jueves, 30 de marzo de 2017

Americano largo descafeinado


London 7:15 am 
Llevas todo, llevas todo, deja de mirar a tu alrededor y responde al maldito teléfono que me estás volviendo loca. ¿Loca? ¡Pues claro que estoy loca, si hasta me dirijo a mi misma como si estuviese hablando con otra persona...! “¡Mamá! Mal momento, lo siento, se va a cortar la conversación en el ascensor... Sí, mamá... Saliendo por la puerta en este mismo instante... Sí, mamá, no me olvido nada. Sólo me voy un par de días, ¿recuerdas? No facturo maleta. No, mamá, es más rápido y no necesito llevar la plancha, ya pediré una en el hotel... Que sí, mamá... Te pierdo, ¿vale? Ya te llamaré al llegar, un beso, mami...” No estoy segura de que haya escuchado mi última frase, mejor, así la llamo cuando me acuerde, porque si el vuelo va con retraso se pone histérica. El taxi, menos mal que ya me está esperando, a este paso no llego...

Media hora de trayecto y ya he revisado toda la correspondencia pendiente, estupendo, ahora puedo desconectar el iPad y relejarme. ¡Oh, no! ¡Seré imbécil! ¡No puede ser! Vacío el contenido del bolso en el asiento y nada, no aparece, ¡lo que me faltaba! “Esto... perdone, pero tenemos que dar media vuelta”, me mira entre distraído y divertido al mismo tiempo. “¿Está segura?” “Sí,” respondo inspirando profundamente a fin de no elevar demasiado el tono de voz, más acorde con mi estado de cabreo conmigo misma interior, “por desgracia me he dejado en casa el móvil del trabajo.” Él asiente en silencio y observo cómo me mira suspicaz por el retrovisor. “Le daré el doble de lo acordado y un plus si consigue que no pierda el próximo vuelo.” Clava el pie en el acelerador y me recuesto compungida. ¡Y todo por culpa de mi madre y su maldita manía de llamarme al móvil personal! Es la única que lo hace, de hecho no lo tiro por ella, porque en realidad es una auténtica patata obsoleta.

En el aeropuerto confirmo las citas de última hora de la tarde y cancelo las primeras, con suerte llegaré a Madrid a la hora de comer española, llevo tanto tiempo con horario europeo que a las dos ya me ruge el estómago como el de un caimán a dieta vegetariana. No tendré tiempo para ir a mudarme al hotel, así que me maquillo en el baño y me cambio la camisa blanca por la blusa de seda. Espero no arrugarla demasiado durante el trayecto. No me quejo después de mi imperdonable olvido, conseguí plaza por los pelos en un vuelo que teóricamente llega a las 14.15, aunque tuve que pagar demasiado por el cambio. Genial, sólo me falta que me toque un asiento central para amargarme el día por completo. En fin, qué se le va a hacer... Tendré que improvisar más de lo habitual, me apetecía llegar con margen para leerme los informes pero no va a poder ser, en el avión me duele la cabeza si lo hago, prefiero ir mirando por la ventanilla. Espero que me toque, por favor, o tendré que recurrir a mi irresistible sonrisa con algún desesperado de turno para que me ceda su sitio. Mamá se enfada cuando se lo cuento, siempre acaba riñéndome por lo mismo, que si se me va a pasar el arroz, que si con tanto viaje no puedo tener novio, que a ver si me dedico a organizar eventos en la ciudad y no por toda Europa. ¡Pues si llega a saber que tengo una oferta en firme de una empresa de Los Ángeles, le da algo, seguro!

***

New York 8:30 pm
Me da la impresión de que me falta algo. No es que me haya olvidado de nada, no, la maleta la he revisado cinco veces por lo menos. Es por Matt. Parece como si me hubiesen arrancado un brazo o algo así. Concretamente el brazo del que suele ir colgado cuando lo llevo de la mano. En cinco años es la primera vez que me separo de él. Y me resulta tan extraño como el día que me lo entregaron. Jamás había cogido un bebé en brazos. Pero me sorprendió que encajase perfectamente en los míos. Como si estuviésemos hechos el uno para el otro. Abrió los ojos un instante antes de continuar con su siesta y me pareció verlo sonreír. La hermana que me lo trajo me lo confirmó. A él tampoco lo habían sostenido nunca tanto tiempo en brazos. Eran demasiado niños en el orfanato y faltaban precisamente eso. Brazos para darles todo el cariño que les hacía falta. Se les notaba en la cara. A todos. Una mirada tuya los hacía sonreír de oreja a oreja. Imagino que cualquier gesto amable les bastaba. 

Al final no llegaré a Madrid hasta el mañana a media mañana. Perdí el vuelo por culpa del monumental atasco que me pilló al salir de casa de Karen. Pero en realidad mereció la pena haberme quedado a cenar. Cuadré las escalas sin suficiente margen de tiempo y por eso sucedió lo esperado. Tendré que ir en el siguiente. No me importa demasiado, la verdad, el congreso no empieza hasta pasado, aunque me apetecía visitar la ciudad, después no tendré ocasión y no he estado nunca. Siempre viajo un día antes de lo previsto, desde que viví en África sé que las cosas se tuercen en cualquier momento, y que allí no siempre es factible solucionarlas con tanta facilidad como en Occidente. Estamos muy mal acostumbrados. A Matt intento explicárselo para que lo asimile, porque volvimos cuando todavía era demasiado pequeño para percibir la diferencia.

Mi hermana está encantada con que se quede toda la semana. Por mi trabajo apenas salimos de San Francisco y son ellos los que suelen venir de visita, les pongo la excusa de que a mis sobrinos les vienen bien una dosis extra de vitamina D, pero sé que estoy siendo un egoísta. Estas Navidades le prometí que las pasaríamos con ellos en Manhattan, a Matt le gustará ver la nieve para variar. Y se lo debo. Desde que murió nuestro padre no he vuelto a pisar su piso y mi cuñado en el fondo me cae genial, es un poco seco en el trato, pero es un buen tipo y un padre encomiable. Además, es una pena que los niños no estén más a menudo juntos. A mis sobrinos les encanta presumir de tener un primo negro, el mayor acaba cada frase con “hermano” y me hace gracia, porque la pequeña me dice toda seria el otro día por teléfono: “Oye tío, Paul, me han dicho que al volver de África los negros pierden color, ¿crees que eso le ocurrirá a Matt o puedo seguir pintándolo muy oscuro en los dibujos de mi familia que me manda hacer la profe?” Creo que por eso me encanta investigar con niños, siempre me sorprenden con sus razonamientos, son como genios en diminuto.  

***


Mientras observo distraída las nubes preguntándome a qué sabrán, noto un leve movimiento en el asiento de delante. Al final hubo suerte y me ha tocado ventana, no he tenido que recurrir a ninguna artimaña y me dediqué a no pensar en nada durante un buen rato. Pero la niña acaba por asomar la cabeza y me mira con una sonrisa pícara, en cuanto se la devuelvo se esconde y vuelta a empezar. Ahora me ves, ahora no me ves. Es preciosa. Realmente preciosa. De esas crías de anuncio que dan ganas de comérselas a besos. Yo quiero una igual. Que me la den así crecidita además, lista para ir al colegio y recogerla a la salida para que me cuente cómo le ha ido el día. Los bebés no son lo mío, lo reconozco, y sola no me atrevería a tener uno ni en broma. Como mi amiga Susan, que se fecundó en una clínica porque estaba harta de que los príncipes le saliesen rana. Con mi trabajo imposible además, si nadie me echa un cable. Mamá insiste en que lo haga, que me ayuda ella en lo que me haga falta, pero sé que no está para esos trotes. Últimamente está peor de la espalda y cada año que pasa parece que se le echa una década encima. 

