jueves, 27 de abril de 2017

Tengo un sueño


“Mi sueño...”, se me escapa en un susurro olvidando que no estoy sola. La señora levanta la vista y me mira fijamente, “¿Tienes sueño, querida? No me extraña, a saber a qué hora te has acostado ayer, jejeje. ¡Ay, juventud divino tesoro...! ¡Qué bien hacéis! ¡Aprovecha ahora! Mientras el cuerpo aguante... Hazme un favor, anda, tráeme una talla menos del pantalón, porque los vaqueros después ceden y no quiero que me queden flojos.” Asiento sin comentar nada, forzando una sonrisa al reparar en el botón a punto de reventar, incapaz de contener la lorza que le sobresale en la cintura. Antes les comentaba algo, ahora ya he aprendido, es inútil. Si quieren seguir vistiéndose como quinceañeras a los cincuenta, allá ellas. Yo ni mu, les traigo lo que piden y si me preguntan mi opinión miento, ¿qué voy a hacer sino? Mi madre les soltaría cuatro frescas, en plan, señora, haga el favor de vestirse como lo que es, no como una fulana, o algo por el estilo, ella que no se saca el traje de chaqueta de encima ni para estar por casa. Pero yo no me atrevo a tanto, además, no es asunto mío, a mí me pagan igual, no importa si vendo más o menos. Las acciones de Inditex siguen subiendo y mi salario no me da ni para alquilar un apartamento. En fin. “Tengo que ir al almacén, ahora mismo se lo traigo.” “¡Uy! No me trates de usted, que me haces mayor, jejeje.” Y me voy sonriendo sin responder. 

Por el camino me cruzo con mi supervisora, me indica un montón de ropa que debería estar doblada y no insiste al escuchar a su espalda: “Chica, tráeme también una menos de la camiseta, que estoy a dieta y seguro que el mes que viene me va grande.” Me giro para sonreírle de nuevo, prefiero no recordar lo apretada que le queda. Lo dicho, no es asunto mío, si después no puede ponerse nada de lo que compre, allá ella, que lo devuelva y listo. Katy me empuja bromeando al pasar por mi lado, suelta un par de risitas y me guiña un ojo. Me lo paso bien con ella, es la única capaz de arrancarme una sonrisa sincera aquí dentro, es una lástima que esté en la sección de niños, porque si hay mucho lío a veces ni nos vemos. “Después hablamos”, le entiendo decirme exagerando al gesticular. La música de ambiente y la cantidad de gente que hay en la tienda me impide escucharla. Con ella no me importaría compartir piso. Ella me comprende. Sabe que estoy desesperada. Harta de la rutina agobiante del trabajo. Yo no nací para doblar camisetas. Tengo un sueño. Sí. Lo malo es que lo he ido dejando y, claro, es lo que pasa, el tiempo pasa, y no he conseguido avanzar ni un ápice para alcanzarlo que digamos.

La señora me espera impaciente y me devuelve un montón de prendas, ya se ha mudado, lógico si en las que le traigo no entra. “Solo me llevo esto”, me dice convencida enseñándome otro buen lote de ropa. Le doy las gracias y me dedico a recoger la que deja observando cómo disfruta llevándose su botín a caja. Yo hace siglos que no me compro nada. Con esto de ahorrar para irme a vivir con Fran gasto lo mínimo. Y en el fondo me pregunto si vale la pena. No. Al menos irme con él. Preferiría estar sola. Mi casa, mis cosas, y punto. Lo que pasa es que no puedo permitírmelo. A Fran le molesta todo lo que hago. Si pongo música no le gusta.  Si la tarareo menos. Si salimos con todos no puedo reírme de las bromas de sus amigos. Si salimos solos parece que se aburre. Todo se reduce al sexo, y tampoco es que sea para echar cohetes. Katy siempre me pregunta qué hago con él y tiene razón. Es la inercia. Lo conocí en la facultad. Él tuvo más suerte, encontró trabajo como publicista enseguida. Yo no. Cansada de dejar currículum me resigné a trabajar de dependienta. A mis padres no les hizo mucha gracia, aunque al final lo aceptaron igual que yo, mejor que estar en casa sin hacer nada es. Sin embargo me desespera, porque es un círculo vicioso. Las semanas vuelan y los meses pasan sin cambios. Sigo dando vueltas en la misma noria de siempre. Casa, trabajo. Trabajo, casa. Fin de semana casi sin dormir. Casa, trabajo. Trabajo, casa. Fin de semana sin dormir en absoluto. Y así hasta el infinito. Cuando veo la cara de amargada de nuestra jefa me dan escalofríos. No quiero convertirme en ella. No. Me niego a acabar así. Porque es que yo tengo un sueño.


Hace mucho que no sueño con que se hace realidad, todo hay que decirlo. Antes me veía. Loca de alegría por haberlo conseguido. Todo, absolutamente todo, como yo quiero. Me regodeaba en los detalles hasta que todo estuviese como yo deseaba. Y me despertaba pletórica. Feliz, porque cada noche añadía pequeños cambios que me parecían indispensables para lograr la perfección. De hecho me acostaba pensando en lo que debía mejorar, incluso tomaba notas en un pequeño cuaderno que guardo celosamente en el cajón de mi mesilla. Ya no. Ahora tengo que apretar los párpados muy fuerte antes de quedarme dormida, para intentar rememorar alguna de las imágenes en las que mi vida era como yo quería que fuese. Aparto la mirada al echarme la crema de manos para no ver el otrora manoseado bloc allí olvidado, y cierro el cajoncito de un empujón enfadada. Lo noto. Sé que me mira diciéndome: “Traidora. Yo que guardo todos tus proyectos y no me haces ni caso. Mejor sería que me echases a reciclar... ¡Total, para lo que valgo!” Y me tapo los oídos con la almohada para no escuchar sus recriminaciones. Un día de estos lo tiro. O lo quemo. Sí. Eso. Mi sueño reducido a cenizas.

El polvo que desprenden las prendas que coloco en el estante me llevan a observar las diminutas motas al trasluz. Parecen brillar como el oro y durante un instante sonrío inconscientemente. Qué bellas son esas pequeñas cosas. “¡Eh, Bibi! ¡Despierta, que viene el ogro!” Ni siquiera me giro, me agacho para recoger un par de perchas que se me han caído y me voy directa hacia el montón de ropa arrugada que hay sobre un expositor bajo. “¡Niñas, daos prisa que esto parece una cuadra! Aunque no me extraña, con tanta gente... ¡Vienen aquí a revolver como si esto fuese un mercadillo, pero después no compran nada! Cómo se nota que fuera está lloviendo...” “¿Mucho?”, le pregunta Ana a la encargada con cara de circunstancias y ésta la mira por encima del hombro sin responder. “Es que no he traído paraguas y he ido a plancharme el pelo...”, le aclara más bien a la pared, porque la otra ya se ha dado media vuelta dejándola con la palabra en la boca. La sigo con la mirada y le doy las gracias a mi compañera por el aviso. No cabe duda, es un ogro, me pregunto si cuando habla se dirige a nosotras o a seres de su imaginación, porque cada vez que se digna a mirarnos da la impresión de que nunca antes nos ha visto. Suele mirar al frente y como es alta y lleva siempre taconazos, que por cierto no sé cómo aguanta con ellos tantas horas, pues ni nos ve. A mí menos, que soy bajita. En el fondo me alegro. Así no tengo que aguantar sus estúpidos ojos azules clavados en los míos. Está claro que nos cogen por ser más bien monas, pero ella no debió de abrir la boca en la entrevista, porque sino no me lo explico. Es repulsiva. Y con esa cara de no haber roto nunca un plato todavía da mas asco. Arcadas dice Katy que le dan si se cruza con ella. Y, como siempre, tiene razón. 


De casualidad miro el reloj y me entran ganas de llorar. ¿Las agujas no se mueven o es que me he metido en el libro ese de Proust que siempre relee papá? ¡Qué suplicio! ¡Lo que me queda para salir! ¡Y hoy con la de trabajo que hay no me va a dejar ni cogerme un descanso! Ni un respiro nos da, la muy... Ahí está, azuzándonos para que hagamos algo y no estemos quietas dos segundos en el mismo sitio. Unas chicas se acercan para preguntarme por una blusa que han visto en el escaparate y contraigo los músculos de las mejillas como un resorte. Tengo callo ya de sonreír como una falsa. Por inercia, como todo en mi vida. ¡Qué horror! Y entonces me fijo en ellas. Son tres. No muy guapas, la verdad, pero visten con estilo. Una tiene la melena lisa natural y la recoge con delicadeza a un lado mientras me explica que quiere combinarla con la cazadora que lleva en la mano. Alabo su elección y le aconsejo un pantalón y una falda que le irían genial. No suelo hacerlo, pero hay algo en ella que me empuja a ser sincera. Claro. Me recuerda a mí hace unos cuantos años ya, demasiados, para mi desgracia. Pero no por su aspecto, claro. Debe tener unos dieciocho. Menos de veinte seguro. Es su mirada lo que la hace parecerse a mí. Terriblemente soñadora. Y ese aire bohemio que le da la ropa que usa. Muy chic. Très chic. Diría mamá.   

Las veo yendo hacia los probadores entre risas y me muero de envidia. Suenan auténticas. Naturales. Echo tanto de menos reírme así. Bajo la vista para evitar que se me salten las lágrimas y el par de pantalones que tengo que recoger entra en mi campo visual. Cierro los ojos apesadumbrada y voy hasta el perchero a ciegas. Total, me conozco la tienda palmo a palmo. De repente choco con alguien y en el acto abro los párpados de par en par, deshaciéndome en excusas. Él me mira divertido, se limita a sonreír ante mi sonrojo. Tiene unos cálidos iris castaños. Su novia ni se fija en nosotros y se lo lleva distraída cogiéndolo de la manga. Él le pasa el brazo libre sobre el hombro cariñosamente y la envidia vuelve a apoderarse de mí. Cuelgo el pantalón en su sitio con saña, justo cuando el ogro me dirige una rápida ojeada. De inmediato viene directa hacia mí, con la gelidez de sus ojos azules anticipándome la reprimenda. Y, por fin, despierto. Voy a su encuentro resuelta y su frase ya no puede alcanzarme cuando nos cruzamos. De hecho, ni la oigo. “No puedes tomarte un descanso ahora”, casi me grita al comprobar que estoy llegando a la entrada. Me giro y el estupor reflejado en su rostro me hace sonreír de inmediato. “¡Tengo un sueño!”, exclamo triunfante soltándome el pelo, lanzando al aire el prendedor, “¡Y no quiero esperar ni un minuto más para tratar de conseguirlo!” 

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 20 de abril de 2017

Uno rápido, anda...


