parecerme a las chicas emperifolladas con las que solía salir. En cuanto se dejó con su última novia me lancé. Ni me preocupé por cortarme la melena recta. Me la recogí en una coleta y me presenté ante él con la cara lavada, y aquel vestido de punto ajustado que ni me había dignado a estrenar. ¡A quién se le ocurre regalarme algo malva! Solo a mi madre, claro. Pero gracias a ese vestido lo conquisté. Y a que me lo quitó en el baño de chicos de su facultad para hacérnoslo allí mismo de pie también, por supuesto.

Yo fui la primera asombrada de que quisiera casarse conmigo. Hasta mis padres me preguntaron si estaba embarazada. Imagino que estaría harto de vivir con los suyos y prefirió no irse solo. O utilizarme también de chacha, porque lo que es en casa no hace nada. O hacía, mejor dicho. Dejó derecho porque no era un lumbrera precisamente, y yo terminé magisterio sin demasiada ansia, aunque tampoco me sirvió de mucho. Él con su planta acabó como guardia de seguridad, y yo con mi suerte en una fábrica de repuestos de automóvil, haciendo turnos de tarde o noche. Hasta ahí todo más o menos bien. O eso creía yo.


¿Hoy no es jueves? ¡Sí! ¡Maldita sea! ¡Y yo que tenía vez para hacerme la cera! Bah, total… para el caso que me hacía últimamente… Fue por eso que empecé a sospechar. Que no le apetecía, que estaba cansado. ¿De qué?, me preguntaba alucinada, si siempre se quejaba de la de horas que se pasaba papando moscas. ¡Y encima si me tocaba turno de tarde no me tenía ni la cena lista al volver! No es que antes cocinara para mí, simplemente encargaba algo al chino, o bien lo cogía por el camino de vuelta en cualquier sitio de comida rápida. Él fichaba a las ocho y yo no llegaba hasta pasadas las once. Más de tres horas para hacer lo que le diera la gana. Así que tenía que enterarme de a qué se dedicaba en mi ausencia. Porque estaba claro que algo había cambiado.   

Y un buen día le mentí. Le dije que tenía tarde cuando no entraba hasta las diez y me planté delante del edificio en el que trabajaba media hora antes de que saliera. Cuando la vi aparecer a buscarlo no me lo podía creer. ¿Será que no hay hombres en el mundo como para que tenga que escoger a mi marido? ¡Y él! ¡Menudo cabrón! ¡¿Será que no hay mujeres en el mundo como para que tenga que fijarse en mi hermana pequeña?! Nunca la soporté, pero en ese momento la odié con toda mi alma. Ella que era justo lo contrario que yo, va y se opera de arriba abajo. El pack completo: nariz, tetas, y liposucción. Ah. Y se tiñe de rubia platino. Eso tuvo que ser fundamental para que se obrara el milagro, digo yo, porque todavía no me lo explico. ¡Si siempre fue más fea que pifio y él se burlaba de ella sin parar!

Habría que hacer un estudio en profundidad sobre el efecto demoledor de las melenas rubias sobre los hombres. ¡Ese sí que tendría interés real, y no la estupidez de análisis que me está haciendo a mí la loquera esta! Me quedé de piedra, lo reconozco, al verlos juntos. Aunque tuve que recuperarme enseguida para no perderles la pista. Casi me da algo al seguirlos hasta casa. ¡En nuestra cama se lo hacía con ella, el muy…! Me mordí la lengua para no llamarle de todo desde mi escondite. Esperé cinco eternos minutos para cogerlos en el ajo, no más porque él es como Billy el Niño –el pistolero más rápido del Oeste–, por mucho que se creyera un crack en cuestiones de sexo. 


En el recibidor me sorprendió ver el cinturón colgado del perchero, con su Astra del 38 enfundada y sin el seguro puesto, si siempre la guardaba en el cajón de la consola sin munición después de limpiarla... Claro, con las prisas debió de optar por hacerlo después. Mejor para mí, pensé ensanchando la sonrisa. Sus asquerosos ruiditos provenían del dormitorio y me alegré de que ayudaran a amortiguar el de mis pisadas. A él le acerté por la espalda en pleno corazón, nada más abrir la puerta. ¡Benditas clases de tiro a las que insistió en apuntarme! Contenta de poder destrozarle lo mismo que él acababa de romperme a mí. La bala fue a incrustarse en una esquina del cabecero y él cayó de bruces sobre ella. Hacía apenas un segundo ella estaba gimiendo de placer y de repente se puso a chillar igual que un gorrino consciente de que lo llevan al matadero. Como una cerda, vamos, lo que es. O era, mejor dicho. 

