jueves, 16 de marzo de 2017

Amor cristalino


“¿A quién se le habrá ocurrido la idea de poner esto en medio de un parque?”, dijo él mirándola extrañado a través del cristal. “Pero... ¡Si vengo casi todos los días y aquí no había nada de nada!”, exclamó ella extremadamente confusa, haciendo repiquetear sus uñas sobre la superficie impoluta. “¡Pues es un verdadero peligro! Porque casi choco al darme la vuelta ahora mismo... ¿Crees que se romperá de un balonazo o algo así?”, le preguntó él dirigiendo una rápida mirada a la partida en la que estaban enfrascados sus dos hijos. “Parece resistente, de esos irrompibles, al parecer...”, admitió ella golpeando con los nudillos para cerciorarse. “No creo que rompa tan fácilmente, pero desde luego habría que advertir a los críos, por supuesto”, y tan pronto como acabó su frase su hija atravesó la pantalla corriendo sin que a ella le diese tiempo ni a gritar su nombre siquiera. Aquello los desconcertó todavía más. 

Ambos se miraron perplejos y de repente comenzaron a caminar en paralelo, intentando llegar al final de la mampara. Nada, resultó inútil, tanto hacia un lado u otro el panel de vidrio continuaba separándolos. Ya lo habían tocado, por lo que no dudaron de que estaba allí en ningún momento. Lo que no podían explicarse era cómo era posible que los demás, tanto niños como el resto de padres y abuelos, pudiesen atravesarlo sin mayor complicación, como si no existiese. Era la primera vez que se veían, él estaba leyendo la prensa en un banco, levantando la vista de cuando en cuando, generalmente coincidiendo con una jugada interesante de la pachanga de fútbol que tenía lugar cerca de los columpios. Hasta que se hartó de estar tanto tiempo sentado y se levantó para estirar las piernas. Ella estaba en la zona del tobogán, a su hijo mayor le gustaba escarbar por cualquier sitio y lo dejaba más a su aire, pero a la pequeña no podía quitarle el ojo de encima. Fue entonces cuando sus miradas se encontraron, y se sonrieron de inmediato. 

Al aproximarse se quedaron boquiabiertos, jamás hubieran imaginado que aquel cristal estuviese allí por su culpa. “Es la única explicación que se me ocurre”, adujo él intentando conservar la calma, se despidieron con un simple gesto de cabeza, incapaces de dejar de darle vueltas a lo anormal del caso. De hecho, la situación se repitió en el siguiente encuentro fortuito que tuvieron. Fue en una fiesta de disfraces de la asociación vecinal, ella lo saludó a cierta distancia y su marido le preguntó si lo conocía. “De vista, estaba el otro día con sus hijos en el parque.” “Pues aquella es su mujer, vino a nuestra oficina a cotejar unos documentos. Están de paso, parecen buena gente.” Sonrió sin prestarle demasiada atención, más preocupada en vigilar que la niña no se escondiese debajo de las mesas. Pero en el pasillo de los baños volvieron a coincidir con sus respectivos retoños.

La cola del baño femenino era mucho mayor que la del masculino y él acabó antes. Al pasar por su lado tuvo que separarse para no chocar. Su hijo pequeño no parecía tener el mismo problema y le tocó la falda de tul repleta de estrellas de su disfraz de bruja. Ella le sonrió nerviosa, tras caer en la cuenta de que su padre lo observaba muerto de envidia, medio recostado contra la pared de enfrente para no ahumar el cristal con su respiración. “Mañana, en el parque”, le dijo observándola anonadado y ella asintió igual de incrédula. Tenían que verificar si aquello había sido una casualidad, o se repetiría cada vez que se viesen, por eso decidieron citarse. Y al día siguiente lo comprobaron. “¿Por qué sólo lo vemos nosotros?”, se preguntaba ella notando en su palma el frío contacto. “¿Quién puede querer separarnos?”, se preguntaba él golpeando disimuladamente su superficie, por no llamar la atención del par de abuelas que estaban sentadas charlando en un banco próximo. 

