jueves, 13 de abril de 2017

¡Al ladrón!


La cabeza parece que me va a estallar de un momento a otro. Tanto es así que ni me atrevo a abrir los ojos. Ernesto ya se ha duchado y me pregunta desde el baño si pienso decidirme algún día a ponerme en pie. Sé que le gusta ducharse conmigo los domingos por la mañana, por eso le fastidió que me quedase remoloneando en cama. La benzodiacepina no me han servido de mucho, al contrario, me desperté en plena noche asustada por culpa de un estruendoso ruido en la calle y me levanté dando tumbos a hacer pis. Volví a quedarme rendida, pero no descansé en absoluto, intranquila y sin dejar de soñar, no recuerdo muy bien sobre qué, solo que me sobrecogía una desapacible e inexplicable sensación de inquietud. Y al parecer me desperté un par de veces más llorando. Eso me dijo él, yo no lo recuerdo, supongo que sus abrazos no sirvieron de mucho. Mi marido es lo que tiene, es muy cariñoso y me acuna hasta que me vuelvo a dormir si tengo una pesadilla, pero hay momentos en los que su calidez no me basta para sobrellevar la pena que siento.

Desayunamos riéndonos de los comentarios jocosos de nuestro hijo. David tiene partido y acostumbra a relatarnos la previa con su peculiar sentido del humor. Se parece mucho a mí, y eso me preocupa, no me gustaría que siguiese mis pasos. Le encanta dar cuenta de las manías de cada uno de sus compañeros de equipo, además de las del entrenador, por supuesto. Le gusta sacar a relucir sus dotes de observación y sé que le fascina que nos encontremos por casualidad con alguno de mis pacientes, lo mira de arriba a abajo con aire circunspecto y reconozco en su mirada la mía de antaño, sé que daría cualquier cosa por saber lo que pasa por su mente, y suelo responderle en alto a la pregunta que no llega a verbalizar. “No te agradaría en absoluto, créeme, no suele ser plato de buen gusto.” Él se encoge de hombros circunspecto y sonríe de lado, con su encantador aspecto de jovencito impúber que es más listo de lo que parece. “Ya, aun así, sería interesante, mamá...”, reconoce pensativo y su padre sale al paso intentando separar nuestra vida privada de la mía profesional. “Por favor, en la consulta le atenderá, ahora no, no ve que tenemos prisa.” 

Alquilé un despacho en un edificio de oficinas precisamente para no pasar consulta en casa. Por las mañanas estoy en el hospital psiquiátrico, y por las tardes hago lo que puedo para ayudar a quienes me ruegan que siga atendiéndolos después de ser dados de alta. Me gusta mi trabajo, y se me da bien disimular mis sensaciones delante de los demás. Asisto a diario a múltiples situaciones descontroladas, incómodas, desagradables, o simplemente embarazosas, siempre sin inmutarme.  Al menos exteriormente. Aunque parezca mentira, es más fácil cuando son casos extremos o graves, te limitas a tratar la patología con la medicación adecuada e intentas encauzar el asunto para que no se salga de los parámetros de la normalidad. El problema viene cuando esa presunta normalidad no lo es tanto, o se salva por los pelos. Las consultas por depresión se han disparado en los últimos años, de hecho ejerzo más de psicóloga que otra cosa la mayoría de las veces. Prescribir pastillas a quien en el fondo solo necesita compañía, o simplemente recuperarse de un trauma no demasiado severo agravado por el estrés cotidiano, no resulta de mi agrado. La cuestión social incide en las anomalías individuales y ahí se complica la cosa. Tengo colegas que ni se lo plantean, tiran de recetario y punto, aduciendo que sus pacientes se lo agradecerán igual, o incluso se quejarán si no toman la medicación de moda entre las celebrities. Un horror. Para mí, claro, que si me tomo un par de píldoras para dormir me arrepiento de inmediato, por los desagradables efectos secundarios que tendré que sufrir.

Pero es que llevo unas cuantas noches sin pegar ojo. Los viernes viene Clara. Mi niña. Ya la llamo así hasta yo misma. Ernesto dice que es la hija que siempre quise tener, por eso comenzó a referirse a ella como mi niña. Y supongo que hasta cierto punto tiene razón. Antes no me afectaban estos casos. No tanto al menos. Cuando empecé creo que me dejaba llevar por la curiosidad que me provocaba descubrir variedades nuevas que no había tratado, y mi mirada asombrada, idéntica a la de mi hijo David, le hacía gracia a mi mentor. El doctor Clavero. Ahora me echaría una bronca de narices si se enterase de lo que me está pasando. Llamémosle crisis de los cuarenta o como se prefiera, me da igual. Lo cierto es que me cuesta mantener la compostura en cuanto entra por la puerta. De un tiempo a esta parte lo he notado, suelo poner cara de circunstancias cuando me relatan sus vivencias, incluso sonreír condescendiente, compasiva o cortés, en función de las necesidades... Pero una vez que salen de mi despacho me dan ganas de salir detrás gritando “¡Al ladrón!”, porque noto que se van llevando poco a poco algo de mi alma con ellos. Y con Clara es todavía peor.


