jueves, 9 de febrero de 2017

El hombre del tiempo


Fuimos a vivir a aquella casa cuando tendría ocho o nueve años, no recuerdo bien si ya los había cumplido, sé que fue en tercero de primaria porque en la mudanza se extravió el libro de matemáticas del banco de libros y mis padres tuvieron que comprarme otro. Era el único completamente nuevo que tenía y me gustaba tanto que lo cuidaba muchísimo para que el siguiente niño que lo fuese a usar lo disfrutase tanto como yo. Lo peor de vivir allí era que tenía que madrugar más porque la escuela quedaba más lejos, mamá me prometió que serían sólo unos meses mientras esperábamos a que les entregasen el piso que habían comprado. “¿Y por qué no podemos seguir viviendo en el nuestro?”, le pregunté bostezando refregándome los ojos. “Pues porque ya no lo es, lo hemos vendido. Se nos hace pequeño ahora que vas a tener un hermanito.” 

Me apresuré a calzarme porque se nos estaba haciendo tarde y bajamos a toda prisa las escaleras. Las luces de la calle todavía estaban encendidas y el cielo parecía que no se decidía a dejar atrás la oscuridad de la noche. Entonces lo vi, allí de pie en la esquina, con el abrigo abrochado hasta arriba frotándose sus enormes manazas, tan grande y tan corpulento que me dio miedo, por lo que me aferré a la mano de mamá y ella me sonrió sin dejar de acelerar el paso. Al pasar por su lado me sorprendió el sonido de su voz, tan fina y aflautada que no parecía suya. “¡Mañana llueve!”, exclamó y mi madre dio un respingo ante su inesperada intervención, sonrió amablemente sin decirle nada y seguimos nuestro camino sin más. 

Seguí observándolo hasta que lo perdí de vista, me pareció extraño que agitase la cabeza al dirigirse a nosotras con tanta intensidad, como si nos estuviese confiando un secreto que debíamos guardar. Pronto lo olvidé, pero al regresar del colegio seguía en el mismo sitio con el abrigo desabrochado. Algunas personas lo saludaban al pasar, otras se apartaban como si les diese alergia. Una señora mayor le dejó una bolsa de plástico, él se lo agradeció y añadió nervioso “¡Mañana llueve!”, “Pues habrá que sacar los paraguas, entonces, que tú nunca te equivocas”, le respondió la anciana, y se inclinó para dejar un par de latas de comida para gatos junto al contenedor. 


Al día siguiente salí con las botas de agua y el chubasquero hacia el colegio, odiaba usar paraguas y mamá me regañó por quejarme. “Ahora tienes que llevarlo, no te das cuenta de que sino nos empaparemos, no estamos tan cerca de tu escuela como antes.” Seguí enfurruñada, pero se me pasó al llegar a la esquina. Él tenía puesto un divertido sombrero de colores impermeable, pero aún así el agua le empapaba las mangas del abrigo. “¡Mañana no llueve!”, exclamó con su voz de pito, mamá volvió a sonreír y yo le di las gracias por la información. “No hables con él”, dijo tajante en cuanto estuvimos lo suficientemente lejos. “¿Por qué no?”, quise saber sorprendida. “Porque le falta un tornillo al pobre.” Pestañeé sin entenderla y puso los ojos en blanco antes de añadir: “Está un poco ido de la cabeza, ¿entiendes?” “¿Loco?” “O algo así, sabes, hay personas mayores que se comportan como niños, que no crecen, ni maduran, él no parece peligroso, pero nunca se sabe, ya me enteraré, de todos modos.” Y siguió hablando más bien para ella misma. 

Al regresar a casa continuaba lloviendo, alguien le había dejado un paraguas roto y me dio pena verlo todo mojado. “Va a enfermar”, le dije a mamá preocupada. Ella no dijo nada, pero su cara me indicó que le daba tanta rabia como a mí que lo pasase mal. Rebuscó en unas cajas que ni siquiera se molestó en vaciar y sacó una gabardina vieja que había sido del abuelo, que papá guardaba porque como dice mi madre es la manía que tiene, no tira nada y a este paso no cabemos en ningún sitio. “Ya tiré un montón de cosas en esta mudanza, en la próxima aprovecho y me deshago del resto.” Comentó convencida, y cuando me hablaba así como a un adulto me daba la risa y le dije que a ella también le faltaba un tornillo. “Tienes razón, hija. En el fondo nos falta a todos, sabes, así que es mejor no juzgar a nadie.” 

Bajamos a la calle sin mudarnos para comer siquiera. Me gustó ver cómo le agradecía el detalle, mamá le pidió su abrigo para lavárselo y secárselo en la secadora. “Se lo devolveré antes de que refresque, no se preocupe.” Él nos sonrió exclamando: “¡Mañana no llueve!” “Has visto, tiene buenos modales, se nota que ha recibido una buena educación. Espero que tú hagas lo mismo cuando no estamos nosotros delante, ¿entiendes?, que hables como te enseñaron tus padres.” “Mami, ¿tú crees que él vive con sus padres?” “No lo sé, la verdad, y todavía no me ha dado tiempo a preguntar por el vecindario, es que no conozco nada más que a la chica que vive en el primero y siempre está fuera, pero no te preocupes, en cuanto llegue tu padre de trabajar investigamos”, y me guiñó un ojo sonriendo. 

Al final fue papá quien se enteró de todo. Su padre había muerto hacía tiempo, su madre tenía Alzheimer y estaba ingresada en una residencia, él vivía solo en la parte de atrás de la papelería que regentaron sus padres durante años y se pasaba el día en la calle, en la misma esquina en la que vigilaba que los niños no robasen los cromos. Llevaba mucho cerrada, pero él seguía fiel a sus costumbres y Asuntos Sociales no lo había ingresado también a él porque cuando lo intentaron le daban ataques de pánico al no reconocer dónde estaba. Recuerdo que entonces no entendí muy bien lo que pasaba, lo que sí no olvidaré es la sensación de tristeza que me invadió al saber que era como un niño grande y estaba completamente solo. 


