jueves, 23 de marzo de 2017

El apremiante caso de la caja extraviada


El señor E. no es realmente consciente del vuelco que está dando su vida en pocas semanas. C. fue colándose en ella desde su primera cita a ciegas en el café (léase El desconcertante caso de la carta sin remitente), y como quien no quiere la cosa se fue adueñando de su alma, al mismo tiempo que de la de su fiel compañero de andanzas. Morris le ladra dando saltos de alegría en cuanto lo huele cerca de ellos, ya que C. sale a correr todas las mañanas y ahora su recorrido le lleva a cruzar la calle para pasar por delante del portal a la intempestiva hora en que su vecino se levanta para sacarlo a hacer sus necesidades. Procura no interrumpir sus rutinas, conociendo las debilidades de su dueño, tan sólo se acerca y les da los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja enmarcada por su cuidada perilla, sin aminorar un ápice su marcha, lo que provoca que Morris lo persiga durante unos instantes con la lengua de fuera en señal de sintonía matutina. Y ese simple gesto va calando en el interior del señor E. de tal manera que ni se le ocurre darle una voz a su perro como haría en semejante tesitura, el “¡Morris, compostura!” queda relegado para cuando no hay confianza, porque en definitiva eso es lo que empieza a sentir que tiene con C.

O algo más que eso, puesto que sin darse cuenta va incorporando nuevos hábitos a su jornada diaria. Como pasar cada tarde por su estudio aprovechando el paseo con Morris, para tomar una taza de té con él durante su breve descanso vespertino. O incluso tener el arrojo de invitarlo a cenar a su casa de vez en cuando, para después poder comentar juntos el documental de turno del canal de Historia. C. es un joven paciente, en el fondo está fascinado con el señor E., sus maneras y atuendo de gentleman no le han defraudado en absoluto, ya que es un perfecto caballero y le encanta tener la oportunidad de dibujarlo junto a su inseparable amigo durante sus encuentros. En ocasiones al marcharse se deja algún boceto desprendido sin querer de su bloc verde, y el representado lo admira boquiabierto durante unos minutos, antes de colocarlo cuidadosamente en su vitrina de colección de relojes. “¿A que así destacan más?”, le comenta separándose para ver el efecto del nuevo fondo, y el chucho levanta el rabo en señal de aprobación. Y es que Morris asiste al avance de la relación entusiasmado, puesto que C. es mucho más propenso a jugar y bromear con él que su dueño, pese a que lo acepte como es y lo respete hasta el punto de obedecerle sin contemplaciones. 

El trato llega a familiarizarse tanto que inusitadamente le propone asistir a las comidas de todos los miércoles con su ahijada, quien, absolutamente anonadada al verlos aparecer juntos, aprovecha la coyuntura para llevar también a su novio, y así ir acostumbrando a su padrino a verlo más a menudo. C. es un buen conversador, lo que ocasiona que el señor E. asista a las animadas charlas que mantienen durante el almuerzo con su amable sonrisa en los labios. Le gusta eso de él, que sea capaz de sacar un tema del que hablar que resulte del interés de todos los comensales semana tras semana sin recurrir a tópicos aburridos. A él no le queda más remedio que hacerlo porque su vida social es nula, pero la de C. no lo debe ser tanto, a juzgar por lo mucho que tiene que contar. Algo que le sorprende sobremanera, sabiendo que se pasa prácticamente todo el día encerrado en su diminuto estudio dibujando. Las noches al parecer no entran a tal efecto dentro del estrecho abanico de posibilidades que contempla el señor E.

Fue precisamente en una conversación a propósito de su vivienda, cuando se lió la manta a la cabeza por primera vez en su hasta ese momento anodina existencia. C. le daba las quejas a su ahijada sobre su despótico casero, además de relatarle los problemas de espacio a los que debía hacer frente cada vez que tenía más de un proyecto entre manos. “Es que la mesa de dibujo me queda encajonada en un rincón y ya no sé dónde extender los rollos de papel... A veces tengo que separar el sofá cama para estirarlos por el suelo, pero no me gusta, ¿sabes? Resulta incómodo y sucio, por otra parte... ¡Pero es lo que hay! Imposible permitirme pagar un alquiler más alto siendo autónomo...” Ella lo miró compasiva y su novio puso los ojos en blanco, al reconocer la misma cara de lástima que se le pone viendo las películas románticas que él detesta, hasta que su rostro se iluminó antes de exclamar toda ufana: “¿Y por qué no te mudas a casa de mi padrino? ¡Él tiene sitio de sobras en su apartamento para que trabajes cómodamente!” 


