jueves, 12 de enero de 2017

Ya te tengo


El pequeño Martín comenzó a sollozar segundos antes de que sonase el despertador. Alargó la mano golpeando a tientas la mesilla de noche para poder librarse al menos de la maldita alarma. Del niño no podía, con año y medio apenas hablaba, pero no le gustaba estar solo en su cuna si se despertaba, así que se resignó a levantarse todavía aturdida. Le dolía todo el cuerpo, apenas había descansado unas horas y tenía que espabilarse, en menos de dos comenzaba un nuevo turno. Llevaba tanto tiempo doblándolos que ya ni se acordaba de cuando trabajaba solo uno.

Le dio la papilla mientras sorbía un café aguado, racionándolo de semejante manera la cafeína apenas le servía para conseguir despegar los párpados. Eso sí, le echó cuatro cucharadas de azúcar, por lo menos engañaría el hambre hasta la pausa para el bocadillo. Ella disimulaba con sus compañeras diciendo que estaba a dieta, porque apenas llevaba un trozo de pan o una fruta, y si había suerte con el lote del banco de alimentos. 

Reservaba todo para el crío y las costillas se le marcaban tanto que evitaba mudarse delante de su madre. Gracias a ella podía seguir tirando, era su guardería y su imprescindible apoyo a fin de mes a espaldas de su padre. “Que la mantenga su marido”, repetía el viejo sin apiadarse siquiera de su nieto, “nadie le mandó quedarse embarazada, ni casarse con ese inútil.” Las deudas y facturas sin pagar seguían acumulándose, y la soga no la ahogaba porque la orgullosa abuela sisaba todo lo que podía para su ojito derecho.

Solía llegar con suficiente antelación para ocuparse del crío y que a ella le diese tiempo a arreglarse un poco antes de echarse a andar. Prescindió del autobús y de comprarse ropa, así que cuando hacía frío ni correr resultaba efectivo para sacarlo del cuerpo. Miró el reloj de la cocina preocupada, si fichaba tarde se lo descontarían, le extrañó que no estuviese ya llamando a la puerta, no quiso quedarse una copia de las llaves para no tener que esconderlas. 

Se dispuso a colgar la ropa de la lavadora por sacarle algo de faena de encima y entretenerse a fin de no ponerse más nerviosa, el vecino de enfrente le hizo el apaño para escamotear la luz y el agua de la general. “Si no te pasas no se darán ni cuenta”, le aconsejó acariciando la cara de Martín, y ella asintió en silencio sin saber cómo podría agradecérselo. Su mujer la tranquilizó: “No te preocupes, entre todos nos hacemos cargo. Nadie se atrevería a dejar a un bebé desvalido así por las buenas, si es que llegan a enterarse al ver las cuentas de la comunidad.” 



Entonces recordó que hacía más de un año que no la pagaba y se le escapó una de las pinzas de las manos. Se quedó ensimismada observando la caída, tardó unos instantes en oírla golpear el suelo del patio de luces. Un escalofrío le recorrió la espalda, se le estaban helando las manos y se dio prisa para acabar de tender. Sonó el timbre y corrió hacia la puerta dejando la ventana abierta, la casa iba a enfriarse todavía más, pero sería un instante. “Mamá...” comenzó a decir, y se quedó muda al ver a un hombre de uniforme en el umbral.

Preguntó por su marido y le mintió diciendo que estaba trabajando, hacía tantos meses que una noche no regresó que había perdido la cuenta de cuántos llevaba sola. En el fondo supuso un alivio, él ya ni cobraba el subsidio y era una boca más que alimentar, además últimamente le robaba lo poco que ganaba ella para emborracharse en el bar. Firme aquí, lo entendió perfectamente, después se perdió entre el certificado, el embargo y la resolución judicial de desahucio. Su mente se inundó de imágenes que había visto en los informativos, de protestas, suicidios y miserias relacionadas con la pérdida del hogar de otros muchos seres humanos.

Ahora me toca a mí, pensó tras cerrar la puerta, a nosotros... y, al levantar la vista del papel que intentaba inútilmente descifrar, reparó en Martín subido al taburete junto a la ventana. Corrió hacia él golpeándose contra el alféizar desesperada por atraparlo, y salió disparada dando tumbos escaleras abajo. En un suspiro descendió cinco pisos, y en el portal empujó a la abuela que se disponía a coger el ascensor, para lograr acceder al patio más rápidamente desde el acceso tras los buzones. No entendió lo que le preguntaba su madre desde el suelo noqueada por el impacto, aunque ésta se puso más pálida al reparar en el rostro desencajado de su hija. 

Lo recogió del charco de sangre exhausta. El sabor metálico le impedía mover la lengua con normalidad y la respiración entrecortada tampoco ayudaba demasiado, aún así consiguió susurrarle estrechándolo contra su pecho: “Ya te tengo”. Al pequeño todavía le dio tiempo a sonreír antes de expirar, sin embargo fue a ella a quien se le nubló la vista y vio todo negro aquella aciaga mañana.    

by Eva Loureiro Vilarelhe    


4 comentarios:

  1. Qué triste relato Eva..., desgraciadamente una realidad para mucha gente, que se siente enredada en una maraña de desgracias que vienen una tras otra. Pero ante estas cosas, todavía me sorprende a veces la poca empatía y crueldad de algunas personas como se puede ver en tu texto y que tan bien describes.

    ¡Un abrazo!

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  2. Eso es lo que traté de reflejar, Ziortza, muchas gracias por pasarte y dejar un comentario. ¡Abrazos!

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  3. Que duro relato. Pero que real es. Cuántas situaciones de angustia y desesperación nos rodean y ni nos damos cuenta..... Este relato hace reflexionar. ¿Estamos cerca de aquellos que lo están pasando tan mal?

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    1. Sí, es tan duro como lo es tantas veces la vida... y coincido contigo, debemos estar cerca de aquellos que sufren. Gracias por el comentario y un abrazo, María.

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