jueves, 27 de abril de 2017

Tengo un sueño


“Mi sueño...”, se me escapa en un susurro olvidando que no estoy sola. La señora levanta la vista y me mira fijamente, “¿Tienes sueño, querida? No me extraña, a saber a qué hora te has acostado ayer, jejeje. ¡Ay, juventud divino tesoro...! ¡Qué bien hacéis! ¡Aprovecha ahora! Mientras el cuerpo aguante... Hazme un favor, anda, tráeme una talla menos del pantalón, porque los vaqueros después ceden y no quiero que me queden flojos.” Asiento sin comentar nada, forzando una sonrisa al reparar en el botón a punto de reventar, incapaz de contener la lorza que le sobresale en la cintura. Antes les comentaba algo, ahora ya he aprendido, es inútil. Si quieren seguir vistiéndose como quinceañeras a los cincuenta, allá ellas. Yo ni mu, les traigo lo que piden y si me preguntan mi opinión miento, ¿qué voy a hacer sino? Mi madre les soltaría cuatro frescas, en plan, señora, haga el favor de vestirse como lo que es, no como una fulana, o algo por el estilo, ella que no se saca el traje de chaqueta de encima ni para estar por casa. Pero yo no me atrevo a tanto, además, no es asunto mío, a mí me pagan igual, no importa si vendo más o menos. Las acciones de Inditex siguen subiendo y mi salario no me da ni para alquilar un apartamento. En fin. “Tengo que ir al almacén, ahora mismo se lo traigo.” “¡Uy! No me trates de usted, que me haces mayor, jejeje.” Y me voy sonriendo sin responder. 

Por el camino me cruzo con mi supervisora, me indica un montón de ropa que debería estar doblada y no insiste al escuchar a su espalda: “Chica, tráeme también una menos de la camiseta, que estoy a dieta y seguro que el mes que viene me va grande.” Me giro para sonreírle de nuevo, prefiero no recordar lo apretada que le queda. Lo dicho, no es asunto mío, si después no puede ponerse nada de lo que compre, allá ella, que lo devuelva y listo. Katy me empuja bromeando al pasar por mi lado, suelta un par de risitas y me guiña un ojo. Me lo paso bien con ella, es la única capaz de arrancarme una sonrisa sincera aquí dentro, es una lástima que esté en la sección de niños, porque si hay mucho lío a veces ni nos vemos. “Después hablamos”, le entiendo decirme exagerando al gesticular. La música de ambiente y la cantidad de gente que hay en la tienda me impide escucharla. Con ella no me importaría compartir piso. Ella me comprende. Sabe que estoy desesperada. Harta de la rutina agobiante del trabajo. Yo no nací para doblar camisetas. Tengo un sueño. Sí. Lo malo es que lo he ido dejando y, claro, es lo que pasa, el tiempo pasa, y no he conseguido avanzar ni un ápice para alcanzarlo que digamos.

La señora me espera impaciente y me devuelve un montón de prendas, ya se ha mudado, lógico si en las que le traigo no entra. “Solo me llevo esto”, me dice convencida enseñándome otro buen lote de ropa. Le doy las gracias y me dedico a recoger la que deja observando cómo disfruta llevándose su botín a caja. Yo hace siglos que no me compro nada. Con esto de ahorrar para irme a vivir con Fran gasto lo mínimo. Y en el fondo me pregunto si vale la pena. No. Al menos irme con él. Preferiría estar sola. Mi casa, mis cosas, y punto. Lo que pasa es que no puedo permitírmelo. A Fran le molesta todo lo que hago. Si pongo música no le gusta.  Si la tarareo menos. Si salimos con todos no puedo reírme de las bromas de sus amigos. Si salimos solos parece que se aburre. Todo se reduce al sexo, y tampoco es que sea para echar cohetes. Katy siempre me pregunta qué hago con él y tiene razón. Es la inercia. Lo conocí en la facultad. Él tuvo más suerte, encontró trabajo como publicista enseguida. Yo no. Cansada de dejar currículum me resigné a trabajar de dependienta. A mis padres no les hizo mucha gracia, aunque al final lo aceptaron igual que yo, mejor que estar en casa sin hacer nada es. Sin embargo me desespera, porque es un círculo vicioso. Las semanas vuelan y los meses pasan sin cambios. Sigo dando vueltas en la misma noria de siempre. Casa, trabajo. Trabajo, casa. Fin de semana casi sin dormir. Casa, trabajo. Trabajo, casa. Fin de semana sin dormir en absoluto. Y así hasta el infinito. Cuando veo la cara de amargada de nuestra jefa me dan escalofríos. No quiero convertirme en ella. No. Me niego a acabar así. Porque es que yo tengo un sueño.