Me subí a la cama para contemplar de cerca a la zorra de mi hermana. Así despatarrada, abierta de piernas con su amante desangrándose sobre sus tetas de plástico. “No te ha dado ni tiempo a amortizarlas, bonita”, le dije disparándole a bocajarro. Entre ceja y ceja le planté el plomo sonriendo de oreja a oreja. “A una mariposa”, aseguré reprimiendo la sonrisa que afloraba a mis labios al rememorar la escena. “¿Está segura de que esta mancha le evoca eso?”, preguntó fría como un témpano, centrando sus duros ojos en mis facciones para no perder ni el más nimio detalle de mis reacciones. “Claro, las mariposas siempre me han parecido preciosas”, afirmé imitando la cara de gilipollas que ponía mi hermanita cuando lo decía, mientras papá y yo nos mirábamos reprimiendo las arcadas. 

     by Eva Loureiro Vilarelhe




   

jueves, 23 de noviembre de 2017

Me muero de miedo


Noto la claridad a través de mis párpados. Ayer mamá olvidó cerrarnos la persiana. En realidad no estaba para esas cosas. Hecha un trapo la dejó, debe de haberse quedado dormida tirada en el pasillo. Manu duerme todavía. Al escuchar su tranquila respiración me da la sensación de que todo ha sido un sueño. De que la locura de anoche fue tan sólo eso. Una pesadilla. Pero al frotarme los ojos siento mis brazos doloridos. Seguramente me habrá dejado marcas. Como de costumbre. También me duele la barriga. Aunque eso es porque no pudimos ni empezar a cenar. 

Sentimos cerrarse la puerta de entrada de un portazo y mi hermano corrió a esconderse a nuestro cuarto. Ahora ya lo hace siempre por si acaso. Primero se mete en el armario y, si después de un buen rato no oye gritos, sale. Aparece en la cocina y le miente, disculpándose porque estaba en el baño. Mentir. Es lo que llevo haciendo desde que sé hablar. "Es que mi madre se ha caído por las escaleras, y a mí tuvo que agarrarme papá para que no me cayese detrás." Ya lo repito sin inmutarme, y Manu calla chupándose un dedo porque se pone nervioso. Pero es que la verdad es tan difícil de admitir que preferimos mentir. Mentir antes que admitir que nuestro padre es lo que es. Un monstruo.

Manu bosteza y me mira fijamente. No estoy seguro de que esté completamente despierto. Le sonrío y se echa a llorar. Entonces me meto en su cama y lo abrazo. Intento que se calme para que no lo oiga. Sino igual comenzamos tan mal el día como lo acabamos ayer. Le susurro la nana que me solía cantar mamá de pequeño. Él ya no tuvo esa suerte. Ni siquiera puedo decir cuándo fue la última vez que la escuché reír. Tampoco soy muy consciente del momento en que empezaron a torcerse las cosas. 

En el álbum del salón hay algunas fotos en las que estamos ella y yo con papá, los tres sonrientes. Mucho antes de que naciese Manu. Mucho antes de que se pudiesen grabar esas imágenes en mi memoria, porque a él lo recuerdo siempre enfadado. O durmiendo. Los días que se queda dormido más de la cuenta nos da un respiro. Procuramos hablar muy bajito y aprovechamos para acurrucarnos con mamá en el sofá. Dándole besos abrazados a ella, intentando no tocarle donde le duele. Por una vez descansando despreocupados. 

En cuanto se levanta regresamos a nuestros puestos. Mamá a la cocina o a limpiar, y nosotros a nuestra habitación. A fingir que hacemos los deberes, mientras aguzamos el oído para comprobar qué nos espera. Si está de buenas, con suerte no lo vemos hasta la hora de la cena. Si está regular, le grita insultándola por esto o lo otro, le da igual. Si está de malas, me echo a temblar. Porque jamás sabemos lo que puede pasar. 