“A ti una semana de empleo y sueldo. Ella está fuera...” “Ella no ha tenido la culpa, he sido yo”, lo interrumpí intentando controlar mi rabia y sonrió condescendiente antes de añadir mirándome por encima de sus gafas de pijo que va de intelectual, “Es lo que hay, chaval. La próxima vez piénsatelo dos veces antes de hacer el capullo en el cuarto de la limpieza. Y ahora si me disculpas, tengo más cosas que hacer...” Me levanté en mitad de la frase y mi portazo me despidió por mí. Es lo que hay. ¡Será hijoputa! Le tengo unas ganas locas desde que me hicieron supervisor. Guzmán no era mal tipo, un poco seco en el trato, pero en definitiva te hacía un favor si se lo pedías, si podía, por supuesto, a veces a regañadientes, porque es lo que tienen, se hacen de rogar, así te queda más claro que les debe una, o dos, mejor dicho, suelen cobrártelo con creces. Pero cuando me ascendieron a éste también lo trasladaron a nuestro sector, y la cosa se puso chunga. Aunque tiene razón en algo, debería habérmelo pensado dos veces. Fijo que nos caía una buena como nos pillasen. Y nos pillaron. Y nos cayó, vaya si nos cayó.

A ella sobre todo, y eso es lo que más me jode, en realidad. Me la crucé al salir del despacho, venía de recoger sus cosas de la taquilla y la impotencia que destilaba mi mirada además de mi comentario, "Recuerda, tú vales, hazme caso y preséntate ", la hizo sonreír de lado. Así es como más me gusta. Tiene una cara preciosa, de esas que hipnotiza y no puedes dejar de mirar. Pero cuando sonríe parece una cría con pinta de pilla. Por eso me quedé colgado de ella en cuanto la conocí. De cuerpo ni fu ni fa, todo hay que decirlo. Ahora, su cara es un sueño. De hecho suelo soñar con su rostro perfecto muy a menudo. Demasiado. Al principio solo coincidíamos en el turno de tarde, más bien al final. Le tocaba limpiar con la manguera los restos de pescado cuando yo me pasaba a comprobar que todo estuviese en orden. Casi no habla. Ni falta que hace. Sus gestos lo dicen todo y le hizo gracia mi modo de presentarme. Sonrió arrugando la nariz y ya lo supe. Por lo que le eché un cable para que la contratasen más meses. O más bien me ayudé a mí mismo, ya que yo era el principal beneficiado. Fue lo último que hizo Guzmán antes de irse. 

Por sus compañeras me enteré de que anda dando bandazos de un lado a otro. Y de que su novio está como un queso. Yo apenas lo intuí una vez que vino a buscarla de noche. Moto japonesa de gran cilindrada, traje y corbata, zapatos impolutos y casco calado. Me pareció serio. O tal vez es que la pinta de abogado o banquero me echó para atrás. Ella se asió a su cintura con cariño mientras a mí me comían los celos, después de darle un par de golpecitos con las yemas de los dedos en el cristal del casco. Es preciosa y ni siquiera se da cuenta. Sutil y encantadora como ninguna. La primera vez que la escuché cantar pensé que tenía el altavoz del móvil conectado. Pero no. En cuanto me di cuenta de que era ella se me descolgó la mandíbula. Y le dio la risa. Normal, prefiero no pensar en la cara de gilipollas que tendría. "Tienes que presentarte a uno de esos casting de la tele, da igual el programa, te sale el talento por las orejas", solía repetirle, pero ella nada, ni caso. En el fondo la entiendo, le gusta la tranquilidad y haciendo lo que hace nadie la molesta. Es rápida y eficaz con las manos, los clientes no tienen queja, únicamente tiene que pelearse con alguna tripa pegajosa o con los encargados porque es impuntual. Y ahí me la ves, tarareando tan campante limpiando las vísceras del pescado. Me pareció que revivían al oírla. O quizás fueron imaginaciones mías. Movían la cola siguiendo el compás, de eso estoy seguro. 


Poco a poco fuimos coincidiendo en el turno de mañana. Y ya me lancé. La acribillaba a preguntas en los descansos. Me aprendí sus rutinas y reconozco que la seguía, haciendo coincidir mis cafés con los suyos. O más bien mis cafés con sus nada. Ella simplemente sale a tomar el aire a la puerta de acceso del almacén. Le molesta el humo de los que fuman y suele apartarse un poco. Me alegré de no ser fumador y aproveché cada minuto que compartimos para saber algo más de su vida. Con escaso éxito, también he de decirlo. Ya digo, apenas habla. Ni falta que hace. Un día le comenté que me encantaba su voz y me dejó sin palabras escucharla pronunciar tantas seguidas para responderme. “También sé hacer otras cosas, ¿quieres verme en acción?” 

En ese momento no caí en lo adictivo que podría llegar a ser, al responderle que sí asintiendo con la cabeza, la lengua ni me respondía. Comencé a desesperarme cada vez que nuestros turnos no coincidían. Me volvía loco, mejor dicho, porque incluso se los cambiaba a compañeros perjudicándome claramente con los horarios. Todo por verla. O más bien, sentirla, notarla, escucharla, saberla en todo su esplendor. En acción, dijo. Y cualquier adjetivo se queda corto para describirla. Me moría de envidia pensando en si llega tarde tan a menudo porque estará haciéndole lo mismo a su novio. Después se me pasa al estar a solas. Ella y yo. No existe nadie más. No al menos en ese instante. Supongo que esa fue nuestra perdición. O la mía. A ella no le importa que la echen. Imagino que un ser tan extraordinario no soporta estar mucho tiempo en el mismo lugar. Soy yo el que está jodido. Porque no sé cómo sobreviviré sin ella ni un día más. Por eso la busqué sin descanso. Y, tras un par de meses insufribles, la encontré en la pescadería de otro supermercado.

Aquella mañana estaba muy pillado de tiempo. El jefe me estaba encima desde hacía un par de semanas y no me dejaba ni un respiro. Cuando me estreso es cuando más falta me hace estar con ella. Y saco tiempo de debajo de las piedras para hacerlo. “¿Cuánto te queda para el descanso?”, le pregunté a bocajarro mientras le quitaba la espina a unos lirios. Miró el reloj de reojo y ni se dignó en responderme. “Más de una hora, guapito”, me soltó su encargada para que me largase en el acto. Señaló la fila de gente que esperaba a ser atendida con una exagerada inclinación de cabeza, y solo entonces fui consciente de que varias señoras no me quitaban el ojo de encima intrigadas. Supongo que mi intromisión les serviría a continuación para mantener una simpática conversación con algún que otro chiste a mi costa, pero me la traía floja, la verdad, estaba que me subía por las paredes y no me corté un pelo a pesar de que sabía que todas me oían. “Uno rápido, anda...”, le supliqué. Ni siquiera levantó la vista. Su sonrisa torcida me bastó. Es su manera de decirme que sí. Así que me di toda la prisa que pude para dejar todo listo antes de volver a buscarla. 


O más bien a ir tras ella. Nunca me espera, ni me avisa, ni me manda recado. Ella a lo suyo. Si voy bien, y sino, también. Simplemente se mete en el cuarto en el que se guardan los utensilios de limpieza. No suele haber mucho movimiento. Las máquinas y los carritos llevan de todo en cantidades industriales, por lo que es raro que vengan a buscar nada hasta el siguiente turno. Así que se esconde allí a oscuras a esperarme. Y yo voy aflojándome la corbata por el camino. Me quito la camisa nada más entrar. Y su cofia cae al suelo dejando a la vista su preciosa melena. Es una pena que no sea cajera. Con su cara y su pelo encandilaría a todo el mundo. Podría cobrar lo que le diera la gana, quién iba a fijarse en el ticket ante la aparición de un ángel. Entonces sonríe y me hace dudar. Un diablillo es lo que es. Cuelga mi camisa de un cordel con sus pinzas del pelo, y la linterna del móvil es la señal de que comienza la función.

No estoy seguro de qué es lo que más me fascina. Su prodigiosa voz. Las imposibles figuras que consigue hacer con la sombra de sus manos. O el arte que sale a raudales por cada poro de su piel. Lo que sí es cierto es que pierdo la noción del espacio en cuanto me veo inmerso en su espectáculo. Y del tiempo también, a juzgar por la bronca que me echó mi jefe cuando regresé a mi puesto. Al parecer llevaba bastante reclamando mi presencia en su despacho, tanto como la pescadera echando en falta a su más reciente incorporación. Y tuvo que ser precisamente el más bocazas de la tienda el que nos descubrió. Prefiero no repetir la sarta de estupideces que se inventaron a nuestra costa. De todo dijeron. Y nada cierto. En fin. Es lo que tienen los compañeros de trabajo. Les encanta saber. Y exagerar, todavía más. 

Ya no me importa lo que digan. Eso seguro. Sobre todo ahora que sé dónde encontrarla. Y salí pitando a por el coche en la hora del almuerzo. Crucé los dedos desesperado por que la información que conseguí fuese correcta. Ella tendría que estar trabajando en el instante en que me plantase delante. Y mis vítores de alegría anticiparon mi aparición, obligándola a levantar la vista hacia el pasillo central por el que venía a todo correr. Con lo que ya no contaba es que la fama me precediese, ya que esta vez era un tipo calvo y bajito su supervisor. Y fue él precisamente quien la miró entrecerrando los ojos, después de mirarme a mí de arriba abajo nada más frenar en seco a pocos centímetros del mostrador del pescado. “Ni se te ocurra”, la amenazó en un susurro, pero implacable. Bajó la vista de inmediato, escudriñando ensimismada las entrañas del besugo que estaba despiezando, y por un momento temí que se echase atrás. Hasta que sonrió de lado y lo supe. “No me gustaba mi jefe”, me aclaró un mes después en la pescadería del siguiente hipermercado. Y yo bendigo a diario que sea un culo inquieto. 

by Eva Loureiro Vilarelhe 

jueves, 13 de abril de 2017

¡Al ladrón!


La cabeza parece que me va a estallar de un momento a otro. Tanto es así que ni me atrevo a abrir los ojos. Ernesto ya se ha duchado y me pregunta desde el baño si pienso decidirme algún día a ponerme en pie. Sé que le gusta ducharse conmigo los domingos por la mañana, por eso le fastidió que me quedase remoloneando en cama. La benzodiacepina no me han servido de mucho, al contrario, me desperté en plena noche asustada por culpa de un estruendoso ruido en la calle y me levanté dando tumbos a hacer pis. Volví a quedarme rendida, pero no descansé en absoluto, intranquila y sin dejar de soñar, no recuerdo muy bien sobre qué, solo que me sobrecogía una desapacible e inexplicable sensación de inquietud. Y al parecer me desperté un par de veces más llorando. Eso me dijo él, yo no lo recuerdo, supongo que sus abrazos no sirvieron de mucho. Mi marido es lo que tiene, es muy cariñoso y me acuna hasta que me vuelvo a dormir si tengo una pesadilla, pero hay momentos en los que su calidez no me basta para sobrellevar la pena que siento.