Y lo de adoptar tampoco, mis primos de Chelsea lo consiguieron por fin, pero después de tantos sufrimientos que no estoy muy segura de que les compense. Bueno, sí que les compensa, si he de ser sincera se les cae la baba con su niña, es un amor de cría, sin embargo yo no me veo pasando por semejante calvario. Y menos sola. Y al paso que voy es como me quedaré, porque ya ni recuerdo el nombre del último tío con el que estuve. No me extraña que las chicas me regalasen un consolador por mi cumpleaños. “Como no tienes suerte con los novios, te hemos traído uno que no falla”, dijo Lana entre carcajadas. Y tiene razón. Me limito a cambiarle las pilas de vez en cuando y punto. No falla. Pero tampoco me sirve para tener un hijo. Bueno, igual es por algo. No todas las mujeres tienen que ser madres, ¿no? Es como lo del instinto maternal ese, yo es que no estoy segura de que lo tenga, vamos, ¿eso cómo se sabe? 

***

Me quedé dormido y la señora de al lado tuvo la amabilidad de despertarme para tomar el almuerzo. Tardamos más de dos horas en despegar por problemas técnicos y la compañía aérea nos obsequió con comida y bebida gratis durante el vuelo para procurar que no les lloviesen las reclamaciones al aterrizar. Yo no lo disfruté demasiado, dicho sea de paso, preferí recuperar el sueño atrasado. Matt tuvo pesadillas y no me dejó dormir anoche, bueno, hace dos días supongo, ya me lío con el cambio de hora, y yo aun encima estaba saliente de una guardia movidita. Me pasé unas cuantas horas de más en el quirófano por culpa de un accidente de tráfico múltiple. Prefiero no recordarlo. Perdimos a uno. No pudimos hacer mucho, la verdad, llegó en estado crítico y de poco valió intentar reanimarlo. Es lo peor de mi trabajo. Las malas noticias suelen ser muy malas. Y las buenas no siempre lo son del todo, pero es lo que hay. No me quejo. Me encanta lo que hago y cuando algo sale bien, la sonrisa del crío que tengo delante lo compensa todo. Absolutamente todo. Ni punto de comparación con comida o bebida gratis.

***

Madrid 14:45 
La fila del autoservicio es descomunal. Tengo tanta hambre que me comería hasta la bandeja. Pero no. Espero pacientemente mi turno en caja para pedir el café. Mamá dice que lo hago para fastidiarla, y no sé hasta qué punto podría contradecirla porque en realidad llevo tanto haciéndolo que no recuerdo cómo empezó la cosa. Papá me contó una vez que había sido en un restaurante al que me llevaron para celebrar no sé qué y no me gustó. Que arrugué la nariz al ver la carta y pedí el café en primer lugar para pensar bien qué pedir. “¿Desde cuándo se toma el postre primero?”, me soltó ella toda ofendida. Ni caso le hice. Lo sorbí lentamente mientras a ellos les servían los entrantes y no dije qué quería comer casi hasta el segundo. Jamás tomo postre. No me gusta el dulce. En cambio al café le hecho tanto azúcar que me cuesta removerlo para que se deshaga. Y me lo tomo siempre antes de empezar a comer. “Solo por fastidiar”, diría mi madre y sonreí de medio lado al recordar la cara que pone siempre que comemos juntas. Solemos quedar todos los días que puedo. Tras quedarse viuda sale menos, y sus problemas de salud no ayudan. Tiene un par de amigas que van de vez en cuando a visitarla, pero es normal que prefieran irse por ahí que quedarse en su casa jugando al bridge.  

La cajera está claramente desbordada, me compadezco de ella esbozando una sonrisa amable cuando me llega el turno y me la devuelve de inmediato. Me gusta ser amable con los demás, es más efectivo si estás en un apuro o necesitas que lo sean también contigo. Es de agradecer. Y más en su caso. “Americano largo descafeinado”, le pido sacando la cartera mientras da una rápida ojeada a lo que llevo en la bandeja para hacerme la cuenta. “Que sean dos, por favor, lo digo por si así ahorramos tiempo de espera”, escucho decir a mi espalda en español con un extraño acento mexicano. Ella sonríe de oreja a oreja y me giro para comprobar el motivo. Encontrarse de sopetón con el Brad Pitt de “Thelma y Louise” en versión más alta tiene consecuencias para la salud, concretamente que se te altere el ritmo cardíaco de inmediato. Pestañeo en señal de incredulidad y la cajera me saca de mi repentino ensimismamiento al ofrecerme el cambio. Lo cojo por inercia y por el mismo motivo meto la mano en el bol de sobres de azúcar, sin ser consciente de que él tiene la suya metida dentro, con lo que nuestros dedos acaban entrelazándose sin querer. 

Ambos sonreímos nerviosos ante el inesperado contacto físico, y el visual acaba de hacer el esperado efecto. Me derrito para mi sonrojo cuando sus preciosos ojos azules se clavan en los míos. “¿Norteamericano?”, le pregunto en inglés intentando que no se me note tanto que desearía que me llevase en sus fornidos brazos directa a la cama. Él asiente divertido exclamando “¡Gringo!”, y no sé por qué me da la impresión de que es capaz de leerme el pensamiento. Así que dirijo mi mirada hacia el comedor en busca de una mesa para alejarme de la tentación. “¿Compartimos?”, pregunta tras constatar que solo queda una libre al fondo. Asiento yo esta vez, apretando los labios para que no se me escape un desesperado ¡por supuesto! Lo que ya no puedo evitar es que mis tripas rujan al tomar asiento, provocando que le dé la risa. “Estoy que muerdo”, admito entre risas, “estas no son horas...” Y entonces me fijo en que él apenas lleva su café. “En el avión”, responde a mi pregunta interior sobre si ya habrá almorzado y lo miro entrecerrando los ojos. Como sea verdad que me lee la mente estoy en un buen lío. Su críptica sonrisa me lleva a ruborizarme de nuevo, y me abanico echando la culpa de mis coloretes a un sofoco por el ambiente cargado.

Observo cómo se sorprende al verme vaciar uno tras otro los sobrecitos en mi café y sonrío cortés excusándome: “Nunca tomo dulces”. “Pues espero que muchos cafés tampoco, de lo contrario tu cerebro estará en efervescencia las veinticuatro horas del día.” “Apostaría a que vienes a un congreso de medicina”, afirmo tras dar el primer sorbo y sentir cómo el sabor dulzón le sienta de maravilla a mi necesitado estómago. “Neurocirugía pediátrica”, afirma sonriente y arrugo la nariz. Ladea la cabeza como queriéndome decir, suéltalo, venga, dime lo que opinas. Y se lo confieso abiertamente. “No te pega, tienes más pinta de bombero o algo así, no de cerebrito salvavidas”. Sus carcajadas resuenan y algunos comensales próximos nos conceden un ápice de atención, para regresar a sus platos enseguida. “Pues tú tienes pinta de abogada”, me dice en cuanto se le pasa el ataque de risa. “Frío, frío”, respondo sonriendo sarcástica y entonces me pilla. “¡Claro! Disculpa, he pasado por alto el pinganillo que se te salió del bolso al coger la cartera. ¡Organizadora de eventos! ¿Especialidad? ¡Espera, no me lo digas! Bodas, no. ¡Reuniones de empresa!” “¡Bingo! Eres bueno...”

***



Madrid 2:45 pm
Es bajita, menuda, de pelo y ojos castaños. Nada fuera de serie. Pero tiene algo que me obliga a fijarme en ella. Sus manos. Pequeñas y ágiles, elige con precisión lo que desea de la ringlera de alimentos y lo deja con delicadeza en su bandeja. Daría una buena cirujana. Entonces se le suelta un mechón y lo coloca de inmediato en su sitio. Su sutileza de movimientos me fascina. Es como una muñequita. Y al escucharle pedir el café no resisto la tentación. ¿Será una mera coincidencia que desee lo mismo que yo? No, no lo creo. Hace siglos que no me fijo en ninguna chica. Estoy tan liado entre Matt y el hospital que no tengo tiempo para citas. Ni ganas. Hace ya tanto de la última que mereció la pena que ni la recuerdo. En África aprendí a convivir con la abstinencia. Experimenté tantas sensaciones los seis años que estuve allí que me parecen décadas. Desde luego tengo muchísimas más cosas que contar que sobre prácticamente el resto de mi vida. A nivel personal desde luego. Y a la vuelta no me apetecía meter a nadie en casa estando todavía Matt y yo adaptándonos a nuestra nueva rutina. 