Hace mucho que no sueño con que se hace realidad, todo hay que decirlo. Antes me veía. Loca de alegría por haberlo conseguido. Todo, absolutamente todo, como yo quiero. Me regodeaba en los detalles hasta que todo estuviese como yo deseaba. Y me despertaba pletórica. Feliz, porque cada noche añadía pequeños cambios que me parecían indispensables para lograr la perfección. De hecho me acostaba pensando en lo que debía mejorar, incluso tomaba notas en un pequeño cuaderno que guardo celosamente en el cajón de mi mesilla. Ya no. Ahora tengo que apretar los párpados muy fuerte antes de quedarme dormida, para intentar rememorar alguna de las imágenes en las que mi vida era como yo quería que fuese. Aparto la mirada al echarme la crema de manos para no ver el otrora manoseado bloc allí olvidado, y cierro el cajoncito de un empujón enfadada. Lo noto. Sé que me mira diciéndome: “Traidora. Yo que guardo todos tus proyectos y no me haces ni caso. Mejor sería que me echases a reciclar... ¡Total, para lo que valgo!” Y me tapo los oídos con la almohada para no escuchar sus recriminaciones. Un día de estos lo tiro. O lo quemo. Sí. Eso. Mi sueño reducido a cenizas.

El polvo que desprenden las prendas que coloco en el estante me llevan a observar las diminutas motas al trasluz. Parecen brillar como el oro y durante un instante sonrío inconscientemente. Qué bellas son esas pequeñas cosas. “¡Eh, Bibi! ¡Despierta, que viene el ogro!” Ni siquiera me giro, me agacho para recoger un par de perchas que se me han caído y me voy directa hacia el montón de ropa arrugada que hay sobre un expositor bajo. “¡Niñas, daos prisa que esto parece una cuadra! Aunque no me extraña, con tanta gente... ¡Vienen aquí a revolver como si esto fuese un mercadillo, pero después no compran nada! Cómo se nota que fuera está lloviendo...” “¿Mucho?”, le pregunta Ana a la encargada con cara de circunstancias y ésta la mira por encima del hombro sin responder. “Es que no he traído paraguas y he ido a plancharme el pelo...”, le aclara más bien a la pared, porque la otra ya se ha dado media vuelta dejándola con la palabra en la boca. La sigo con la mirada y le doy las gracias a mi compañera por el aviso. No cabe duda, es un ogro, me pregunto si cuando habla se dirige a nosotras o a seres de su imaginación, porque cada vez que se digna a mirarnos da la impresión de que nunca antes nos ha visto. Suele mirar al frente y como es alta y lleva siempre taconazos, que por cierto no sé cómo aguanta con ellos tantas horas, pues ni nos ve. A mí menos, que soy bajita. En el fondo me alegro. Así no tengo que aguantar sus estúpidos ojos azules clavados en los míos. Está claro que nos cogen por ser más bien monas, pero ella no debió de abrir la boca en la entrevista, porque sino no me lo explico. Es repulsiva. Y con esa cara de no haber roto nunca un plato todavía da mas asco. Arcadas dice Katy que le dan si se cruza con ella. Y, como siempre, tiene razón. 


De casualidad miro el reloj y me entran ganas de llorar. ¿Las agujas no se mueven o es que me he metido en el libro ese de Proust que siempre relee papá? ¡Qué suplicio! ¡Lo que me queda para salir! ¡Y hoy con la de trabajo que hay no me va a dejar ni cogerme un descanso! Ni un respiro nos da, la muy... Ahí está, azuzándonos para que hagamos algo y no estemos quietas dos segundos en el mismo sitio. Unas chicas se acercan para preguntarme por una blusa que han visto en el escaparate y contraigo los músculos de las mejillas como un resorte. Tengo callo ya de sonreír como una falsa. Por inercia, como todo en mi vida. ¡Qué horror! Y entonces me fijo en ellas. Son tres. No muy guapas, la verdad, pero visten con estilo. Una tiene la melena lisa natural y la recoge con delicadeza a un lado mientras me explica que quiere combinarla con la cazadora que lleva en la mano. Alabo su elección y le aconsejo un pantalón y una falda que le irían genial. No suelo hacerlo, pero hay algo en ella que me empuja a ser sincera. Claro. Me recuerda a mí hace unos cuantos años ya, demasiados, para mi desgracia. Pero no por su aspecto, claro. Debe tener unos dieciocho. Menos de veinte seguro. Es su mirada lo que la hace parecerse a mí. Terriblemente soñadora. Y ese aire bohemio que le da la ropa que usa. Muy chic. Très chic. Diría mamá.   

Las veo yendo hacia los probadores entre risas y me muero de envidia. Suenan auténticas. Naturales. Echo tanto de menos reírme así. Bajo la vista para evitar que se me salten las lágrimas y el par de pantalones que tengo que recoger entra en mi campo visual. Cierro los ojos apesadumbrada y voy hasta el perchero a ciegas. Total, me conozco la tienda palmo a palmo. De repente choco con alguien y en el acto abro los párpados de par en par, deshaciéndome en excusas. Él me mira divertido, se limita a sonreír ante mi sonrojo. Tiene unos cálidos iris castaños. Su novia ni se fija en nosotros y se lo lleva distraída cogiéndolo de la manga. Él le pasa el brazo libre sobre el hombro cariñosamente y la envidia vuelve a apoderarse de mí. Cuelgo el pantalón en su sitio con saña, justo cuando el ogro me dirige una rápida ojeada. De inmediato viene directa hacia mí, con la gelidez de sus ojos azules anticipándome la reprimenda. Y, por fin, despierto. Voy a su encuentro resuelta y su frase ya no puede alcanzarme cuando nos cruzamos. De hecho, ni la oigo. “No puedes tomarte un descanso ahora”, casi me grita al comprobar que estoy llegando a la entrada. Me giro y el estupor reflejado en su rostro me hace sonreír de inmediato. “¡Tengo un sueño!”, exclamo triunfante soltándome el pelo, lanzando al aire el prendedor, “¡Y no quiero esperar ni un minuto más para tratar de conseguirlo!” 

