jueves, 30 de marzo de 2017

Americano largo descafeinado


London 7:15 am 
Llevas todo, llevas todo, deja de mirar a tu alrededor y responde al maldito teléfono que me estás volviendo loca. ¿Loca? ¡Pues claro que estoy loca, si hasta me dirijo a mi misma como si estuviese hablando con otra persona...! “¡Mamá! Mal momento, lo siento, se va a cortar la conversación en el ascensor... Sí, mamá... Saliendo por la puerta en este mismo instante... Sí, mamá, no me olvido nada. Sólo me voy un par de días, ¿recuerdas? No facturo maleta. No, mamá, es más rápido y no necesito llevar la plancha, ya pediré una en el hotel... Que sí, mamá... Te pierdo, ¿vale? Ya te llamaré al llegar, un beso, mami...” No estoy segura de que haya escuchado mi última frase, mejor, así la llamo cuando me acuerde, porque si el vuelo va con retraso se pone histérica. El taxi, menos mal que ya me está esperando, a este paso no llego...

Media hora de trayecto y ya he revisado toda la correspondencia pendiente, estupendo, ahora puedo desconectar el iPad y relejarme. ¡Oh, no! ¡Seré imbécil! ¡No puede ser! Vacío el contenido del bolso en el asiento y nada, no aparece, ¡lo que me faltaba! “Esto... perdone, pero tenemos que dar media vuelta”, me mira entre distraído y divertido al mismo tiempo. “¿Está segura?” “Sí,” respondo inspirando profundamente a fin de no elevar demasiado el tono de voz, más acorde con mi estado de cabreo conmigo misma interior, “por desgracia me he dejado en casa el móvil del trabajo.” Él asiente en silencio y observo cómo me mira suspicaz por el retrovisor. “Le daré el doble de lo acordado y un plus si consigue que no pierda el próximo vuelo.” Clava el pie en el acelerador y me recuesto compungida. ¡Y todo por culpa de mi madre y su maldita manía de llamarme al móvil personal! Es la única que lo hace, de hecho no lo tiro por ella, porque en realidad es una auténtica patata obsoleta.

En el aeropuerto confirmo las citas de última hora de la tarde y cancelo las primeras, con suerte llegaré a Madrid a la hora de comer española, llevo tanto tiempo con horario europeo que a las dos ya me ruge el estómago como el de un caimán a dieta vegetariana. No tendré tiempo para ir a mudarme al hotel, así que me maquillo en el baño y me cambio la camisa blanca por la blusa de seda. Espero no arrugarla demasiado durante el trayecto. No me quejo después de mi imperdonable olvido, conseguí plaza por los pelos en un vuelo que teóricamente llega a las 14.15, aunque tuve que pagar demasiado por el cambio. Genial, sólo me falta que me toque un asiento central para amargarme el día por completo. En fin, qué se le va a hacer... Tendré que improvisar más de lo habitual, me apetecía llegar con margen para leerme los informes pero no va a poder ser, en el avión me duele la cabeza si lo hago, prefiero ir mirando por la ventanilla. Espero que me toque, por favor, o tendré que recurrir a mi irresistible sonrisa con algún desesperado de turno para que me ceda su sitio. Mamá se enfada cuando se lo cuento, siempre acaba riñéndome por lo mismo, que si se me va a pasar el arroz, que si con tanto viaje no puedo tener novio, que a ver si me dedico a organizar eventos en la ciudad y no por toda Europa. ¡Pues si llega a saber que tengo una oferta en firme de una empresa de Los Ángeles, le da algo, seguro!

***

New York 8:30 pm
Me da la impresión de que me falta algo. No es que me haya olvidado de nada, no, la maleta la he revisado cinco veces por lo menos. Es por Matt. Parece como si me hubiesen arrancado un brazo o algo así. Concretamente el brazo del que suele ir colgado cuando lo llevo de la mano. En cinco años es la primera vez que me separo de él. Y me resulta tan extraño como el día que me lo entregaron. Jamás había cogido un bebé en brazos. Pero me sorprendió que encajase perfectamente en los míos. Como si estuviésemos hechos el uno para el otro. Abrió los ojos un instante antes de continuar con su siesta y me pareció verlo sonreír. La hermana que me lo trajo me lo confirmó. A él tampoco lo habían sostenido nunca tanto tiempo en brazos. Eran demasiado niños en el orfanato y faltaban precisamente eso. Brazos para darles todo el cariño que les hacía falta. Se les notaba en la cara. A todos. Una mirada tuya los hacía sonreír de oreja a oreja. Imagino que cualquier gesto amable les bastaba. 

