jueves, 23 de febrero de 2017

Ferrol mola




Advertencia: Los personajes que aparecen

en este relato son ficticios, todo parecido con
la realidad es mera coincidencia. Ahora bien, 
la historia está basada en la de un madrileño
afincado recientemente en Ferrol, al que se le
echará en falta cuando tenga que marcharse.




—¿Y ahora qué tripa se te ha roto?
—Mujer, no me sueltes algo así sin más que parece que no te alegras de que te llame...
—Todavía tengo la oreja caliente de la última hora y media que me has tenido al teléfono, así que no me vengas con milongas. ¿Se puede saber qué quieres ahora?
—Nada, nada. Ya veo que no está el horno para bollos... 
—¡Quieres soltarlo de una vez y dejarte de estupideces!
—Bueno, porque insistes, eh, que sino podía estar perfectamente sin preguntártelo.
—¡Antonio no me saques más de quicio, suéltalo ya!
—¿Tú estas segura de que el jefe me escogió a mí porque lo valgo?
Se escuchó un suspiro al otro lado del auricular, que resonó de tal manera en el habitáculo del coche a través del bluetooth, que el conductor dio un respingo pensando que le había reventado una rueda. 
—¿María estás bien? – le preguntó preocupado al darse cuenta de que había sido ella.
—Estaría mejor si me dejaras tranquila – murmuró en voz baja.
—¿Cómo dices? – le subió el volumen a la radio – ¡Habla más alto que no te escucho! ¿Eres tú? O eso, o que al entrar en la provincia de Lugo ya no hay antenas para los móviles... 
 El tono de pánico con el que hizo su último comentario consiguió que su mujer elevase el tono irritada.
—¡A ver, Antonio, no digas tonterías, anda! No vas a tener ningún problema para comunicarte conmigo, ¿o es que ahora los gallegos viven en la Edad de Piedra? Y sí, tú lo vales, como la modelo del anuncio, por eso tu jefe te dijo el otro día: “Peláez, eres el único que vale para el puesto, tendrás que sacar adelante el proyecto sí o sí. No me falles, que ya les he dicho a los de arriba que está hecho.”
—¿Y entonces por qué sudo a mares cada vez que lo pienso?
—Porque en realidad es un marrón. Ya lo sabes. Si no lo fuese no te habrían mandado a ti. Por eso es cierto que vales para el puesto, y no vas a conseguirlo, cariño, pero es que nadie puede luchar contra molinos al estilo D. Quijote.
 —¡Qué bien hablas! Ves ya estoy mucho más tranquilo... Me quedan menos de doscientos kilómetros para llegar y todavía no ha llovido, ¿te lo puedes creer?
—¿Qué pensabas? Que te iban a nacer escamas, ¿o qué? Tú y los tópicos, en fin... ¿Algo más? ¿O puedo ocuparme ya de nuestro hijo?
—Pásame al enano, que así me despido de él.
—Ya lo hiciste ayer, veinte veces, y hoy otras tantas, así que déjalo en paz, que para una vez que está jugando en su cuarto tranquilamente...
—Bueno, vale, ya veo que molesto. Me callo. Pero que sepas que os echo mucho de menos... Y que irse tan lejos da vértigo.
Esta vez resopló en lugar de suspirar.
—Por favor, Antonio, te pido que dejes de hacerte la víctima, porque estás empezando a sacarme de mis casillas. 
—¡Para ti es fácil decirlo, como te quedas ahí!
—Sí, organizando la quinta mudanza desde que nos casamos, así que cállate la boca, que estoy hasta el moño de meter cosas en cajas. ¡Y tú no te quejes tanto! Que estarás solo poco más de quince días, después ya me encargo yo de todo, como siempre. Y no te vas a la Cochinchina, sino a Ferrol, ¡así que déjate de gaitas! Nunca mejor dicho, mira. 
Se oyó un clic y la radio retomó la emisión interrumpida durante la llamada.
—¿Me ha colgado? – dijo en alto hablando para sí mismo y suspiró compungido.

...

—¿María? ¡Hola, cari! Me ha saltado el buzón de voz, ¿estás durmiendo ya? Bueno.. sólo quería decirte que he llegado bien. Mañana te llamo, ¿vale? Que no me gusta hablar para estos chismes, es como hablar solo y me da mal rollo. Un beso. 

...


