jueves, 26 de enero de 2017

La vida es como una montaña rusa


Me dirigí a la boca de Banco de España sin tener ni idea de que aquel iba a ser uno de los días más importantes de mi vida. No porque acabase de cerrar un acuerdo que me reportaría un considerable aumento de ceros en mis cuentas, no. Apresuré el paso para procurar protegerme del viento, subí las solapas del abrigo y esquivé una placa de hielo de un salto. “Cuando el grajo vuela bajo...” dije en voz baja. A una chica que estaba lo suficientemente cerca para oírme le dio la risa y me miró. Le dediqué una de mis flamantes sonrisas guiñándole un ojo. Entonces su amiga le dio un codazo, e intentaron ahogar sus risitas nerviosas sin mucho éxito. Se puso colorada y se cubrió la boca con la carpeta, pero en ningún momento me quitó la vista de encima. 

Qué fáciles son las estudiantes. Un par de gestos cómplices, unos cuantos mensajitos subidos de tono, y ya si me paso a buscarlas en mi Continental GT Speed caen redondas a mis pies. Y eso que les doblo la edad. Pero me conservo bien, voy al gimnasio a diario, y a la sauna, me doy masajes y cremas... por el momento nada de Bótox ni retoques, aunque no lo descarto en un futuro si es necesario. En mi mujer sí que llevo gastado un dineral, total, para lo que me sirve, no hay nada como un par de pechos turgentes de adolescente. En fin, porque este fin de semana le prometí a Alexia que la llevaría a Londres, que si no... Aunque su amiga tampoco está nada mal, al contrario, al bajar las escaleras se le ajustó el vaquero y la verdad es que tiene mejor culo. 

Lástima que fuesen en sentido opuesto, yo tenía que ir en dirección Las Rosas hasta Príncipe de Vergara, y allí cambiar de línea para ir hasta Núñez de Balboa. Me apetecía relajarme un poco, había quedado con Gabriel para una buena sesión de squash, el pádel está sobrevalorado.  Descarté el taxi estando como estaba el centro, imposible a aquellas horas, así que no me quedó otra que el metro. No es que no me guste, es que me recuerda a cuando me escapaba de casa de pequeño. Me colaba porque hasta los quince no llevé ni una peseta encima, e intentaba irme lo más lejos posible, sin embargo siempre acababa en el mismo sitio. El chófer venía a recogerme al Retiro, mamá me conocía bien. Solía encontrarme deambulando por ahí, o simplemente dándole de comer a las palomas el bocadillo que había robado de la cocina, con la esperanza de pasar la noche fuera. 

Cuando llegué al andén el tren acababa de salir y me resigné a esperar por el siguiente. Tendría que buscar una excusa para Adela, en el fondo no le importaría en absoluto lo que le dijese, encantada de poder salir por ahí con sus amigas sin tener que darme explicaciones. Me gustaría ver la cara que pondrían si supiesen que mientras se dedican a ponerme a parir suelo estar acostándome con sus hijas. De ellas ya me harté hace años. Están todas pasadas de vueltas. No hay nada como la inocencia de un ser que comienza a descubrir lo que es el sexo. Tengo que reconocer que cuando pienso en Irene me dan nauseas. Todavía es pronto, me digo engañándome a mí mismo. Doce añitos y la tenemos enclaustrada en el mismo internado suizo en el que estuve yo. A veces me pregunto si tiene sentido...

¡Pues claro que lo tiene, yo no habría llegado a donde estoy de no haber recibido la mejor educación! Y ella no va a ser menos. No soportaría que se convirtiese en una insípida y aburrida mujer como su madre. ¿Qué hará en todo el santo día, por favor, si ni siquiera abre un libro? Ni cocina, ni limpia, ni nada de nada. Todo se lo doy hecho. Eso sí, está encantada con su porrón de seguidores en Instagram. Lo dicho. Que no me perdonaría que nuestra hija se pareciese a ella de mayor.  

El tren tardaba demasiado o es que estaba tan acostumbrado a la inmediatez que me enervaba tener que esperar por algo, porque no habían pasado ni unos segundos y no sabía qué hacer allí de pie. Me giré hacia la pared con el afán de que algún anuncio captase mi interés. Las modelos hace tiempo que ni me llaman la atención, demasiado artificiales, pero a veces ponen alguna imagen diferente para epatar y me gusta dejarme seducir. Entonces lo vi allí sentado. Generalmente evito tener contacto visual con los mendigos, o con cualquier persona que esté pidiendo en el metro. Soy alérgico a la suciedad desde niño, me dan asco los malos olores y la mugre que suelen llevar encima los indigentes me provoca ansiedad. Pero él se quedó mirándome del mismo modo que estaba haciendo yo y, contra todo pronóstico, me acerqué.


"Si lo desea le limpio los zapatos, caballero", me dijo con una voz rasposa. Asentí sin dejar de observarlo y sacó sus enseres de un trasteado maletín que tenía a su lado. "Buena elección, si me permite decírselo." "¿Disculpe?", le pregunté sin entender a qué se refería. "Su calzado, señor, es de gran calidad, magnífica elaboración." "Lo suyo me ha costado", admití sonriendo. "No lo dudo, no lo dudo." En ese momento el tren se detuvo y levantó las manos haciendo ademán de dejarme marchar. Negué en silencio, Gabriel podía esperar.

Fueron sus ojos los que me hicieron verlo con otros. Me olvidé de su grasienta melena descuidada, de su barba espesa y sucia, de sus harapos de color indescifrable. Porque nada más verlo recordé quién tenía el mismo semblante sereno e idéntica mirada sabia. El jardinero que mi padre dijo haber contratado para cuidar de los rosales enanos de mamá. En realidad a ella le daban igual, no distinguiría una margarita de un tulipán ni con el nombre escrito al lado. En vacaciones los veía en el jardín cuando regresaba a casa. A veces simplemente permanecían callados y me preguntaba porqué mi padre estaría fumando su habano sentando a su lado. Otras le hablaba durante horas, no recuerdo sobre qué, tampoco estaba lo suficientemente cerca como para oírlos, Rogelio asentía ensimismado y al final le decía algo. Una frase, no más, porque enseguida continuaba con sus tareas como si no fuese con él. Papá lo veía alejarse siguiéndolo con la mirada, y sonreía satisfecho. O bien se despedía de él dándole un par de palmadas en el hombro.