En el fondo el cristal los unió, quedaban día sí, día también, para comentarse sus respectivas conjeturas sobre el tema, ya que no se atrevían a contárselo a nadie más por miedo a que los tomasen por locos. Y poco a poco, además de sobre aquella extraña anomalía, acabaron hablando sobre sus hijos, sus trabajos, su vida en general, y sobre nada en particular, dando más bien la impresión de ser un par de viejos amigos que se reencuentran tras años sin verse. Procuraban hacer coincidir sus salidas al parque, sus ir y venir debidos a las actividades extraescolares de sus hijos, incluso sus minutos de descanso para tomar el café de media mañana, con la excusa de verse para verificar que seguían separados por aquella mampara imperceptible para el resto del mundo.   


Llegó un momento en que se les hacía insufrible no poder hacerlo por motivos ajenos a su voluntad, bien fuese por compromisos laborales o familiares, y entonces comenzaron a hacerse otro tipo de preguntas. “¿Lo nuestro será amor?”, le dijo ella una fresca tarde de primavera. Él dudó antes de responder, e hizo el amago de cogerle la mano, aunque su brazo cayó por el peso de la impotencia. “No estoy seguro,” admitió sin atreverse a mirarle a los ojos, “lo único que sé es que es algo muy fuerte, y que seré incapaz de despedirme de ti cuando me vaya.” A partir de entonces sus conversaciones se centraban en su estado de ánimo. Ya se sabían su infancia y su adolescencia de pe a pa, incluso se habían contado pormenores íntimos de sus respectivas vidas de pareja. Los “¿Cómo lo llevas?”, “¿Qué tal has dormido hoy?”, o incluso los “¿Has conseguido comer algo?”, fueron sustituyendo a otro tipo de comentarios, y los silencios y, sobre todo, sus miradas lánguidas al constatar su desmejorado aspecto los pondrían en evidencia ante los demás, de no ser por que siempre se les veía separados por una prudente distancia. 

No poder ni tocarse les resultaba tan insufrible como la idea de estar juntos. Cada uno tenía una vida estable y relativamente feliz, por lo que no entendían qué les había pasado. Cómo habían podido llegar a un punto en el que les resultaba insoportable no sólo no verse, sino no poder abrazarse, acariciarse, o besarse. Y al mismo tiempo su conciencia no les permitía admitir que semejante contacto fuese factible, estando ambos comprometidos como lo estaban. “Ayer la abracé pensando en ti”, le confesó él una tarde. “¿Y?”, inquirió ella poniendo cara de circunstancias. Su cara de decepción y el suspiro apartando la vista le dejaron clara la respuesta, y ella hizo caso omiso del comentario tratando de reconfortar su tristeza cogiendo a su hija en brazos. Aun así decidieron hacer un último experimento. Comprobar si completamente solos continuaban separados por el cristal, puesto que era otra de las numerosas elucubraciones que habían barajado. Quizás sólo se les impedía estar juntos en público, y decidieron hacerlo en privado para probar su teoría. Llegaron por separado a la habitación de hotel, él subió primero y en cuanto entró ella el cuarto quedó dividido por la mitad.

Descargó toda su rabia y frustración en vano, el cristal no sufrió ni el mas leve rasguño tras el ataque con cualquier objeto que se encontraba a su alcance. Al contrario, parecía desafiarlo con su obstinada robustez. Se cansó de golpearlo en balde, hasta que vio la mezcla de pánico y conmiseración en los ojos de ella. Y paró. Exhausto se recostó sobre la cama y ella lo imitó del otro lado de la mampara. No necesitaban palabras para expresar su sufrimiento, sus miradas lo decían todo. Y su deseo incumplido e irrefrenable los llevó a desnudarse lentamente. Sin prisa. Como si tuviesen todo el tiempo del mundo a su disposición. Disfrutando del inconmensurable placer que les producía descubrir cada centímetro de la piel del otro. Del único modo que podían hacerse el amor. Con los ojos. Y con la mente. 