Sus labios. Parecen suaves. Tanto que dan ganas de besarlos. Se le han ido despintando sorbo tras sorbo y su color rosado me encanta. Y como los mueve al hablar también. Es lista. Se le nota que le gusto y me hace gracia, porque intenta disimularlo de un modo peculiar. Me encantan sus expresivos gestos, las caras que pone me hacen mucha gracia. A mí también me gusta ella. Y no me importa en absoluto que se me note. Quizás sea eso lo que la pone nerviosa. Porque juguetea constantemente con la servilleta mientras come. Me gustan sus gestos. Es simpática, pero aun así sigue pareciendo una muñequita. Preciosa y delicada. Y sin querer me pregunta por mi vida y le cuento todo. Absolutamente todo lo que desea saber. Incluso más de lo que habitualmente acostumbro a contarle a nadie. Observa la fotografía de Matt con atención y la acaricia inconscientemente en uno de sus metódicos movimientos digitales. Excelente cirujana, sin duda. Me gusta que se enternezca al verlo. No todo el mundo lo hace al reparar en su deformidad del labio inferior. Estamos esperando a que sea algo mayor para intervenirlo quirúrgicamente. Mientras no vaya al colegio no me preocupa. En la guardería del hospital ya lo conocen y nadie se mete con él.

Es una lástima que Londres esté tan lejos. Tengo que convencerla para que acepte ese nuevo trabajo. Me encantaría conocerla más a fondo. Me da miedo lanzarme sin estar completamente seguro. Necesito estarlo. Por Matt. Y porque mi corazón tampoco soportaría otra decepción como la de Jane. Ana. Se llama Ana y nació aquí, aunque lleva viviendo en Londres desde los tres años. Cuanto más la miro más la deseo. Es realmente preciosa. Y que responda a cada una de mis preguntas sobre ella de un modo tan singular me fascina. No lo dice como lo hago yo. Fechas, acontecimientos fundamentales, y poco más. No. Ella me habla de sensaciones, de colores, de olores, incluso de sabores, para evocar su pasado y que llegue a percibirlo como ella entiende la vida, como algo que se siente con los cinco sentidos. Que creo que puedo palpar en la palma de su mano. La rocé sin querer cogiendo el azúcar y me estremecí. Ahora se la cogería sin dudar. Porque sé que al hablarme está abriéndome su corazón de par en par. Igual que lo estoy haciendo yo. Algo que sucede en tan raras ocasiones que todavía no acabo de creerme que esté pasando. Pero es así. No sé qué es lo que tiene. Su voz me tiene embrujado y no dejo de mirarla, hasta que de repente se asusta al ver qué hora es y se levanta, y se deja caer en la silla mirándome desesperada. “Tienes una cita”, afirmo más que preguntar. “Esta noche conmigo otra, por favor, dime que sí.” Y al enviarle la dirección de mi hotel a su móvil noto cómo le tiembla el pulso al abrir el mensaje. Pero lo corrige en el acto. Lo dicho. Cirujana. Debe ser eso entonces. Me clavó certera el bisturí hasta la aorta, porque me estoy desangrando al verla marcharse a toda prisa. 

***

El taxi me deja justo delante del edificio de oficinas y todavía tengo que controlar mi inestable ritmo cardíaco. Increíble. Por dentro y por fuera. Demasiado perfecto para ser real. Somos muy diferentes, y en el fondo tan iguales que me da vértigo. San Francisco. No puede ser. Le comento algo sobre la oferta de trabajo en Los Ángeles y se le ilumina la mirada. Frena. Te estás lanzando a la piscina sin flotador y apenas sabes nadar. Ana, espabila. Te rompen el corazón cada vez que entregas el tuyo. Ya. Ya lo sé. Pero él no es así. Es muy pronto para estar segura. Lo sé. Lo he visto en sus ojos. En cómo me mira. Jamás me haría daño. Al menos conscientemente. ¡Tú misma, después no me vengas llorando! No te pongas así, que lloramos juntas. Bueno, en realidad somos la misma. ¡Qué manía me ha entrado con hablarme en segunda persona! Estás majareta, ¿de qué te extrañas? Sólo a ti se te ocurre contarle que te encantaría saber a qué saben las nubes. Pues sonrió cuando se lo comenté. ¡Porque es demasiado educado para levantarse y salir corriendo! ¿Y entonces por qué me ha dado la dirección de su hotel? Por lo mismo que todos, ya lo sabes. No. No me lo creo. ¡Y cállate de una vez...! ¿Sabes una cosa? ¿En qué quedamos, me callo o no me callo? ¡Calla y escucha, caramba! Creo que me alegro de haberme olvidado el móvil en casa. En eso estamos de acuerdo, ¿ves? De lo contrario no habríamos conocido a semejante tío bueno. Es mucho más que eso y lo sabes. Sí. El amor de nuestra vida, pero no lo digamos muy alto que igual se nos gafa... ¡Ya salió la supersticiosa! Es el destino, mujer, que te lo digo yo, confía en mí, y sino al tiempo... 

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 23 de marzo de 2017

El apremiante caso de la caja extraviada


El señor E. no es realmente consciente del vuelco que está dando su vida en pocas semanas. C. fue colándose en ella desde su primera cita a ciegas en el café (léase El desconcertante caso de la carta sin remitente), y como quien no quiere la cosa se fue adueñando de su alma, al mismo tiempo que de la de su fiel compañero de andanzas. Morris le ladra dando saltos de alegría en cuanto lo huele cerca de ellos, ya que C. sale a correr todas las mañanas y ahora su recorrido le lleva a cruzar la calle para pasar por delante del portal a la intempestiva hora en que su vecino se levanta para sacarlo a hacer sus necesidades. Procura no interrumpir sus rutinas, conociendo las debilidades de su dueño, tan sólo se acerca y les da los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja enmarcada por su cuidada perilla, sin aminorar un ápice su marcha, lo que provoca que Morris lo persiga durante unos instantes con la lengua de fuera en señal de sintonía matutina. Y ese simple gesto va calando en el interior del señor E. de tal manera que ni se le ocurre darle una voz a su perro como haría en semejante tesitura, el “¡Morris, compostura!” queda relegado para cuando no hay confianza, porque en definitiva eso es lo que empieza a sentir que tiene con C.

O algo más que eso, puesto que sin darse cuenta va incorporando nuevos hábitos a su jornada diaria. Como pasar cada tarde por su estudio aprovechando el paseo con Morris, para tomar una taza de té con él durante su breve descanso vespertino. O incluso tener el arrojo de invitarlo a cenar a su casa de vez en cuando, para después poder comentar juntos el documental de turno del canal de Historia. C. es un joven paciente, en el fondo está fascinado con el señor E., sus maneras y atuendo de gentleman no le han defraudado en absoluto, ya que es un perfecto caballero y le encanta tener la oportunidad de dibujarlo junto a su inseparable amigo durante sus encuentros. En ocasiones al marcharse se deja algún boceto desprendido sin querer de su bloc verde, y el representado lo admira boquiabierto durante unos minutos, antes de colocarlo cuidadosamente en su vitrina de colección de relojes. “¿A que así destacan más?”, le comenta separándose para ver el efecto del nuevo fondo, y el chucho levanta el rabo en señal de aprobación. Y es que Morris asiste al avance de la relación entusiasmado, puesto que C. es mucho más propenso a jugar y bromear con él que su dueño, pese a que lo acepte como es y lo respete hasta el punto de obedecerle sin contemplaciones. 