Me aterroriza pensar en que llegue a matarla. O que me mate a mí por meterme en el medio, como hago cuando está tan fuera de sí que no se da ni cuenta de que va a acabar con ella a palos. Y no lo entiendo. No me explico cómo le pega tanto diciendo que la quiere. Si eso es amor, prefiero que no me quieran nunca. Pero eso no es amor. Amor es lo que siente nuestra madre por nosotros. A pesar de que no se quiera a sí misma lo suficiente como para librarse del monstruo que nos está destrozando la vida. A veces la odio por eso. Porque por su culpa papá en una de estas va a tomarla con nosotros dos. Y me muero de miedo, temiendo que un día acabe devolviéndole cada uno de los golpes que arruinaron mi infancia. Porque si llega ese día, no lo cuenta.    


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 16 de noviembre de 2017

Como me llamo Ana



Bliss, bliiisss. Una suave ráfaga de brisa marina revuelve los mechones rebeldes que se resisten a sujetarse en mi improvisado moño sujeto con una pinza. Insisto en retenerlos en lo alto de mi cabeza y retiro con cuidado el que se ha quedado enredado en mis gafas de sol. Las risas de los niños resuenan en la orilla, soy capaz de identificar la de los míos desde donde estoy, pese a que apenas los distingo del montón de críos que corretean por la playa. La mayor ha hecho migas con otra chica de su edad que se aloja en el hotel, y las veo agachadas observando una estrella con inusitado interés. Me sorprende gratamente, ya que nada parece digno de su atención de un tiempo a esta parte, y me recuesto de nuevo en la toalla con placentera parsimonia, tras comprobar de reojo que el socorrista no les quita la vista de encima desde su silla-pedestal. 

Bliss, bliiisss. Fernando ronca ya a pierna suelta a mi lado y me da la risa al escuchar uno de sus característicos bufidos. Me incorporo para verle la cara, a no ser que estire el cuello en modo jirafa su abultado vientre me lo impide, y prefiero verificar si tiene puesto el gorro. El sombrero de paja que se compró nada más llegar para cubrir su incipiente calva le cubre parte del mentón dejando al descubierto su coronilla. Se lo retiro con cuidado de no despertarlo y decido aplicarle más protector solar antes de que se ponga colorado. Hace un par de días que vinimos y yo ya tengo marcas del bikini. Mejor prevenir que curar. Él es muy moreno, pero el chico de la farmacia me advirtió que en el Caribe se puede coger una insolación casi sin querer. Su abundancia de vello en el pecho me hace cosquillas en los dedos, y recuerdo la escena de anoche sonriendo ensimismada.

Bliss, bliiisss. No me extraña que adelgace cuando estamos de vacaciones, aparte de porque no le queda tan a mano el bar de enfrente de su oficina –las apetecibles tapitas que se toma de aperitivo son las culpables de que luzca cintura de luchador de sumo–; es que apenas le dejo pegar ojo por las noches. Yo me quedo roque en cuanto acabamos, pero él a partir de determinada hora se desvela y no coge el sueño hasta bien entrada la madrugada. Eso sí, a él tampoco le parece nada mal que nos desquitemos de lo poco que lo hacemos por semana. Entre lo cansado que vuelve de trabajar y lo frita que me quedo yo en cuanto cojo la cama… Además, me encanta que mientras desayunamos me susurre que estaba muy guapa durmiendo, tosiendo con disimulo para que no lo escuchen los niños.


Bliss, bliiisss. Aprovecho los restos de crema para extenderlos por mis pantorrillas y vuelvo a echar una visual hacia la orilla. Javier está construyendo una fortaleza con la ayuda de su nueva pandilla, mientras Blanca pasea charlando con su amiga. ¿Cómo se llamaba? ¿Marta? Sus padres nos han invitado a cenar con ellos, al atardecer hay un festival en el pueblo y les parece que no debemos perdérnoslo. Antes iremos a dar un paseo en barca, Fer quiere echarse a bucear a ver si le mete el gusanillo a Javi. Blanca ni loca, en eso se parece a mí. ¡Qué día tan precioso está, por favor! ¡Menuda sensación de relax! La arena blanquísima impoluta brilla bajo este maravilloso sol, y el cielo está tan azul que se refleja con hiriente nitidez en las aguas cristalinas. 

Bliss, bliiisss. Moooocccccc. El bocinazo me coge desprevenida y salto enseguida “¡Serás capullo!” “¡Mamá!”, Javi me reprocha la actitud grosera desde el asiento trasero. “Lo siento, hijo, recuérdame que meta un euro en el bote de los tacos al volver a casa.” Un embotellamiento infernal nos tiene retenidos desde hace más de diez minutos y no me he fijado en que el semáforo se ha puesto en verde, solo veía el azul de aquel cielo… ¡qué le voy a hacer! Yo también tengo prisa, pero preferiría seguir relajándome en el Caribe, será… mejor no lo repito, o de lo contrario me voy a quedar sin cambio en la cartera. “A este paso no llego a inglés”, apunta risueño sin rastro alguno de pena. “Y tu hermana me va a matar por tenerla más de media hora esperando en el conservatorio…”, refunfuño a sabiendas de lo que me espera.

Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. El sensor del limpiaparabrisas aumenta la cadencia al notar que por fin acelero. “Si quieres pasamos antes a buscarla a ella, total, cinco minutos más o menos… Helen me va a reñir igual por retrasarme.” Lo observo por el retrovisor antes de dar la curva y decido hacerle caso, giro a la derecha. Abre los ojos de par en par asombrado. “¿Mamá?” “¡Hoy no vas!”, el cielo encapotado apoya mi decisión y me echa un cable descargando su malhumor sobre la ciudad. “Con este diluvio será mejor que recoja a Blanca y nos tomemos un chocolate caliente en la cafetería de la esquina, ¿qué te parece?” Sus exclamaciones de júbilo no se hacen esperar.


Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. El repentino aguacero desata escenas de pánico entre los viandantes en busca de abrigo bajo los soportales, y el tráfico se congestiona todavía más. A estas alturas ya tendría que haberlo dejado a él en la academia, Blanca debería estar sentada a mi lado sin hablarme de camino a su clase de danza, y yo empezando a volverme loca para encontrar sitio donde aparcar lo suficientemente cerca de los dos sitios, para no empaparme al ir buscarlos pese a estar bien provista de paraguas. Me niego. Mi nariz está más atascada que esta maldita avenida y llevo sin tomarme un respiro –nunca mejor dicho– desde las siete de la mañana. Además, Javi odia ir a más clases después de pasarse tantas horas en el colegio, y Blanca va por inercia, supongo que cualquier excusa es buena con tal de no tenerme delante.

Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. Parece que amaina, a ver si puedo recogerla sin que se le moje el violín, sino se pondrá furiosa. De hoy no pasa, esta noche hablo con Fer. Con el dinero que nos ahorraríamos de todas estas inútiles actividades extraescolares podríamos irnos por ahí algún fin de semana. Los niños están tan estresados como nosotros, se aburren con lo que sea que hagan, y se pasan el día encerrados entre cuatro paredes. Mejor me los llevo de paseo las tardes que tenga libre, llueva o nieve. Blanca va a estar de morros de todas formas, así que por lo menos Javi se lo pasará en grande. Y las próximas vacaciones nos vamos al Caribe, como me llamo Ana. O a las Canarias. A un paraíso de esos que nos haga olvidarnos de nuestra rutina durante una semana, que ya estoy harta de imaginármelos, quiero deleitarme de una vez por haber estado allí. O mejor quince días. Como me llamo Ana que vamos.


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 9 de noviembre de 2017

Poco importa ya



Acabo de ser abuelo por segunda vez. Rosalinda le pusieron, y se me hizo un nudo en la garganta al verla. “Como lo repites tanto últimamente… nos gustó”, me explicó mi nuera y le sonreí emocionado. A la mayor quisieron llamarla como mi difunta esposa. Mi hijo puso a la venta mi piso y me llevaron a vivir con ellos en cuanto los médicos sentenciaron que estaba empezando a perder la cabeza. Mi nuera es huérfana desde muy joven, por eso me trata como si fuera su padre, aunque sé que a veces no me doy ni cuenta. Por eso cuando estoy lúcido le insisto en que es demasiado buena conmigo.   

A finales de octubre les dije que quería volver a México, me miraron creyendo que era otra de mis crisis, y no tuve más remedio que explicarme. “Allí conocí a Rosalinda. El Día de los Muertos tengo que honrar su memoria, antes de que la mía se apague definitivamente.” No quisieron dejarme solo, durante el vuelo me vi obligado a contarles la historia, los que sufrimos mucho en el pasado no solemos hablar de él, y yo tampoco es que sea hombre de muchas palabras. 

Era la hija del dueño de la hacienda en la que trabajé poco más de un año, para pagarme el billete de vuelta a la costa gallega que me vio nacer. Su padre me entregó una carta de recomendación, apenado por tener que desprenderse de su mejor capataz. De haber sabido lo nuestro dudo que hubiera sido tan generoso. O tal vez sí, porque muchos años después me escribió para contarme que su hija se había quitado la vida el mismo día de su boda de camino al banquete. Solo yo entendí por qué lo hizo, o quizás él lo fue intuyendo con el tiempo; o bien, rebuscando con nostalgia en su habitación cualquier recuerdo que le avivara su presencia, encontró algo que le llevó hasta mí, y creyó que tenía derecho a saberlo.  