Al final no llegaré a Madrid hasta el mañana a media mañana. Perdí el vuelo por culpa del monumental atasco que me pilló al salir de casa de Karen. Pero en realidad mereció la pena haberme quedado a cenar. Cuadré las escalas sin suficiente margen de tiempo y por eso sucedió lo esperado. Tendré que ir en el siguiente. No me importa demasiado, la verdad, el congreso no empieza hasta pasado, aunque me apetecía visitar la ciudad, después no tendré ocasión y no he estado nunca. Siempre viajo un día antes de lo previsto, desde que viví en África sé que las cosas se tuercen en cualquier momento, y que allí no siempre es factible solucionarlas con tanta facilidad como en Occidente. Estamos muy mal acostumbrados. A Matt intento explicárselo para que lo asimile, porque volvimos cuando todavía era demasiado pequeño para percibir la diferencia.

Mi hermana está encantada con que se quede toda la semana. Por mi trabajo apenas salimos de San Francisco y son ellos los que suelen venir de visita, les pongo la excusa de que a mis sobrinos les vienen bien una dosis extra de vitamina D, pero sé que estoy siendo un egoísta. Estas Navidades le prometí que las pasaríamos con ellos en Manhattan, a Matt le gustará ver la nieve para variar. Y se lo debo. Desde que murió nuestro padre no he vuelto a pisar su piso y mi cuñado en el fondo me cae genial, es un poco seco en el trato, pero es un buen tipo y un padre encomiable. Además, es una pena que los niños no estén más a menudo juntos. A mis sobrinos les encanta presumir de tener un primo negro, el mayor acaba cada frase con “hermano” y me hace gracia, porque la pequeña me dice toda seria el otro día por teléfono: “Oye tío, Paul, me han dicho que al volver de África los negros pierden color, ¿crees que eso le ocurrirá a Matt o puedo seguir pintándolo muy oscuro en los dibujos de mi familia que me manda hacer la profe?” Creo que por eso me encanta investigar con niños, siempre me sorprenden con sus razonamientos, son como genios en diminuto.  

***


Mientras observo distraída las nubes preguntándome a qué sabrán, noto un leve movimiento en el asiento de delante. Al final hubo suerte y me ha tocado ventana, no he tenido que recurrir a ninguna artimaña y me dediqué a no pensar en nada durante un buen rato. Pero la niña acaba por asomar la cabeza y me mira con una sonrisa pícara, en cuanto se la devuelvo se esconde y vuelta a empezar. Ahora me ves, ahora no me ves. Es preciosa. Realmente preciosa. De esas crías de anuncio que dan ganas de comérselas a besos. Yo quiero una igual. Que me la den así crecidita además, lista para ir al colegio y recogerla a la salida para que me cuente cómo le ha ido el día. Los bebés no son lo mío, lo reconozco, y sola no me atrevería a tener uno ni en broma. Como mi amiga Susan, que se fecundó en una clínica porque estaba harta de que los príncipes le saliesen rana. Con mi trabajo imposible además, si nadie me echa un cable. Mamá insiste en que lo haga, que me ayuda ella en lo que me haga falta, pero sé que no está para esos trotes. Últimamente está peor de la espalda y cada año que pasa parece que se le echa una década encima. 

Y lo de adoptar tampoco, mis primos de Chelsea lo consiguieron por fin, pero después de tantos sufrimientos que no estoy muy segura de que les compense. Bueno, sí que les compensa, si he de ser sincera se les cae la baba con su niña, es un amor de cría, sin embargo yo no me veo pasando por semejante calvario. Y menos sola. Y al paso que voy es como me quedaré, porque ya ni recuerdo el nombre del último tío con el que estuve. No me extraña que las chicas me regalasen un consolador por mi cumpleaños. “Como no tienes suerte con los novios, te hemos traído uno que no falla”, dijo Lana entre carcajadas. Y tiene razón. Me limito a cambiarle las pilas de vez en cuando y punto. No falla. Pero tampoco me sirve para tener un hijo. Bueno, igual es por algo. No todas las mujeres tienen que ser madres, ¿no? Es como lo del instinto maternal ese, yo es que no estoy segura de que lo tenga, vamos, ¿eso cómo se sabe? 