Desayunamos riéndonos de los comentarios jocosos de nuestro hijo. David tiene partido y acostumbra a relatarnos la previa con su peculiar sentido del humor. Se parece mucho a mí, y eso me preocupa, no me gustaría que siguiese mis pasos. Le encanta dar cuenta de las manías de cada uno de sus compañeros de equipo, además de las del entrenador, por supuesto. Le gusta sacar a relucir sus dotes de observación y sé que le fascina que nos encontremos por casualidad con alguno de mis pacientes, lo mira de arriba a abajo con aire circunspecto y reconozco en su mirada la mía de antaño, sé que daría cualquier cosa por saber lo que pasa por su mente, y suelo responderle en alto a la pregunta que no llega a verbalizar. “No te agradaría en absoluto, créeme, no suele ser plato de buen gusto.” Él se encoge de hombros circunspecto y sonríe de lado, con su encantador aspecto de jovencito impúber que es más listo de lo que parece. “Ya, aun así, sería interesante, mamá...”, reconoce pensativo y su padre sale al paso intentando separar nuestra vida privada de la mía profesional. “Por favor, en la consulta le atenderá, ahora no, no ve que tenemos prisa.” 

Alquilé un despacho en un edificio de oficinas precisamente para no pasar consulta en casa. Por las mañanas estoy en el hospital psiquiátrico, y por las tardes hago lo que puedo para ayudar a quienes me ruegan que siga atendiéndolos después de ser dados de alta. Me gusta mi trabajo, y se me da bien disimular mis sensaciones delante de los demás. Asisto a diario a múltiples situaciones descontroladas, incómodas, desagradables, o simplemente embarazosas, siempre sin inmutarme.  Al menos exteriormente. Aunque parezca mentira, es más fácil cuando son casos extremos o graves, te limitas a tratar la patología con la medicación adecuada e intentas encauzar el asunto para que no se salga de los parámetros de la normalidad. El problema viene cuando esa presunta normalidad no lo es tanto, o se salva por los pelos. Las consultas por depresión se han disparado en los últimos años, de hecho ejerzo más de psicóloga que otra cosa la mayoría de las veces. Prescribir pastillas a quien en el fondo solo necesita compañía, o simplemente recuperarse de un trauma no demasiado severo agravado por el estrés cotidiano, no resulta de mi agrado. La cuestión social incide en las anomalías individuales y ahí se complica la cosa. Tengo colegas que ni se lo plantean, tiran de recetario y punto, aduciendo que sus pacientes se lo agradecerán igual, o incluso se quejarán si no toman la medicación de moda entre las celebrities. Un horror. Para mí, claro, que si me tomo un par de píldoras para dormir me arrepiento de inmediato, por los desagradables efectos secundarios que tendré que sufrir.

Pero es que llevo unas cuantas noches sin pegar ojo. Los viernes viene Clara. Mi niña. Ya la llamo así hasta yo misma. Ernesto dice que es la hija que siempre quise tener, por eso comenzó a referirse a ella como mi niña. Y supongo que hasta cierto punto tiene razón. Antes no me afectaban estos casos. No tanto al menos. Cuando empecé creo que me dejaba llevar por la curiosidad que me provocaba descubrir variedades nuevas que no había tratado, y mi mirada asombrada, idéntica a la de mi hijo David, le hacía gracia a mi mentor. El doctor Clavero. Ahora me echaría una bronca de narices si se enterase de lo que me está pasando. Llamémosle crisis de los cuarenta o como se prefiera, me da igual. Lo cierto es que me cuesta mantener la compostura en cuanto entra por la puerta. De un tiempo a esta parte lo he notado, suelo poner cara de circunstancias cuando me relatan sus vivencias, incluso sonreír condescendiente, compasiva o cortés, en función de las necesidades... Pero una vez que salen de mi despacho me dan ganas de salir detrás gritando “¡Al ladrón!”, porque noto que se van llevando poco a poco algo de mi alma con ellos. Y con Clara es todavía peor.


Tiene casi treinta años y parece una cría. Frágil e insegura. No es guapa, ni siquiera atractiva. Simplemente da lástima. Eso es lo que resulta irresistible en ella. Sus enormes ojos grises destilan tanta tristeza que no entiendo que haya alguien capaz de hacerle daño, para cuanto más su propia familia. A mí solo me dan ganas de abrazarla al tenerla delante. Y lloro a mares nada más irse cada viernes, porque no puedo asimilar que sean tan crueles con un ser tan débil. Es lo que denominamos socialmente como gafe. O peor aún. Es un auténtico imán para las desgracias. Y me parte el corazón verla sufrir tanto. Traté de desentenderme de ella a los primeros síntomas de implicación afectiva por mi parte. Incluso se lo comenté a su tutor legal. Está incapacitada y fue lo primero que hice para protegerla, procurar alejarla lo más posible de sus padres y hermanos. Él me lo desaconsejó de plano y también mi superior en el hospital. En realidad entiendo por qué, me costó meses de terapia conseguir llegar a la superficie del problema, y someterla a un cambio de terapeuta repercutiría negativamente en su evolución, sobre todo ahora que ha comenzado a abrirse a mí. Jamás ha tenido tanta confianza con alguien como conmigo. Es cierto que me complace poder ayudarla de alguna manera, pese a que tengo que reconocer que está costándome la salud.

Llevo semanas sin dormir bien. Los fines de semana por descontado, y en cuanto me voy recuperando ya me pongo nerviosa al pensar en su próxima cita del viernes. Ernesto está empezando a perder la paciencia. Me acusa de lo mismo que le echaba yo en cara cuando David era pequeño, de traerse trabajo a casa en lugar de dejarlo para cuando no estuviésemos juntos. Y tiene razón. Antes cerraba la consulta y dejaba allí bajo llave mis preocupaciones laborales. Ahora ando ensimismada y constantemente pendiente de un único caso, el suyo. Me dedico a buscar alternativas para mejorar su autoestima sin excederme con el cóctel de medicamentos, mi prioridad es que se convierta en la adulta que es, y al mismo tiempo me devano los sesos pensando en cómo lograr que encuentre algo que hacer, y por lo que aun encima le paguen en los tiempos que corren. Es normal que se enfade conmigo. Lo reconozco. El otro día le solté de sopetón si Clara podría realizar en su empresa un curso de formación en el que pasasen por alto alguna falta presencial, y entró en cólera. Lógico. Mi pregunta no le molestaría en absoluto en cualquier otro momento.

“¿Acaso es que ya no puedes ni follar sin pensar en ella?”, me gritó levantándose de la cama y le chisté preocupada por si lo oía David. Salió desnudo dando un portazo y escuché a nuestro hijo preguntándole si pasaba algo. Al asomarme al pasillo en camisón me saludó guiñándome un ojo. “Buenas noches, mamá”, me dijo en un tono más elevado de lo habitual y me fijé en que llevaba puestos los auriculares de su iPod, observándolo pasar sonriendo pícaramente de camino a su habitación. Así que abrí los ojos para adaptarme a la luz matutina que presagiaba una espléndida mañana de domingo, me desperecé rápidamente para darme prisa antes de que se vistiese, y me arrodillé ante él deshaciéndome en el acto de la toalla que rodeaba su cintura. Ni que decir tiene que le agradó en grado sumo semejante manera de darle los buenos días, y hasta a mí me vino bien para aliviar un poco la jaqueca, ya que enseguida me sentó sobre la encimera en la que está incrustado el lavabo para resarcirme a mí por mi gentileza. 

“¿Esto significa que te vas a tomar las cosas con otro ánimo?”, me preguntó de camino a la cocina entrelazando mis dedos como una pareja de enamorados por el parque. Inspiré profundamente satisfecha antes de responderle, el orgasmo es la medicina ideal para equilibrar el organismo: mente y cuerpo preparados para lo que les echen después de. “Esto significa que al menos intentaré mantener a raya mi ansiedad, para que afecte lo menos posible a la convivencia familiar, y a la idiosincrasia de nuestras relaciones íntimas, en última instancia.” “Cómo me pone que me hables así”, me susurró al oído aprovechando para mordisquearme el lóbulo y me estremecí de nuevo. Nada mejor que el sexo oral para mejorar la comunicación de pareja... 

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 6 de abril de 2017

La manzana del pensador


Me lancé todo lo rápido que pude sobre el plato y le arrebaté la galleta en un abrir y cerrar de ojos delante de sus narices. Se enfurruñó cruzando los brazos sobre el pecho y me dio la risa. “¡No es justo! ¡Es mi merienda!” Antes de metérmela entera en la boca le miré a la cara y claudiqué. Es que cuando se le nota que está a punto de echarse a llorar me derrito, en el fondo sigue siendo un crío, por mucho que hace poco cumpliera los diez. Mamá lo mima demasiado, le da a él siempre las mejores galletas de chocolate, y a mí me da una envidia que no veas. “Coge una manzana si tienes hambre, que él come mucha más fruta que tú”, suele decirme cuando me quejo. Por una vez le hice caso, le devolví la galleta sin rozarla siquiera y me dirigí al frutero refunfuñando: “Está bien, hoy te salvas, pero mañana o me guardas una para mí sin que se entere mamá, o sino después te robo yo las que me dé la gana.”

Pablo me ofreció la mitad sonriendo y la acepté de buen grado, acariciándole el pelo revuelto. “¿No tenías deberes?”, le pregunté con la boca llena. “¿Y tú no tendrías que estar estudiando?” “Ahí le has dado, chaval, ahora mismo me pongo, he salido del agujero para tomarme un respiro.” “Yaaaa”, comentó en tono sarcástico y le di una colleja. “Es verdad, enano, ¿tú qué te crees? ¡Ya te gustaría a ti sacar mis notas cuando hagas Bachillerato!” “¡Mejores que las tuyas serán las mías, ya lo verás!” Ojalá, pensé para mí. Por ese tema no hay discusiones en casa, me dedico a lo que debo, estudiar y punto. Por otras cosas sí que las hay, y con razón, porque es cierto que a veces me paso jugando con la Play, o con la factura del móvil, o me quedo hasta más tarde de lo que debería después de entrenar. Pero bueno, aparte de eso, nuestros padres no tienen queja sobre mí. Al contrario, le dicen que tiene que seguir mi ejemplo, porque evito soltar tacos delante de él, y en cuanto a los estudios se refiere, por supuesto, es lo único que tengo clarísimo. Quiero estudiar medicina y como no me ponga las pilas no paso la nota de corte. 