Entonces no pude llorarla, mi esposa estaba a punto de hacerme padre y no quise preocuparla. Me guardé lo que sentía, aunque a mí no pude engañarme. El amor que me inspiraba aquella dulce criatura era sincero, y me aferré a eso tratando de no olvidarlo jamás. Amé a la compañera de mi vida por comprenderme sin necesidad de palabras, las mujeres siempre saben más de lo que dicen saber. Hace poco la enterré consciente de haber perdido a quien mejor me entendió, incluso mejor que yo, porque hasta el padre de Rosalinda se dio cuenta de que la amaba más de lo que me reconocía a mí mismo.  

Era un hombre trabajador y austero, pese a ser el propietario de la plantación de caña de azúcar más grande de los alrededores. Su única hija tenía catorce años cuando la conocí, quince recién cumplidos cuando se mató. No me llamó demasiado la atención, a mis veintidós años me pareció una cría. Poco pecho y estrechas caderas, sedosa melena negra por la cintura y largos vestidos en colores claros que le cosía su madre. Supongo que fue eso lo que me cautivó, el contraste con su bonita tez morena y la curiosidad con la que me escrutaban sus ojos oscuros. Imagino que a ella le sucedió lo mismo, fueron mi piel blanca e iris azules los que hicieron que se fijara en mí. 


Nunca le hice caso al ser la hija del patrón, estaba allí para trabajar y tampoco me relacionaba demasiado con los demás. Los encargados y toda la cuadrilla solían emborracharse en la taberna al acabar la jornada, yo prefería la cerveza al tequila, no seguía su ritmo y me retiraba antes a dormir. Precisamente fue en mi cama donde me la encontré desnuda la víspera de mi partida, llegué más tarde de lo habitual, insistieron en despedirme como es debido y se había dormido entre mis sábanas. Me quité la camisa y se la puse para no tener a la vista su virginal belleza, se despertó entre mis brazos e intentó besarme, pero se lo impedí. Noté el dolor que le produjo verse rechazada y le acaricié la mejilla. “Estás prometida, y yo me voy mañana.” “Quiero que seas tú, no me gusta el que me han buscado mis padres.”

Estuve tentado, la verdad, aunque no lo hice. Supongo que la quería demasiado como para desflorarla y marcharme después sin más. Así que me convertí en Sherezade por una noche para entretenerla hasta el alba, contándole la única historia que sabía. La mía. No volví a relatársela a nadie, y ella fue la primera que la escuchó. Sus bonitos ojos negros abiertos a más no poder, al conocer mis vicisitudes hasta que su padre me ofreció trabajo. Se llevó mi camisa al amanecer, y el beso que me suplicó que le diera. Eso no pude negárselo, su piel desprendía el atrayente olor de la vainilla que ayudaba a recolectar con las demás mujeres en la hacienda. Su boca cálida me dejó sin aliento poniendo de manifiesto sus deseos, y tuve que redoblar mis esfuerzos para reprimir los míos.

Con mi hijo y mi nuera no entré en tantos detalles, porque me perdí entre los recuerdos y no conseguí expresar todos los que revoloteaban por mi mente. Por las calles abarrotadas el estallido de color se confundía con la algarabía de la música y los disfraces, me dejé llevar mezclándome entre la masa de gente que celebraba la muerte. Doncellas bailaban y cantaban por doquier, transportándome a un pasado que ya no se me antojaba tan lejano. De repente una de ellas me asió del brazo, la reconocería entre un millón pese a la máscara de maquillaje, su preciosa melena recogida adornada con flores. “Sabía que cumplirías tu promesa”, me susurró al oído. Me extrañó que fuera capaz de ver a su amor de antaño bajo mi decrépito aspecto. “¿Todavía me recuerdas?”, conseguí decirle a duras penas. “Cómo olvidar esos ojos…”, volvió a musitar acariciando mis arrugas con sus finos dedos. Y la besé.