***

Me quedé dormido y la señora de al lado tuvo la amabilidad de despertarme para tomar el almuerzo. Tardamos más de dos horas en despegar por problemas técnicos y la compañía aérea nos obsequió con comida y bebida gratis durante el vuelo para procurar que no les lloviesen las reclamaciones al aterrizar. Yo no lo disfruté demasiado, dicho sea de paso, preferí recuperar el sueño atrasado. Matt tuvo pesadillas y no me dejó dormir anoche, bueno, hace dos días supongo, ya me lío con el cambio de hora, y yo aun encima estaba saliente de una guardia movidita. Me pasé unas cuantas horas de más en el quirófano por culpa de un accidente de tráfico múltiple. Prefiero no recordarlo. Perdimos a uno. No pudimos hacer mucho, la verdad, llegó en estado crítico y de poco valió intentar reanimarlo. Es lo peor de mi trabajo. Las malas noticias suelen ser muy malas. Y las buenas no siempre lo son del todo, pero es lo que hay. No me quejo. Me encanta lo que hago y cuando algo sale bien, la sonrisa del crío que tengo delante lo compensa todo. Absolutamente todo. Ni punto de comparación con comida o bebida gratis.

***

Madrid 14:45 
La fila del autoservicio es descomunal. Tengo tanta hambre que me comería hasta la bandeja. Pero no. Espero pacientemente mi turno en caja para pedir el café. Mamá dice que lo hago para fastidiarla, y no sé hasta qué punto podría contradecirla porque en realidad llevo tanto haciéndolo que no recuerdo cómo empezó la cosa. Papá me contó una vez que había sido en un restaurante al que me llevaron para celebrar no sé qué y no me gustó. Que arrugué la nariz al ver la carta y pedí el café en primer lugar para pensar bien qué pedir. “¿Desde cuándo se toma el postre primero?”, me soltó ella toda ofendida. Ni caso le hice. Lo sorbí lentamente mientras a ellos les servían los entrantes y no dije qué quería comer casi hasta el segundo. Jamás tomo postre. No me gusta el dulce. En cambio al café le hecho tanto azúcar que me cuesta removerlo para que se deshaga. Y me lo tomo siempre antes de empezar a comer. “Solo por fastidiar”, diría mi madre y sonreí de medio lado al recordar la cara que pone siempre que comemos juntas. Solemos quedar todos los días que puedo. Tras quedarse viuda sale menos, y sus problemas de salud no ayudan. Tiene un par de amigas que van de vez en cuando a visitarla, pero es normal que prefieran irse por ahí que quedarse en su casa jugando al bridge.  

La cajera está claramente desbordada, me compadezco de ella esbozando una sonrisa amable cuando me llega el turno y me la devuelve de inmediato. Me gusta ser amable con los demás, es más efectivo si estás en un apuro o necesitas que lo sean también contigo. Es de agradecer. Y más en su caso. “Americano largo descafeinado”, le pido sacando la cartera mientras da una rápida ojeada a lo que llevo en la bandeja para hacerme la cuenta. “Que sean dos, por favor, lo digo por si así ahorramos tiempo de espera”, escucho decir a mi espalda en español con un extraño acento mexicano. Ella sonríe de oreja a oreja y me giro para comprobar el motivo. Encontrarse de sopetón con el Brad Pitt de “Thelma y Louise” en versión más alta tiene consecuencias para la salud, concretamente que se te altere el ritmo cardíaco de inmediato. Pestañeo en señal de incredulidad y la cajera me saca de mi repentino ensimismamiento al ofrecerme el cambio. Lo cojo por inercia y por el mismo motivo meto la mano en el bol de sobres de azúcar, sin ser consciente de que él tiene la suya metida dentro, con lo que nuestros dedos acaban entrelazándose sin querer. 