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 20 de abril de 2017

Uno rápido, anda...


“A ti una semana de empleo y sueldo. Ella está fuera...” “Ella no ha tenido la culpa, he sido yo”, lo interrumpí intentando controlar mi rabia y sonrió condescendiente antes de añadir mirándome por encima de sus gafas de pijo que va de intelectual, “Es lo que hay, chaval. La próxima vez piénsatelo dos veces antes de hacer el capullo en el cuarto de la limpieza. Y ahora si me disculpas, tengo más cosas que hacer...” Me levanté en mitad de la frase y mi portazo me despidió por mí. Es lo que hay. ¡Será hijoputa! Le tengo unas ganas locas desde que me hicieron supervisor. Guzmán no era mal tipo, un poco seco en el trato, pero en definitiva te hacía un favor si se lo pedías, si podía, por supuesto, a veces a regañadientes, porque es lo que tienen, se hacen de rogar, así te queda más claro que les debe una, o dos, mejor dicho, suelen cobrártelo con creces. Pero cuando me ascendieron a éste también lo trasladaron a nuestro sector, y la cosa se puso chunga. Aunque tiene razón en algo, debería habérmelo pensado dos veces. Fijo que nos caía una buena como nos pillasen. Y nos pillaron. Y nos cayó, vaya si nos cayó.

A ella sobre todo, y eso es lo que más me jode, en realidad. Me la crucé al salir del despacho, venía de recoger sus cosas de la taquilla y la impotencia que destilaba mi mirada además de mi comentario, "Recuerda, tú vales, hazme caso y preséntate ", la hizo sonreír de lado. Así es como más me gusta. Tiene una cara preciosa, de esas que hipnotiza y no puedes dejar de mirar. Pero cuando sonríe parece una cría con pinta de pilla. Por eso me quedé colgado de ella en cuanto la conocí. De cuerpo ni fu ni fa, todo hay que decirlo. Ahora, su cara es un sueño. De hecho suelo soñar con su rostro perfecto muy a menudo. Demasiado. Al principio solo coincidíamos en el turno de tarde, más bien al final. Le tocaba limpiar con la manguera los restos de pescado cuando yo me pasaba a comprobar que todo estuviese en orden. Casi no habla. Ni falta que hace. Sus gestos lo dicen todo y le hizo gracia mi modo de presentarme. Sonrió arrugando la nariz y ya lo supe. Por lo que le eché un cable para que la contratasen más meses. O más bien me ayudé a mí mismo, ya que yo era el principal beneficiado. Fue lo último que hizo Guzmán antes de irse. 

Por sus compañeras me enteré de que anda dando bandazos de un lado a otro. Y de que su novio está como un queso. Yo apenas lo intuí una vez que vino a buscarla de noche. Moto japonesa de gran cilindrada, traje y corbata, zapatos impolutos y casco calado. Me pareció serio. O tal vez es que la pinta de abogado o banquero me echó para atrás. Ella se asió a su cintura con cariño mientras a mí me comían los celos, después de darle un par de golpecitos con las yemas de los dedos en el cristal del casco. Es preciosa y ni siquiera se da cuenta. Sutil y encantadora como ninguna. La primera vez que la escuché cantar pensé que tenía el altavoz del móvil conectado. Pero no. En cuanto me di cuenta de que era ella se me descolgó la mandíbula. Y le dio la risa. Normal, prefiero no pensar en la cara de gilipollas que tendría. "Tienes que presentarte a uno de esos casting de la tele, da igual el programa, te sale el talento por las orejas", solía repetirle, pero ella nada, ni caso. En el fondo la entiendo, le gusta la tranquilidad y haciendo lo que hace nadie la molesta. Es rápida y eficaz con las manos, los clientes no tienen queja, únicamente tiene que pelearse con alguna tripa pegajosa o con los encargados porque es impuntual. Y ahí me la ves, tarareando tan campante limpiando las vísceras del pescado. Me pareció que revivían al oírla. O quizás fueron imaginaciones mías. Movían la cola siguiendo el compás, de eso estoy seguro. 


Poco a poco fuimos coincidiendo en el turno de mañana. Y ya me lancé. La acribillaba a preguntas en los descansos. Me aprendí sus rutinas y reconozco que la seguía, haciendo coincidir mis cafés con los suyos. O más bien mis cafés con sus nada. Ella simplemente sale a tomar el aire a la puerta de acceso del almacén. Le molesta el humo de los que fuman y suele apartarse un poco. Me alegré de no ser fumador y aproveché cada minuto que compartimos para saber algo más de su vida. Con escaso éxito, también he de decirlo. Ya digo, apenas habla. Ni falta que hace. Un día le comenté que me encantaba su voz y me dejó sin palabras escucharla pronunciar tantas seguidas para responderme. “También sé hacer otras cosas, ¿quieres verme en acción?” 