El trato llega a familiarizarse tanto que inusitadamente le propone asistir a las comidas de todos los miércoles con su ahijada, quien, absolutamente anonadada al verlos aparecer juntos, aprovecha la coyuntura para llevar también a su novio, y así ir acostumbrando a su padrino a verlo más a menudo. C. es un buen conversador, lo que ocasiona que el señor E. asista a las animadas charlas que mantienen durante el almuerzo con su amable sonrisa en los labios. Le gusta eso de él, que sea capaz de sacar un tema del que hablar que resulte del interés de todos los comensales semana tras semana sin recurrir a tópicos aburridos. A él no le queda más remedio que hacerlo porque su vida social es nula, pero la de C. no lo debe ser tanto, a juzgar por lo mucho que tiene que contar. Algo que le sorprende sobremanera, sabiendo que se pasa prácticamente todo el día encerrado en su diminuto estudio dibujando. Las noches al parecer no entran a tal efecto dentro del estrecho abanico de posibilidades que contempla el señor E.

Fue precisamente en una conversación a propósito de su vivienda, cuando se lió la manta a la cabeza por primera vez en su hasta ese momento anodina existencia. C. le daba las quejas a su ahijada sobre su despótico casero, además de relatarle los problemas de espacio a los que debía hacer frente cada vez que tenía más de un proyecto entre manos. “Es que la mesa de dibujo me queda encajonada en un rincón y ya no sé dónde extender los rollos de papel... A veces tengo que separar el sofá cama para estirarlos por el suelo, pero no me gusta, ¿sabes? Resulta incómodo y sucio, por otra parte... ¡Pero es lo que hay! Imposible permitirme pagar un alquiler más alto siendo autónomo...” Ella lo miró compasiva y su novio puso los ojos en blanco, al reconocer la misma cara de lástima que se le pone viendo las películas románticas que él detesta, hasta que su rostro se iluminó antes de exclamar toda ufana: “¿Y por qué no te mudas a casa de mi padrino? ¡Él tiene sitio de sobras en su apartamento para que trabajes cómodamente!” 


Al señor E. se le atragantó el trozo de carne que masticaba tranquilamente atendiendo al diálogo, y C. se sonrojó antes de comentar un tanto nervioso: “Pero... ¡Si ni siquiera nos hemos besado!” Mientras el aludido tosía para tratar de volver a respirar con normalidad, alzó una ceja más sorprendido por lo que acababa de escuchar que por el descarado ofrecimiento de su ahijada. Bebió un sorbo de agua y, tras limpiarse concienzudamente la comisura de los labios, intervino con su sosegado y correcto modo de expresarse: “En todo caso, no creo que eso sea impedimento para que traslade sus enseres a mi hogar, puesto que todo indica que es la solución óptima a juzgar por sus carencias. Dispondrá de espacio suficiente para realizar su trabajo del modo más conveniente, y no deberá desembolsar ni un céntimo más de renta al mes, puesto que mi piso, aparte de ser de mi propiedad, está libre de cargas.” 

Y no hubo más que hablar. Esa misma tarde organizaron la mudanza con la inestimable ayuda del novio de su ahijada, quien daba palmas alborozada alrededor del que tendría que cargar con gran parte del peso. Él la miró durante unos instantes pensando en que mejor sería que hubiese cerrado su linda boquita, pero pensar en lo que le hacía con ella le llevó a reconsiderar su actitud, y resignarse ante la idea de que los brazos de aquellos dos, unos finos y otros elegantes, eso sí, pero que no disponían ni de la mitad de la masa muscular de los suyos, no le servirían de mucha ayuda para transportar todas las cosas del ilustrador y diseñador gráfico. Lo bueno era que no tenía demasiadas pertenencias. Lo malo fue que hubo que esperar a que se le pasase el subidón que le produjo saber a dónde se iba a ir a vivir, porque en un principio no atinaba ni con lo que tenía que meter en cada caja de cartón. 

Como a pesar de que no había más muebles que trasladar que su mesa de dibujante, sí que necesitarían bastante tiempo para llevar todo, decidieron hacerlo en dos días. Esa tarde llevarían sus utensilios de trabajo para que pudiese seguir con él cuanto antes, y al día siguiente su ropa y objetos personales para poder quedarse ya a dormir en su nuevo domicilio. El par de días libres de los que disponía el improvisado transportista les vinieron de perlas para llevar a cabo el cometido en tan poco tiempo, y éste no se quejó demasiado al tener a su novia de tan buen humor al llegar a casa por las noches, fingiendo venir reventado para conseguir un buen masaje, y lo que se terciase a continuación. C. por su parte también quiso hablar a solas un momento con el señor E. antes de dar el pistoletazo de salida a la operación. Lo siguió hasta el baño cuando fue a lavarse las manos después de acabar el postre, se disculpó de antemano por si lo había puesto en una situación comprometida, y le confesó que no era necesario que siguiese adelante con aquello si lo hacía por obligación. 

Él esperó a que acabase de decirle lo que le resultaba tan embarazoso confesar, puesto que miraba al suelo con las manos en los bolsillos mientras lo hacía, y entonces le irguió el mentón tras secarse bien con el secamanos, a fin de ver sus preciosos ojos verdes a través de sus gafas, y en cuanto los tuvo ante los suyos sonrió. “Es un placer, de verdad, poder servirle de ayuda.” Éste le devolvió la sonrisa de inmediato, provocando con ello que el ritmo cardíaco del señor E. se acelerase, quien, sin pensar, le acarició el labio inferior con su pulgar. Gesto doblemente significativo. En primer lugar porque se trataba del contacto físico más íntimo que había tenido jamás con otro ser humano. Y en segundo lugar porque venía a decir algo así como: creo que me estoy enamorando, pero le ruego disculpe mi ineptitud, ya que no tengo ni la más remota idea de cómo debo comportarme en estas lides. Es de suponer que C. captó el mensaje, puesto que entornó los ojos ensanchando su sonrisa, quizás pensando: ¡bésame de una vez, por favor, hazlo ya! Acto para el que no tenía la mas mínima intención de tomar la iniciativa, tratando de evitar a toda costa el violentar a un hombre tan retraído como su adorado señor E.   


Con lo que no contaban es con cómo se desarrollarían los acontecimientos. La tarde noche siguiente fue crucial para su relación, puesto que tras acabar la mudanza la ahijada del señor E. preparó cena para todos en casa del anfitrión para festejar el feliz final de aquella aventura. C. se dispuso a inmortalizar la celebración en su sempiterno bloc verde, y entonces reparó en que no lo encontraba por ningún sitio. Su preocupación derivó casi en histeria al caer en la cuenta de que faltaba una caja. La más importante, en realidad, puesto que se trataba de la última que habían transportado, que no contenía otra cosa que los sobres con los trabajos que debía entregar esa misma semana, además de su bloc y los rotuladores que usaba más a menudo. Morris de poco sirvió en esa ocasión, puesto que no disponían de ninguna muestra que le permitiese seguir el rastro del resto, y tan sólo ayudó a que se enfriase el banquete, que volviesen todos a inspeccionar el desangelado estudio completamente vacío. “Con el estómago lleno razonaremos mejor”, intervino la cocinera a fin de que su esfuerzo por tener todo listo para cuando acabasen no fuese en balde. Y así lo hicieron nada más regresar, algo más callados de lo habitual, puesto que C. no se dedicó a amenizar la comida como los tenía acostumbrados, apesadumbrado como estaba por lo sucedido.

A nadie le extrañó que el señor E. no abriese la boca más que para meter un nuevo bocado tras masticar el anterior las repetidas y suficientes veces que consideraba indispensables para favorecer su tránsito intestinal. Sus ensimismamientos eran frecuentes incluso cuando el tema de conversación le interesaba, así que el único que estaba pendiente de sus facciones era Morris, quien, de tanto convivir con él, identificó perfectamente que estaba en fase i (i de investigación). Lo observaba con las orejas en alto y el cuerpo en tensión, a la espera de cualquier orden suya para lanzarse a perseguirlo a donde quiera que se dirigiese en busca de pistas para resolver el nuevo caso. Y su instinto no se equivocó. En cuanto terminó su plato se disculpó para ir a lavarse las manos y bastó una discreta mirada en su dirección para que el chucho lo siguiese hasta su dormitorio. Cuál fue su sorpresa cuando su amo no le pidió que olfatease nada, ni siquiera le comentó sus hipótesis como generalmente hacía para pedirle su parecer, sino que simplemente le dijo: “Discreción, Morris, discreción.” Y el perro obedeció sumiso, volviendo a su puesto junto al sofá de su amo, recostándose a sus pies simulando modo siesta inminente. 