Jamás volvieron a hablar sobre aquella noche. Tampoco repitieron. Siguieron como siempre, conversando sobre todo y nada como tantos otros padres que coinciden en los parques. Una mañana él no apareció a la hora del café, ella lo justificó achacándolo a cualquier tipo de imprevisto, pero por la tarde sus hijos tampoco fueron a entrenar y se puso nerviosa. Un extraño dolor en el pecho comenzó a alterar su ritmo cardíaco de tal manera, que cuando sus sospechas se confirmaron se hizo tan agudo e insoportable que perdió el conocimiento. Se despertó al día siguiente en el hospital. El cirujano blandía un ridículo bote de plástico y le explicaba la complicada operación que hubo que realizarle para extraerle aquel extraño trocito de cristal. El médico divagaba con su marido sobre lo extraordinario del caso, exponiéndole las diferentes hipótesis para explicar lo inexplicable, mientras ella sólo deseaba que la dejasen tranquila. Que no era la tremenda costura que le dividía inequívocamente en dos el torso lo que más le dolía, sino el órgano que se había visto afectado por la repentina desaparición.  

Él cumplió su amenaza. Se marchó sin decirle adiós y ella siguió durante meses ingresada, porque sus pulsaciones no mejoraban debido a la herida sangrante que su corazón tenía que soportar. Al final le dieron el alta obligándola a regresar a periódicas revisiones, ya que al fin y al cabo su vida no parecía correr mucho peligro. Su familia respiró aliviada al tenerla de vuelta en casa, pese a que su delicada salud la hacía parecer casi siempre ensimismada. Aunque, bien mirado, su enfermedad era en realidad pura nostalgia. Un buen día abrió el bote por curiosidad. No le sorprendió que se tratase de un diminuto trozo de cristal en forma de lágrima. Lo que le llamó más la atención fue lo que la llevó a ir en busca de la lupa para insectos de su hijo. Pestañeó incrédula al reconocer la forma de su oreja izquierda nítidamente en su superficie. La distinguiría entre todas las orejas del mundo, porque se había aprendido sus rasgos de memoria. Era lo único que podía hacer sin impedimentos. Observarlo. 

E inmediatamente se sonrojó pensando en qué pensarían de ella si la viesen, al aproximarse para susurrarle al oído, “Te echo de menos, corazón.” La oreja desapareció al instante y se sobresaltó al comprobar que aparecieron sus labios. “¡Por fin escucho tu voz, amor!”, le dijo él, y al atisbar a continuación su ojo derecho ella le sonrió. Hay quien piensa que tras la operación perdió el juicio, puesto que la escuchan hablar sola por la calle, o incluso leer libros en alto sentada en el parque, pero los médicos se dan la enhorabuena porque su ritmo cardíaco ha recuperado por fin la normalidad, pese a lo inaudito del caso, ya que continúan sin explicarse cómo puede ser que la herida siga sangrando. Eso sí, un colgante en forma de lágrima reposa desde entonces sobre la cicatriz rosada que adorna su pecho.
  
by Eva Loureiro Vilarelhe

8 comentarios:

  1. Qué hermoso e ingenioso relato Eva..., la separación por un cristal a la que parecen estar condenados los protagonistas por vivir un amor imposible o prohibido. Para mí la mampara suponen los prejuicios, los obstáculos y "el que dirán" quizás, si llevasen a cabo su relación. Muy bien expresado. Y el final es precioso, con ese corazón sangrante y unidos solo por un pequeño cristal.
    Enhorabuena, ¡un abrazo!

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    1. Totalmente de acuerdo, Ziortza, los prejuicios crean esas "mamparas" que separan a las personas y sucede más a menudo de lo que pensamos... Me alegro de que te haya gustado, muchas gracias por leerme y ser tan amable de dejar un precioso comentario. ¡Gran abrazo!

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  2. Muy bonito Eva, ese amor que surge a pesar de los impedimentos y de las imposibilidadees y aunque parece imposible sigue ahí sin explicaciones racionales. Poco le importará a ella si la llaman loca, ella sabe con quién está y lo bien que se siente. Todo aquello que se aleja de la normalidad siempre provoca criticas pero al menos ellos están juntos a su manera.
    Muy bonito.
    Saludos

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    1. Muchas gracias por tus amables palabras, Conxita, tienes razón, lo que importa es que siguen juntos a su manera... Me alegro de que te haya gustado y te agradezco sinceramente el comentario. Saludos.