En ese momento no caí en lo adictivo que podría llegar a ser, al responderle que sí asintiendo con la cabeza, la lengua ni me respondía. Comencé a desesperarme cada vez que nuestros turnos no coincidían. Me volvía loco, mejor dicho, porque incluso se los cambiaba a compañeros perjudicándome claramente con los horarios. Todo por verla. O más bien, sentirla, notarla, escucharla, saberla en todo su esplendor. En acción, dijo. Y cualquier adjetivo se queda corto para describirla. Me moría de envidia pensando en si llega tarde tan a menudo porque estará haciéndole lo mismo a su novio. Después se me pasa al estar a solas. Ella y yo. No existe nadie más. No al menos en ese instante. Supongo que esa fue nuestra perdición. O la mía. A ella no le importa que la echen. Imagino que un ser tan extraordinario no soporta estar mucho tiempo en el mismo lugar. Soy yo el que está jodido. Porque no sé cómo sobreviviré sin ella ni un día más. Por eso la busqué sin descanso. Y, tras un par de meses insufribles, la encontré en la pescadería de otro supermercado.

Aquella mañana estaba muy pillado de tiempo. El jefe me estaba encima desde hacía un par de semanas y no me dejaba ni un respiro. Cuando me estreso es cuando más falta me hace estar con ella. Y saco tiempo de debajo de las piedras para hacerlo. “¿Cuánto te queda para el descanso?”, le pregunté a bocajarro mientras le quitaba la espina a unos lirios. Miró el reloj de reojo y ni se dignó en responderme. “Más de una hora, guapito”, me soltó su encargada para que me largase en el acto. Señaló la fila de gente que esperaba a ser atendida con una exagerada inclinación de cabeza, y solo entonces fui consciente de que varias señoras no me quitaban el ojo de encima intrigadas. Supongo que mi intromisión les serviría a continuación para mantener una simpática conversación con algún que otro chiste a mi costa, pero me la traía floja, la verdad, estaba que me subía por las paredes y no me corté un pelo a pesar de que sabía que todas me oían. “Uno rápido, anda...”, le supliqué. Ni siquiera levantó la vista. Su sonrisa torcida me bastó. Es su manera de decirme que sí. Así que me di toda la prisa que pude para dejar todo listo antes de volver a buscarla. 


O más bien a ir tras ella. Nunca me espera, ni me avisa, ni me manda recado. Ella a lo suyo. Si voy bien, y sino, también. Simplemente se mete en el cuarto en el que se guardan los utensilios de limpieza. No suele haber mucho movimiento. Las máquinas y los carritos llevan de todo en cantidades industriales, por lo que es raro que vengan a buscar nada hasta el siguiente turno. Así que se esconde allí a oscuras a esperarme. Y yo voy aflojándome la corbata por el camino. Me quito la camisa nada más entrar. Y su cofia cae al suelo dejando a la vista su preciosa melena. Es una pena que no sea cajera. Con su cara y su pelo encandilaría a todo el mundo. Podría cobrar lo que le diera la gana, quién iba a fijarse en el ticket ante la aparición de un ángel. Entonces sonríe y me hace dudar. Un diablillo es lo que es. Cuelga mi camisa de un cordel con sus pinzas del pelo, y la linterna del móvil es la señal de que comienza la función.

No estoy seguro de qué es lo que más me fascina. Su prodigiosa voz. Las imposibles figuras que consigue hacer con la sombra de sus manos. O el arte que sale a raudales por cada poro de su piel. Lo que sí es cierto es que pierdo la noción del espacio en cuanto me veo inmerso en su espectáculo. Y del tiempo también, a juzgar por la bronca que me echó mi jefe cuando regresé a mi puesto. Al parecer llevaba bastante reclamando mi presencia en su despacho, tanto como la pescadera echando en falta a su más reciente incorporación. Y tuvo que ser precisamente el más bocazas de la tienda el que nos descubrió. Prefiero no repetir la sarta de estupideces que se inventaron a nuestra costa. De todo dijeron. Y nada cierto. En fin. Es lo que tienen los compañeros de trabajo. Les encanta saber. Y exagerar, todavía más. 

Ya no me importa lo que digan. Eso seguro. Sobre todo ahora que sé dónde encontrarla. Y salí pitando a por el coche en la hora del almuerzo. Crucé los dedos desesperado por que la información que conseguí fuese correcta. Ella tendría que estar trabajando en el instante en que me plantase delante. Y mis vítores de alegría anticiparon mi aparición, obligándola a levantar la vista hacia el pasillo central por el que venía a todo correr. Con lo que ya no contaba es que la fama me precediese, ya que esta vez era un tipo calvo y bajito su supervisor. Y fue él precisamente quien la miró entrecerrando los ojos, después de mirarme a mí de arriba abajo nada más frenar en seco a pocos centímetros del mostrador del pescado. “Ni se te ocurra”, la amenazó en un susurro, pero implacable. Bajó la vista de inmediato, escudriñando ensimismada las entrañas del besugo que estaba despiezando, y por un momento temí que se echase atrás. Hasta que sonrió de lado y lo supe. “No me gustaba mi jefe”, me aclaró un mes después en la pescadería del siguiente hipermercado. Y yo bendigo a diario que sea un culo inquieto. 

by Eva Loureiro Vilarelhe 

jueves, 13 de abril de 2017

¡Al ladrón!