Pero hoy no estoy lo suficientemente concentrado para estudiar, ni mucho menos. Salí de la cocina ensimismado, dejándolo enredando con sus figuritas de Pokémon. Abrí la puerta corredera del salón para sentarme en la terraza, mirando al mar. Todavía hace bastante fresco como para estar a gusto en camiseta, pero no me apetecía ir a por el jersey a mi habitación. Froté la manzana con la mano acomodándome sobre el respaldo del banco, con los pies sobre el asiento. Me saqué los New Balance por no tener que aguantar después a mi padre, es el encargado de tener todo impoluto y si ve una mota de polvo se pone de los nervios, o mejor dicho, me pone a mí de los nervios con los alaridos que me pega. ¿Por qué tendré yo siempre la culpa cuando aparece tierra por algún sitio? ¿Porque no ando por casa todo el día en calcetines de esos tan hortera que le ponen a mi hermano? En fin. Por no escucharlo, antes me quedo con los pies congelados. Entonces me vi reflejado en el cristal del ventanal y me entró la risa otra vez. Parezco el pensador así sentado, de no ser por la manzana. La miré fijamente y le di un mordisco. Pues al pensador ése le haría falta una buena manzana, para no parecer tan imbécil. La manzana del pensador. Eso.


Me fijé en las olas a lo lejos y no conseguí el efecto deseado. La cabeza me va a estallar. Generalmente me relaja ver cómo revientan en la orilla, pero hoy no hay manera. Y todo por culpa de Fran. Menudo capullo. Si mi mejor amigo me hace esto, ¿qué puedo esperar de los demás? La verdad es que no empezó él. Fue Mateo. Sabe de sobras que me gusta Mónica y se metió conmigo al verla pasar. Ni caso me hace, claro, está liada con un tío mayor, de segundo de Derecho, creo. Aparte de que es demasiado para mí. O para cualquiera. Además a mí en realidad no es que me guste, es que estoy loco por ella. Pero no por lo que todos creen. No es por lo guapa que es, ni por lo buena que está y todo eso. No. Es que la adoro desde que la conocí. Por su manera de hablar, de moverse, hasta de gesticular, y por su forma de ser, sobre todo por su forma de ser, porque aun encima de estar buena, es superbuena. Coincidimos en un curso de fotografía al que me apunté porque mamá insistió tanto que preferí ir para no aguantarla dándome la paliza, y lo cierto es que a partir de ese día empecé a hacer más caso a las cosas que me dice mi madre. Por su culpa conocí al amor de mi vida, tengo que agradecérselo de alguna manera. Ahora cuando me riñe agacho las orejas y le digo: “Sí, mamá”, para que se ponga contenta, y de paso me deje en paz, claro. 

Es un amor imposible. Eso fijo. No existo para ella. Yo en cambio le doy cada día las gracias por existir. Imaginariamente, claro, porque jamás le he dicho ni una sola palabra. Ni siquiera aquella vez que se acercó para pedirme ni recuerdo qué. La miré embobado y fui incapaz de responder. Ni la oí. Solo la vi mover los labios tan cerca de mí, que mi corazón parecía que iba a salírseme del pecho. Latía tan fuerte que es lo único que escuché. Desde entonces Mateo se burla de mí. E intenta dejarme en ridículo delante de ella cada vez que pasa por nuestro lado. Y esta vez Fran se carcajeó con él. No me lo podía creer. Le di un empujón y me largué a casa furioso. La tomé con la comida al llegar, protesté y se montó una buena. Gritos de mamá, bronca de papá, y el enano mirándome con cara de susto. Porque cuando me cabreo se me va un poco la pinza y no controlo, tengo que reconocerlo,  me pongo demasiado violento. No con ellos, eh, que no soy un puto pirado, le di una patada a la silla, y del puñetazo en la mesa volqué las lentejas. En resumen: castigado hasta nuevo aviso, sin Play y sin salir el fin de semana. Y sin galletas para merendar al parecer, ya que mamá me dijo sacándomelas de delante: “Cómete las lentejas si tienes hambre”. Miré para lo poco que me quedaba de la manzana al recordar lo que tocaba para comer. Hasta está rica y todo. No hay nada como un estómago vacío para agradecer lo que le echen. 


¡Joder, cuándo parará este maldito pinchazo en las sienes! Me van a estallar las venas de lo pasado de vueltas que estoy. Es porque me siento culpable. Me pasé con Fran. No fue un simple empujón. Lo zapateé contra el suelo de mala manera y se jodió otra vez el hombro. Acaba de recuperarse de una lesión. Y yo soy tan capullo que por mi culpa igual se pierde lo que queda de temporada. Lleva siendo baja tres semanas y ya perdimos dos partidos, empatamos el otro de milagro. Es el mejor base de la liga. Tanto que hay varios equipos grandes interesados en él. Y ahora lo tiene crudo si no se da recuperado a tiempo. Y todo porque soy tan orgulloso que no soporto verlo reírse de una broma estúpida... Será mejor que lo llame. Lo dejé allí tirado. El grito de dolor se me quedó gravado. ¡Mierda! ¡Seré gilipollas! De camino a casa casi me rompo la mano contra un muro. Qué más da, no quiero ser cirujano, y yo poco futuro tengo en el baloncesto. Voy por él. Porque llevamos jugando juntos desde que éramos unos enanos. Y porque alucino viéndolo jugar. Es mi ídolo. Mi mejor amigo es mi puto ídolo.    

No lo coge. ¡Será...! “Oye, quiero hablar contigo”, le escribo por Whatsapp. Lo ve, pero no responde. “Coge el puto teléfono, ok?” “¿Y ahora qué cojones quieres? ¿Regodearte de tu hazaña?”, casi me gritó. “Lo siento, tío, se me fue la olla...” “¡Me cago hasta en tu p...! ¡Bah! ¡Déjalo no merece la pena! ¡Ahora ya está! ¡Otras dos semanas sin tocar bola, como mínimo! ¿Estás satisfecho?” “Sabes que no, que me cortaría los dedos si con eso pudieses jugar tú en mi lugar.” “Bueno, no te pases, que tampoco es eso... Siento haberme reído, tío, pero es que Mateo es la caña, tienes que reconocerlo, las paridas que dice son la hostia, me parto con él.” Volvió a carcajearse recordando su comentario y ya no me pareció tan mal, es más le di la razón. Mateo es un cachondo, las suelta sin pensar y mola. Es listo para eso. Para lo demás es un puto desastre, no aprueba ni una, pero bueno... Que es un crack. “¿Vuelves a usar cabestrillo?”, quise saber realmente preocupado. “¡Qué remedio!”, reconoció más calmado, “De todas formas tampoco las tenía todas conmigo, ¿sabes? No sé, me daba la impresión de que todavía no estaba al cien por cien.”

Nos tiramos media hora de charleta. Y sin darme cuenta el dolor se fue por donde había venido. Por algo es mi mejor amigo. Un capullo integral a veces, eso sí, pero igual que yo, supongo, cuando me pongo gilipollas. El enano apareció en la terraza nada más colgar y se me lanzó al cuello sin previo aviso. Venía ataviado con una de sus máscaras y una toalla roja a modo de capa, y me gritó: “¿Jugamos unas partidas a la Play?” “Castigado, ¿recuerdas?” “Pues entonces ven a mi cuarto y te enseño lo que he construido, porfa” No me apetecía nada que me contase sus chorradas de Clash Royale, además tenía que ponerme a estudiar de una vez ahora que se me había pasado la tontera. “¡Porfa, porfa! ¡Es que es como una fortaleza! ¡Me ha quedado muy chula la torre, en serio!”, insistió al darse cuenta de las pocas ganas que tenía de ir, entonces levantó la máscara sonriendo de oreja a oreja como un niño bueno y puse los ojos en blanco. Volvió a gritarme al oído, esta vez sus muestras de alegría casi me dejan sordo. “Está bien, iré, pero no me chilles, que pareces un chimpancé.” Imitó los gestos del mono y lo agarré por la cintura para echármelo al hombro. Le dio un ataque de risa porque le hice cosquillas sin querer y me reí con él. Es tan inocente que se conforma con nada, con tal de que le haga un poco de caso ya está contento. Me senté en su alfombra preferida, esa horrorosa de colorines que imita un circuito de coches, y atendí pacientemente a sus explicaciones. A ver, vale, estaba pensando en lo guapa que estaba Mónica esta mañana, pero bueno, me quedé allí con él un buen rato, que al final es lo que cuenta, ¿no?  

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 30 de marzo de 2017

Americano largo descafeinado


London 7:15 am 
Llevas todo, llevas todo, deja de mirar a tu alrededor y responde al maldito teléfono que me estás volviendo loca. ¿Loca? ¡Pues claro que estoy loca, si hasta me dirijo a mi misma como si estuviese hablando con otra persona...! “¡Mamá! Mal momento, lo siento, se va a cortar la conversación en el ascensor... Sí, mamá... Saliendo por la puerta en este mismo instante... Sí, mamá, no me olvido nada. Sólo me voy un par de días, ¿recuerdas? No facturo maleta. No, mamá, es más rápido y no necesito llevar la plancha, ya pediré una en el hotel... Que sí, mamá... Te pierdo, ¿vale? Ya te llamaré al llegar, un beso, mami...” No estoy segura de que haya escuchado mi última frase, mejor, así la llamo cuando me acuerde, porque si el vuelo va con retraso se pone histérica. El taxi, menos mal que ya me está esperando, a este paso no llego...

Media hora de trayecto y ya he revisado toda la correspondencia pendiente, estupendo, ahora puedo desconectar el iPad y relejarme. ¡Oh, no! ¡Seré imbécil! ¡No puede ser! Vacío el contenido del bolso en el asiento y nada, no aparece, ¡lo que me faltaba! “Esto... perdone, pero tenemos que dar media vuelta”, me mira entre distraído y divertido al mismo tiempo. “¿Está segura?” “Sí,” respondo inspirando profundamente a fin de no elevar demasiado el tono de voz, más acorde con mi estado de cabreo conmigo misma interior, “por desgracia me he dejado en casa el móvil del trabajo.” Él asiente en silencio y observo cómo me mira suspicaz por el retrovisor. “Le daré el doble de lo acordado y un plus si consigue que no pierda el próximo vuelo.” Clava el pie en el acelerador y me recuesto compungida. ¡Y todo por culpa de mi madre y su maldita manía de llamarme al móvil personal! Es la única que lo hace, de hecho no lo tiro por ella, porque en realidad es una auténtica patata obsoleta.

En el aeropuerto confirmo las citas de última hora de la tarde y cancelo las primeras, con suerte llegaré a Madrid a la hora de comer española, llevo tanto tiempo con horario europeo que a las dos ya me ruge el estómago como el de un caimán a dieta vegetariana. No tendré tiempo para ir a mudarme al hotel, así que me maquillo en el baño y me cambio la camisa blanca por la blusa de seda. Espero no arrugarla demasiado durante el trayecto. No me quejo después de mi imperdonable olvido, conseguí plaza por los pelos en un vuelo que teóricamente llega a las 14.15, aunque tuve que pagar demasiado por el cambio. Genial, sólo me falta que me toque un asiento central para amargarme el día por completo. En fin, qué se le va a hacer... Tendré que improvisar más de lo habitual, me apetecía llegar con margen para leerme los informes pero no va a poder ser, en el avión me duele la cabeza si lo hago, prefiero ir mirando por la ventanilla. Espero que me toque, por favor, o tendré que recurrir a mi irresistible sonrisa con algún desesperado de turno para que me ceda su sitio. Mamá se enfada cuando se lo cuento, siempre acaba riñéndome por lo mismo, que si se me va a pasar el arroz, que si con tanto viaje no puedo tener novio, que a ver si me dedico a organizar eventos en la ciudad y no por toda Europa. ¡Pues si llega a saber que tengo una oferta en firme de una empresa de Los Ángeles, le da algo, seguro!