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  3. Eva, he quedado maravillado por el relato, hasta tal punto en que no me he fijado en las cuestiones literarias en las que suelo detenerme. Y eso se debe a que la historia es tan fascinante que me he enamorado de ella. Déjame decirte que la fantasía introducida en los relatos es una de mis delicias y tú, aquí, lo has logrado de la mejor manera: despojada de inhibiciones. Porque cuando se escribe en este registro muchas veces comienzan los peros, las observaciones, la puntuación sobre la cohesión del texto, y otras innumerables cuestiones. Y tú te despojas de cualquier cosa de estas para jugar con la fantasía sin ponerte límites, haciendo que los que te leemos nos dejemos llevar por tu fecunda imaginación por estos maravillosos párrafos.
    Es estupendo leer este cuento tan hermoso, lo he disfrutado como hacía rato no lo hacía.
    Te mando mi enhorabuena.
    Un beso.
    Ariel

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    1. Ariel, tu generosidad me abruma, de verdad, aunque he de darte la razón en que en este relato me he dejado llevar, hasta tal punto que creo que he conseguido ser fiel a la historia que tenía en mente. Me alegro de que hayas disfrutado, porque desde luego yo lo he hecho escribiéndolo y, en última instancia, ése es el fin de cada entrada de este blog, deleitarnos con lo
      Maravilloso que nos ofrece la vida a diario. Muchísimas gracias por leerme, Ariel, nunca me cansaré de repetírtelo. Un beso.
      Eva

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  4. Hola, Eva, encantado de leer tu relato y descubrir tu blog.

    En él tocas un tema realmente complicado, o sencillo, según se mire: el amor a cualquier edad y en cualquier momento, las consecuencias que de ello se derivan, y la dichosa mampara aparece.

    En tu relato, la mampara de cristal creo que está solo en sus mentes, como una manifestación física de su compromiso con sus respectivas parejas. Un flechazo inesperado hizo que el mecanismo de protección activara esa separación, quizás para no herir a sus respectivos cónyuges e hijos, que no lo entenderían, o quizás por las críticas de los demás, aunque no creo esto último. Decidieron tener una relación prohibida manteniendo la distancia, pero la pasión es difícil de contener, como puede apreciarse en sus citas continuadas, o en su culminación en el hotel.

    En fin, fíjate todo lo que me ha inspirado tu relato, y eso significa que me ha encantado. El pequeño cristal que llevaba ella en su cuerpo fue un detalle final que hará que todos estemos pendientes de qué pasa después. Y es que, el que no sea romántico, que tire la primera primera, ¡y rompa la maldita mampara de las narices! Es broma.

    Como decimos mucho por aquí: "No se le pueden poner puertas al campo". Pues en tu relato le pusieron una mampara al amor, a un amor que no debía ser. Nadie está a salvo de eso, el amor puede aparecer en cualquier momento, incluso en personas casadas, y con una intensidad increíble, como ocurrió en "Los puentes de Madison" (The Bridges of Madison County, 1995), donde, más que un regalo de la vida, fue una maldición cruel tras probar su nueva ilusión. Supongo que la protagonista pensaría, como también decimos por aquí: "Que me quiten lo bailao".

    Con tu permiso, voy a compartir este relato, porque me ha encantado. Un saludo cordial y buena lectura.

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    1. Antes de nada darte la bienvenida y agradecerte la amabilidad de dejar un comentario tan maravilloso, para compartir mis relatos no hace falta que me pidas permiso, al contrario, agradezco de corazón el favor... Igualmente te doy las gracias por tus amables palabras, me encanta este relato, así que no soy muy objetiva a la hora de juzgarlo, pero creo que a tenor de los comentarios que tenéis la amabilidad de dejarme, he logrado transmitir el drama que viven sus personajes, y al mismo tiempo hacer hincapié en lo maravilloso que tiene el amor, independientemente de que las circunstancias no les permita disfrutarlo como desearían, algo que también sucede en Los puentes de Madison, como bien indicas. Un placer conocerte y sólo espero que mis relatos sigan siendo dignos de captar tu atención. Gracias una vez más y un saludo.

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