La cabeza parece que me va a estallar de un momento a otro. Tanto es así que ni me atrevo a abrir los ojos. Ernesto ya se ha duchado y me pregunta desde el baño si pienso decidirme algún día a ponerme en pie. Sé que le gusta ducharse conmigo los domingos por la mañana, por eso le fastidió que me quedase remoloneando en cama. La benzodiacepina no me han servido de mucho, al contrario, me desperté en plena noche asustada por culpa de un estruendoso ruido en la calle y me levanté dando tumbos a hacer pis. Volví a quedarme rendida, pero no descansé en absoluto, intranquila y sin dejar de soñar, no recuerdo muy bien sobre qué, solo que me sobrecogía una desapacible e inexplicable sensación de inquietud. Y al parecer me desperté un par de veces más llorando. Eso me dijo él, yo no lo recuerdo, supongo que sus abrazos no sirvieron de mucho. Mi marido es lo que tiene, es muy cariñoso y me acuna hasta que me vuelvo a dormir si tengo una pesadilla, pero hay momentos en los que su calidez no me basta para sobrellevar la pena que siento.

Desayunamos riéndonos de los comentarios jocosos de nuestro hijo. David tiene partido y acostumbra a relatarnos la previa con su peculiar sentido del humor. Se parece mucho a mí, y eso me preocupa, no me gustaría que siguiese mis pasos. Le encanta dar cuenta de las manías de cada uno de sus compañeros de equipo, además de las del entrenador, por supuesto. Le gusta sacar a relucir sus dotes de observación y sé que le fascina que nos encontremos por casualidad con alguno de mis pacientes, lo mira de arriba a abajo con aire circunspecto y reconozco en su mirada la mía de antaño, sé que daría cualquier cosa por saber lo que pasa por su mente, y suelo responderle en alto a la pregunta que no llega a verbalizar. “No te agradaría en absoluto, créeme, no suele ser plato de buen gusto.” Él se encoge de hombros circunspecto y sonríe de lado, con su encantador aspecto de jovencito impúber que es más listo de lo que parece. “Ya, aun así, sería interesante, mamá...”, reconoce pensativo y su padre sale al paso intentando separar nuestra vida privada de la mía profesional. “Por favor, en la consulta le atenderá, ahora no, no ve que tenemos prisa.” 

Alquilé un despacho en un edificio de oficinas precisamente para no pasar consulta en casa. Por las mañanas estoy en el hospital psiquiátrico, y por las tardes hago lo que puedo para ayudar a quienes me ruegan que siga atendiéndolos después de ser dados de alta. Me gusta mi trabajo, y se me da bien disimular mis sensaciones delante de los demás. Asisto a diario a múltiples situaciones descontroladas, incómodas, desagradables, o simplemente embarazosas, siempre sin inmutarme.  Al menos exteriormente. Aunque parezca mentira, es más fácil cuando son casos extremos o graves, te limitas a tratar la patología con la medicación adecuada e intentas encauzar el asunto para que no se salga de los parámetros de la normalidad. El problema viene cuando esa presunta normalidad no lo es tanto, o se salva por los pelos. Las consultas por depresión se han disparado en los últimos años, de hecho ejerzo más de psicóloga que otra cosa la mayoría de las veces. Prescribir pastillas a quien en el fondo solo necesita compañía, o simplemente recuperarse de un trauma no demasiado severo agravado por el estrés cotidiano, no resulta de mi agrado. La cuestión social incide en las anomalías individuales y ahí se complica la cosa. Tengo colegas que ni se lo plantean, tiran de recetario y punto, aduciendo que sus pacientes se lo agradecerán igual, o incluso se quejarán si no toman la medicación de moda entre las celebrities. Un horror. Para mí, claro, que si me tomo un par de píldoras para dormir me arrepiento de inmediato, por los desagradables efectos secundarios que tendré que sufrir.

Pero es que llevo unas cuantas noches sin pegar ojo. Los viernes viene Clara. Mi niña. Ya la llamo así hasta yo misma. Ernesto dice que es la hija que siempre quise tener, por eso comenzó a referirse a ella como mi niña. Y supongo que hasta cierto punto tiene razón. Antes no me afectaban estos casos. No tanto al menos. Cuando empecé creo que me dejaba llevar por la curiosidad que me provocaba descubrir variedades nuevas que no había tratado, y mi mirada asombrada, idéntica a la de mi hijo David, le hacía gracia a mi mentor. El doctor Clavero. Ahora me echaría una bronca de narices si se enterase de lo que me está pasando. Llamémosle crisis de los cuarenta o como se prefiera, me da igual. Lo cierto es que me cuesta mantener la compostura en cuanto entra por la puerta. De un tiempo a esta parte lo he notado, suelo poner cara de circunstancias cuando me relatan sus vivencias, incluso sonreír condescendiente, compasiva o cortés, en función de las necesidades... Pero una vez que salen de mi despacho me dan ganas de salir detrás gritando “¡Al ladrón!”, porque noto que se van llevando poco a poco algo de mi alma con ellos. Y con Clara es todavía peor.