Tiene casi treinta años y parece una cría. Frágil e insegura. No es guapa, ni siquiera atractiva. Simplemente da lástima. Eso es lo que resulta irresistible en ella. Sus enormes ojos grises destilan tanta tristeza que no entiendo que haya alguien capaz de hacerle daño, para cuanto más su propia familia. A mí solo me dan ganas de abrazarla al tenerla delante. Y lloro a mares nada más irse cada viernes, porque no puedo asimilar que sean tan crueles con un ser tan débil. Es lo que denominamos socialmente como gafe. O peor aún. Es un auténtico imán para las desgracias. Y me parte el corazón verla sufrir tanto. Traté de desentenderme de ella a los primeros síntomas de implicación afectiva por mi parte. Incluso se lo comenté a su tutor legal. Está incapacitada y fue lo primero que hice para protegerla, procurar alejarla lo más posible de sus padres y hermanos. Él me lo desaconsejó de plano y también mi superior en el hospital. En realidad entiendo por qué, me costó meses de terapia conseguir llegar a la superficie del problema, y someterla a un cambio de terapeuta repercutiría negativamente en su evolución, sobre todo ahora que ha comenzado a abrirse a mí. Jamás ha tenido tanta confianza con alguien como conmigo. Es cierto que me complace poder ayudarla de alguna manera, pese a que tengo que reconocer que está costándome la salud.

Llevo semanas sin dormir bien. Los fines de semana por descontado, y en cuanto me voy recuperando ya me pongo nerviosa al pensar en su próxima cita del viernes. Ernesto está empezando a perder la paciencia. Me acusa de lo mismo que le echaba yo en cara cuando David era pequeño, de traerse trabajo a casa en lugar de dejarlo para cuando no estuviésemos juntos. Y tiene razón. Antes cerraba la consulta y dejaba allí bajo llave mis preocupaciones laborales. Ahora ando ensimismada y constantemente pendiente de un único caso, el suyo. Me dedico a buscar alternativas para mejorar su autoestima sin excederme con el cóctel de medicamentos, mi prioridad es que se convierta en la adulta que es, y al mismo tiempo me devano los sesos pensando en cómo lograr que encuentre algo que hacer, y por lo que aun encima le paguen en los tiempos que corren. Es normal que se enfade conmigo. Lo reconozco. El otro día le solté de sopetón si Clara podría realizar en su empresa un curso de formación en el que pasasen por alto alguna falta presencial, y entró en cólera. Lógico. Mi pregunta no le molestaría en absoluto en cualquier otro momento.

“¿Acaso es que ya no puedes ni follar sin pensar en ella?”, me gritó levantándose de la cama y le chisté preocupada por si lo oía David. Salió desnudo dando un portazo y escuché a nuestro hijo preguntándole si pasaba algo. Al asomarme al pasillo en camisón me saludó guiñándome un ojo. “Buenas noches, mamá”, me dijo en un tono más elevado de lo habitual y me fijé en que llevaba puestos los auriculares de su iPod, observándolo pasar sonriendo pícaramente de camino a su habitación. Así que abrí los ojos para adaptarme a la luz matutina que presagiaba una espléndida mañana de domingo, me desperecé rápidamente para darme prisa antes de que se vistiese, y me arrodillé ante él deshaciéndome en el acto de la toalla que rodeaba su cintura. Ni que decir tiene que le agradó en grado sumo semejante manera de darle los buenos días, y hasta a mí me vino bien para aliviar un poco la jaqueca, ya que enseguida me sentó sobre la encimera en la que está incrustado el lavabo para resarcirme a mí por mi gentileza. 

“¿Esto significa que te vas a tomar las cosas con otro ánimo?”, me preguntó de camino a la cocina entrelazando mis dedos como una pareja de enamorados por el parque. Inspiré profundamente satisfecha antes de responderle, el orgasmo es la medicina ideal para equilibrar el organismo: mente y cuerpo preparados para lo que les echen después de. “Esto significa que al menos intentaré mantener a raya mi ansiedad, para que afecte lo menos posible a la convivencia familiar, y a la idiosincrasia de nuestras relaciones íntimas, en última instancia.” “Cómo me pone que me hables así”, me susurró al oído aprovechando para mordisquearme el lóbulo y me estremecí de nuevo. Nada mejor que el sexo oral para mejorar la comunicación de pareja... 

by Eva Loureiro Vilarelhe

5 comentarios:

  1. Siempre me pregunto como será la vida de personas con profesiones como esta, la de una psiquiatra, parece que son personas sin problemas ni mundo interior (esta entrenadas para atender a los demás no ellas mismas ¿no? jeje), parecen tener un muro frente a ellas que les separa emocionalmente del exterior. Pero como bien narras en esta historia también sufren y se implican (a veces demasiado) y su profesión puede afectar a sus propias vidas.
    Genial relato para reflexionar sobre todas estas cosas, Eva.
    ¡Un abrazo!

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    1. Perdón los errores: están entrenadas para atender a los demás no a ellas mismas...

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    2. Tienes razón, Ziortza, deberían estar preparadas para atender a los demás sin mayor problema... pero son humanos igual que nosotros, por eso yo también me pregunto cómo les afectarán nuestras miserias, porque está claro que tienen que afectarles en algún momento en el que por un motivo u otro bajen la guardia sin querer. O eso es lo que creo, ya me dirán si me equivoco, jajaja. Muchas gracias por leerme y tener la amabilidad de comentar qué te ha parecido mi relato de esta semana. ¡Gran abrazo!
      P.D.: errar es humano, así que no te preocupes, sucede aunque tratemos de evitarlo ;)

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  2. En efecto,... qué difícil se hace mantener a raya la vida laboral,... Estupendo relato Eva!

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    1. Muchas gracias por pasarte, Baile, y por dejar un comentario, me alegro de que te haya gustado. Un abrazo

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