Sus labios se descompusieron entre los míos, confundidos en medio del ensordecedor festejo que nos rodeaba, hasta que una luz brillante me cegó. “Fallo cardíaco, no pudimos hacer nada”, dijo el doctor saliendo del quirófano y lo seguí curioso por saber qué ocurría. Mi hijo lo miraba más pálido que nunca. ¿Mi corazón no late?, me pregunté extrañado, pues me sentía más ligero que nunca, como si me hubiera quitado un enorme peso de encima. A mi nuera le corrían las lágrimas por las mejillas con la pequeña en brazos, le acaricié la cabecita al pasar, procurando no interrumpir su siesta, sonreía en sueños. La mayor me miró sorprendida exclamando: “¡Abuelo, eras mucho más guapo de joven!” “Cuida de ellos por mí”, le dije a modo de despedida guiñándole un ojo, y me aferré a la mano que me obligaba a alzar el vuelo. Poco importa ya que sus cabellos me olieran a moho, o que su beso me supiera a tierra removida, porque ya no lo noto. Ahora ella vuelve a ser la preciosa adolescente de la que me enamoré perdidamente en mi juventud, y yo aquel chico que puede al fin hacerla suya para siempre. ¡Qué digo, para siempre…! ¡Para toda la eternidad!

by Eva Loureiro Vilarelhe 

  



jueves, 2 de noviembre de 2017

¡Va por ustedes!



Pese a que las corridas llevaban años prohibidas, la plaza continuaba suscitando interés por su fachada de mampostería color calabaza adornada de filigrana mozárabe. El ayuntamiento decidió seguir haciendo caja permitiendo las visitas al público, o realizar conciertos multitudinarios de estrellas del pop a las que les parecía cool cantar allí. O incluso que el director rarito de moda pusiera en escena la enésima adaptación del Don Juan Tenorio, la misma noche de Difuntos. Subida de tono, eso sí, para espolear a los críticos teatrales y que el morbo estuviera servido, todo con el afán de colgar el cartel de “NO HAY ENTRADAS”.

Los actores agradecieron que el efecto invernadero mantuviera las temperaturas al alza y que, por descontado, no lloviera. De lo contrarío se les haría más duro subirse a un escenario a la intemperie tan ligeros de ropa, rayando ya noviembre. Ni que decir tiene que el éxito estaba asegurado de antemano, el calentón previo en todos los medios locales ayudó a que los espectadores aplaudieran a rabiar nada más caer el telón. Es un decir, claro, porque no había cortinaje alguno y simplemente se apagaron las luces. El apoteósico efecto final fue casual, la luna llena –cual cañón expresamente dirigido hacia ese punto– iluminó a la pareja protagonista, desnuda y hecha un ovillo sobre la tarima. Y la ovación no se hizo esperar, con el coso al completo en pie. 

Borracho de alabanzas en aquel caldeado ambiente, el actor principal se desmaquillaba a solas sin prisas en el camerino improvisado en la antigua enfermería. Los tramoyistas le habían advertido que se quedaría a oscuras, pero no le importó. Esperaba a la actriz que sustituía a Doña Inés, una joven bastante más agraciada que la elegida como protagonista, aunque con menos talento y experiencia sobre las tablas. “Yo que tú me largaba antes de las doce”, le advirtió uno de los técnicos de sonido que cerraba la comitiva. “¡Paparruchas!”, le hacía gracia esa palabra –la usaba siempre que podía–, y ahora le venía al pelo. “¿No irás a decirme que crees en esas historias?” El otro se encogió de hombros haciendo un mohín. “Prefiero no tentar la suerte.” “¡A mí de eso me sobra!”, se jactó el galán, y su carcajada se confundió con el estruendo del motor del camión.

La chica apareció armada con la linterna del móvil, le temblaban las piernas y se quejó de que no la había avisado de que ya no quedaría nadie. “No sabía que te gustaría tener mirones, lo tendré en cuenta la próxima vez…”, le dijo él desnudándola con la mirada, y acto seguido se lanzó a hacerlo con las manos. Era tan fácil como insinuarles que podía conseguirles un papel mejor, pan comido, teniendo en cuenta que las remataba con su estudiada y arrebatadora caída de ojos, que resaltaba más si cabe sus llamativos iris azules. En toda su carrera, tan solo un par de chicas no habían accedido a sus deseos. Lesbianas, seguro, se decía él altivo, incapaz de reconocer que tuvieran principios, o que fueran más de dos, ya puestos. 