"Tiene un hilo suelto." "¿Cómo?", pregunté una vez más confundido. "Será mejor que se lo asegure antes de que se le descosa de todo." Sin darme tiempo a reaccionar, sacó de su maletín unas gafas, una curiosa aguja torcida y unas tijeras. "Tendrá que descalzarse, lo siento." "No se preocupe." Cogí el pañuelo del bolsillo de mi abrigo, pero lo pensé mejor y abrí mi portafolios en busca de cualquier hoja de la que pudiese prescindir. "Así que es zapatero", afirmé más que preguntar. Sus temblorosas manos me hicieron dudar de que fuese capaz de enhebrar el hilo que aplanó antes entre sus dientes. Sonrió al ver que no le quitaba la vista de encima. “Llevo quince años, nueve meses y tres días sereno. Y sí, lo fui hasta que mi mundo se derrumbó.” Se ajustó la gafas en el puente para concentrarse en su tarea, yo atendía a cada uno de sus movimientos hipnotizado, esperando atento a que continuase hablando. 

“La vida es como una montaña rusa, ¿sabe? Se sube y se baja tanto y tan deprisa que da vértigo. Yo también estuve ahí arriba, no crea. No tan alto como usted, por supuesto, pero llegué a ser sino el mejor zapatero de Madrid, el más solicitado. Principalmente por las familias ricas del barrio de Salamanca, el suyo, si no me equivoco.” Asentí con la cabeza a modo de respuesta, aunque creo que simplemente paró para tomar aire. “Heredé de mi padre y a su vez de mi abuelo, aparte del oficio, mi humilde taller y la pequeña vivienda que tenía justo encima. La fama de mi destreza desde bien joven se extendió como la pólvora, y al ser bien parecido me admitían en muchos sitios en los que mi procedencia no sería igual de bienvenida. Hacía los trabajos a domicilio que mi padre no podía permitirse realizar por no dejar el taller solo, y poco a poco me gané a pulso tanto el reconocimiento masculino por mi trabajo, como la simpatía femenina por mis otras destrezas.” 

“¿Está usted casado?” “Sí.” “Yo también lo estaba, e incluso tenía una hija por entonces, al poco de nacer nos dimos cuenta de que siempre sería un alma inocente. Aquello me destrozó por completo. Conociendo como conozco la vileza del ser humano, no quería ni imaginar lo que le depararía a una niña como ella en un mundo tan cruel.” Durante unos interminables instantes cesó su discurso, atareado como estaba anudando los hilos que acababa de coser. Cuando dio el tijeretazo final para rematar su labor, me miró por primera vez a los ojos. “Fue en esa época cuando comencé a beber. Con el dinero que me pagaban podría haber comprado una casa mejor para mi esposa y mi hija, incluso montar un nuevo taller en un sitio más céntrico. Pero no lo hice. Me dedicaba a vivir como aquellos a los que servía. Vestía trajes semejantes a los suyos, invitaba a cenar a aquellas deliciosas mujeres en restaurantes caros, y a la mía ni le ayudaba con la niña o con las labores domésticas. Por no hacer ni me dignaba a bajar la basura, ella se encargaba absolutamente de todo, incluso de la limpieza de mi lugar de trabajo, que poco pisaba, todo hay que decirlo.” 


“A ella sólo me digné a comprarle unas medias de seda. Me arrepentí enseguida, claro, Paca jamás tendría la clase ni el saber estar de las damas a las que cortejaba, por mucho que intentara vestirla como ellas. Así que en el fondo no me daba lástima despilfarrar el dinero exclusivamente en mi propio disfrute. Al contrario, me regocijaba pensando que ni mi esposa ni mi hija serían capaces de apreciar los placeres a los que tenía acceso gracias a mi privilegiada posición. Hasta que una noche regresé a casa de madrugada y la encontré en llamas. Los vecinos se afanaban por ayudar a los bomberos, pero ya era demasiado tarde. El fuego prendió entre mis enseres y el viejo edificio de madera ardió tan rápido como una pavesa con mi familia dentro. No quedó nada, absolutamente nada pudo salvarse, y si conservo mi maletín es porque salía siempre con él. Me excusaba en que tenía algún encargo y lo dejaba en el bar de un amigo que me lo guardaba hasta la vuelta, abría temprano y se extrañó al verme entrar de nuevo por la puerta. Le pedí que me llenase el vaso y desde ese día no dejé de hacerlo sin parar, hasta que me encontraron medio muerto años después en un portal.”

“Desde que estoy sobrio he sido capaz de afrontar lo que hice. Y no hay día que no desee ahogar el asco que me doy en un buen trago. Pero no lo hago. Por ellas. Por la mala vida que les di. Y porque debo pagar por haber sido un verdadero cabrón egoísta.” Me devolvió el zapato y me lo puse en un acto reflejo, mi mente seguía pendiente de cada uno de sus gestos. “¿Tiene usted hijos?” “Una hija”, conseguí decir. El tercer o cuarto tren que pasaba frenó para recoger a los pasajeros y me hizo un ademán en su dirección: “Pues si no quiere a su esposa, déjela, pero no haga que su hija sea testigo de lo que supone un matrimonio sin amor. Dudo que quiera algo así para ella, siguiendo su ejemplo.” Antes de alejarme le tendí el billete de más valor que tenía, se asustó al verlo e intentó convencerme de que era excesivo por una simple reparación.

Estaba a punto de meterme en el vagón cuando empecé a recuperar la consciencia, giré en redondo y volví sobre mis pasos. “He cambiado de idea”, le dije cogiendo de nuevo la cartera. El anciano sacó el billete del maletín para devolvérmelo, y su noble acción me obligó a reconocer que no me equivocaba. “No, no, perdone, no me he expresado bien.” Le entregué dos más y una de mis tarjetas de visita, diciéndole: “Considérelo un anticipo de su salario. Hágame el favor: vaya a un hotel a asearse, póngase en manos de un buen barbero, y cómprese algo de ropa. Esta noche lo espero en mi domicilio para cenar, vaya antes de las nueve, el mayordomo le indicará cuál es su habitación en la casa de servicio. Podrá vivir con nosotros si le parece bien, se lo recomiendo, le resultará agradable, todos nuestros empleados pueden hacer vida independiente de la nuestra.”