—Dime.
—¡Por fin! Es la cuarta vez que te llamo esta mañana... ¿Dónde estabas?
—De recados, ¿qué quieres? Tengo prisa, que todavía tengo que hacer un par de cosas más. 
—Bueno, vale. Es que ni siquiera me has contestado al mensaje que te dejé ayer... – al intuir que iba a seguir sin hacerle comentario alguno al respecto, siguió con lo suyo – Pues, nada, esto es un horror, que lo sepas... Peor de lo que me habían contado.
—¿Te refieres a la tienda o al pueblo?
—Las dos cosas, pero ¡ojo! Ni se te ocurra decirles que es un pueblo, es una CIUDAD, así con mayúsculas, da lo mismo si en cualquier barrio de Madrid vive más gente que aquí. Tiene mucha historia y tal, pero ayer me llevaron de visita al centro y se me cayó el alma a los pies. Para que te hagas una idea, me encontré una pintada que dice “Ferrol mola”, con un muñeco amarillo muy simpático, y pensé, molar debió molar, pero en el siglo XVIII por que lo que es ahora... Está todo tan, tan descuidado, hay casas antiguas muy chulas, no creas, pero sin rehabilitar, ¿sabes? Una pena, la verdad.
—Pero la tienda es nueva, ¿no?
—Sí, sí, es un centro comercial nuevo y está muy bien. Lo que pasa es que queda como en un descampado todavía, y ya te imaginas, hay que conseguir que la gente venga hasta aquí. En fin, ¡qué te voy a contar que no sepas, ya! Después de la de tumbos que llevamos dado juntos por media España. 
—¿Y la gente?
—Pues no te sabría decir, mira. Es que son un poco raros estos gallegos. No veas cómo hablan, a veces no les entiendo, y no porque me hablen en su lengua, no. No sé, ¿sabes eso que dicen de que no se sabe si suben o bajan si te los encuentras en una escalera? ¡Pues ni en un ascensor, ni tampoco en plano, si me apuras! Eso sí, son buena gente. Raros, pero trabajadores. Si les pido algo para esa misma tarde me lo hacen para ayer. Así da gusto. Ahora que de gritarles me harto, porque esa es otra, a veces les entra por un oído y les sale por el otro lo que les digo...
—Tú también es que eres un poco bruto hablando, Antonio, tienes que reconocerlo.
—Ya me lo han dicho, oye. Un niñato que tengo a mi cargo, le suelto cuatro tacos y me mira alucinado. Le pregunto qué le pasa y me dice todo pancho. “Es que ni mi padre me habla tan mal.” ¡Joder, tengo pinta de ser tu padre! Y va y me dice, “oi que carallo”, o algo así. ¿Te lo puedes crees?
—¿Pero tú qué le dijiste?
—¡Que no me tocase más los cojones y que hiciese las cosas como le decía yo, y se dejase de hostias! ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Y no sé por qué le molesta tanto si “carallo” también es un taco!
—Ya, pero resulta más suave. Mi abuelo era gallego y la verdad es que cuando hablaba en español nunca decía palabrotas, sólo “carallo”, y no sonaba nada mal viniendo de él. 
—Sí, tú encima dale la razón... Bueno, por lo menos si sirve para que te vayas aclimatando no digo nada. Anda, te dejo que me llaman, a ver qué cojones pasa ahora.
—Antonio, ves como eres un bruto... – pero esta frase ya no llegó a escucharla.

...


—¡Pásame al enano, anda!
—¡Hola, papi! 
—Oye, ¿adivina a dónde te voy a llevar el primer día que vengas?
—¿Al zoo?
—No, hijo, no, aquí no hay, pero...
—¿En Ferrol no hay zoo?
—No, Toni, no, no hay zoo. Escúchame, esto es muchísimo mejor que el zoo. ¡Ya lo verás!
—¡Al parque de atracciones!
—Que no, tampoco hay parque de atracciones...
—¿Entonces que hay?
—¡Playa! !Hay millones de playas, para que te enteres! 
—¿Millones?
—Bueno, tantas no, pero hay muchísimas. ¡Y más bonitas todas, que no veas! Hoy estuve en S. Jorge, y es preciosa, ya lo verás. La arena es blanca, pero blanca y suave de verdad, como la del Caribe, hijo, y el mar hasta parece verde y todo.
—¿Verde?
—Más bonito, en mi vida había visto yo una costa tan linda como ésta. Te voy a llevar todos los días a la playa, al agua no sé porque está más fría que yo que sé, pero da gusto lo limpia y clara que está. 
—¡Mamá, papá va a llevarnos a la playa!
—Anda, pásamela, que se lo cuento a ella también.
—¿Has estado haciendo turismo?
—¡Qué va! Aquí mismo, mujer, si está todo tan cerca que se llega en una patada... Y no veas cómo se come, marisco del bueno, pero del bueno, bueno, cari. ¡Te vas a hartar!
—¡Vaya, hoy parece que estás más contento!
—Es que ya falta menos para que os vengáis, y las cosas empiezan a funcionar... Ya tengo colegio para el crío, me arreglaron todo por teléfono y cuando fui ya tenían listos los papeles, firmé y listo, ¡no veas qué alivio! Aquí la gente es eficiente, si pueden te facilitan la vida... Sólo falta que escojas la casa que te guste más, ya he estado mirando varias, y también, todo facilidades, sin preocupaciones. Mejor, que bastante tengo con lo mío.
—¿Cómo lo llevas?
—De eso prefiero no hablar, que sino se me pasa el buen humor, pero bueno, no me quejo, en peores plazas he toreado... 
—¿Entonces ya no te desagrada tanto que nos tengamos que quedar ahí unos años?
—¡Qué va! Al contrario, es un sitio tranquilo, la gente es maja cuando se la conoce, parecen cerrados, pero si hay confianza son muy hospitalarios. Hasta ya no me parece tan horrible la ciudad, porque los alrededores son impresionantes, de verdad, me han llevado a dar una vuelta por las playas y los acantilados, y son de quitar el hipo. Vamos a estar bien, cari, que te lo digo yo...