Tiene casi treinta años y parece una cría. Frágil e insegura. No es guapa, ni siquiera atractiva. Simplemente da lástima. Eso es lo que resulta irresistible en ella. Sus enormes ojos grises destilan tanta tristeza que no entiendo que haya alguien capaz de hacerle daño, para cuanto más su propia familia. A mí solo me dan ganas de abrazarla al tenerla delante. Y lloro a mares nada más irse cada viernes, porque no puedo asimilar que sean tan crueles con un ser tan débil. Es lo que denominamos socialmente como gafe. O peor aún. Es un auténtico imán para las desgracias. Y me parte el corazón verla sufrir tanto. Traté de desentenderme de ella a los primeros síntomas de implicación afectiva por mi parte. Incluso se lo comenté a su tutor legal. Está incapacitada y fue lo primero que hice para protegerla, procurar alejarla lo más posible de sus padres y hermanos. Él me lo desaconsejó de plano y también mi superior en el hospital. En realidad entiendo por qué, me costó meses de terapia conseguir llegar a la superficie del problema, y someterla a un cambio de terapeuta repercutiría negativamente en su evolución, sobre todo ahora que ha comenzado a abrirse a mí. Jamás ha tenido tanta confianza con alguien como conmigo. Es cierto que me complace poder ayudarla de alguna manera, pese a que tengo que reconocer que está costándome la salud.

Llevo semanas sin dormir bien. Los fines de semana por descontado, y en cuanto me voy recuperando ya me pongo nerviosa al pensar en su próxima cita del viernes. Ernesto está empezando a perder la paciencia. Me acusa de lo mismo que le echaba yo en cara cuando David era pequeño, de traerse trabajo a casa en lugar de dejarlo para cuando no estuviésemos juntos. Y tiene razón. Antes cerraba la consulta y dejaba allí bajo llave mis preocupaciones laborales. Ahora ando ensimismada y constantemente pendiente de un único caso, el suyo. Me dedico a buscar alternativas para mejorar su autoestima sin excederme con el cóctel de medicamentos, mi prioridad es que se convierta en la adulta que es, y al mismo tiempo me devano los sesos pensando en cómo lograr que encuentre algo que hacer, y por lo que aun encima le paguen en los tiempos que corren. Es normal que se enfade conmigo. Lo reconozco. El otro día le solté de sopetón si Clara podría realizar en su empresa un curso de formación en el que pasasen por alto alguna falta presencial, y entró en cólera. Lógico. Mi pregunta no le molestaría en absoluto en cualquier otro momento.

“¿Acaso es que ya no puedes ni follar sin pensar en ella?”, me gritó levantándose de la cama y le chisté preocupada por si lo oía David. Salió desnudo dando un portazo y escuché a nuestro hijo preguntándole si pasaba algo. Al asomarme al pasillo en camisón me saludó guiñándome un ojo. “Buenas noches, mamá”, me dijo en un tono más elevado de lo habitual y me fijé en que llevaba puestos los auriculares de su iPod, observándolo pasar sonriendo pícaramente de camino a su habitación. Así que abrí los ojos para adaptarme a la luz matutina que presagiaba una espléndida mañana de domingo, me desperecé rápidamente para darme prisa antes de que se vistiese, y me arrodillé ante él deshaciéndome en el acto de la toalla que rodeaba su cintura. Ni que decir tiene que le agradó en grado sumo semejante manera de darle los buenos días, y hasta a mí me vino bien para aliviar un poco la jaqueca, ya que enseguida me sentó sobre la encimera en la que está incrustado el lavabo para resarcirme a mí por mi gentileza. 

“¿Esto significa que te vas a tomar las cosas con otro ánimo?”, me preguntó de camino a la cocina entrelazando mis dedos como una pareja de enamorados por el parque. Inspiré profundamente satisfecha antes de responderle, el orgasmo es la medicina ideal para equilibrar el organismo: mente y cuerpo preparados para lo que les echen después de. “Esto significa que al menos intentaré mantener a raya mi ansiedad, para que afecte lo menos posible a la convivencia familiar, y a la idiosincrasia de nuestras relaciones íntimas, en última instancia.” “Cómo me pone que me hables así”, me susurró al oído aprovechando para mordisquearme el lóbulo y me estremecí de nuevo. Nada mejor que el sexo oral para mejorar la comunicación de pareja... 

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 6 de abril de 2017

La manzana del pensador


Me lancé todo lo rápido que pude sobre el plato y le arrebaté la galleta en un abrir y cerrar de ojos delante de sus narices. Se enfurruñó cruzando los brazos sobre el pecho y me dio la risa. “¡No es justo! ¡Es mi merienda!” Antes de metérmela entera en la boca le miré a la cara y claudiqué. Es que cuando se le nota que está a punto de echarse a llorar me derrito, en el fondo sigue siendo un crío, por mucho que hace poco cumpliera los diez. Mamá lo mima demasiado, le da a él siempre las mejores galletas de chocolate, y a mí me da una envidia que no veas. “Coge una manzana si tienes hambre, que él come mucha más fruta que tú”, suele decirme cuando me quejo. Por una vez le hice caso, le devolví la galleta sin rozarla siquiera y me dirigí al frutero refunfuñando: “Está bien, hoy te salvas, pero mañana o me guardas una para mí sin que se entere mamá, o sino después te robo yo las que me dé la gana.”