Me miró tan asombrado que sonreí divertido. “Es que no le entiendo, caballero. ¿A qué quiere que me dedique?” “Bueno...”, admití reconociendo que debería haber empezado por ahí. “Durante el día puede ocuparse de la ingente colección de zapatos de mi esposa, o de los míos, si le apetece entretenerse haciendo alguna cosa, no se aburrirá, se lo aseguro, ella sola tiene una habitación repleta. Ahora bien, me gustaría que a diario mantuviésemos una conversación después de cenar, no tiene que acompañarnos si no lo desea, hoy será una excepción, quiero que conozca a mi mujer y me dé su opinión.” Se rascó la cabeza pensativo: “Mi opinión... ¿Sobre qué?” “¡Sobre ella, por supuesto!” “Sigo sin comprenderle, perdóneme...” “Usted limítese a hacer lo que ha hecho ahora mismo.” “¿Y qué acabo de hacer exactamente?”, preguntó tan perdido como lo estaba yo cuando comenzamos a hablar. “Abrirme los ojos.” 

by Eva Loureiro Vilarelhe  

jueves, 19 de enero de 2017

Manuel


Apareció de repente delante de una puerta blanca y, antes de que le diese tiempo siquiera a llamar, se encontró frente a un anciano de barba blanca y sonrisa plácida. Al reparar en su túnica color celeste que le llegaba hasta los pies descalzos, comprendió que estaba en el cielo. Nada menos que ante San Pedro, a juzgar por las llaves de oro que le colgaban del cordón que le servía de cinturón.
—¡Bienvenido, Manuel! —exclamó dejándolo perplejo.
—Disculpe, Su Santidad, pero me llamo Pepe —osó contradecirlo.
—Oh, eso era antes, hijo —le respondió sin levantar la vista del papel que tenía delante.
—No lo entiendo... ¿antes de qué?

—Aquí dice que fue de infarto, es lógico que estés un poco desorientado todavía, al ser tan de sopetón, y la acelerada ascensión en estos casos tampoco ayuda, hijo mío —le explicó mirándolo de arriba a abajo por encima de sus gafas— Veamos, por tu edad, 42, y tu protuberancia abdominal, apostaría que fue en la hora feliz de cualquier restaurante de comida rápida.
—En realidad estaba tomando una tapa —reconoció haciendo un esfuerzo de memoria considerable, le parecía inaudito que sucediese todo tan deprisa, si hace nada estaba en el bar.
—Pues de brécol no era, seguro —comentó el singular portero entre risas.
—Era un torrezno con alioli —le aclaró por inercia, sorprendido ante su inusitado sentido del humor.

—De acuerdo, Manuel, pues pasa que te están esperando.
—Pepe, me llamo Pepe —insistió sin entender a qué venía el cambio de nombre. 
San Pedro meneó la cabeza y se puso las gafas de cerca de nuevo para sacarlo de dudas:
—Al parecer te has pasado la vida ayudando tanto a tus seres queridos como a tus conocidos cuando lo necesitaban, eras su persona de confianza, por lo tanto ahora desempeñarás el papel que se les asigna a los Manueles —volvió a mirarlo fijamente y sonrió divertido ante su expresión de pasmo— Pasa y ponte en la fila para recibir tus alas, anda, que debo recibir al siguiente.

En ese momento se dio cuenta de que había una mujer justo detrás de él, sería aproximadamente de su edad y estaba tan pálida que daba la impresión de que iba a desmayarse de un momento a otro.
—¿Vértigo? —le preguntó San Pedro sacando otro informe de debajo del brazo. 
Entretanto él procuró ir yendo hacia donde le habían indicado, aunque siguió el inicio de la conversación desde una prudente distancia.
—Me dan miedo las alturas —admitió ella en un hilo de voz.
—Tranquila en una semana saltarás de nube en nube sin problemas, no obstante por el momento procura no mirar hacia abajo, en realidad no tienes nada en el estómago, ni estómago, vamos, seamos francos, por lo tanto resulta muy molesto vomitar aire.
Dios mío, ¿dónde estoy?, pensó para si mismo siguiendo el sendero en el que había un letrero que ponía “Alas”. Entonces una voz le respondió: “En el cielo, Manuel, tranquilo, pregúntame todo lo que desees saber.” Casi se cae del trozo de nube en el que estaba del susto que se llevó, y exclamó arrepentido:
—¡Perdóneme, Señor, no volveré a invocar Su nombre en vano! 
“Novatos”, le pareció oírle susurrar, aunque no estaba muy seguro, el suspiro sí que lo escuchó más claramente. 

A pocos metros atisbó una fila de gente, al aproximarse se dio cuenta de que llevaban todos el mismo tipo de túnica blanca, independientemente de su edad o condición. Por primera vez se fijó en que él también la llevaba puesta y sonrió complacido, resultaba cómoda y como no hacía ni frío, ni calor, tampoco le molestaba en absoluto tener que ir descalzo. Lentamente iban avanzando hacia una especie de caseta blanca hecha también de nubes. Nadie hablaba así que no se atrevió a ser él quien rompiese el agradable silencio que reinaba en aquel lugar, por lo que mientras esperaba su turno se entretuvo observando las caras de las personas que tenía delante.

Lo que más le sorprendió fue la placidez de su expresión, supuso que una vez superado el desconcierto inicial de saberse en el cielo, uno llegaba fácilmente a la conclusión de que aquel no era un mal sitio para estar, por lo que se relajaba y se dejaba llevar. Algo que por descontado le estaba ocurriendo a él mismo, de hecho se preguntaba si también su rostro reflejaría un estado de ánimo que no cuadraba demasiado con su estresada vida terrestre. Entre el trabajo, los problemas familiares y sus continuos fracasos amorosos, la comida se convirtió en el refugio para ahogar sus penas, ya que la bebida no era muy recomendable siendo taxista. 