Ambos sonreímos nerviosos ante el inesperado contacto físico, y el visual acaba de hacer el esperado efecto. Me derrito para mi sonrojo cuando sus preciosos ojos azules se clavan en los míos. “¿Norteamericano?”, le pregunto en inglés intentando que no se me note tanto que desearía que me llevase en sus fornidos brazos directa a la cama. Él asiente divertido exclamando “¡Gringo!”, y no sé por qué me da la impresión de que es capaz de leerme el pensamiento. Así que dirijo mi mirada hacia el comedor en busca de una mesa para alejarme de la tentación. “¿Compartimos?”, pregunta tras constatar que solo queda una libre al fondo. Asiento yo esta vez, apretando los labios para que no se me escape un desesperado ¡por supuesto! Lo que ya no puedo evitar es que mis tripas rujan al tomar asiento, provocando que le dé la risa. “Estoy que muerdo”, admito entre risas, “estas no son horas...” Y entonces me fijo en que él apenas lleva su café. “En el avión”, responde a mi pregunta interior sobre si ya habrá almorzado y lo miro entrecerrando los ojos. Como sea verdad que me lee la mente estoy en un buen lío. Su críptica sonrisa me lleva a ruborizarme de nuevo, y me abanico echando la culpa de mis coloretes a un sofoco por el ambiente cargado.

Observo cómo se sorprende al verme vaciar uno tras otro los sobrecitos en mi café y sonrío cortés excusándome: “Nunca tomo dulces”. “Pues espero que muchos cafés tampoco, de lo contrario tu cerebro estará en efervescencia las veinticuatro horas del día.” “Apostaría a que vienes a un congreso de medicina”, afirmo tras dar el primer sorbo y sentir cómo el sabor dulzón le sienta de maravilla a mi necesitado estómago. “Neurocirugía pediátrica”, afirma sonriente y arrugo la nariz. Ladea la cabeza como queriéndome decir, suéltalo, venga, dime lo que opinas. Y se lo confieso abiertamente. “No te pega, tienes más pinta de bombero o algo así, no de cerebrito salvavidas”. Sus carcajadas resuenan y algunos comensales próximos nos conceden un ápice de atención, para regresar a sus platos enseguida. “Pues tú tienes pinta de abogada”, me dice en cuanto se le pasa el ataque de risa. “Frío, frío”, respondo sonriendo sarcástica y entonces me pilla. “¡Claro! Disculpa, he pasado por alto el pinganillo que se te salió del bolso al coger la cartera. ¡Organizadora de eventos! ¿Especialidad? ¡Espera, no me lo digas! Bodas, no. ¡Reuniones de empresa!” “¡Bingo! Eres bueno...”

***



Madrid 2:45 pm
Es bajita, menuda, de pelo y ojos castaños. Nada fuera de serie. Pero tiene algo que me obliga a fijarme en ella. Sus manos. Pequeñas y ágiles, elige con precisión lo que desea de la ringlera de alimentos y lo deja con delicadeza en su bandeja. Daría una buena cirujana. Entonces se le suelta un mechón y lo coloca de inmediato en su sitio. Su sutileza de movimientos me fascina. Es como una muñequita. Y al escucharle pedir el café no resisto la tentación. ¿Será una mera coincidencia que desee lo mismo que yo? No, no lo creo. Hace siglos que no me fijo en ninguna chica. Estoy tan liado entre Matt y el hospital que no tengo tiempo para citas. Ni ganas. Hace ya tanto de la última que mereció la pena que ni la recuerdo. En África aprendí a convivir con la abstinencia. Experimenté tantas sensaciones los seis años que estuve allí que me parecen décadas. Desde luego tengo muchísimas más cosas que contar que sobre prácticamente el resto de mi vida. A nivel personal desde luego. Y a la vuelta no me apetecía meter a nadie en casa estando todavía Matt y yo adaptándonos a nuestra nueva rutina. 