Pablo me ofreció la mitad sonriendo y la acepté de buen grado, acariciándole el pelo revuelto. “¿No tenías deberes?”, le pregunté con la boca llena. “¿Y tú no tendrías que estar estudiando?” “Ahí le has dado, chaval, ahora mismo me pongo, he salido del agujero para tomarme un respiro.” “Yaaaa”, comentó en tono sarcástico y le di una colleja. “Es verdad, enano, ¿tú qué te crees? ¡Ya te gustaría a ti sacar mis notas cuando hagas Bachillerato!” “¡Mejores que las tuyas serán las mías, ya lo verás!” Ojalá, pensé para mí. Por ese tema no hay discusiones en casa, me dedico a lo que debo, estudiar y punto. Por otras cosas sí que las hay, y con razón, porque es cierto que a veces me paso jugando con la Play, o con la factura del móvil, o me quedo hasta más tarde de lo que debería después de entrenar. Pero bueno, aparte de eso, nuestros padres no tienen queja sobre mí. Al contrario, le dicen que tiene que seguir mi ejemplo, porque evito soltar tacos delante de él, y en cuanto a los estudios se refiere, por supuesto, es lo único que tengo clarísimo. Quiero estudiar medicina y como no me ponga las pilas no paso la nota de corte. 

Pero hoy no estoy lo suficientemente concentrado para estudiar, ni mucho menos. Salí de la cocina ensimismado, dejándolo enredando con sus figuritas de Pokémon. Abrí la puerta corredera del salón para sentarme en la terraza, mirando al mar. Todavía hace bastante fresco como para estar a gusto en camiseta, pero no me apetecía ir a por el jersey a mi habitación. Froté la manzana con la mano acomodándome sobre el respaldo del banco, con los pies sobre el asiento. Me saqué los New Balance por no tener que aguantar después a mi padre, es el encargado de tener todo impoluto y si ve una mota de polvo se pone de los nervios, o mejor dicho, me pone a mí de los nervios con los alaridos que me pega. ¿Por qué tendré yo siempre la culpa cuando aparece tierra por algún sitio? ¿Porque no ando por casa todo el día en calcetines de esos tan hortera que le ponen a mi hermano? En fin. Por no escucharlo, antes me quedo con los pies congelados. Entonces me vi reflejado en el cristal del ventanal y me entró la risa otra vez. Parezco el pensador así sentado, de no ser por la manzana. La miré fijamente y le di un mordisco. Pues al pensador ése le haría falta una buena manzana, para no parecer tan imbécil. La manzana del pensador. Eso.


Me fijé en las olas a lo lejos y no conseguí el efecto deseado. La cabeza me va a estallar. Generalmente me relaja ver cómo revientan en la orilla, pero hoy no hay manera. Y todo por culpa de Fran. Menudo capullo. Si mi mejor amigo me hace esto, ¿qué puedo esperar de los demás? La verdad es que no empezó él. Fue Mateo. Sabe de sobras que me gusta Mónica y se metió conmigo al verla pasar. Ni caso me hace, claro, está liada con un tío mayor, de segundo de Derecho, creo. Aparte de que es demasiado para mí. O para cualquiera. Además a mí en realidad no es que me guste, es que estoy loco por ella. Pero no por lo que todos creen. No es por lo guapa que es, ni por lo buena que está y todo eso. No. Es que la adoro desde que la conocí. Por su manera de hablar, de moverse, hasta de gesticular, y por su forma de ser, sobre todo por su forma de ser, porque aun encima de estar buena, es superbuena. Coincidimos en un curso de fotografía al que me apunté porque mamá insistió tanto que preferí ir para no aguantarla dándome la paliza, y lo cierto es que a partir de ese día empecé a hacer más caso a las cosas que me dice mi madre. Por su culpa conocí al amor de mi vida, tengo que agradecérselo de alguna manera. Ahora cuando me riñe agacho las orejas y le digo: “Sí, mamá”, para que se ponga contenta, y de paso me deje en paz, claro. 

Es un amor imposible. Eso fijo. No existo para ella. Yo en cambio le doy cada día las gracias por existir. Imaginariamente, claro, porque jamás le he dicho ni una sola palabra. Ni siquiera aquella vez que se acercó para pedirme ni recuerdo qué. La miré embobado y fui incapaz de responder. Ni la oí. Solo la vi mover los labios tan cerca de mí, que mi corazón parecía que iba a salírseme del pecho. Latía tan fuerte que es lo único que escuché. Desde entonces Mateo se burla de mí. E intenta dejarme en ridículo delante de ella cada vez que pasa por nuestro lado. Y esta vez Fran se carcajeó con él. No me lo podía creer. Le di un empujón y me largué a casa furioso. La tomé con la comida al llegar, protesté y se montó una buena. Gritos de mamá, bronca de papá, y el enano mirándome con cara de susto. Porque cuando me cabreo se me va un poco la pinza y no controlo, tengo que reconocerlo,  me pongo demasiado violento. No con ellos, eh, que no soy un puto pirado, le di una patada a la silla, y del puñetazo en la mesa volqué las lentejas. En resumen: castigado hasta nuevo aviso, sin Play y sin salir el fin de semana. Y sin galletas para merendar al parecer, ya que mamá me dijo sacándomelas de delante: “Cómete las lentejas si tienes hambre”. Miré para lo poco que me quedaba de la manzana al recordar lo que tocaba para comer. Hasta está rica y todo. No hay nada como un estómago vacío para agradecer lo que le echen. 