Una vez que C. les relató la catástrofe que sería para él perder aquellos sobres, no sólo por el tiempo que llevaba invertido en ellos, sino por el estrés que le supuso acabarlos dentro del plazo estipulado, además, claro está, de las innumerables explicaciones que tendría que darles a sus clientes para justificar su demora, comprendieron la apremiante necesidad que tenía de encontrarlos, aparte del disgusto que le ocasionaba haber perdido su apreciado cuaderno verde. Apelar al lugar común sobre que en todas las mudanzas siempre se pierde algo, como intentó hacer el novio de la ahijada del señor E., no valió la pena, puesto que enseguida enmudeció tras recibir un codazo de ella, prefería no tentar su suerte, no fuera a quedarse sin recompensa esa noche. Y como también era la primera que iban a pasar juntos la nueva pareja, prefirieron dejarlos solos temprano, prometiéndoles que por la mañana les ayudarían a seguir buscando la caja extraviada. 

Tan pronto como el señor E. cerró la puerta tras de sí le dirigió una significativa mirada a su nuevo compañero de piso, le dolía de tal manera verlo tan abatido que prefirió ahorrarle mayor sufrimiento y le dijo sin más preámbulos: “Querido C.” La breve pausa que hizo tras semejante afirmación, suponemos que a causa de la conmoción que le produjo a sí mismo declarar sus sentimientos de una manera tan meridiana, sirvió para que el interpelado alzase la vista subyugado por sus palabras. “Querido C.”, repitió para afianzar su intrepidez, “no me he atrevido a decírselo en presencia de los demás para evitar una situación comprometida, pero sé dónde se encuentran esos sobres.” La cara de sorpresa de C. omitió cualquier exclamación del tipo, ¡cómo no me lo has dicho antes!, y la sonrisa amable del señor E. se le fijó en el rostro mientras se lo aclaraba: “Al parecer su nerviosismo le ha debido jugar una mala pasada en cuanto a su memoria se refiere, pero creo recordar que usted mismo declaró que esa caja la metería en un lugar mullido para evitar que sufriese cualquier desperfecto por el camino, y sólo se me ocurre pensar en la bolsa de deportes que llenó con su ropa interior y sus calcetines.” 

No tuvo tiempo de terminar la frase y ya sintió los brazos de C. asiéndole calurosamente el cuello, exclamando a la vez a viva voz: “¡Dónde tendré hoy la cabeza, por favor, es verdad!” El señor E. únicamente osó rodearle la cintura con los suyos en vista de que se prolongaba el abrazo, hasta que el otro se dio cuenta de que se había extralimitado y se separó tratando de excusar su efusividad, ruborizándose por su metedura de pata. “No hace falta que se disculpe, de verdad, al contrario, me gusta su naturalidad, lamento no parecerme más a usted en ese sentido.” La bonita sonrisa del joven lo cautivó de nuevo y al fin se dejó llevar por un repentino impulso acercando sus labios a los suyos. El efímero roce duró escasos segundos y ni siquiera llegó a dejar rastros de saliva en la boca de C., quien creyó regresar a la adolescencia tras una experiencia tan tierna. Pero para el señor E. supuso el comienzo de todo, su corazón se expandió de tal manera que por un momento se llevó la mano al pecho descontrolado, y tuvo que tomar asiento medio mareado. C. lo miró ansioso y le ofreció un vaso de agua, sumamente preocupado por su estado de salud, no obstante él lo rechazó restándole importancia a su arritmia cardíaca y a su amago de desfallecimiento, diciéndole: “Prefiero que me devuelvas el beso, que estoy seguro de que lo harás mejor que yo.”   

jueves, 16 de marzo de 2017

Amor cristalino


“¿A quién se le habrá ocurrido la idea de poner esto en medio de un parque?”, dijo él mirándola extrañado a través del cristal. “Pero... ¡Si vengo casi todos los días y aquí no había nada de nada!”, exclamó ella extremadamente confusa, haciendo repiquetear sus uñas sobre la superficie impoluta. “¡Pues es un verdadero peligro! Porque casi choco al darme la vuelta ahora mismo... ¿Crees que se romperá de un balonazo o algo así?”, le preguntó él dirigiendo una rápida mirada a la partida en la que estaban enfrascados sus dos hijos. “Parece resistente, de esos irrompibles, al parecer...”, admitió ella golpeando con los nudillos para cerciorarse. “No creo que rompa tan fácilmente, pero desde luego habría que advertir a los críos, por supuesto”, y tan pronto como acabó su frase su hija atravesó la pantalla corriendo sin que a ella le diese tiempo ni a gritar su nombre siquiera. Aquello los desconcertó todavía más. 

Ambos se miraron perplejos y de repente comenzaron a caminar en paralelo, intentando llegar al final de la mampara. Nada, resultó inútil, tanto hacia un lado u otro el panel de vidrio continuaba separándolos. Ya lo habían tocado, por lo que no dudaron de que estaba allí en ningún momento. Lo que no podían explicarse era cómo era posible que los demás, tanto niños como el resto de padres y abuelos, pudiesen atravesarlo sin mayor complicación, como si no existiese. Era la primera vez que se veían, él estaba leyendo la prensa en un banco, levantando la vista de cuando en cuando, generalmente coincidiendo con una jugada interesante de la pachanga de fútbol que tenía lugar cerca de los columpios. Hasta que se hartó de estar tanto tiempo sentado y se levantó para estirar las piernas. Ella estaba en la zona del tobogán, a su hijo mayor le gustaba escarbar por cualquier sitio y lo dejaba más a su aire, pero a la pequeña no podía quitarle el ojo de encima. Fue entonces cuando sus miradas se encontraron, y se sonrieron de inmediato. 

Al aproximarse se quedaron boquiabiertos, jamás hubieran imaginado que aquel cristal estuviese allí por su culpa. “Es la única explicación que se me ocurre”, adujo él intentando conservar la calma, se despidieron con un simple gesto de cabeza, incapaces de dejar de darle vueltas a lo anormal del caso. De hecho, la situación se repitió en el siguiente encuentro fortuito que tuvieron. Fue en una fiesta de disfraces de la asociación vecinal, ella lo saludó a cierta distancia y su marido le preguntó si lo conocía. “De vista, estaba el otro día con sus hijos en el parque.” “Pues aquella es su mujer, vino a nuestra oficina a cotejar unos documentos. Están de paso, parecen buena gente.” Sonrió sin prestarle demasiada atención, más preocupada en vigilar que la niña no se escondiese debajo de las mesas. Pero en el pasillo de los baños volvieron a coincidir con sus respectivos retoños.

La cola del baño femenino era mucho mayor que la del masculino y él acabó antes. Al pasar por su lado tuvo que separarse para no chocar. Su hijo pequeño no parecía tener el mismo problema y le tocó la falda de tul repleta de estrellas de su disfraz de bruja. Ella le sonrió nerviosa, tras caer en la cuenta de que su padre lo observaba muerto de envidia, medio recostado contra la pared de enfrente para no ahumar el cristal con su respiración. “Mañana, en el parque”, le dijo observándola anonadado y ella asintió igual de incrédula. Tenían que verificar si aquello había sido una casualidad, o se repetiría cada vez que se viesen, por eso decidieron citarse. Y al día siguiente lo comprobaron. “¿Por qué sólo lo vemos nosotros?”, se preguntaba ella notando en su palma el frío contacto. “¿Quién puede querer separarnos?”, se preguntaba él golpeando disimuladamente su superficie, por no llamar la atención del par de abuelas que estaban sentadas charlando en un banco próximo. 