—Buenos días —le dijo al ángel encargado de repartir las alas cuando le tocó a él.
—¡Divinos! —le respondió éste con un delicado tono de voz, y acto seguido se dirigió a una compañera que andaba ocupada organizando el almacén que se vislumbraba al fondo —Sara, serías tan amable de lanzarme unas XL, que el nuevo Manuel está un poco fondón— el aludido carraspeó ligeramente molesto, con lo que el otro se disculpó de inmediato— No te ofendas, corazón, es que no me gustaría que tuviese que salir en tu busca una patrulla de rescate en tu primer vuelo, resultaría muy embarazoso que tus alas no aguantasen con tu peso, ¿no te parece?
El “ahí van” que provino del fondo, seguido del zumbido del paquete que llegó volando, no pudieron dejarlo mucho más boquiabierto que semejante aclaración, por lo que simplemente quiso saber:
—¿Duele? —asustado al comprobar el tamaño del par de alas que desempaquetaron ante sus ojos. 


—En absoluto, gírate un momento, ni te enterarás.
Así lo hizo, no del todo tranquilo, y, cuando se dio la vuelta para ver si había acabado, sus alas lo siguieron unidas a su espalda. Entonces notó que podía moverlas a su antojo, como si de un brazo o una mano se tratase, y sonrió emocionado, siempre había querido volar. El ángel interpretó enseguida su expresión alucinada y le advirtió seriamente:
—No está permitido estrenarlas hasta terminar el programa de simulación de vuelo tras las clases teóricas, así que ni se te ocurra, o te estamparás a la primera de cambio. Hazme caso, y ahora ve al área de recepción de Manueles, sigue por aquí recto y tuerce en el primer camino a mano derecha, están esperándote. 

Iba acostumbrándose paulatinamente a su nuevo nombre, y ver el letrero que decía “Manuel: el hombre que está con Dios” le hizo sentirse orgulloso. Igual hasta tengo un cargo importante aquí arriba, se dijo intentando vislumbrar la Tierra a través de las nubes que servían de sendero, aunque se lo pensó mejor, no fuera a marearse. Efectivamente alguien lo aguardaba al final del trayecto, un ángel bajito con cara de crío lo recibió con los brazos abiertos. 
—No te fíes de las apariencias, llevo siglos trabajando en esta sección, lo que pasa es que tenía ocho años cuando me morí —le dijo tras darle un abrazo— Y ahora al lío, Manuel, que tenemos que buscarte un sitio. Iré explicándote todo mientras te enseño tu lugar de trabajo —continuó diciendo al mismo tiempo que abría una puerta giratoria, y aparecieron ante ellos cientos de personas sentadas alrededor de un hueco enorme desde el que se divisaba todo el planeta. 

Nada más asomar la nariz a aquel enorme abismo, trasunto de mapamundi, se quedó petrificado sin poder moverse de donde estaba.
—No te preocupes —le dijo tras notar aflorar su pánico— sentirás náuseas durante un par de días, pero uno se acostumbra a todo. Como ves cada Manuel o Manuela tiene a su cargo una persona, tú también debes elegir a quien quieras proteger, serás su ángel de la guarda hasta su muerte, así que te aconsejo que te lo pienses bien antes de decidir. Y no, a ella no puedes escogerla.
—¿Pero, cómo sabes...?

—Tenemos tu historial, Manuel —sentenció sonriendo irónicamente— ¿acaso crees que algo escapa a los ojos de Dios? No permitimos que interfieran relaciones afectivas en nuestra profesión, aparte de la del amor al prójimo, claro. Además, ella ya tiene un ángel asignado. Tendrás que ocuparte de otra persona que esté libre, lo que no resulta difícil, no somos los suficientes y solemos atender en primer lugar a los más necesitados. Ella fue un caso especial, la pobre es tan gafe que hay que vigilarla día y noche, no entiendo cómo ha llegado a convertirse en adulta con la de accidentes que ha sufrido, la verdad. En fin, aquí tienes una lista con posibles candidatos, en cuanto sepas a quién quieres proteger, dímelo y te asignaré un puesto en su sector. 

El pequeño lo dejó un momento para ocuparse de resolver un asunto que requería su inmediata atención, y el aprendiz de ángel hojeó durante unos instantes los papeles. Se entretuvo comprobando el tacto extremadamente suave de las páginas, sonrió al caer en la cuenta de que estaban hechas también de nube, y acto seguido observó sin mucho entusiasmo las fotografías que acompañaban a una larga lista de nombres. 
Finalmente se decidió por una niña inválida que se había quedado huérfana recientemente, le pareció que era la opción más idónea, ya que resultaba evidente que necesitaba ayuda urgente. Aunque no dejaba de pensar en ella, ¿cabría la posibilidad de intercambiarse a sus protegidas? No, nada de relaciones afectivas, entonces ¿cómo sabría si estaba bien? 

Llevaba años averiguando cosas sobre ella por amigos en común o vecinos a los que llevaba en su taxi, y lo único que lo atormentaba era verla tan triste. Habían coincidido tan solo un año en el colegio, compartían pupitre y en todos aquellos meses apenas le arrancó un par de palabras. Tímida e introvertida, casi ni se atrevía a levantar la vista cuando le hablaba, pero cuando lo hacía su mirada tristona lograba detenerle el corazón. Él, dicharachero y simpático por naturaleza, le contaba mil historias para intentar hacerla reír, ella se cubría la cara muerta de vergüenza cada vez que lo conseguía. Y al año siguiente desapareció. Supo que se mudó de casa, como solían hacer sus padres continuamente, y no cejó en su empeño hasta dar con su pista y conseguir tener noticias suyas habitualmente. 
   