***

New York 8:30 pm
Me da la impresión de que me falta algo. No es que me haya olvidado de nada, no, la maleta la he revisado cinco veces por lo menos. Es por Matt. Parece como si me hubiesen arrancado un brazo o algo así. Concretamente el brazo del que suele ir colgado cuando lo llevo de la mano. En cinco años es la primera vez que me separo de él. Y me resulta tan extraño como el día que me lo entregaron. Jamás había cogido un bebé en brazos. Pero me sorprendió que encajase perfectamente en los míos. Como si estuviésemos hechos el uno para el otro. Abrió los ojos un instante antes de continuar con su siesta y me pareció verlo sonreír. La hermana que me lo trajo me lo confirmó. A él tampoco lo habían sostenido nunca tanto tiempo en brazos. Eran demasiado niños en el orfanato y faltaban precisamente eso. Brazos para darles todo el cariño que les hacía falta. Se les notaba en la cara. A todos. Una mirada tuya los hacía sonreír de oreja a oreja. Imagino que cualquier gesto amable les bastaba. 

Al final no llegaré a Madrid hasta el mañana a media mañana. Perdí el vuelo por culpa del monumental atasco que me pilló al salir de casa de Karen. Pero en realidad mereció la pena haberme quedado a cenar. Cuadré las escalas sin suficiente margen de tiempo y por eso sucedió lo esperado. Tendré que ir en el siguiente. No me importa demasiado, la verdad, el congreso no empieza hasta pasado, aunque me apetecía visitar la ciudad, después no tendré ocasión y no he estado nunca. Siempre viajo un día antes de lo previsto, desde que viví en África sé que las cosas se tuercen en cualquier momento, y que allí no siempre es factible solucionarlas con tanta facilidad como en Occidente. Estamos muy mal acostumbrados. A Matt intento explicárselo para que lo asimile, porque volvimos cuando todavía era demasiado pequeño para percibir la diferencia.

Mi hermana está encantada con que se quede toda la semana. Por mi trabajo apenas salimos de San Francisco y son ellos los que suelen venir de visita, les pongo la excusa de que a mis sobrinos les vienen bien una dosis extra de vitamina D, pero sé que estoy siendo un egoísta. Estas Navidades le prometí que las pasaríamos con ellos en Manhattan, a Matt le gustará ver la nieve para variar. Y se lo debo. Desde que murió nuestro padre no he vuelto a pisar su piso y mi cuñado en el fondo me cae genial, es un poco seco en el trato, pero es un buen tipo y un padre encomiable. Además, es una pena que los niños no estén más a menudo juntos. A mis sobrinos les encanta presumir de tener un primo negro, el mayor acaba cada frase con “hermano” y me hace gracia, porque la pequeña me dice toda seria el otro día por teléfono: “Oye tío, Paul, me han dicho que al volver de África los negros pierden color, ¿crees que eso le ocurrirá a Matt o puedo seguir pintándolo muy oscuro en los dibujos de mi familia que me manda hacer la profe?” Creo que por eso me encanta investigar con niños, siempre me sorprenden con sus razonamientos, son como genios en diminuto.  

***

Mientras observo distraída las nubes preguntándome a qué sabrán, noto un leve movimiento en el asiento de delante. Al final hubo suerte y me ha tocado ventana, no he tenido que recurrir a ninguna artimaña y me dediqué a no pensar en nada durante un buen rato. Pero la niña acaba por asomar la cabeza y me mira con una sonrisa pícara, en cuanto se la devuelvo se esconde y vuelta a empezar. Ahora me ves, ahora no me ves. Es preciosa. Realmente preciosa. De esas crías de anuncio que dan ganas de comérselas a besos. Yo quiero una igual. Que me la den así crecidita además, lista para ir al colegio y recogerla a la salida para que me cuente cómo le ha ido el día. Los bebés no son lo mío, lo reconozco, y sola no me atrevería a tener uno ni en broma. Como mi amiga Susan, que se fecundó en una clínica porque estaba harta de que los príncipes le saliesen rana. Con mi trabajo imposible además, si nadie me echa un cable. Mamá insiste en que lo haga, que me ayuda ella en lo que me haga falta, pero sé que no está para esos trotes. Últimamente está peor de la espalda y cada año que pasa parece que se le echa una década encima. 

Y lo de adoptar tampoco, mis primos de Chelsea lo consiguieron por fin, pero después de tantos sufrimientos que no estoy muy segura de que les compense. Bueno, sí que les compensa, si he de ser sincera se les cae la baba con su niña, es un amor de cría, sin embargo yo no me veo pasando por semejante calvario. Y menos sola. Y al paso que voy es como me quedaré, porque ya ni recuerdo el nombre del último tío con el que estuve. No me extraña que las chicas me regalasen un consolador por mi cumpleaños. “Como no tienes suerte con los novios, te hemos traído uno que no falla”, dijo Lana entre carcajadas. Y tiene razón. Me limito a cambiarle las pilas de vez en cuando y punto. No falla. Pero tampoco me sirve para tener un hijo. Bueno, igual es por algo. No todas las mujeres tienen que ser madres, ¿no? Es como lo del instinto maternal ese, yo es que no estoy segura de que lo tenga, vamos, ¿eso cómo se sabe? 

***

Me quedé dormido y la señora de al lado tuvo la amabilidad de despertarme para tomar el almuerzo. Tardamos más de dos horas en despegar por problemas técnicos y la compañía aérea nos obsequió con comida y bebida gratis durante el vuelo para procurar que no les lloviesen las reclamaciones al aterrizar. Yo no lo disfruté demasiado, dicho sea de paso, preferí recuperar el sueño atrasado. Matt tuvo pesadillas y no me dejó dormir anoche, bueno, hace dos días supongo, ya me lío con el cambio de hora, y yo aun encima estaba saliente de una guardia movidita. Me pasé unas cuantas horas de más en el quirófano por culpa de un accidente de tráfico múltiple. Prefiero no recordarlo. Perdimos a uno. No pudimos hacer mucho, la verdad, llegó en estado crítico y de poco valió intentar reanimarlo. Es lo peor de mi trabajo. Las malas noticias suelen ser muy malas. Y las buenas no siempre lo son del todo, pero es lo que hay. No me quejo. Me encanta lo que hago y cuando algo sale bien, la sonrisa del crío que tengo delante lo compensa todo. Absolutamente todo. Ni punto de comparación con comida o bebida gratis.

***

Madrid 14:45 
La fila del autoservicio es descomunal. Tengo tanta hambre que me comería hasta la bandeja. Pero no. Espero pacientemente mi turno en caja para pedir el café. Mamá dice que lo hago para fastidiarla, y no sé hasta qué punto podría contradecirla porque en realidad llevo tanto haciéndolo que no recuerdo cómo empezó la cosa. Papá me contó una vez que había sido en un restaurante al que me llevaron para celebrar no sé qué y no me gustó. Que arrugué la nariz al ver la carta y pedí el café en primer lugar para pensar bien qué pedir. “¿Desde cuándo se toma el postre primero?”, me soltó ella toda ofendida. Ni caso le hice. Lo sorbí lentamente mientras a ellos les servían los entrantes y no dije qué quería comer casi hasta el segundo. Jamás tomo postre. No me gusta el dulce. En cambio al café le hecho tanto azúcar que me cuesta removerlo para que se deshaga. Y me lo tomo siempre antes de empezar a comer. “Solo por fastidiar”, diría mi madre y sonreí de medio lado al recordar la cara que pone siempre que comemos juntas. Solemos quedar todos los días que puedo. Tras quedarse viuda sale menos, y sus problemas de salud no ayudan. Tiene un par de amigas que van de vez en cuando a visitarla, pero es normal que prefieran irse por ahí que quedarse en su casa jugando al bridge.  

La cajera está claramente desbordada, me compadezco de ella esbozando una sonrisa amable cuando me llega el turno y me la devuelve de inmediato. Me gusta ser amable con los demás, es más efectivo si estás en un apuro o necesitas que lo sean también contigo. Es de agradecer. Y más en su caso. “Americano largo descafeinado”, le pido sacando la cartera mientras da una rápida ojeada a lo que llevo en la bandeja para hacerme la cuenta. “Que sean dos, por favor, lo digo por si así ahorramos tiempo de espera”, escucho decir a mi espalda en español con un extraño acento mexicano. Ella sonríe de oreja a oreja y me giro para comprobar el motivo. Encontrarse de sopetón con el Brad Pitt de “Thelma y Louise” en versión más alta tiene consecuencias para la salud, concretamente que se te altere el ritmo cardíaco de inmediato. Pestañeo en señal de incredulidad y la cajera me saca de mi repentino ensimismamiento al ofrecerme el cambio. Lo cojo por inercia y por el mismo motivo meto la mano en el bol de sobres de azúcar, sin ser consciente de que él tiene la suya metida dentro, con lo que nuestros dedos acaban entrelazándose sin querer. 

Ambos sonreímos nerviosos ante el inesperado contacto físico, y el visual acaba de hacer el esperado efecto. Me derrito para mi sonrojo cuando sus preciosos ojos azules se clavan en los míos. “¿Norteamericano?”, le pregunto en inglés intentando que no se me note tanto que desearía que me llevase en sus fornidos brazos directa a la cama. Él asiente divertido exclamando “¡Gringo!”, y no sé por qué me da la impresión de que es capaz de leerme el pensamiento. Así que dirijo mi mirada hacia el comedor en busca de una mesa para alejarme de la tentación. “¿Compartimos?”, pregunta tras constatar que solo queda una libre al fondo. Asiento yo esta vez, apretando los labios para que no se me escape un desesperado ¡por supuesto! Lo que ya no puedo evitar es que mis tripas rujan al tomar asiento, provocando que le dé la risa. “Estoy que muerdo”, admito entre risas, “estas no son horas...” Y entonces me fijo en que él apenas lleva su café. “En el avión”, responde a mi pregunta interior sobre si ya habrá almorzado y lo miro entrecerrando los ojos. Como sea verdad que me lee la mente estoy en un buen lío. Su críptica sonrisa me lleva a ruborizarme de nuevo, y me abanico echando la culpa de mis coloretes a un sofoco por el ambiente cargado.