Al señor E. se le atragantó el trozo de carne que masticaba tranquilamente atendiendo al diálogo, y C. se sonrojó antes de comentar un tanto nervioso: “Pero... ¡Si ni siquiera nos hemos besado!” Mientras el aludido tosía para tratar de volver a respirar con normalidad, alzó una ceja más sorprendido por lo que acababa de escuchar que por el descarado ofrecimiento de su ahijada. Bebió un sorbo de agua y, tras limpiarse concienzudamente la comisura de los labios, intervino con su sosegado y correcto modo de expresarse: “En todo caso, no creo que eso sea impedimento para que traslade sus enseres a mi hogar, puesto que todo indica que es la solución óptima a juzgar por sus carencias. Dispondrá de espacio suficiente para realizar su trabajo del modo más conveniente, y no deberá desembolsar ni un céntimo más de renta al mes, puesto que mi piso, aparte de ser de mi propiedad, está libre de cargas.” 

Y no hubo más que hablar. Esa misma tarde organizaron la mudanza con la inestimable ayuda del novio de su ahijada, quien daba palmas alborozada alrededor del que tendría que cargar con gran parte del peso. Él la miró durante unos instantes pensando en que mejor sería que hubiese cerrado su linda boquita, pero pensar en lo que le hacía con ella le llevó a reconsiderar su actitud, y resignarse ante la idea de que los brazos de aquellos dos, unos finos y otros elegantes, eso sí, pero que no disponían ni de la mitad de la masa muscular de los suyos, no le servirían de mucha ayuda para transportar todas las cosas del ilustrador y diseñador gráfico. Lo bueno era que no tenía demasiadas pertenencias. Lo malo fue que hubo que esperar a que se le pasase el subidón que le produjo saber a dónde se iba a ir a vivir, porque en un principio no atinaba ni con lo que tenía que meter en cada caja de cartón. 

Como a pesar de que no había más muebles que trasladar que su mesa de dibujante, sí que necesitarían bastante tiempo para llevar todo, decidieron hacerlo en dos días. Esa tarde llevarían sus utensilios de trabajo para que pudiese seguir con él cuanto antes, y al día siguiente su ropa y objetos personales para poder quedarse ya a dormir en su nuevo domicilio. El par de días libres de los que disponía el improvisado transportista les vinieron de perlas para llevar a cabo el cometido en tan poco tiempo, y éste no se quejó demasiado al tener a su novia de tan buen humor al llegar a casa por las noches, fingiendo venir reventado para conseguir un buen masaje, y lo que se terciase a continuación. C. por su parte también quiso hablar a solas un momento con el señor E. antes de dar el pistoletazo de salida a la operación. Lo siguió hasta el baño cuando fue a lavarse las manos después de acabar el postre, se disculpó de antemano por si lo había puesto en una situación comprometida, y le confesó que no era necesario que siguiese adelante con aquello si lo hacía por obligación. 

Él esperó a que acabase de decirle lo que le resultaba tan embarazoso confesar, puesto que miraba al suelo con las manos en los bolsillos mientras lo hacía, y entonces le irguió el mentón tras secarse bien con el secamanos, a fin de ver sus preciosos ojos verdes a través de sus gafas, y en cuanto los tuvo ante los suyos sonrió. “Es un placer, de verdad, poder servirle de ayuda.” Éste le devolvió la sonrisa de inmediato, provocando con ello que el ritmo cardíaco del señor E. se acelerase, quien, sin pensar, le acarició el labio inferior con su pulgar. Gesto doblemente significativo. En primer lugar porque se trataba del contacto físico más íntimo que había tenido jamás con otro ser humano. Y en segundo lugar porque venía a decir algo así como: creo que me estoy enamorando, pero le ruego disculpe mi ineptitud, ya que no tengo ni la más remota idea de cómo debo comportarme en estas lides. Es de suponer que C. captó el mensaje, puesto que entornó los ojos ensanchando su sonrisa, quizás pensando: ¡bésame de una vez, por favor, hazlo ya! Acto para el que no tenía la mas mínima intención de tomar la iniciativa, tratando de evitar a toda costa el violentar a un hombre tan retraído como su adorado señor E.   