Sus labios. Parecen suaves. Tanto que dan ganas de besarlos. Se le han ido despintando sorbo tras sorbo y su color rosado me encanta. Y como los mueve al hablar también. Es lista. Se le nota que le gusto y me hace gracia, porque intenta disimularlo de un modo peculiar. Me encantan sus expresivos gestos, las caras que pone me hacen mucha gracia. A mí también me gusta ella. Y no me importa en absoluto que se me note. Quizás sea eso lo que la pone nerviosa. Porque juguetea constantemente con la servilleta mientras come. Me gustan sus gestos. Es simpática, pero aun así sigue pareciendo una muñequita. Preciosa y delicada. Y sin querer me pregunta por mi vida y le cuento todo. Absolutamente todo lo que desea saber. Incluso más de lo que habitualmente acostumbro a contarle a nadie. Observa la fotografía de Matt con atención y la acaricia inconscientemente en uno de sus metódicos movimientos digitales. Excelente cirujana, sin duda. Me gusta que se enternezca al verlo. No todo el mundo lo hace al reparar en su deformidad del labio inferior. Estamos esperando a que sea algo mayor para intervenirlo quirúrgicamente. Mientras no vaya al colegio no me preocupa. En la guardería del hospital ya lo conocen y nadie se mete con él.

Es una lástima que Londres esté tan lejos. Tengo que convencerla para que acepte ese nuevo trabajo. Me encantaría conocerla más a fondo. Me da miedo lanzarme sin estar completamente seguro. Necesito estarlo. Por Matt. Y porque mi corazón tampoco soportaría otra decepción como la de Jane. Ana. Se llama Ana y nació aquí, aunque lleva viviendo en Londres desde los tres años. Cuanto más la miro más la deseo. Es realmente preciosa. Y que responda a cada una de mis preguntas sobre ella de un modo tan singular me fascina. No lo dice como lo hago yo. Fechas, acontecimientos fundamentales, y poco más. No. Ella me habla de sensaciones, de colores, de olores, incluso de sabores, para evocar su pasado y que llegue a percibirlo como ella entiende la vida, como algo que se siente con los cinco sentidos. Que creo que puedo palpar en la palma de su mano. La rocé sin querer cogiendo el azúcar y me estremecí. Ahora se la cogería sin dudar. Porque sé que al hablarme está abriéndome su corazón de par en par. Igual que lo estoy haciendo yo. Algo que sucede en tan raras ocasiones que todavía no acabo de creerme que esté pasando. Pero es así. No sé qué es lo que tiene. Su voz me tiene embrujado y no dejo de mirarla, hasta que de repente se asusta al ver qué hora es y se levanta, y se deja caer en la silla mirándome desesperada. “Tienes una cita”, afirmo más que preguntar. “Esta noche conmigo otra, por favor, dime que sí.” Y al enviarle la dirección de mi hotel a su móvil noto cómo le tiembla el pulso al abrir el mensaje. Pero lo corrige en el acto. Lo dicho. Cirujana. Debe ser eso entonces. Me clavó certera el bisturí hasta la aorta, porque me estoy desangrando al verla marcharse a toda prisa. 

***

El taxi me deja justo delante del edificio de oficinas y todavía tengo que controlar mi inestable ritmo cardíaco. Increíble. Por dentro y por fuera. Demasiado perfecto para ser real. Somos muy diferentes, y en el fondo tan iguales que me da vértigo. San Francisco. No puede ser. Le comento algo sobre la oferta de trabajo en Los Ángeles y se le ilumina la mirada. Frena. Te estás lanzando a la piscina sin flotador y apenas sabes nadar. Ana, espabila. Te rompen el corazón cada vez que entregas el tuyo. Ya. Ya lo sé. Pero él no es así. Es muy pronto para estar segura. Lo sé. Lo he visto en sus ojos. En cómo me mira. Jamás me haría daño. Al menos conscientemente. ¡Tú misma, después no me vengas llorando! No te pongas así, que lloramos juntas. Bueno, en realidad somos la misma. ¡Qué manía me ha entrado con hablarme en segunda persona! Estás majareta, ¿de qué te extrañas? Sólo a ti se te ocurre contarle que te encantaría saber a qué saben las nubes. Pues sonrió cuando se lo comenté. ¡Porque es demasiado educado para levantarse y salir corriendo! ¿Y entonces por qué me ha dado la dirección de su hotel? Por lo mismo que todos, ya lo sabes. No. No me lo creo. ¡Y cállate de una vez...! ¿Sabes una cosa? ¿En qué quedamos, me callo o no me callo? ¡Calla y escucha, caramba! Creo que me alegro de haberme olvidado el móvil en casa. En eso estamos de acuerdo, ¿ves? De lo contrario no habríamos conocido a semejante tío bueno. Es mucho más que eso y lo sabes. Sí. El amor de nuestra vida, pero no lo digamos muy alto que igual se nos gafa... ¡Ya salió la supersticiosa! Es el destino, mujer, que te lo digo yo, confía en mí, y sino al tiempo... 