Observo cómo se sorprende al verme vaciar uno tras otro los sobrecitos en mi café y sonrío cortés excusándome: “Nunca tomo dulces”. “Pues espero que muchos cafés tampoco, de lo contrario tu cerebro estará en efervescencia las veinticuatro horas del día.” “Apostaría a que vienes a un congreso de medicina”, afirmo tras dar el primer sorbo y sentir cómo el sabor dulzón le sienta de maravilla a mi necesitado estómago. “Neurocirugía pediátrica”, afirma sonriente y arrugo la nariz. Ladea la cabeza como queriéndome decir, suéltalo, venga, dime lo que opinas. Y se lo confieso abiertamente. “No te pega, tienes más pinta de bombero o algo así, no de cerebrito salvavidas”. Sus carcajadas resuenan y algunos comensales próximos nos conceden un ápice de atención, para regresar a sus platos enseguida. “Pues tú tienes pinta de abogada”, me dice en cuanto se le pasa el ataque de risa. “Frío, frío”, respondo sonriendo sarcástica y entonces me pilla. “¡Claro! Disculpa, he pasado por alto el pinganillo que se te salió del bolso al coger la cartera. ¡Organizadora de eventos! ¿Especialidad? ¡Espera, no me lo digas! Bodas, no. ¡Reuniones de empresa!” “¡Bingo! Eres bueno...”

***


Madrid 2:45 pm
Es bajita, menuda, de pelo y ojos castaños. Nada fuera de serie. Pero tiene algo que me obliga a fijarme en ella. Sus manos. Pequeñas y ágiles, elige con precisión lo que desea de la ringlera de alimentos y lo deja con delicadeza en su bandeja. Daría una buena cirujana. Entonces se le suelta un mechón y lo coloca de inmediato en su sitio. Su sutileza de movimientos me fascina. Es como una muñequita. Y al escucharle pedir el café no resisto la tentación. ¿Será una mera coincidencia que desee lo mismo que yo? No, no lo creo. Hace siglos que no me fijo en ninguna chica. Estoy tan liado entre Matt y el hospital que no tengo tiempo para citas. Ni ganas. Hace ya tanto de la última que mereció la pena que ni la recuerdo. En África aprendí a convivir con la abstinencia. Experimenté tantas sensaciones los seis años que estuve allí que me parecen décadas. Desde luego tengo muchísimas más cosas que contar que sobre prácticamente el resto de mi vida. A nivel personal desde luego. Y a la vuelta no me apetecía meter a nadie en casa estando todavía Matt y yo adaptándonos a nuestra nueva rutina. 

Sus labios. Parecen suaves. Tanto que dan ganas de besarlos. Se le han ido despintando sorbo tras sorbo y su color rosado me encanta. Y como los mueve al hablar también. Es lista. Se le nota que le gusto y me hace gracia, porque intenta disimularlo de un modo peculiar. Me encantan sus expresivos gestos, las caras que pone me hacen mucha gracia. A mí también me gusta ella. Y no me importa en absoluto que se me note. Quizás sea eso lo que la pone nerviosa. Porque juguetea constantemente con la servilleta mientras come. Me gustan sus gestos. Es simpática, pero aun así sigue pareciendo una muñequita. Preciosa y delicada. Y sin querer me pregunta por mi vida y le cuento todo. Absolutamente todo lo que desea saber. Incluso más de lo que habitualmente acostumbro a contarle a nadie. Observa la fotografía de Matt con atención y la acaricia inconscientemente en uno de sus metódicos movimientos digitales. Excelente cirujana, sin duda. Me gusta que se enternezca al verlo. No todo el mundo lo hace al reparar en su deformidad del labio inferior. Estamos esperando a que sea algo mayor para intervenirlo quirúrgicamente. Mientras no vaya al colegio no me preocupa. En la guardería del hospital ya lo conocen y nadie se mete con él.

Es una lástima que Londres esté tan lejos. Tengo que convencerla para que acepte ese nuevo trabajo. Me encantaría conocerla más a fondo. Me da miedo lanzarme sin estar completamente seguro. Necesito estarlo. Por Matt. Y porque mi corazón tampoco soportaría otra decepción como la de Jane. Ana. Se llama Ana y nació aquí, aunque lleva viviendo en Londres desde los tres años. Cuanto más la miro más la deseo. Es realmente preciosa. Y que responda a cada una de mis preguntas sobre ella de un modo tan singular me fascina. No lo dice como lo hago yo. Fechas, acontecimientos fundamentales, y poco más. No. Ella me habla de sensaciones, de colores, de olores, incluso de sabores, para evocar su pasado y que llegue a percibirlo como ella entiende la vida, como algo que se siente con los cinco sentidos. Que creo que puedo palpar en la palma de su mano. La rocé sin querer cogiendo el azúcar y me estremecí. Ahora se la cogería sin dudar. Porque sé que al hablarme está abriéndome su corazón de par en par. Igual que lo estoy haciendo yo. Algo que sucede en tan raras ocasiones que todavía no acabo de creerme que esté pasando. Pero es así. No sé qué es lo que tiene. Su voz me tiene embrujado y no dejo de mirarla, hasta que de repente se asusta al ver qué hora es y se levanta, y se deja caer en la silla mirándome desesperada. “Tienes una cita”, afirmo más que preguntar. “Esta noche conmigo otra, por favor, dime que sí.” Y al enviarle la dirección de mi hotel a su móvil noto cómo le tiembla el pulso al abrir el mensaje. Pero lo corrige en el acto. Lo dicho. Cirujana. Debe ser eso entonces. Me clavó certera el bisturí hasta la aorta, porque me estoy desangrando al verla marcharse a toda prisa. 

***

El taxi me deja justo delante del edificio de oficinas y todavía tengo que controlar mi inestable ritmo cardíaco. Increíble. Por dentro y por fuera. Demasiado perfecto para ser real. Somos muy diferentes, y en el fondo tan iguales que me da vértigo. San Francisco. No puede ser. Le comento algo sobre la oferta de trabajo en Los Ángeles y se le ilumina la mirada. Frena. Te estás lanzando a la piscina sin flotador y apenas sabes nadar. Ana, espabila. Te rompen el corazón cada vez que entregas el tuyo. Ya. Ya lo sé. Pero él no es así. Es muy pronto para estar segura. Lo sé. Lo he visto en sus ojos. En cómo me mira. Jamás me haría daño. Al menos conscientemente. ¡Tú misma, después no me vengas llorando! No te pongas así, que lloramos juntas. Bueno, en realidad somos la misma. ¡Qué manía me ha entrado con hablarme en segunda persona! Estás majareta, ¿de qué te extrañas? Sólo a ti se te ocurre contarle que te encantaría saber a qué saben las nubes. Pues sonrió cuando se lo comenté. ¡Porque es demasiado educado para levantarse y salir corriendo! ¿Y entonces por qué me ha dado la dirección de su hotel? Por lo mismo que todos, ya lo sabes. No. No me lo creo. ¡Y cállate de una vez...! ¿Sabes una cosa? ¿En qué quedamos, me callo o no me callo? ¡Calla y escucha, caramba! Creo que me alegro de haberme olvidado el móvil en casa. En eso estamos de acuerdo, ¿ves? De lo contrario no habríamos conocido a semejante tío bueno. Es mucho más que eso y lo sabes. Sí. El amor de nuestra vida, pero no lo digamos muy alto que igual se nos gafa... ¡Ya salió la supersticiosa! Es el destino, mujer, que te lo digo yo, confía en mí, y sino al tiempo... 

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 23 de marzo de 2017

El apremiante caso de la caja extraviada


El señor E. no es realmente consciente del vuelco que está dando su vida en pocas semanas. C. fue colándose en ella desde su primera cita a ciegas en el café (léase El desconcertante caso de la carta sin remitente), y como quien no quiere la cosa se fue adueñando de su alma, al mismo tiempo que de la de su fiel compañero de andanzas. Morris le ladra dando saltos de alegría en cuanto lo huele cerca de ellos, ya que C. sale a correr todas las mañanas y ahora su recorrido le lleva a cruzar la calle para pasar por delante del portal a la intempestiva hora en que su vecino se levanta para sacarlo a hacer sus necesidades. Procura no interrumpir sus rutinas, conociendo las debilidades de su dueño, tan sólo se acerca y les da los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja enmarcada por su cuidada perilla, sin aminorar un ápice su marcha, lo que provoca que Morris lo persiga durante unos instantes con la lengua de fuera en señal de sintonía matutina. Y ese simple gesto va calando en el interior del señor E. de tal manera que ni se le ocurre darle una voz a su perro como haría en semejante tesitura, el “¡Morris, compostura!” queda relegado para cuando no hay confianza, porque en definitiva eso es lo que empieza a sentir que tiene con C.

O algo más que eso, puesto que sin darse cuenta va incorporando nuevos hábitos a su jornada diaria. Como pasar cada tarde por su estudio aprovechando el paseo con Morris, para tomar una taza de té con él durante su breve descanso vespertino. O incluso tener el arrojo de invitarlo a cenar a su casa de vez en cuando, para después poder comentar juntos el documental de turno del canal de Historia. C. es un joven paciente, en el fondo está fascinado con el señor E., sus maneras y atuendo de gentleman no le han defraudado en absoluto, ya que es un perfecto caballero y le encanta tener la oportunidad de dibujarlo junto a su inseparable amigo durante sus encuentros. En ocasiones al marcharse se deja algún boceto desprendido sin querer de su bloc verde, y el representado lo admira boquiabierto durante unos minutos, antes de colocarlo cuidadosamente en su vitrina de colección de relojes. “¿A que así destacan más?”, le comenta separándose para ver el efecto del nuevo fondo, y el chucho levanta el rabo en señal de aprobación. Y es que Morris asiste al avance de la relación entusiasmado, puesto que C. es mucho más propenso a jugar y bromear con él que su dueño, pese a que lo acepte como es y lo respete hasta el punto de obedecerle sin contemplaciones. 

El trato llega a familiarizarse tanto que inusitadamente le propone asistir a las comidas de todos los miércoles con su ahijada, quien, absolutamente anonadada al verlos aparecer juntos, aprovecha la coyuntura para llevar también a su novio, y así ir acostumbrando a su padrino a verlo más a menudo. C. es un buen conversador, lo que ocasiona que el señor E. asista a las animadas charlas que mantienen durante el almuerzo con su amable sonrisa en los labios. Le gusta eso de él, que sea capaz de sacar un tema del que hablar que resulte del interés de todos los comensales semana tras semana sin recurrir a tópicos aburridos. A él no le queda más remedio que hacerlo porque su vida social es nula, pero la de C. no lo debe ser tanto, a juzgar por lo mucho que tiene que contar. Algo que le sorprende sobremanera, sabiendo que se pasa prácticamente todo el día encerrado en su diminuto estudio dibujando. Las noches al parecer no entran a tal efecto dentro del estrecho abanico de posibilidades que contempla el señor E.