Durante los pocos meses que viví en aquel apartamento alquilado iba a hablar con él a diario, varias veces. Por eso supe que los vecinos se turnaban para hacerle la comida, para lavarle la ropa, para cuidarlo si se ponía malo. Llegué a conocer a la asistente social que venía a ver cómo estaba en cuanto podía. “Nunca es suficiente y tenemos que valernos de la generosidad de los demás”, le explicaba a mi madre y a ella se le resbalaban las lágrimas acariciando su barriga. Sé que le gustaban los animales y papá le regaló un cachorro por Navidad antes de irnos, para que se cuidasen el uno al otro, le explicó y no estoy segura de que entendiese lo que quería decirle, pero su sonrisa nos demostró que le encantó el regalo. 

Cuando nos fuimos les pedí a mis padres que volviésemos alguna vez, al nacer mi hermano resultó complicado, pero cumplieron su promesa y salté corriendo del coche en cuanto lo vi allí de pie en su esquina. “¡Mañana nieva!”, exclamó al verme y me reí. “Ya lo sé por eso te he traído una bufanda”, le expliqué mientras se la enrollaba alrededor del cuello. Sus enormes manos me acariciaron el pelo y me hizo cosquillas. Mis padres le enseñaron el bebé y él se sorprendió de que fuese tan pequeño. “Pues ya ha crecido, no veas cómo era cuando nació”, le dije y abrió todavía más los ojos. Nos despedimos hasta la próxima vez que pudiésemos hacerle otra visita y nos recordó antes de irnos: “¡Mañana nieva!”

Él tuvo la culpa de que me dedicase a lo que me dedico, desde que me licencié en medicina formo a personal para atender a este tipo de personas en su entorno, para que no sientan el desarraigo que supone dejarlo todo porque ya no hay nadie que se ocupe de ellos como merecen. Murió en su casa, rodeado de toda la gente que conocía y que lo apreciaba tanto como él a ellos, mis padres también fueron a su funeral y entonces me enteré de que se llamaba Agustín, aunque en realidad no me importaba saber su nombre, porque para mí siempre será el hombre del tiempo.

by Eva Loureiro Vilarelhe

8 comentarios:

  1. Hola Eva, conmovedor relato. Cuántas personas como Agustín pasan por nuestro lado sin apenas darnos cuenta..., la soledad en condiciones como la del protagonista es todavía más desgarradora. Menos mal que nos queda un regusto bonito en el relato, de solidaridad y de ternura, de que no está todo perdido. Enhorabuena.

    ¡Un abrazo!

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    1. Así es, Ziortza, por desgracia son más casos de los que creemos, pero también pienso que hay muchas personas como la protagonista del relato, con la sensibilidad suficiente no sólo para percatarse, sino para demostrarnos que se puede hacer algo para ayudarlas. ¡Muchas gracias y un abrazo!

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  2. Un relato precioso, Eva, realmente conmovedor. A veces la solidaridad y el cariño desinteresado son la única solución posible.

    ¡Un abrazo!

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  3. Totalmente de acuerdo, Julia. Muchísimas gracias por leerme y dejar tu amable comentario. ¡Un abrazo!

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  4. Hola Eva, es la primera vez que leo un cuento tuyo en español y realmente con este relato me has conmovido. Tienes un modo de narrar que lleva al lector a tomarse su tiempo, no le exiges que se apresure, y de ese modo pueda disfrutar de la lectura. Tu prosa es clara y vas desarrollando el argumento con una trama delicada, precisa, sazonando de a poco a tus personajes con pequeñas descripciones en sus gestos, como retocando el cuadro de a poco. Y de ese modo vas llenado de contenido apoyándote mucho en el narrador, porque te inclinas más por las citas textuales que por los diálogos, con lo cual logras más intimidad en tu prosa.
    Con esos utensilios logras una arquitectura interna sólida, una cohesión sin fallas en el argumento. Todo lo pones al servicio de emocionar con la ternura de tu niña, con la empatía que nos genera la bondad de la madre luego de los primeros reparos ante la actitud de ese hombre raro. Pero construyes un hombre inofensivo, ese loco que suele haber en muchos sitios, y tienes habilidad para que también empaticemos con él, para que también nos aflija su muerte. De ese modo cumples el objetivo que te has propuesto: trasmitir un mensaje de solidaridad.
    Me ha gustado mucho tu historia y la forma cálida de contar que tienes. Mis felicitaciones Eva.
    Un gran saludo.
    Ariel

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    1. Muchísimas gracias, Ariel. La calidez de tus palabras al describir mi prosa sí que me conmueve, ya que resulta muy gratificante que te pares a analizar el relato de una manera tan atenta y pormenorizada. Ya te he comentado en anteriores ocasiones que es un placer leerte, tanto cuando escribes tus relatos como cuando dejas comentarios de semejante calibre. Reitero mi agradecimiento por haberte tomado tantas molestias y desearía que continuases apareciendo por aquí, si es que consigo seguir captando tu interés. Saludo enorme.
      Eva

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  5. Estupendo y emotivo relato Eva, en esa combinación de los dos "niños" protagonistas creo que hace mucho más directa y profunda la historia.

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    1. Muchas gracias, Baile, por pasarte y dejar tu amable comentario. Aprovecho la ocasión para decirte que sigo disfrutando con tus viajes cada vez que me asomo a tu blog. Un abrazo

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