—La India te gustará, hay tal cúmulo de gente que jamás te aburrirás, ven, ya te he hecho un hueco.
En ese momento reparó en la ciudad que figuraba junto al nombre de la niña, Nueva Delhi. Genial, no podía haberme ido más lejos, ¿cómo demonios iba a echarle un ojo a ella desde allí? “Haz el favor de no mentar a nuestros enemigos, Manuel”, resonó de nuevo aquella voz y se echó a temblar. Las risitas del ángel bajito lo acompañaron hasta su asiento. 
—Manuela te pondrá al corriente —le dijo poniendo una mano en el hombro de la anciana que se sentaba a su izquierda— y, por si te interesa, aquél de allí enfrente, el calvo de barba, es su ángel.

Levantó la vista de la península del Indostán inmediatamente para fijarse en el hombre que no quitaba la suya del mapa, a pesar de estar a una considerable distancia, distinguió perfectamente sus facciones y le agradó ver que tenía cara de buena persona. 
—¿Acaso no la tenemos todos ahora? —le preguntó Manuela y él la miró anonadado, ella sonrió divertida antes de añadir— Es una característica angelical, todos podemos leer nuestros pensamientos, aquí no hay lugar para la mentira, ni tampoco necesidad, bien mirado, ¿qué podríamos esconderle a Dios, Manuel? Tú es que eres nuevo y todavía estás un poco fuera de lugar y ni te enteras, pero ya verás, mañana sabrás lo que pienso de ti con sólo mirarme a la cara.
—O sea que todo el mundo sabe lo que siento por ella —admitió sonrojándose.
—Por supuesto, pero lo que tú no sabes, y creo que ya va siendo hora de que te enteres, es que eres correspondido. Su ángel está desesperado, fue incapaz de hacerla reír de nuevo desde que te perdió de vista en el colegio, ¡y ya llovió!


La sonrisa plácida de Manuel se convirtió en una exultante, aquel pasó a ser el día más feliz de su vida, o mejor dicho, de su muerte. Atendió a las explicaciones sobre sus obligaciones para con su protegida como en una nube, literalmente ya lo estaba, pero entendámonos, sentía su alma, es decir todo su ser ahora, ligera como una pluma, por lo que no le importó en absoluto tener que dedicarse a observar a su nueva pupila con atención las veinticuatro horas del día.
—Bueno, en realidad no estamos permanentemente de guardia, porque aunque no dormimos tenemos otras tareas celestiales que atender. Y tú todavía debes aprender a volar, no te inquietes, yo me ocuparé de tu niña mientras estés ausente, me ocupo de un anciano ciego que ya ni sale de casa. Los humanos no se dan ni cuenta de todo lo que hacemos por ellos, verás, porque lo de recomponer la capa de ozono lleva su tiempo, y el polvo de alas no nace de la nada, hay que recolectarlo y elaborarlo para intentar reconstruir en décadas lo que tardó en hacerse milenios, en fin, que da mucho qué hacer. Y solo es un ejemplo de los desaguisados que tenemos que atender por culpa de las barbaridades de la humanidad, por supuesto, y aunque a nosotros, los Manueles, nos dispensen notablemente de otros quehaceres porque nuestro deber ya requiere de toda nuestra atención, de vez en cuando tenemos que colaborar en alguna, o asistir a alguna boda.

Él asentía a todo lo que le contaba aquella buena mujer ensimismado en sus pensamientos, pero al escuchar esto último le preguntó extrañado:
—¿Boda? ¿Pero no dicen que los ángeles no tienen sexo?
La anciana se rio de buena gana antes de responderle:
—Son todo mitos, Manuel, ¿o acaso yo no sigo siendo una mujer, y tú un hombre? Lo que no hay es discriminación sexual, ¿entiendes?, el ángel de la mujer que quieres está casado con aquel Manuel de allí, el joven de gafas, el que está sentado junto a mi esposa. 
Volvió a asentir maravillado y continuó atendiendo con mayor interés la conversación que generó semejante descubrimiento. Hasta que al anochecer aprovechó que su niña estaba durmiendo para acercarse a hablar con el ángel de su amada. Éste le hizo una señal para que esperase, estaba concentrado en evitar que se cayese por las escaleras y no podía soltar las invisibles ataduras que la ligaban a su cuerpo.

—Cada vez me resulta más difícil mantenerla ya no digo ilesa, sino con vida, esta mujer va a acabar con mi paciencia, es que no puedo darme la vuelta ni un segundo. Supongo que te habrán dicho que debemos intervenir lo menos posible, a no ser que sea de extrema necesidad, ¿no? Pues yo me pregunto cuándo será el día que no tenga que hacerlo. Cada dos por tres tengo que bajar, sus vecinos hasta han puesto un cartel con mi retrato robot en el portal, porque se creen que soy un pervertido que ando merodeando por los alrededores, con eso te digo todo. Lo de la gabardina para cubrir la túnica ya no cuela en estos tiempos, y es que me canso de aparecer a su lado en cuanto se mete en líos. Y no puedo contarte nada más, puedes leer mis pensamientos siempre que quieras, ahora bien, no preguntes, no nos está permitido andar aireando los trapos sucios de los humanos. 

Manuel se dio por satisfecho. Durante los meses siguientes supo qué nuevo desastre tenía que arreglar su ángel a diario, mientras él se dedicaba a velar porque su pequeña pudiese llegar a convertirse en una joven medianamente desenvuelta para su discapacidad. Se alegró de que encontrase el apoyo de una familia que la trataba como su propia hija, por lo que su labor se vio notablemente aliviada. 
Por desgracia un día llegaron a su cabeza imágenes que le dieron un vuelco al corazón. En un descuido del ángel que la protegía, su amada falleció en un estrepitoso accidente, no obstante lo que más le sorprendió fue la sensación de alivio que percibió en aquel Manuel. Provocando con ello que por primera vez desde que había llegado al cielo sintiese una inquietante sensación de rabia, que alteró los rostros de los que tenía más próximos en cuanto la intuyeron.