Con lo que no contaban es con cómo se desarrollarían los acontecimientos. La tarde noche siguiente fue crucial para su relación, puesto que tras acabar la mudanza la ahijada del señor E. preparó cena para todos en casa del anfitrión para festejar el feliz final de aquella aventura. C. se dispuso a inmortalizar la celebración en su sempiterno bloc verde, y entonces reparó en que no lo encontraba por ningún sitio. Su preocupación derivó casi en histeria al caer en la cuenta de que faltaba una caja. La más importante, en realidad, puesto que se trataba de la última que habían transportado, que no contenía otra cosa que los sobres con los trabajos que debía entregar esa misma semana, además de su bloc y los rotuladores que usaba más a menudo. Morris de poco sirvió en esa ocasión, puesto que no disponían de ninguna muestra que le permitiese seguir el rastro del resto, y tan sólo ayudó a que se enfriase el banquete, que volviesen todos a inspeccionar el desangelado estudio completamente vacío. “Con el estómago lleno razonaremos mejor”, intervino la cocinera a fin de que su esfuerzo por tener todo listo para cuando acabasen no fuese en balde. Y así lo hicieron nada más regresar, algo más callados de lo habitual, puesto que C. no se dedicó a amenizar la comida como los tenía acostumbrados, apesadumbrado como estaba por lo sucedido.

A nadie le extrañó que el señor E. no abriese la boca más que para meter un nuevo bocado tras masticar el anterior las repetidas y suficientes veces que consideraba indispensables para favorecer su tránsito intestinal. Sus ensimismamientos eran frecuentes incluso cuando el tema de conversación le interesaba, así que el único que estaba pendiente de sus facciones era Morris, quien, de tanto convivir con él, identificó perfectamente que estaba en fase i (i de investigación). Lo observaba con las orejas en alto y el cuerpo en tensión, a la espera de cualquier orden suya para lanzarse a perseguirlo a donde quiera que se dirigiese en busca de pistas para resolver el nuevo caso. Y su instinto no se equivocó. En cuanto terminó su plato se disculpó para ir a lavarse las manos y bastó una discreta mirada en su dirección para que el chucho lo siguiese hasta su dormitorio. Cuál fue su sorpresa cuando su amo no le pidió que olfatease nada, ni siquiera le comentó sus hipótesis como generalmente hacía para pedirle su parecer, sino que simplemente le dijo: “Discreción, Morris, discreción.” Y el perro obedeció sumiso, volviendo a su puesto junto al sofá de su amo, recostándose a sus pies simulando modo siesta inminente. 

Una vez que C. les relató la catástrofe que sería para él perder aquellos sobres, no sólo por el tiempo que llevaba invertido en ellos, sino por el estrés que le supuso acabarlos dentro del plazo estipulado, además, claro está, de las innumerables explicaciones que tendría que darles a sus clientes para justificar su demora, comprendieron la apremiante necesidad que tenía de encontrarlos, aparte del disgusto que le ocasionaba haber perdido su apreciado cuaderno verde. Apelar al lugar común sobre que en todas las mudanzas siempre se pierde algo, como intentó hacer el novio de la ahijada del señor E., no valió la pena, puesto que enseguida enmudeció tras recibir un codazo de ella, prefería no tentar su suerte, no fuera a quedarse sin recompensa esa noche. Y como también era la primera que iban a pasar juntos la nueva pareja, prefirieron dejarlos solos temprano, prometiéndoles que por la mañana les ayudarían a seguir buscando la caja extraviada. 