Fue precisamente en una conversación a propósito de su vivienda, cuando se lió la manta a la cabeza por primera vez en su hasta ese momento anodina existencia. C. le daba las quejas a su ahijada sobre su despótico casero, además de relatarle los problemas de espacio a los que debía hacer frente cada vez que tenía más de un proyecto entre manos. “Es que la mesa de dibujo me queda encajonada en un rincón y ya no sé dónde extender los rollos de papel... A veces tengo que separar el sofá cama para estirarlos por el suelo, pero no me gusta, ¿sabes? Resulta incómodo y sucio, por otra parte... ¡Pero es lo que hay! Imposible permitirme pagar un alquiler más alto siendo autónomo...” Ella lo miró compasiva y su novio puso los ojos en blanco, al reconocer la misma cara de lástima que se le pone viendo las películas románticas que él detesta, hasta que su rostro se iluminó antes de exclamar toda ufana: “¿Y por qué no te mudas a casa de mi padrino? ¡Él tiene sitio de sobras en su apartamento para que trabajes cómodamente!” 


Al señor E. se le atragantó el trozo de carne que masticaba tranquilamente atendiendo al diálogo, y C. se sonrojó antes de comentar un tanto nervioso: “Pero... ¡Si ni siquiera nos hemos besado!” Mientras el aludido tosía para tratar de volver a respirar con normalidad, alzó una ceja más sorprendido por lo que acababa de escuchar que por el descarado ofrecimiento de su ahijada. Bebió un sorbo de agua y, tras limpiarse concienzudamente la comisura de los labios, intervino con su sosegado y correcto modo de expresarse: “En todo caso, no creo que eso sea impedimento para que traslade sus enseres a mi hogar, puesto que todo indica que es la solución óptima a juzgar por sus carencias. Dispondrá de espacio suficiente para realizar su trabajo del modo más conveniente, y no deberá desembolsar ni un céntimo más de renta al mes, puesto que mi piso, aparte de ser de mi propiedad, está libre de cargas.” 

Y no hubo más que hablar. Esa misma tarde organizaron la mudanza con la inestimable ayuda del novio de su ahijada, quien daba palmas alborozada alrededor del que tendría que cargar con gran parte del peso. Él la miró durante unos instantes pensando en que mejor sería que hubiese cerrado su linda boquita, pero pensar en lo que le hacía con ella le llevó a reconsiderar su actitud, y resignarse ante la idea de que los brazos de aquellos dos, unos finos y otros elegantes, eso sí, pero que no disponían ni de la mitad de la masa muscular de los suyos, no le servirían de mucha ayuda para transportar todas las cosas del ilustrador y diseñador gráfico. Lo bueno era que no tenía demasiadas pertenencias. Lo malo fue que hubo que esperar a que se le pasase el subidón que le produjo saber a dónde se iba a ir a vivir, porque en un principio no atinaba ni con lo que tenía que meter en cada caja de cartón. 

Como a pesar de que no había más muebles que trasladar que su mesa de dibujante, sí que necesitarían bastante tiempo para llevar todo, decidieron hacerlo en dos días. Esa tarde llevarían sus utensilios de trabajo para que pudiese seguir con él cuanto antes, y al día siguiente su ropa y objetos personales para poder quedarse ya a dormir en su nuevo domicilio. El par de días libres de los que disponía el improvisado transportista les vinieron de perlas para llevar a cabo el cometido en tan poco tiempo, y éste no se quejó demasiado al tener a su novia de tan buen humor al llegar a casa por las noches, fingiendo venir reventado para conseguir un buen masaje, y lo que se terciase a continuación. C. por su parte también quiso hablar a solas un momento con el señor E. antes de dar el pistoletazo de salida a la operación. Lo siguió hasta el baño cuando fue a lavarse las manos después de acabar el postre, se disculpó de antemano por si lo había puesto en una situación comprometida, y le confesó que no era necesario que siguiese adelante con aquello si lo hacía por obligación. 

Él esperó a que acabase de decirle lo que le resultaba tan embarazoso confesar, puesto que miraba al suelo con las manos en los bolsillos mientras lo hacía, y entonces le irguió el mentón tras secarse bien con el secamanos, a fin de ver sus preciosos ojos verdes a través de sus gafas, y en cuanto los tuvo ante los suyos sonrió. “Es un placer, de verdad, poder servirle de ayuda.” Éste le devolvió la sonrisa de inmediato, provocando con ello que el ritmo cardíaco del señor E. se acelerase, quien, sin pensar, le acarició el labio inferior con su pulgar. Gesto doblemente significativo. En primer lugar porque se trataba del contacto físico más íntimo que había tenido jamás con otro ser humano. Y en segundo lugar porque venía a decir algo así como: creo que me estoy enamorando, pero le ruego disculpe mi ineptitud, ya que no tengo ni la más remota idea de cómo debo comportarme en estas lides. Es de suponer que C. captó el mensaje, puesto que entornó los ojos ensanchando su sonrisa, quizás pensando: ¡bésame de una vez, por favor, hazlo ya! Acto para el que no tenía la mas mínima intención de tomar la iniciativa, tratando de evitar a toda costa el violentar a un hombre tan retraído como su adorado señor E.   


Con lo que no contaban es con cómo se desarrollarían los acontecimientos. La tarde noche siguiente fue crucial para su relación, puesto que tras acabar la mudanza la ahijada del señor E. preparó cena para todos en casa del anfitrión para festejar el feliz final de aquella aventura. C. se dispuso a inmortalizar la celebración en su sempiterno bloc verde, y entonces reparó en que no lo encontraba por ningún sitio. Su preocupación derivó casi en histeria al caer en la cuenta de que faltaba una caja. La más importante, en realidad, puesto que se trataba de la última que habían transportado, que no contenía otra cosa que los sobres con los trabajos que debía entregar esa misma semana, además de su bloc y los rotuladores que usaba más a menudo. Morris de poco sirvió en esa ocasión, puesto que no disponían de ninguna muestra que le permitiese seguir el rastro del resto, y tan sólo ayudó a que se enfriase el banquete, que volviesen todos a inspeccionar el desangelado estudio completamente vacío. “Con el estómago lleno razonaremos mejor”, intervino la cocinera a fin de que su esfuerzo por tener todo listo para cuando acabasen no fuese en balde. Y así lo hicieron nada más regresar, algo más callados de lo habitual, puesto que C. no se dedicó a amenizar la comida como los tenía acostumbrados, apesadumbrado como estaba por lo sucedido.

A nadie le extrañó que el señor E. no abriese la boca más que para meter un nuevo bocado tras masticar el anterior las repetidas y suficientes veces que consideraba indispensables para favorecer su tránsito intestinal. Sus ensimismamientos eran frecuentes incluso cuando el tema de conversación le interesaba, así que el único que estaba pendiente de sus facciones era Morris, quien, de tanto convivir con él, identificó perfectamente que estaba en fase i (i de investigación). Lo observaba con las orejas en alto y el cuerpo en tensión, a la espera de cualquier orden suya para lanzarse a perseguirlo a donde quiera que se dirigiese en busca de pistas para resolver el nuevo caso. Y su instinto no se equivocó. En cuanto terminó su plato se disculpó para ir a lavarse las manos y bastó una discreta mirada en su dirección para que el chucho lo siguiese hasta su dormitorio. Cuál fue su sorpresa cuando su amo no le pidió que olfatease nada, ni siquiera le comentó sus hipótesis como generalmente hacía para pedirle su parecer, sino que simplemente le dijo: “Discreción, Morris, discreción.” Y el perro obedeció sumiso, volviendo a su puesto junto al sofá de su amo, recostándose a sus pies simulando modo siesta inminente. 

Una vez que C. les relató la catástrofe que sería para él perder aquellos sobres, no sólo por el tiempo que llevaba invertido en ellos, sino por el estrés que le supuso acabarlos dentro del plazo estipulado, además, claro está, de las innumerables explicaciones que tendría que darles a sus clientes para justificar su demora, comprendieron la apremiante necesidad que tenía de encontrarlos, aparte del disgusto que le ocasionaba haber perdido su apreciado cuaderno verde. Apelar al lugar común sobre que en todas las mudanzas siempre se pierde algo, como intentó hacer el novio de la ahijada del señor E., no valió la pena, puesto que enseguida enmudeció tras recibir un codazo de ella, prefería no tentar su suerte, no fuera a quedarse sin recompensa esa noche. Y como también era la primera que iban a pasar juntos la nueva pareja, prefirieron dejarlos solos temprano, prometiéndoles que por la mañana les ayudarían a seguir buscando la caja extraviada. 

Tan pronto como el señor E. cerró la puerta tras de sí le dirigió una significativa mirada a su nuevo compañero de piso, le dolía de tal manera verlo tan abatido que prefirió ahorrarle mayor sufrimiento y le dijo sin más preámbulos: “Querido C.” La breve pausa que hizo tras semejante afirmación, suponemos que a causa de la conmoción que le produjo a sí mismo declarar sus sentimientos de una manera tan meridiana, sirvió para que el interpelado alzase la vista subyugado por sus palabras. “Querido C.”, repitió para afianzar su intrepidez, “no me he atrevido a decírselo en presencia de los demás para evitar una situación comprometida, pero sé dónde se encuentran esos sobres.” La cara de sorpresa de C. omitió cualquier exclamación del tipo, ¡cómo no me lo has dicho antes!, y la sonrisa amable del señor E. se le fijó en el rostro mientras se lo aclaraba: “Al parecer su nerviosismo le ha debido jugar una mala pasada en cuanto a su memoria se refiere, pero creo recordar que usted mismo declaró que esa caja la metería en un lugar mullido para evitar que sufriese cualquier desperfecto por el camino, y sólo se me ocurre pensar en la bolsa de deportes que llenó con su ropa interior y sus calcetines.” 

No tuvo tiempo de terminar la frase y ya sintió los brazos de C. asiéndole calurosamente el cuello, exclamando a la vez a viva voz: “¡Dónde tendré hoy la cabeza, por favor, es verdad!” El señor E. únicamente osó rodearle la cintura con los suyos en vista de que se prolongaba el abrazo, hasta que el otro se dio cuenta de que se había extralimitado y se separó tratando de excusar su efusividad, ruborizándose por su metedura de pata. “No hace falta que se disculpe, de verdad, al contrario, me gusta su naturalidad, lamento no parecerme más a usted en ese sentido.” La bonita sonrisa del joven lo cautivó de nuevo y al fin se dejó llevar por un repentino impulso acercando sus labios a los suyos. El efímero roce duró escasos segundos y ni siquiera llegó a dejar rastros de saliva en la boca de C., quien creyó regresar a la adolescencia tras una experiencia tan tierna. Pero para el señor E. supuso el comienzo de todo, su corazón se expandió de tal manera que por un momento se llevó la mano al pecho descontrolado, y tuvo que tomar asiento medio mareado. C. lo miró ansioso y le ofreció un vaso de agua, sumamente preocupado por su estado de salud, no obstante él lo rechazó restándole importancia a su arritmia cardíaca y a su amago de desfallecimiento, diciéndole: “Prefiero que me devuelvas el beso, que estoy seguro de que lo harás mejor que yo.”   

jueves, 16 de marzo de 2017

Amor cristalino


“¿A quién se le habrá ocurrido la idea de poner esto en medio de un parque?”, dijo él mirándola extrañado a través del cristal. “Pero... ¡Si vengo casi todos los días y aquí no había nada de nada!”, exclamó ella extremadamente confusa, haciendo repiquetear sus uñas sobre la superficie impoluta. “¡Pues es un verdadero peligro! Porque casi choco al darme la vuelta ahora mismo... ¿Crees que se romperá de un balonazo o algo así?”, le preguntó él dirigiendo una rápida mirada a la partida en la que estaban enfrascados sus dos hijos. “Parece resistente, de esos irrompibles, al parecer...”, admitió ella golpeando con los nudillos para cerciorarse. “No creo que rompa tan fácilmente, pero desde luego habría que advertir a los críos, por supuesto”, y tan pronto como acabó su frase su hija atravesó la pantalla corriendo sin que a ella le diese tiempo ni a gritar su nombre siquiera. Aquello los desconcertó todavía más. 