—¿Por qué lo has hecho? —lo increpó desde su asiento por no desatender a su pupila— Sé que ha sido a propósito.
—Pues mira, sí, y deberías agradecérmelo —le respondió airado, para estupor de todos los presentes.
Un grito desgarrador se escuchó desde la otra punta del cráter de nubes:
—¿Cómo pretendes que te agradezca que permitas que se muera el amor de mi vida?
—Estaba llorando una vez más por tu ausencia, y simplemente dejé que sus lágrimas le impidiesen ver la carretera. Se estampó contra un árbol que no ha sufrido demasiado con el impacto, y punto. No te alteres tanto, en cuanto le den las alas podréis casaros. Y estás de suerte, que me han dicho que Dios tiene un día llevadero e igual hasta se pasa por la ceremonia. 
  
by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 12 de enero de 2017

Ya te tengo


El pequeño Martín comenzó a sollozar segundos antes de que sonase el despertador. Alargó la mano golpeando a tientas la mesilla de noche para poder librarse al menos de la maldita alarma. Del niño no podía, con año y medio apenas hablaba, pero no le gustaba estar solo en su cuna si se despertaba, así que se resignó a levantarse todavía aturdida. Le dolía todo el cuerpo, apenas había descansado unas horas y tenía que espabilarse, en menos de dos comenzaba un nuevo turno. Llevaba tanto tiempo doblándolos que ya ni se acordaba de cuando trabajaba solo uno.

Le dio la papilla mientras sorbía un café aguado, racionándolo de semejante manera la cafeína apenas le servía para conseguir despegar los párpados. Eso sí, le echó cuatro cucharadas de azúcar, por lo menos engañaría el hambre hasta la pausa para el bocadillo. Ella disimulaba con sus compañeras diciendo que estaba a dieta, porque apenas llevaba un trozo de pan o una fruta, y si había suerte con el lote del banco de alimentos. 

Reservaba todo para el crío y las costillas se le marcaban tanto que evitaba mudarse delante de su madre. Gracias a ella podía seguir tirando, era su guardería y su imprescindible apoyo a fin de mes a espaldas de su padre. “Que la mantenga su marido”, repetía el viejo sin apiadarse siquiera de su nieto, “nadie le mandó quedarse embarazada, ni casarse con ese inútil.” Las deudas y facturas sin pagar seguían acumulándose, y la soga no la ahogaba porque la orgullosa abuela sisaba todo lo que podía para su ojito derecho.

Solía llegar con suficiente antelación para ocuparse del crío y que a ella le diese tiempo a arreglarse un poco antes de echarse a andar. Prescindió del autobús y de comprarse ropa, así que cuando hacía frío ni correr resultaba efectivo para sacarlo del cuerpo. Miró el reloj de la cocina preocupada, si fichaba tarde se lo descontarían, le extrañó que no estuviese ya llamando a la puerta, no quiso quedarse una copia de las llaves para no tener que esconderlas. 

Se dispuso a colgar la ropa de la lavadora por sacarle algo de faena de encima y entretenerse a fin de no ponerse más nerviosa, el vecino de enfrente le hizo el apaño para escamotear la luz y el agua de la general. “Si no te pasas no se darán ni cuenta”, le aconsejó acariciando la cara de Martín, y ella asintió en silencio sin saber cómo podría agradecérselo. Su mujer la tranquilizó: “No te preocupes, entre todos nos hacemos cargo. Nadie se atrevería a dejar a un bebé desvalido así por las buenas, si es que llegan a enterarse al ver las cuentas de la comunidad.” 



Entonces recordó que hacía más de un año que no la pagaba y se le escapó una de las pinzas de las manos. Se quedó ensimismada observando la caída, tardó unos instantes en oírla golpear el suelo del patio de luces. Un escalofrío le recorrió la espalda, se le estaban helando las manos y se dio prisa para acabar de tender. Sonó el timbre y corrió hacia la puerta dejando la ventana abierta, la casa iba a enfriarse todavía más, pero sería un instante. “Mamá...” comenzó a decir, y se quedó muda al ver a un hombre de uniforme en el umbral.

Preguntó por su marido y le mintió diciendo que estaba trabajando, hacía tantos meses que una noche no regresó que había perdido la cuenta de cuántos llevaba sola. En el fondo supuso un alivio, él ya ni cobraba el subsidio y era una boca más que alimentar, además últimamente le robaba lo poco que ganaba ella para emborracharse en el bar. Firme aquí, lo entendió perfectamente, después se perdió entre el certificado, el embargo y la resolución judicial de desahucio. Su mente se inundó de imágenes que había visto en los informativos, de protestas, suicidios y miserias relacionadas con la pérdida del hogar de otros muchos seres humanos.

Ahora me toca a mí, pensó tras cerrar la puerta, a nosotros... y, al levantar la vista del papel que intentaba inútilmente descifrar, reparó en Martín subido al taburete junto a la ventana. Corrió hacia él golpeándose contra el alféizar desesperada por atraparlo, y salió disparada dando tumbos escaleras abajo. En un suspiro descendió cinco pisos, y en el portal empujó a la abuela que se disponía a coger el ascensor, para lograr acceder al patio más rápidamente desde el acceso tras los buzones. No entendió lo que le preguntaba su madre desde el suelo noqueada por el impacto, aunque ésta se puso más pálida al reparar en el rostro desencajado de su hija. 

Lo recogió del charco de sangre exhausta. El sabor metálico le impedía mover la lengua con normalidad y la respiración entrecortada tampoco ayudaba demasiado, aún así consiguió susurrarle estrechándolo contra su pecho: “Ya te tengo”. Al pequeño todavía le dio tiempo a sonreír antes de expirar, sin embargo fue a ella a quien se le nubló la vista y vio todo negro aquella aciaga mañana.    

by Eva Loureiro Vilarelhe    


jueves, 5 de enero de 2017

El fatídico caso del roscón de reyes empezado


Ni en sus mejores sueños el señor E. hubiese imaginado que sería capaz de resolver un caso en tan poco tiempo, aunque, por supuesto, sería imposible de no haber contado con la inestimable ayuda de su nuevo compañero de andanzas. Pero no adelantemos acontecimientos, ya que para ponernos en antecedentes, debemos retrotraernos hasta el día de Nochebuena. 