Tan pronto como el señor E. cerró la puerta tras de sí le dirigió una significativa mirada a su nuevo compañero de piso, le dolía de tal manera verlo tan abatido que prefirió ahorrarle mayor sufrimiento y le dijo sin más preámbulos: “Querido C.” La breve pausa que hizo tras semejante afirmación, suponemos que a causa de la conmoción que le produjo a sí mismo declarar sus sentimientos de una manera tan meridiana, sirvió para que el interpelado alzase la vista subyugado por sus palabras. “Querido C.”, repitió para afianzar su intrepidez, “no me he atrevido a decírselo en presencia de los demás para evitar una situación comprometida, pero sé dónde se encuentran esos sobres.” La cara de sorpresa de C. omitió cualquier exclamación del tipo, ¡cómo no me lo has dicho antes!, y la sonrisa amable del señor E. se le fijó en el rostro mientras se lo aclaraba: “Al parecer su nerviosismo le ha debido jugar una mala pasada en cuanto a su memoria se refiere, pero creo recordar que usted mismo declaró que esa caja la metería en un lugar mullido para evitar que sufriese cualquier desperfecto por el camino, y sólo se me ocurre pensar en la bolsa de deportes que llenó con su ropa interior y sus calcetines.” 

No tuvo tiempo de terminar la frase y ya sintió los brazos de C. asiéndole calurosamente el cuello, exclamando a la vez a viva voz: “¡Dónde tendré hoy la cabeza, por favor, es verdad!” El señor E. únicamente osó rodearle la cintura con los suyos en vista de que se prolongaba el abrazo, hasta que el otro se dio cuenta de que se había extralimitado y se separó tratando de excusar su efusividad, ruborizándose por su metedura de pata. “No hace falta que se disculpe, de verdad, al contrario, me gusta su naturalidad, lamento no parecerme más a usted en ese sentido.” La bonita sonrisa del joven lo cautivó de nuevo y al fin se dejó llevar por un repentino impulso acercando sus labios a los suyos. El efímero roce duró escasos segundos y ni siquiera llegó a dejar rastros de saliva en la boca de C., quien creyó regresar a la adolescencia tras una experiencia tan tierna. Pero para el señor E. supuso el comienzo de todo, su corazón se expandió de tal manera que por un momento se llevó la mano al pecho descontrolado, y tuvo que tomar asiento medio mareado. C. lo miró ansioso y le ofreció un vaso de agua, sumamente preocupado por su estado de salud, no obstante él lo rechazó restándole importancia a su arritmia cardíaca y a su amago de desfallecimiento, diciéndole: “Prefiero que me devuelvas el beso, que estoy seguro de que lo harás mejor que yo.”   

6 comentarios:

  1. ¡Qué ganas tenía de otro caso del señor E! Pero es que está absolutamente cambiado, no me lo puedo creer..., el amor hace estragos, aunque sigue manteniendo sus aptitudes para la investigación y cierto aire señorial (sigue llamando de usted al que ya podemos calificar, creo yo, de novio).
    Me encanta esta serie, Eva, con ese humor y las pequeñas pesquisas. Enhorabuena una vez más.
    Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Ziortza, de verdad, por seguir la serie y por tus amables palabras. Le he cogido cariño al señor E., así que creo que continuaré con sus aventuras, ahora con la novedad de su relación amorosa, que centra este episodio hasta tal punto que la investigación queda relegada a un segundo plano. Como bien dices, sus caballerosas maneras siguen intactas, eso sí, a C. sólo osa tutearlo después del beso... Gracias de nuevo y un fuerte abrazo.

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  2. María José López Venancio27 de marzo de 2017, 16:09

    Me encanta que el señor E abra su corazón al amor rompiendo todos los estereotipos que te podías esperar de él.
    A pesar de que todavía no se atreve a mostrarle todos sus sentimientos creo que en próximos capítulos veremos a un señor E completamente distinto al visto hasta hoy.
    Mi más sincera enhorabuena por esta serie, Eva.

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    1. Muchas gracias por tu comentario, María José, me alegro de que te guste la serie y tienes razón el señor E. ha ido cambiando paulatinamente, en primer lugar gracias a su fiel amigo Morris y ahora al hacer aparición el amor en su vida. Veremos lo que le depara el futuro... ;) Gracias y un saludo.

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  3. en la madrugada de un miércoles te leo
    me gusta lo que leo y veo
    gracias por
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    1. Gracias a ti por leerme, me alegro de que te guste y ¡bienvenida!

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