En el fondo el cristal los unió, quedaban día sí, día también, para comentarse sus respectivas conjeturas sobre el tema, ya que no se atrevían a contárselo a nadie más por miedo a que los tomasen por locos. Y poco a poco, además de sobre aquella extraña anomalía, acabaron hablando sobre sus hijos, sus trabajos, su vida en general, y sobre nada en particular, dando más bien la impresión de ser un par de viejos amigos que se reencuentran tras años sin verse. Procuraban hacer coincidir sus salidas al parque, sus ir y venir debidos a las actividades extraescolares de sus hijos, incluso sus minutos de descanso para tomar el café de media mañana, con la excusa de verse para verificar que seguían separados por aquella mampara imperceptible para el resto del mundo.   


Llegó un momento en que se les hacía insufrible no poder hacerlo por motivos ajenos a su voluntad, bien fuese por compromisos laborales o familiares, y entonces comenzaron a hacerse otro tipo de preguntas. “¿Lo nuestro será amor?”, le dijo ella una fresca tarde de primavera. Él dudó antes de responder, e hizo el amago de cogerle la mano, aunque su brazo cayó por el peso de la impotencia. “No estoy seguro,” admitió sin atreverse a mirarle a los ojos, “lo único que sé es que es algo muy fuerte, y que seré incapaz de despedirme de ti cuando me vaya.” A partir de entonces sus conversaciones se centraban en su estado de ánimo. Ya se sabían su infancia y su adolescencia de pe a pa, incluso se habían contado pormenores íntimos de sus respectivas vidas de pareja. Los “¿Cómo lo llevas?”, “¿Qué tal has dormido hoy?”, o incluso los “¿Has conseguido comer algo?”, fueron sustituyendo a otro tipo de comentarios, y los silencios y, sobre todo, sus miradas lánguidas al constatar su desmejorado aspecto los pondrían en evidencia ante los demás, de no ser por que siempre se les veía separados por una prudente distancia. 

No poder ni tocarse les resultaba tan insufrible como la idea de estar juntos. Cada uno tenía una vida estable y relativamente feliz, por lo que no entendían qué les había pasado. Cómo habían podido llegar a un punto en el que les resultaba insoportable no sólo no verse, sino no poder abrazarse, acariciarse, o besarse. Y al mismo tiempo su conciencia no les permitía admitir que semejante contacto fuese factible, estando ambos comprometidos como lo estaban. “Ayer la abracé pensando en ti”, le confesó él una tarde. “¿Y?”, inquirió ella poniendo cara de circunstancias. Su cara de decepción y el suspiro apartando la vista le dejaron clara la respuesta, y ella hizo caso omiso del comentario tratando de reconfortar su tristeza cogiendo a su hija en brazos. Aun así decidieron hacer un último experimento. Comprobar si completamente solos continuaban separados por el cristal, puesto que era otra de las numerosas elucubraciones que habían barajado. Quizás sólo se les impedía estar juntos en público, y decidieron hacerlo en privado para probar su teoría. Llegaron por separado a la habitación de hotel, él subió primero y en cuanto entró ella el cuarto quedó dividido por la mitad.

Descargó toda su rabia y frustración en vano, el cristal no sufrió ni el mas leve rasguño tras el ataque con cualquier objeto que se encontraba a su alcance. Al contrario, parecía desafiarlo con su obstinada robustez. Se cansó de golpearlo en balde, hasta que vio la mezcla de pánico y conmiseración en los ojos de ella. Y paró. Exhausto se recostó sobre la cama y ella lo imitó del otro lado de la mampara. No necesitaban palabras para expresar su sufrimiento, sus miradas lo decían todo. Y su deseo incumplido e irrefrenable los llevó a desnudarse lentamente. Sin prisa. Como si tuviesen todo el tiempo del mundo a su disposición. Disfrutando del inconmensurable placer que les producía descubrir cada centímetro de la piel del otro. Del único modo que podían hacerse el amor. Con los ojos. Y con la mente. 


Jamás volvieron a hablar sobre aquella noche. Tampoco repitieron. Siguieron como siempre, conversando sobre todo y nada como tantos otros padres que coinciden en los parques. Una mañana él no apareció a la hora del café, ella lo justificó achacándolo a cualquier tipo de imprevisto, pero por la tarde sus hijos tampoco fueron a entrenar y se puso nerviosa. Un extraño dolor en el pecho comenzó a alterar su ritmo cardíaco de tal manera, que cuando sus sospechas se confirmaron se hizo tan agudo e insoportable que perdió el conocimiento. Se despertó al día siguiente en el hospital. El cirujano blandía un ridículo bote de plástico y le explicaba la complicada operación que hubo que realizarle para extraerle aquel extraño trocito de cristal. El médico divagaba con su marido sobre lo extraordinario del caso, exponiéndole las diferentes hipótesis para explicar lo inexplicable, mientras ella sólo deseaba que la dejasen tranquila. Que no era la tremenda costura que le dividía inequívocamente en dos el torso lo que más le dolía, sino el órgano que se había visto afectado por la repentina desaparición.  

Él cumplió su amenaza. Se marchó sin decirle adiós y ella siguió durante meses ingresada, porque sus pulsaciones no mejoraban debido a la herida sangrante que su corazón tenía que soportar. Al final le dieron el alta obligándola a regresar a periódicas revisiones, ya que al fin y al cabo su vida no parecía correr mucho peligro. Su familia respiró aliviada al tenerla de vuelta en casa, pese a que su delicada salud la hacía parecer casi siempre ensimismada. Aunque, bien mirado, su enfermedad era en realidad pura nostalgia. Un buen día abrió el bote por curiosidad. No le sorprendió que se tratase de un diminuto trozo de cristal en forma de lágrima. Lo que le llamó más la atención fue lo que la llevó a ir en busca de la lupa para insectos de su hijo. Pestañeó incrédula al reconocer la forma de su oreja izquierda nítidamente en su superficie. La distinguiría entre todas las orejas del mundo, porque se había aprendido sus rasgos de memoria. Era lo único que podía hacer sin impedimentos. Observarlo. 

E inmediatamente se sonrojó pensando en qué pensarían de ella si la viesen, al aproximarse para susurrarle al oído, “Te echo de menos, corazón.” La oreja desapareció al instante y se sobresaltó al comprobar que aparecieron sus labios. “¡Por fin escucho tu voz, amor!”, le dijo él, y al atisbar a continuación su ojo derecho ella le sonrió. Hay quien piensa que tras la operación perdió el juicio, puesto que la escuchan hablar sola por la calle, o incluso leer libros en alto sentada en el parque, pero los médicos se dan la enhorabuena porque su ritmo cardíaco ha recuperado por fin la normalidad, pese a lo inaudito del caso, ya que continúan sin explicarse cómo puede ser que la herida siga sangrando. Eso sí, un colgante en forma de lágrima reposa desde entonces sobre la cicatriz rosada que adorna su pecho.
  
by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 9 de marzo de 2017

El escaparate


Tarde de domingo lluviosa. Ideal para salir a pasear un poco y despejarme después de todo el fin de semana encerrada trabajando en casa. Me puse el chubasquero y las botas desoyendo los augurios de que la mojadura iba a acarrearme un resfriado. Poco tráfico y las calles prácticamente desiertas, fue lo que me encontré al llegar a la avenida que sale de la ciudad. O entra, según se mire. La llovizna me hizo ralentizar el paso, ensimismada observando su suave manera de empapar el asfalto, imperceptible apenas en los charcos. Diminutas gotas perlaban los mechones de mi melena que sobresalían de la capucha, ni me molesté en recogerme el pelo, deleitándome con la sensación de humedad que embriagaba el ambiente.