Aquella mañana su ahijada canturreaba ordenando el papeleo en su oficina, dispuesta a salir disparada en cuanto su jefe diese el pistoletazo de salida tras el tradicional brindis de la una. Había venido preparada con un tupper de ensalada y un par de sándwiches, porque los pastelitos de cangrejo y caviar que servían para acompañar al cava le sentaban como un tiro, de hecho, apenas mojaba los labios para simular que bebía de su copa, porque el alcohol es totalmente incompatible con su metabolismo. Cogería el metro y un autobús hasta llegar al refugio de animales a la hora acordada, con la correa de delicada piel vuelta que había encargado expresamente para la nueva mascota de su padrino.

Había decidido cumplir su amenaza. Llevaba semanas hablando por teléfono con el chico encargado de los perros abandonados, le había explicado que debido a la singularidad de su futuro dueño quedaban descartados todos los cachorros y absolutamente todos los adultos que no estuviesen debidamente educados. Por este motivo la búsqueda se demoró más de lo que contaba, ya que incluso cuando pensaron que habían encontrado al adecuado, una hembra de Collie de finos y elegantes andares a la que quiso conocer en persona, no llegó a pasar la criba final, puesto que hacía un desagradable sonido gutural al acabar de comer que no podía dejar de compararse con un eructo.

Sus esperanzas por encontrar el compañero idóneo para regalarle estaban al límite cuando apareció Pancho, un simpático y avispado perro sin raza, blanco con irregulares manchas castañas por todo el cuerpo, que se había quedado huérfano tras un accidente de tráfico, además de sin movilidad en las patas traseras. El bombero que lo llevó al refugio por no poder ocuparse de él, fue precisamente quien le construyó el artilugio con ruedas para poder desplazarse, y la ahijada del señor E. se enamoró en cuanto lo vio. Del perro, por supuesto, del bombero quizás si lo hubiese llegado a ver. 

Su padrino llevaba el día entero trajinando sin descanso para tener todo dispuesto para la cena, sabía que su capón relleno de frutos secos era su plato preferido, por lo que cada año se esmeraba un poco más para que resultase tan jugoso y sabroso como se merecía su única familiar. Lo que no esperaba al abrirle la puerta de su apartamento es que la enorme caja del lazo rojo se moviese. No, definitivamente no le había traído una pajarita a juego con su traje verde seco, como le había sugerido que le regalase, entre otras cosas porque, aparte de no ser muy amigo de las sorpresas, detestaba que ella malgastase su dinero con él, sabiendo de sobras que preferiría gastarlo en caprichos para sí misma.    

“Unicamente he comprado la correa”, le dijo poniéndosela en sus manos para deshacer la lazada y permitirle hacer acto de presencia al protagonista absoluto de la velada. “Hace juego con mi americana de tonos tostados”, pensó en alto el señor E. mirando perplejo aquella tira de piel con asa y collar ajustable. Y al levantar la vista al escucharla exclamar “¡Feliz Navidad, padrino!”, se llevó el susto de su vida al contemplar la cara de aquel bicho que parecía sonreírle satisfecho con la lengua colgando por un lado.

Ya en el sofá, recuperándose del desmayo que sufrió, reconoció que ella tenía razón cuando le dijo, “Es que me recordó a ti en cuanto lo vi”, porque aquella sonrisa canina era semejante a la suya, salvando las distancias. Su aspecto no le desagradó en absoluto, su piel moteada combinaba perfectamente con su vestuario pese a sus irregularidades, y que estuviese motorizado le pareció hasta preferible, puesto que así podrían desplazarse con más agilidad cuando las circunstancias lo requiriesen. 

Lo del nombre no le gustó tanto, Pancho era demasiado vulgar, a quién se le habría ocurrido ponérselo con la refinada mirada que tenía aquel animal. “Morris”, dijo interrumpiendo la retahíla de explicaciones de su ahijada sobre lo que debería concienciarse la sociedad para adoptar mascotas en lugar de comprarlas. “¿Perdón?”, le preguntó confundida. “Que se llamará Morris”, repitió convencido y ella se le lanzó al cuello extasiada, por que fuese capaz de incorporar una novedad a su rutina con tanta facilidad, olvidando al instante su momentánea pérdida de conocimiento.

Morris se envalentonó y le relamió la cara a su nuevo amo, consiguiendo con ello dos cosas. La primera regañina en serio para hacerle entender que la higiene debía ser preservada en todo momento si pretendía convivir con él. Y devolverle su sempiterna sonrisa amable al rostro del hombre que lo consideraría su mejor amigo a partir de entonces. 


Mientras disfrutaban de la comida, la chica decidió aprovechar la coyuntura para sincerarse con el anfitrión. Le confesó que se alegraba tanto de verlo abrirse por fin a alguien que quería hacerle saber que tenía novio, y que pretendía que el próximo año los acompañase para poder deleitarse con sus dotes culinarias. Para su sorpresa el señor E. ni pestañeó, tenía la boca llena y esperó a acabar de masticar su bocado veinte veces, para a continuación beber un sorbo a fin de aclarar la voz, y decirle sonriendo: “Será un honor conocerlo.” “Podemos pasar por aquí a tomar las uvas contigo antes de salir en Fin de Año”, aventuró. “Mejor almorzamos juntos el día de mi cumpleaños”, zanjó él. Y ella disimuló la risa con un repentino ataque de tos al pensar en el 14 de julio, sin embargo recapacitó admitiendo el logro que sería que lo recibiese dentro de siete meses.

La feliz pareja, perro y amo, afianzó su relación a un ritmo meteórico, a decir verdad, gracias a la inteligencia innata del cánido, que se adaptaba a las veleidades del señor E. de tal manera que parecía que se anticipaba a sus exigencias. Recomponía su característica sonrisa deslenguada al instante en cuanto se encontraban con alguien, ya no necesitaba que su dueño le dijese “Compostura, Morris”, para saber que debía sentarse sobre sus ruedas traseras, colocar sus patas delanteras de tal modo que su torso quedase lo más erguido posible y devolver su lengua tan rápido a su sitio como un camaleón que acaba de atrapar una mosca.