Ella se apresuró a salir de allí antes que él, aparte de porque aquel sitio le daba escalofríos, no quería retrasarse demasiado en llegar a la fiesta que daba el director en su ático, para celebrar por todo lo alto –nunca mejor dicho– que se había convertido en el enfant terrible del momento. Sería el lugar idóneo para hacer contactos –o liarse con alguien todavía más importante–, no se fiaba demasiado de que fuera a sacar algo en limpio del reciente revolcón. En fin, qué se le iba a hacer, al menos este estaba lo suficientemente bueno como para que mereciera la pena abrirse de piernas. 

Él continuó con su parsimonia característica, mejor si se retrasaba más de lo normal, todo el mundo estaría pendiente de su llegada. Incluso el director, que bebía los vientos por él, y él se dejaba querer, qué más le daba si le metía mano mientras pasaban el texto en su despacho, o entre las sábanas… Todo sea por amor al arte. Al suyo, claro. El grito desgarrador de la chica lo escuchó subiéndose los pantalones, y todavía se abrochó los botones de su camisa negra entallada con calma. “Una araña se le enredó en la melena, apuesto lo que sea”, dijo en voz alta ante el espejo recordando las gruesas telarañas que adornaban los altos techos, poniendo cara de interesante como cuando acudía a un casting. Le gustaba alardear de su temple en situaciones de peligro, si pudiera hacer una de acción en el cine no querría que lo doblaran en las escenas de riesgo. 

Los aplausos lo cogieron desprevenido y apuró un poco el paso adentrándose en el callejón. No dio crédito a lo que veían sus ojos. La plaza volvía a estar igual de abarrotada que durante la función, solo que su aspecto se le antojó bien distinto. Quizás es por el brillo de la luna, pensó admirado de que toda aquella gente tuviera un extraño halo plateado. ¿Estaré favorecido?, eso era lo más importante. Al acercarse se admiró de sus ropas, la mayoría pasada de moda, muchos hombres con boina de visera y puros humeantes, algunas mujeres con peineta y mantilla. Parecía tan real que era imposible que fuera un sueño, ¿serían los extras de otra representación de la que no tenía noticia? De serlo, estaban muy metidos en su papel, porque aplaudían, vaya si aplaudían. Solo entonces se fijó en el animal. El toro más grande que había visto en su vida daba la vuelta al ruedo al son de los vítores.

¿Será posible que le estén aplaudiendo al bicho?, se preguntó asombrado, y a continuación vio al torero aproximarse al burladero. Su fina estampa favorecía la apostura con que caminaba, igual que él –experto como era en la materia–, dejando constancia de la elegancia con que se movía ante su entregado público, su traje de luces refulgía bajo la luna llena. 
— ¡El figura nos honra al fin con su presencia! — dijo a viva voz dirigiéndose a él, y buena parte del tendido prorrumpió en carcajadas, el resto no lo hizo porque no llegó a oírlo.
Sonrió sin venir muy a cuento, confundido como estaba por no entender a qué demonios venía todo aquello.
— Aquí tiene —le dijo tendiéndole un par de banderillas.
— ¿Qué quiere que haga con esto? —consiguió preguntar a duras penas, su arrojo para las escenas de acción parecía mermar en ese momento.
— Ya sabe, ¡clavárselas! —le indicó al morlaco con el mentón.
— ¿Y-… y-… yo? —balbuceó sin rastro de valor alguno.
— ¡Claro, hombre, no se me achique ahora, con lo bien que le salieron las dos faenas!
— ¿Cu-… cuáles?
— ¡La de la obra de teatro esa, hombre! ¡Y después con la chica… ya me entiende! —le guiñó un ojo cómplice y él trago saliva asiendo las banderillas.
— Pero… ¿no iré a hacerle daño? —su pregunta iba más bien por el miedo que tenía de salir al ruedo a enfrentarse a ese pedazo de monstruo, aunque algo le decía que era mejor hacerlo, la mirada torva de aquel torero no le hacía ni pizca de gracia.
— ¿Daño? ¡¿Pero cómo va a hacerle daño si ya está muerto?! —las carcajadas del público no se hicieron esperar— ¡Si no es más que un ectoplasma, hombre! ¡Ea, un fantasma, para entendernos…! ¡Como el resto! —el matador fue quien prorrumpió en carcajadas esta vez— ¡No me sea cobarde, y compórtese! ¡Salga ahí con dos coj…! 
Los vítores ahogaron su última frase, lo cogió por el hombro para sacarlo de detrás del burladero entre la fervorosa ovación de los asistentes, ahora era a él a quien le temblaban las piernas al verse sobre la arena.
— Pero antes, repita conmigo: —le dijo en un susurro blandiendo su montera para saludar a sol y a sombra— ¡Va por ustedes!
— ¿Va por ustedes? —le preguntó en el mismo tono de voz.
— ¡Sí, hombre, pero grite más, sino no le van a escuchar en los palcos! ¿No ve que ambos nos debemos al público? ¡Ni que fuera un principiante, ea!
Su orgullo se resintió ante ese comentario y recuperó en parte la compostura, se irguió adoptando un aire triunfal y alzó una mano, sosteniendo las banderillas con la otra.
— ¡Va por ustedes!
El torero, sonriendo satisfecho como si estuviera orgulloso de su pupilo, le dio un par de palmadas en la espalda, al mismo tiempo que los espectadores jaleaban para que se reanudara la función de una vez.