Fue entonces cuando reparé en el escaparate. No suelo hacerlo, prefiero dirigir la vista al horizonte, escrutando las nubes entre los altos de los edificios. Tan sólo un instante posé la vista en él, y una sonrisa afloró a mis labios inconscientemente. Avancé rápido, por no perturbar el momento. A sabiendas de que si llego a detenerme a mirarlos interrumpiría la escena a la que asistí. En una tienda de muebles, cerrada al ser día festivo, un par de jóvenes charlaban animadamente sentados en el sofá que presidía la vitrina más visible para los transeúntes. En un principio me reí, me pareció simpática la situación. Pero poco a poco, casi sin querer, empecé a elucubrar.

Podrían ser dos hermanos que habían acompañado a sus padres a recoger algo olvidado en la trastienda. Podría ser una opción plausible, sí. Ahora bien, su complicidad no me pareció muy fraternal que digamos. Al contrario, precisamente eso fue lo que me hizo apresurar el paso para no inmiscuirme en su intimidad. La chica le sonrió pícaramente tras terminar su frase, haciendo ademán de lanzarle uno de los cojines que sostenía en la mano, mientras el chico se abrazaba a otro sosteniéndole la mirada, sin poder evitar reírse a carcajadas. Novios. Tienen que ser novios. 


Pero, ¿qué hacen un par de novios en una tienda cerrada un domingo por la tarde? Para hablar podrían estar haciéndolo tranquilamente en cualquier cafetería, ya que en un parque con este día imposible. Podrían, sí. Bueno, aunque también estar sentados en un banco bajo un paraguas muy juntitos para no mojarse, es otra opción más que plausible e infinitamente más romántica que las dos anteriores. Un perro me adelanta y se gira para mirarme, ladea la cabeza en señal de duda y le doy la razón. Podrían serlo, sí, pero algo me dice que tampoco son novios. La intervención del chucho me hace caer en la cuenta de que estoy más lejos de lo que contaba. Decido dar media vuelta para que no se me haga muy de noche para regresar a casa.

Entonces caigo en ello, sin más. ¡Claro! ¿Cómo se me habrá podido pasar por alto? La lluvia arrecia y decido detenerme bajo un soportal a esperar que amaine, aprovechando de paso para rememorar con calma sus gestos. Fue tan rápido que por eso he tardado tanto en llegar a semejante conclusión. Son amantes. Mantenían una cierta separación entre ellos, sentados uno en cada extremo. Algo que por descontado no harían dos novios, ni siquiera si no lo fuesen todavía. Porque si se tratase de una primera cita, tratarían a toda costa de acortar distancias para provocar un roce involuntario que propiciase otro ya intencionado. Amantes, por supuesto.

Algunas personas pasan por mi lado y se apiadan de mi falta de paraguas protegidos bajo los suyos. Mi sonrisa de oreja a oreja los desconcierta tanto como el hecho de verme allí de pie con la mirada perdida. Amantes. Eso es. Su deseo contenido los delata. Sus manos ocupadas con los cojines para evitar tocarse el uno al otro. Su mutuo entendimiento más allá de la conversación que los ocupa en ese momento, ininteligible a través del cristal que los separa del mundo. Igual que yo, a la vista de todos en plena calle sin que imaginen siquiera lo que está pasando por mi mente en ese momento. Desde luego ninguna preocupación por mojarme, más bien todo lo contrario.

La cortina de agua no tiene la más mínima intención de cesar, por lo que sigo mi camino en vista de que comienza a oscurecer. Bonita tarde, a pesar de todo. El cielo cambia de color tenuemente y algunas lámparas comienzan a perturbar la naturalidad con que todo se cubre de sombras. Brillante. Se me antoja que es la idea de encontrarse en un sitio público. Es un plan maestro, a decir verdad. ¿Qué mejor lugar para pasar desapercibidos que en pleno centro? ¿Qué sitio más expuesto que un escaparate? Fui cavilando en la genialidad de su estrategia, dirigiéndome sonriendo divertida hacia el lugar de los hechos. Y una sensación contradictoria se apoderó de mí al llegar.


Ya no están, pienso decepcionada. Las luces del escaparate encendidas destacan el sofá en primer término, los cojines mimosamente colocados sin mostrar ningún indicio de lo que ha sucedido momentos antes. El muestrario de los diversos tejidos que se pueden escoger para la tapicería en un lateral, me pareció tan triste como haberme retrasado. Yo que quería comprobar que no me había equivocado, que mis conjeturas no son simplemente eso, sino que están fundadas en mi experiencia como observadora sagaz que es capaz de sacar conclusiones de cada milésima de segundo que los tuve ante mis propios ojos...

Ya no están, pienso aliviada. No haber dejado rastro de su presencia me hace dudar durante un instante de que los haya visto. Pero no. Son buenos. Muy buenos escabulléndose. Y la alegría de saber que no los han descubierto me obliga a sonreír de nuevo como una tonta. Quizás sólo yo he sido testigo de ese fugaz encuentro. Quizás. Nadie repararía en ellos una tarde como esta. La gente anda con prisa cuando llueve, apremiada por evitar a toda costa lo inevitable. La lluvia moja, y en cambio a mí me encanta mojarme. Por eso camino despacio dejándome empapar sin importarme en absoluto el peso que voy sintiendo en mi ropa al andar, y por eso mismo tal vez fui la única espectadora que advirtió su presencia. Ellos llevaron a cabo su ritual conscientes de que podrían verlos, y yo traté de esconder que los había cogido in fraganti. Su secreto está a buen recaudo conmigo. No teman. Una furtiva mirada me bastó para reconocer sus intenciones. Y sé que son buenas.  

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 2 de marzo de 2017

Petricor


Salí de la tienda en cuanto mamá me lo insinuó. Bueno, en realidad aprovechó un momento en que Lidia se metió en el probador para decírmelo claramente: “Será mejor que te de un poco el aire, te llamo en cuanto acabemos... No, no, ya volverás cuando te apetezca. La cena es a las nueve y media, ¿sabes llegar, no?” Asentí y corrí hacia el metro. El estanque del Retiro se me antojó lo más parecido al mar que podía encontrar a menos de casi cuatrocientos kilómetros y allá me fui, maldiciendo a mi hermana por el camino. Nada más alcanzar la superficie comenzó a llover y sonreí. Petricor. Jamás olvidaré esa palabra. Ni su sonrisa. 

Lidia se casa la semana que viene. Fuimos a hacer la última prueba del vestido de novia, está guapísima, y tan orgullosa de sí misma como siempre. Como me lleva dos años ejerce con pleno derecho de hermana mayor, aunque dudo que cambiara algo haber nacido yo antes. Es cuestión de carácter, y las dos tenemos bastante. Por eso chocamos tanto, y porque somos como el día y la noche. No creo que ame a David, como mucho lo quiere, pero por lo que es, o más bien, por lo que representa y tiene. Un buen trabajo remunerado con creces, una familia de posición acomodada y con solera, y un refugio en Baqueira Beret para ir a esquiar cuando le apetezca. 

En realidad no es el más guapo de sus novios, ni siquiera el más rico, pero es el elegido. Se encaprichó de él hace un par de veranos y en nada será su marido. Por eso se mete conmigo, porque a mí me ha dejado el que se suponía que vendría conmigo al enlace. Igual que aquel día. La víspera de mi 19 cumpleaños nos peleamos por lo mismo. El primer chico al que pude denominar novio, ya que estuvo conmigo tres meses, instauró un récord difícil de batir. Mi lista de los como-mucho-una-semana seguirá creciendo, puesto que Marcos me dejó ayer tras mes y medio de relación.

La víspera de aquel fatídico cumpleaños, Lidia se mofó de que Raúl se hubiese liado con otra justo la noche que salimos a celebrarlo antes de tiempo, porque no sabía si podría estar conmigo el 7 de septiembre y, por supuesto, ya no llegamos a estarlo. Nos quedábamos todos los veranos en la casa que nuestros abuelos maternos tienen junto a la playa, y se pasó de la raya una vez que estuvimos solas en el cuarto que compartíamos con los primos. Los demás andaban por fuera y me largué dando un portazo por no gritarle lo que pensaba de ella y del pijo de su novio de aquella época. Asco me daba verlos comiéndose la boca y metiéndose mano delante de todo el mundo.