by Eva Loureiro Vilarelhe

6 comentarios:

  1. Delicioso relato Eva. Me ha encantado la forma de estructurarlo, contando la vida por separado de los dos protagonistas en los aeropuertos, cada uno con sus pensamientos y problemas y cómo los has juntando al final para que brote el amor. Y además le has dado ese toque de humor que a veces das a los relatos y que les hace más redondos. ¡Enhorabuena!
    Un abrazo muy fuerte.

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    1. Eres muy generosa, Ziortza, muchas gracias por leerme y dejar tu comentario. Me alegro de que te haya gustado, porque he disfrutado mucho escribiendo este relato. Sobre el humor ni que decir tiene que es marca de la casa, jaja, me sale inconscientemente ya. ¡Muchas gracias y un abrazo!

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  2. Eva, con qué facilidad (eso parece) que te sale sazonar tus textos con humor en dosis exactas. Hace más amena todavía la lectura, le da valor agregado, creo que es una virtud que le viene muy bien a tu manera de narrar. Esta historia que comienza dividida para unirse al final tiene el encanto de la elección estética elegida con acierto, al servicio del relato.
    Me ha encantado como moldeas tu personaje por medio de una especie de monólogo interno en primera persona que al final monologa con ella misma en segunda. Y como insertas los diálogos ahí mismo, en la voz narrante. Me gusta mucho como realizas ese juego, parece que te diviertes y de ese modo me haces partícipe de ello y me trasmites así las ganas de seguir leyendo. Es un placer, de veras, llegar hasta este sitio y encontrarme siempre con alguna forma novedosa. Siempre me sorprendes, nunca me encontraré con la misma flor, nunca transitaré por el mismo sendero, nunca beberé de la misma copa. La vida de tus relatos es bulliciosa y encantadora.
    Un beso.
    Ariel

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    1. Ariel, tus comentarios son tan encomiables que dudo mucho que esté a la altura de ellos. No sé cómo agradecer que tengas la amabilidad de leerme, me alegro muchísimo de que te siga apeteciendo dejarte caer por mi blog, ya que pongo mi vida en ello. El humor me sale de dentro, me divierto escribiendo y creo que al final eso transparece de alguna manera en mis escritos, por ello me satisface tanto que seas capaz no sólo de captarlo, sino de disfrutarlo en tu lectura. Los monólogos interiores de esta protagonista acaban siendo diálogos consigo misma, como bien dices, y es algo de lo que ya amenaza desde el principio. Creo que todos hacemos un poco como ella, monologar con nosotros mismos interiormente, y es muy sano, aparte de resultar tremendamente simpático visto desde fuera. Un honor, ya digo, que tengas la amabilidad de dialogar conmigo de otro modo a través de estos comentarios, reitero por ello mi agradecimiento, Ariel. Un beso.
      Eva

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  3. Hola
    He visto que has dejado un comentario con el enlace a este relato en la página de escritores de facebook y bueno, me he decidido por leerlo. Muy bueno. Me ha gustado la forma en la que unes las dos historias y que empiece con que los personajes tengan que coger un vuelo queda estupendo.
    Tienes nueva seguidora.
    Lidia

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    1. Hola Lidia,
      Antes de nada bienvenida, me alegro de que te hayas decidido a leerme y, desde luego, que te haya gustado tanto como para querer seguir haciéndolo en el futuro. Por el momento estoy ocupada escribiendo una nueva novela y no pienso publicar más relatos hasta septiembre, pero mientras tanto puedes leer alguno de los que ya he publicado, si te apetece, por supuesto ;)
      Muchísimas gracias por pasarte y ser tan amable de dejar un comentario. Saludos.
      Eva

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