El toro se encontraba a bastante distancia, al sentir el griterío se giró hacia el que osaba entrometerse en su territorio. Bramó pateando el suelo, y se lanzó en dirección al aterrorizado galán venido a menos. Este alzó las banderillas sobre su cabeza, como si aquello fuera a proporcionarle algún tipo de protección. “Coja carrerilla”, le aconsejó el matador a pocos pasos de él blandiendo su capote. Obedeció pese a que el tembleque le hacía doblar las rodillas al correr, y –a punto de cruzarse con el toro–, separó la vista para no ver cómo lo embestía. Y entonces la vio. Completamente despanzurrada en un lateral. 


Su espalda permanecía erguida de milagro contra las tablas, una pierna por un lado, la otra girada de manera grotesca, todo indicaba que se la habían seccionado a la altura de la femoral y colgaba de un resquicio de pellejo. Clavado en la raíz del cabello tenía el estoque del torero, como si aquel, jugando a dárselas de Guillermo, no hubiera alcanzado la manzana por los pelos, nunca mejor dicho. Por eso estaba todavía levantada, porque sus sesos se desparramaban por doquier cual caramelos de una piñata reventada. No pudo evitar vomitar tras reparar en el macabro espectáculo, lo que propició que bajara los brazos y se clavara la parte trasera de la banderilla en uno de sus preciosos ojos. 

El globo ocular entero saltó al ruedo sin tanto miedo como su propietario. Los aplausos se reduplicaron –silenciando sus aullidos de dolor–, los pañuelos blancos se multiplicaron en los asientos, y el torero hizo los honores. Le cortó una de las orejas de cuajo, antes de que se diera cuenta siquiera de que el toro había esquivado con arte su cuerpo, antes de precipitarse al suelo.
— ¡Bartolo, remátalo! —lo increpó el matador, y al astado se le adivinó una especie de sonrisa en sus ojos de azabache.
Utilizó su cornamenta para alzarlo sobre su cabeza, el actor volvió en sí en mal momento, porque uno de sus pitones le rajó el abdomen y la fuerza de la gravedad propició que sus intestinos brotaran de golpe, en vano trató de sostenerlos. Fue a caer justo junto a la chica desvencijada, destripado, tuerto y sin oreja, esperaba el golpe de gracia sin miedo ya, consciente de su destino. 
— ¡Espera, Bartolo! —el toro frenó en seco y se giró hacia el torero— Que vea para lo que se ha construido este templo, ahora que ya sabe lo que les espera a los que lo profanan…

El maltrecho galán había perdido demasiada sangre para aguantar la demostración al completo, le dio tiempo a presenciar unas cuantas verónicas de “El Niño de la Estampita”, y poco más, antes de que su único ojo se cerrara para siempre. Escasos minutos después de rayar el alba la plaza quedó desierta, tan solo la difunta pareja yacía junto a un burladero haciéndose compañía en su desgracia. En el coso resonaba el eco de una conversación entre otra pareja fallecida hacía mucho más tiempo. 
— ¡Ay, Manolo, lástima que no podamos comernos a Bartolo después de la lidia! ¡Con lo que echo de menos el guiso de rabo de toro! 
— ¡Mujer, no digas eso, con el cariño que le he cogido yo ya al Bartolo…! ¡Además, ahora tampoco podrías ni catarlo!
— En eso llevas razón, Manolo, aunque mi culo sigue igual de gordo pese a no probar bocado… 
— ¡Mejor, que así es que como a mí me gusta, Paca!
Y el manotazo que le propinó en el trasero resonó en el albero de camino a los toriles.
  

by Eva Loureiro Vilarelhe