Ambos se miraron perplejos y de repente comenzaron a caminar en paralelo, intentando llegar al final de la mampara. Nada, resultó inútil, tanto hacia un lado u otro el panel de vidrio continuaba separándolos. Ya lo habían tocado, por lo que no dudaron de que estaba allí en ningún momento. Lo que no podían explicarse era cómo era posible que los demás, tanto niños como el resto de padres y abuelos, pudiesen atravesarlo sin mayor complicación, como si no existiese. Era la primera vez que se veían, él estaba leyendo la prensa en un banco, levantando la vista de cuando en cuando, generalmente coincidiendo con una jugada interesante de la pachanga de fútbol que tenía lugar cerca de los columpios. Hasta que se hartó de estar tanto tiempo sentado y se levantó para estirar las piernas. Ella estaba en la zona del tobogán, a su hijo mayor le gustaba escarbar por cualquier sitio y lo dejaba más a su aire, pero a la pequeña no podía quitarle el ojo de encima. Fue entonces cuando sus miradas se encontraron, y se sonrieron de inmediato. 

Al aproximarse se quedaron boquiabiertos, jamás hubieran imaginado que aquel cristal estuviese allí por su culpa. “Es la única explicación que se me ocurre”, adujo él intentando conservar la calma, se despidieron con un simple gesto de cabeza, incapaces de dejar de darle vueltas a lo anormal del caso. De hecho, la situación se repitió en el siguiente encuentro fortuito que tuvieron. Fue en una fiesta de disfraces de la asociación vecinal, ella lo saludó a cierta distancia y su marido le preguntó si lo conocía. “De vista, estaba el otro día con sus hijos en el parque.” “Pues aquella es su mujer, vino a nuestra oficina a cotejar unos documentos. Están de paso, parecen buena gente.” Sonrió sin prestarle demasiada atención, más preocupada en vigilar que la niña no se escondiese debajo de las mesas. Pero en el pasillo de los baños volvieron a coincidir con sus respectivos retoños.

La cola del baño femenino era mucho mayor que la del masculino y él acabó antes. Al pasar por su lado tuvo que separarse para no chocar. Su hijo pequeño no parecía tener el mismo problema y le tocó la falda de tul repleta de estrellas de su disfraz de bruja. Ella le sonrió nerviosa, tras caer en la cuenta de que su padre lo observaba muerto de envidia, medio recostado contra la pared de enfrente para no ahumar el cristal con su respiración. “Mañana, en el parque”, le dijo observándola anonadado y ella asintió igual de incrédula. Tenían que verificar si aquello había sido una casualidad, o se repetiría cada vez que se viesen, por eso decidieron citarse. Y al día siguiente lo comprobaron. “¿Por qué sólo lo vemos nosotros?”, se preguntaba ella notando en su palma el frío contacto. “¿Quién puede querer separarnos?”, se preguntaba él golpeando disimuladamente su superficie, por no llamar la atención del par de abuelas que estaban sentadas charlando en un banco próximo. 

En el fondo el cristal los unió, quedaban día sí, día también, para comentarse sus respectivas conjeturas sobre el tema, ya que no se atrevían a contárselo a nadie más por miedo a que los tomasen por locos. Y poco a poco, además de sobre aquella extraña anomalía, acabaron hablando sobre sus hijos, sus trabajos, su vida en general, y sobre nada en particular, dando más bien la impresión de ser un par de viejos amigos que se reencuentran tras años sin verse. Procuraban hacer coincidir sus salidas al parque, sus ir y venir debidos a las actividades extraescolares de sus hijos, incluso sus minutos de descanso para tomar el café de media mañana, con la excusa de verse para verificar que seguían separados por aquella mampara imperceptible para el resto del mundo.   


Llegó un momento en que se les hacía insufrible no poder hacerlo por motivos ajenos a su voluntad, bien fuese por compromisos laborales o familiares, y entonces comenzaron a hacerse otro tipo de preguntas. “¿Lo nuestro será amor?”, le dijo ella una fresca tarde de primavera. Él dudó antes de responder, e hizo el amago de cogerle la mano, aunque su brazo cayó por el peso de la impotencia. “No estoy seguro,” admitió sin atreverse a mirarle a los ojos, “lo único que sé es que es algo muy fuerte, y que seré incapaz de despedirme de ti cuando me vaya.” A partir de entonces sus conversaciones se centraban en su estado de ánimo. Ya se sabían su infancia y su adolescencia de pe a pa, incluso se habían contado pormenores íntimos de sus respectivas vidas de pareja. Los “¿Cómo lo llevas?”, “¿Qué tal has dormido hoy?”, o incluso los “¿Has conseguido comer algo?”, fueron sustituyendo a otro tipo de comentarios, y los silencios y, sobre todo, sus miradas lánguidas al constatar su desmejorado aspecto los pondrían en evidencia ante los demás, de no ser por que siempre se les veía separados por una prudente distancia. 

No poder ni tocarse les resultaba tan insufrible como la idea de estar juntos. Cada uno tenía una vida estable y relativamente feliz, por lo que no entendían qué les había pasado. Cómo habían podido llegar a un punto en el que les resultaba insoportable no sólo no verse, sino no poder abrazarse, acariciarse, o besarse. Y al mismo tiempo su conciencia no les permitía admitir que semejante contacto fuese factible, estando ambos comprometidos como lo estaban. “Ayer la abracé pensando en ti”, le confesó él una tarde. “¿Y?”, inquirió ella poniendo cara de circunstancias. Su cara de decepción y el suspiro apartando la vista le dejaron clara la respuesta, y ella hizo caso omiso del comentario tratando de reconfortar su tristeza cogiendo a su hija en brazos. Aun así decidieron hacer un último experimento. Comprobar si completamente solos continuaban separados por el cristal, puesto que era otra de las numerosas elucubraciones que habían barajado. Quizás sólo se les impedía estar juntos en público, y decidieron hacerlo en privado para probar su teoría. Llegaron por separado a la habitación de hotel, él subió primero y en cuanto entró ella el cuarto quedó dividido por la mitad.

Descargó toda su rabia y frustración en vano, el cristal no sufrió ni el mas leve rasguño tras el ataque con cualquier objeto que se encontraba a su alcance. Al contrario, parecía desafiarlo con su obstinada robustez. Se cansó de golpearlo en balde, hasta que vio la mezcla de pánico y conmiseración en los ojos de ella. Y paró. Exhausto se recostó sobre la cama y ella lo imitó del otro lado de la mampara. No necesitaban palabras para expresar su sufrimiento, sus miradas lo decían todo. Y su deseo incumplido e irrefrenable los llevó a desnudarse lentamente. Sin prisa. Como si tuviesen todo el tiempo del mundo a su disposición. Disfrutando del inconmensurable placer que les producía descubrir cada centímetro de la piel del otro. Del único modo que podían hacerse el amor. Con los ojos. Y con la mente. 


Jamás volvieron a hablar sobre aquella noche. Tampoco repitieron. Siguieron como siempre, conversando sobre todo y nada como tantos otros padres que coinciden en los parques. Una mañana él no apareció a la hora del café, ella lo justificó achacándolo a cualquier tipo de imprevisto, pero por la tarde sus hijos tampoco fueron a entrenar y se puso nerviosa. Un extraño dolor en el pecho comenzó a alterar su ritmo cardíaco de tal manera, que cuando sus sospechas se confirmaron se hizo tan agudo e insoportable que perdió el conocimiento. Se despertó al día siguiente en el hospital. El cirujano blandía un ridículo bote de plástico y le explicaba la complicada operación que hubo que realizarle para extraerle aquel extraño trocito de cristal. El médico divagaba con su marido sobre lo extraordinario del caso, exponiéndole las diferentes hipótesis para explicar lo inexplicable, mientras ella sólo deseaba que la dejasen tranquila. Que no era la tremenda costura que le dividía inequívocamente en dos el torso lo que más le dolía, sino el órgano que se había visto afectado por la repentina desaparición.  

Él cumplió su amenaza. Se marchó sin decirle adiós y ella siguió durante meses ingresada, porque sus pulsaciones no mejoraban debido a la herida sangrante que su corazón tenía que soportar. Al final le dieron el alta obligándola a regresar a periódicas revisiones, ya que al fin y al cabo su vida no parecía correr mucho peligro. Su familia respiró aliviada al tenerla de vuelta en casa, pese a que su delicada salud la hacía parecer casi siempre ensimismada. Aunque, bien mirado, su enfermedad era en realidad pura nostalgia. Un buen día abrió el bote por curiosidad. No le sorprendió que se tratase de un diminuto trozo de cristal en forma de lágrima. Lo que le llamó más la atención fue lo que la llevó a ir en busca de la lupa para insectos de su hijo. Pestañeó incrédula al reconocer la forma de su oreja izquierda nítidamente en su superficie. La distinguiría entre todas las orejas del mundo, porque se había aprendido sus rasgos de memoria. Era lo único que podía hacer sin impedimentos. Observarlo. 

E inmediatamente se sonrojó pensando en qué pensarían de ella si la viesen, al aproximarse para susurrarle al oído, “Te echo de menos, corazón.” La oreja desapareció al instante y se sobresaltó al comprobar que aparecieron sus labios. “¡Por fin escucho tu voz, amor!”, le dijo él, y al atisbar a continuación su ojo derecho ella le sonrió. Hay quien piensa que tras la operación perdió el juicio, puesto que la escuchan hablar sola por la calle, o incluso leer libros en alto sentada en el parque, pero los médicos se dan la enhorabuena porque su ritmo cardíaco ha recuperado por fin la normalidad, pese a lo inaudito del caso, ya que continúan sin explicarse cómo puede ser que la herida siga sangrando. Eso sí, un colgante en forma de lágrima reposa desde entonces sobre la cicatriz rosada que adorna su pecho.
  
by Eva Loureiro Vilarelhe