...

—¡¡¡¡Maríaaaaa!!!! – el grito aterrador resonó por todo el dormitorio despertando a la interpelada en el acto. 
—¡Ay qué susto me has dado, Antonio! ¿Qué te pasa? ¿Otra pesadilla? – el hombre asintió con el rostro desencajado – ¿Y por qué ha sido esta vez? ¿El balance de cuentas?
—No, no, nada de eso – le dijo con la voz entrecortada – Soñé que me destinaban a otro sitio y nos teníamos que ir de Ferrol.
—Hombre, no sé por qué te pones así, sabes que un día pasará...
—Es que yo ya no me quiero ir de aquí, cari, ya no... – y se echó sobre la almohada llorando desconsolado.

by Eva Loureiro Vilarelhe

6 comentarios:

  1. Jajaja, qué bueno Eva..., un relato excelente para deshacer tópicos. Y que mejor que utilizando el humor. Es muy divertido ver como Antonio se va haciendo a su nueva vida en Ferrol a medida que avanza el relato hasta el punto de tener pesadillas si se tiene que ir de allí. Me ha gustado mucho la estructura del relato basada exclusivamente en diálogos, algo que dominas muy bien ya que no hace falta ninguna aclaración, con la conversación de los protagonistas nos introducimos perfectamente en sus vidas. Nunca he estado en Ferrol, pero estoy segura de que MOLA. Enhorabuena y un abrazo muy fuerte.

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    1. Muchísimas gracias, Ziortza. La verdad es que me he divertido mucho escribiéndolo, y las opiniones no son mías, para que no se me acuse de chauvinismo, pese a ser una gran entusiasta de mi ciudad. Por cierto, estás invitada, vente cuando puedas que te recibiré con los brazos abiertos, orgullosa de poder enseñártela ;) ¡Un abrazo!

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  2. Eva, tienes un humor envidiable. Me ha encantado sobremanera tu historia. Es una lección de literatura para enseñar cómo se modelan los personajes usando sólo diálogos. Pero de allí no salen personajes chatos sino que con tu talento los vas modelando casi por completo, poco queda para la interpretación de los lectores. Estoy empezando a percibir esa cualidad en tus narraciones, tienes el don para no dejar resquicios ni dudas, el modo de contar que tienes va llenado todos los espacios, y lo haces en forma agradable, de modo tal que se te puede leer de corrido sin tropiezos, es una verdadera delicia. Y por lo que veo hasta ahora eres una escritora que disfruta con cualquier registro, en este caso un humor fino, delicado, al que uno no puede dejar de sustraerse.
    Realmente, Eva, has realizado un prodigio con este relato ¡Enhorabuena! Es un placer venir a tu sitio.
    Un beso.
    Ariel

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    1. Caramba, Ariel, muchísimas gracias por tus palabras. La verdad es que el humor es uno de los pilares de mi forma de entender la vida, por ese motivo suele tener un lugar preeminente en mis relatos, y me lo paso genial escribiendo, por lo que creo que se nota en el resultado. Me alegro de seguir atrayendo tu atenta lectura, ya que tus comentarios son encomiables por tu certero análisis, aunque llegues a hacerme ruborizar ante tanto elogio... Un honor, una vez más. Besos.
      Eva

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  3. María José López Venancio7 de marzo de 2017, 21:00

    Me encanta cómo describes tanto los tópicos como Ferrol a través de los diálogos, haciendo la narración súper dinámica. Cuando leí que a los gallegos no nos entienden una medio sonrisa apareció en mi rostro, pues me lo tienen dicho.
    Yo que nací en Ferrol y que me encanta viajar, cuando vuelvo siempre tengo la sensación de volver a mi hogar y me encanta sentirme en casa otra vez.
    Estoy de acuerdo con Antonio que nuestras playas y nuestra comida son nuestras mejores cartas de presentación para enamorarse de las tierras gallegas y, como no, de nuestro Ferroliño.
    Enhorabuena por el relato, Eva

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    1. Muchas gracias, María José. Por leerme y tener la amabilidad de dejar un comentario. Me alegro de que te haya gustado. Como digo siempre Ferroliño merece mucho la pena, no sólo por lo más evidente, como bien dices, sus paisajes o su gastronomía, sino porque aquí cualquiera puede llegar a sentirse como en casa. ¡Un abrazo!

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