Quien los viese pensaría que llevaban juntos desde siempre y por su carácter afable parecían transmitir su buena onda a quien se paraba a saludarlos, por ello la mañana del día de Reyes el señor E. llegó con cinco minutos de retraso a casa de su ahijada. Aún así ella tardó en abrir y su cara somnolienta le indicó que no había pasado la noche durmiendo precisamente. No se equivocaba, de madrugada había acabado discutiendo con su novio precisamente por su culpa. “¿Por qué no voy a quedarme aquí si viene tu padrino? ¿Acaso no compartimos piso desde hace un mes? ¿A quién quieres que  moleste a estas horas para que me deje quedarme en el sofá?” Ganó ella, por supuesto, consciente de que le saldría caro. ¿Por qué siempre me los busco rencorosos?, pensó resignándose a tener que suplicarle durante un par de días que la perdonase, no obstante al acordarse del conjunto de lencería que le regaló él por Navidad, reconoció que al menos habría un modo más rápido de conseguirlo.

El señor E. se limitó a sonreír tratando de disculpar su impuntualidad. “En el fondo es culpa tuya, todo el mundo me para para conocer a Morris y, claro, no podemos resultar descorteses desatendiendo alguna de las peticiones, ¿verdad?”, le dijo dirigiéndose asimismo al chucho y al verlo ladear la cabeza con cara de circunstancias no supo a quién comerse a besos primero. Empezó por el perro, puesto que su padrino fue directo a la cocina para depositar el roscón de reyes que había recogido del horno. Ella no se demoró mucho en seguirlo, puesto que sabía que venía en ayunas y su estómago no estaba habituado un horario tan tardío como el del resto de los mortales.

Sin embargo se quedó petrificada en el umbral al encontrarlo tan pálido y a punto de desvanecerse por segunda vez en tan breve lapso temporal. Comenzaría a preocuparse por su salud, de no ser porque verificó enseguida el motivo de su agonía. La caja de cartón yacía a sus pies intacta al caer nada más abrirla, pero al preciado dulce navideño le falta un trozo. No es que hubiese sufrido algún tipo de desperfecto tras su elaboración, no, le faltaba una buena ración y había sido precintado de nuevo como si nada.                   

Morris olfateaba insistentemente su contenido cuando el señor E. pareció recobrar su consciencia y le indicó que no lo tocase. Se dispuso a ir a reclamar a la tahona por semejante escandaloso incidente, e iba comentándole a su compañero las diligencias legales que iniciaría ante las autoridades sanitarias si su demanda no era atendida de un modo satisfactorio. El perro asentía como si estuviese completamente de acuerdo con todo lo que argüía su dueño, y su sobrina les gritó desde el baño para que la oyesen: “Me arreglo un poco y voy con vosotros”, apresurándose a darse una ducha rápida para evitar que su padrino empapelase al pobre panadero.


En el local atendieron sus explicaciones atónitos, cliente desde que abrieron el establecimiento por encontrarse a escasos metros del piso de alquiler en el que vivía su ahijada, además de porque la limpieza y presentación de sus productos habían superado su riguroso examen, les llevaba encargando el mismo tipo de roscón año tras año sin falta. Hasta el chico que se lo hacía era siempre el mismo, el sobrino del dueño, porque sabía que si se variaba lo más mínimo su elaboración recibirían quejas de aquel hombre tan pulcro como maniático con sus costumbres.

El propietario en persona se deshacía en disculpas, sin llegar a explicarse cómo había podido ocurrir, por lo que poco a poco las ínfulas del señor E. fueron sosegándose. Al fin y al cabo, no era un hombre iracundo, sino reflexivo y entendió que se encontraba ante otro misterio que su fino olfato debería resolver sin mayor dilación. Por ello, le pidió permiso para interrogar al personal en busca de pistas sobre el malhechor que había cometido tan deleznable delito. Con tal de librarse de una denuncia accedió al momento, pese a que le acarrearía un considerable retraso en la hora punta de atención a su clientela. 

Tras media hora de declaraciones que no arrojaron mucha luz sobre la investigación, llegó el turno de someter a sus preguntas al empleado que había elaborado el roscón. “Mi sobrino ha salido a repartir con la furgoneta, pero estará al caer”, le respondió a regañadientes arrepentido de haberlo dejado llegar tan lejos. Las continuas protestas porque la cola no avanzaba iban a acabar con la poca paciencia que le quedaba tras atender a las reclamaciones de su cliente más fiel. Pero entonces el olfato del nuevo compañero de andanzas del señor E. demostró que el destino los había unido por un motivo.

Justo en el momento en el que regresó el sobrino del dueño, Morris se lanzó hacia él a toda velocidad desobedeciendo la orden de su amo de permanecer quieto en la puerta. El chico se sorprendió tanto al ver corriendo a aquel chucho en silla de ruedas, que se le escapó de las manos el cajón metálico vacío que venía a rellenar de pan. Cayó a su lado con tal estrépito que logró acallar las quejas de los clientes, principalmente por el grito que profirió el joven que iba junto a él y a quien le destrozó el dedo gordo. El perro se aferraba de tal manera a la pernera de sus pantalones, que a punto estuvo de deshacérselos en jirones, de no ser porque la ahijada del señor E. lo cogió en brazos asombrada. “¿Cariño, estás bien?”, y los presentes dudaron de si se refería al perro o al maltrecho que seguía aullando cual cánido desconsolado.

“No pude resistirme al ver su nombre escrito en el cartón”, reconoció su novio cabizbajo mientras desayunaban todos juntos en una mesa por cortesía del dueño, y le acarició el hombro comprensiva. Al menos no tendría que disculparse ella por haberlo echado de casa con cajas destempladas, lo cual suponía un alivio, tenía jaqueca tras haber pasado la noche en vela y no estaba para saltos de cama. Su padrino le ofrecía satisfecho trocitos de la prueba del delito a su Watson particular, y el sobrino del propietario pagó los platos rotos, por haber dejado entrar a su amigo a echar una cabezadita en la trastienda mientras él vigilaba el horno con un ojo cerrado. “¡¿Y si se hubiesen quemado, qué?!”, le gritaba su tío desgañitándose sin importarle ya el espectáculo que estaban dando ante el vecindario. “No te preocupes, hombre, que el del señor E. ya lo había empaquetado.”         

by Eva Loureiro Vilarelhe