Mamá me hizo dar media vuelta en el porche. “Coge un chubasquero, parece que va a llover, y el viento está del nordeste.” Le obedecí de inmediato, pese a que resultaba un poco ridículo que me lo pusiera llevando shorts, camiseta y chanclas. Pero a ella jamás le llevo la contraria. No le gusta discutir, igual que a mí, y prefiere callarse y esperar a que se nos pase. La única diferencia es que yo también salí a mi padre, y el genio me hace decir cosas de las que después me arrepiento. Y así estoy, peleándome con papá y Lidia desde que tengo memoria. Me sorprende que me conozca tan bien, sabía perfectamente qué había pasado sin preguntar siquiera, igual que conocía mi destino, por eso me advirtió de dónde venía el viento. El acantilado puede convertirse en una trampa mortal, si no te resguardas caes al vacío en un abrir y cerrar de ojos. 


Cuando me senté en mi escondite secreto me alegré de haberle hecho caso. Las ráfagas resultaban desagradables incluso desde el refugio natural que me concedía la roca excavada por lel azote de las olas, y me puse la capucha para proteger los oídos. Lo peor ya había pasado. Mis ataques de rabia duran poco, como mucho un cuarto de  hora, soy de carácter apacible, lo que pasa es que mi hermana tiene un máster en sacarme de quicio. La marea estaba baja y se veían privilegiados surfistas disfrutando del mar, mientras los escasos bañistas se aguantaban en la arena al estar bandera roja. Las nubes comenzaron a cubrir el sol que brillaba desde por la mañana y, tal y como ella predijo, comenzó a llover.   

“Me encanta cómo huele cuando empiezan a caer las primeras gotas”, musité en alto para mí misma, y me sobresaltó que alguien me respondiese. “Se llama petricor” Miré a mi alrededor sorprendida. Estaba completamente sola, me aseguré de que así fuese antes de sentarme. “¿Cómo?”, pregunté sin saber quién me hablaba. De repente asomó la cabeza entre las piedras. “Al olor de la lluvia sobre terreno seco, digo, se le llama petricor.” Venía cargando con un par de trozos de lo que hasta hace poco había sido una tabla en condiciones y lo miré asombrada. Descalzo, ascendiendo por el acantilado, tenía sangre en los pies y una pequeña brecha cerca de una ceja. Dejó los restos de fibra a mi lado para que no se los llevase el viento y se acomodó junto a ellos después de bajar el neopreno hasta la cintura.

Tendría treinta y pocos, a juzgar por las marcadas líneas de expresión y las escasas canas del pelo revuelto. No me pareció muy guapo, pero su sonrisa me dejó sin palabras. Además de su torso desnudo, claro. Es de lo más sexy que he visto jamás. Un surfista con el traje a medio poner o sacar, permitiendo entrever lo que se avecina al final de la espalda o de su tableta de chocolate. Sí. Tengo que reconocer que al acantilado no iba sólo a mirar cómo rompían las olas. “Eres de aquí, ¿no? Ya te he visto más veces, buen sitio para protegerse. Chica lista.” Ni articular media palabra pude, y seguí mirándolo perpleja. “¿Un mal día?” Me ruboricé la pensar en lo observador que era, y al seguir sin responderle se rio. “¿No sabes hablar o es que te ha comido la lengua el gato?” 

“Mi novio me ha dejado”, solté sin pensar limpiándome las lágrimas. “¡Pues él se lo pierde!”, exclamó convencido y sonreí por primera vez en todo el día. “¡Es verdad! Mira, eso de petricor tuve que buscarlo, ¿sabes? Por culpa de una novia de esas cultas, la única, la verdad, todavía no entiendo cómo me hizo caso,” se rio y lo imité, “bueno, pues a ella también le gustaba mucho ese olor y busqué el nombre para impresionarla. No creas que funcionó, al menos no demasiado tiempo, ya que me dejó. Aquello me marcó. Cada vez que llueve y huele así me pongo sentimental. No, no es eso, ¿cómo se dice?” “Melancólico”, intervine sin poder apartar la vista de él mientras me explicaba todo aquello. “¡Exacto! Me pongo melancólico, porque en realidad fue la primera chica que me dejó. La única. De las demás procuro deshacerme antes de que se cansen de mí.” Se rio otra vez, contagiándome de nuevo. “Hazme caso,” dijo a continuación poniéndose un poco más serio, “no permitas que te afecte demasiado. Todavía eres una cría, pero ya lo entenderás.” “¡Mañana cumplo 19!”, exclamé toda ofendida y le dio la risa. “Pues no los aparentas, de verdad, con esa cara de niña buena...” Miré al suelo compungida, porque Raúl me había dicho algo parecido, ¿por qué a los chicos les tendrán que gustar más las que van de mujer fatal como mi hermana?

Entonces sentí sus dedos bajo mi barbilla, me irguió el mentón para verme la cara y sonrió. Tenía sus ojos clavados en los míos, pero fue su preciosa sonrisa la que me cautivó. “Acabas de salir del cascarón, como quien dice, y ya sabes lo que es sufrir. Sólo espero que la próxima vez tengas más suerte, y si no es así, piensa que en el fondo es lo mejor, porque no era él, ¿entiendes? Un día aparecerá. Justo en el momento adecuado. Y lo sabrás.” El relámpago me sobresaltó nublándome la vista durante un instante. Ni siquiera escuché los truenos, hipnotizada como estaba por sus palabras. “Será mejor que vuelvas a casa,” comentó incorporándose, “yo ya lo estoy, pero a este paso tú acabarás empapada...” Las gotas repiqueteaban con fuerza sobre los despojos de su tabla y obedecí en el acto, esbozó una sonrisa a modo de despedida y ya fui incapaz de decir nada. Levanté el brazo como una niña pequeña tras girarme para comprobar que aquel encuentro había sido real, y meneó el pulgar y el meñique de su mano libre sonriendo. Continué caminando como un cangrejo para verlo echarse hacia atrás el pelo que casi le tapaba los ojos, y esa imagen se me quedó grabada.   


La lluvia embarraba ya el camino de tierra junto a la antigua casa de las fieras, ni me había molestado en coger el paraguas que me ofreció mamá antes de salir. “Prefiero mojarme, incluso en el frío invierno de Madrid”, le dije cambiando de tema para intentar controlar mi ira y no insistió, imagino que vería el humo que brotaba de mis orejas y me dejó marchar antes de que saliese mi hermana del probador. Lidia, Lidia, Lidia. Por favor, cada vez que pienso en cómo me trata me pongo mala. Y lo que más me molesta es que sé que me quiere. Entre otras cosas porque generalmente es ella la que me presenta a los impresentables que tiene por amigos a ver si alguno pica y se queda conmigo. Pero no. Tampoco es que esté desesperada. Lo que pasa es que odio ir a las bodas sola. Porque siempre me atacan por ahí. “Y tú, ¿cuándo piensas echarte un novio como es debido, Marta?”, tengo que aguantar que me digan una y otra vez mis tías. Y por desgracia tengo unas cuantas. En fin. Paciencia. 

El lago estaba desierto y me quedé ensimismada durante un buen rato observando los círculos concéntricos que se forman al caer las gotas sobre su superficie. Por eso me sobresalté al escuchar a mi espalda, “Deberías haber ido al Wave Garden, aquí no hay olas”. No puede ser. No puede ser que sea él. Y en cuanto me giré su sonrisa me recibió con la misma calidez de aquella tarde. “¿Un mal día?”, preguntó limpiándome las lágrimas él mismo, y el corazón acabó de desbocárseme por completo. “Petricor”, conseguí susurrar mientras me deleitaba sintiendo sus dedos acariciando mi piel. “¿Cómo?”, preguntó quizá porque no llegó a oírme, al instante debió de caer en la cuenta y su maravillosa sonrisa se ensanchó. “Carlos”, me llamo Carlos, ¿y tú?”.

  by Eva Loureiro Vilarelhe