¡Joder, cuándo parará este maldito pinchazo en las sienes! Me van a estallar las venas de lo pasado de vueltas que estoy. Es porque me siento culpable. Me pasé con Fran. No fue un simple empujón. Lo zapateé contra el suelo de mala manera y se jodió otra vez el hombro. Acaba de recuperarse de una lesión. Y yo soy tan capullo que por mi culpa igual se pierde lo que queda de temporada. Lleva siendo baja tres semanas y ya perdimos dos partidos, empatamos el otro de milagro. Es el mejor base de la liga. Tanto que hay varios equipos grandes interesados en él. Y ahora lo tiene crudo si no se da recuperado a tiempo. Y todo porque soy tan orgulloso que no soporto verlo reírse de una broma estúpida... Será mejor que lo llame. Lo dejé allí tirado. El grito de dolor se me quedó gravado. ¡Mierda! ¡Seré gilipollas! De camino a casa casi me rompo la mano contra un muro. Qué más da, no quiero ser cirujano, y yo poco futuro tengo en el baloncesto. Voy por él. Porque llevamos jugando juntos desde que éramos unos enanos. Y porque alucino viéndolo jugar. Es mi ídolo. Mi mejor amigo es mi puto ídolo.    

No lo coge. ¡Será...! “Oye, quiero hablar contigo”, le escribo por Whatsapp. Lo ve, pero no responde. “Coge el puto teléfono, ok?” “¿Y ahora qué cojones quieres? ¿Regodearte de tu hazaña?”, casi me gritó. “Lo siento, tío, se me fue la olla...” “¡Me cago hasta en tu p...! ¡Bah! ¡Déjalo no merece la pena! ¡Ahora ya está! ¡Otras dos semanas sin tocar bola, como mínimo! ¿Estás satisfecho?” “Sabes que no, que me cortaría los dedos si con eso pudieses jugar tú en mi lugar.” “Bueno, no te pases, que tampoco es eso... Siento haberme reído, tío, pero es que Mateo es la caña, tienes que reconocerlo, las paridas que dice son la hostia, me parto con él.” Volvió a carcajearse recordando su comentario y ya no me pareció tan mal, es más le di la razón. Mateo es un cachondo, las suelta sin pensar y mola. Es listo para eso. Para lo demás es un puto desastre, no aprueba ni una, pero bueno... Que es un crack. “¿Vuelves a usar cabestrillo?”, quise saber realmente preocupado. “¡Qué remedio!”, reconoció más calmado, “De todas formas tampoco las tenía todas conmigo, ¿sabes? No sé, me daba la impresión de que todavía no estaba al cien por cien.”

Nos tiramos media hora de charleta. Y sin darme cuenta el dolor se fue por donde había venido. Por algo es mi mejor amigo. Un capullo integral a veces, eso sí, pero igual que yo, supongo, cuando me pongo gilipollas. El enano apareció en la terraza nada más colgar y se me lanzó al cuello sin previo aviso. Venía ataviado con una de sus máscaras y una toalla roja a modo de capa, y me gritó: “¿Jugamos unas partidas a la Play?” “Castigado, ¿recuerdas?” “Pues entonces ven a mi cuarto y te enseño lo que he construido, porfa” No me apetecía nada que me contase sus chorradas de Clash Royale, además tenía que ponerme a estudiar de una vez ahora que se me había pasado la tontera. “¡Porfa, porfa! ¡Es que es como una fortaleza! ¡Me ha quedado muy chula la torre, en serio!”, insistió al darse cuenta de las pocas ganas que tenía de ir, entonces levantó la máscara sonriendo de oreja a oreja como un niño bueno y puse los ojos en blanco. Volvió a gritarme al oído, esta vez sus muestras de alegría casi me dejan sordo. “Está bien, iré, pero no me chilles, que pareces un chimpancé.” Imitó los gestos del mono y lo agarré por la cintura para echármelo al hombro. Le dio un ataque de risa porque le hice cosquillas sin querer y me reí con él. Es tan inocente que se conforma con nada, con tal de que le haga un poco de caso ya está contento. Me senté en su alfombra preferida, esa horrorosa de colorines que imita un circuito de coches, y atendí pacientemente a sus explicaciones. A ver, vale, estaba pensando en lo guapa que estaba Mónica esta mañana, pero bueno, me quedé allí con él un buen rato, que al final es lo que cuenta, ¿no?  

by Eva Loureiro Vilarelhe