jueves, 20 de abril de 2017

Uno rápido, anda...


“A ti una semana de empleo y sueldo. Ella está fuera...” “Ella no ha tenido la culpa, he sido yo”, lo interrumpí intentando controlar mi rabia y sonrió condescendiente antes de añadir mirándome por encima de sus gafas de pijo que va de intelectual, “Es lo que hay, chaval. La próxima vez piénsatelo dos veces antes de hacer el capullo en el cuarto de la limpieza. Y ahora si me disculpas, tengo más cosas que hacer...” Me levanté en mitad de la frase y mi portazo me despidió por mí. Es lo que hay. ¡Será hijoputa! Le tengo unas ganas locas desde que me hicieron supervisor. Guzmán no era mal tipo, un poco seco en el trato, pero en definitiva te hacía un favor si se lo pedías, si podía, por supuesto, a veces a regañadientes, porque es lo que tienen, se hacen de rogar, así te queda más claro que les debe una, o dos, mejor dicho, suelen cobrártelo con creces. Pero cuando me ascendieron a éste también lo trasladaron a nuestro sector, y la cosa se puso chunga. Aunque tiene razón en algo, debería habérmelo pensado dos veces. Fijo que nos caía una buena como nos pillasen. Y nos pillaron. Y nos cayó, vaya si nos cayó.

A ella sobre todo, y eso es lo que más me jode, en realidad. Me la crucé al salir del despacho, venía de recoger sus cosas de la taquilla y la impotencia que destilaba mi mirada además de mi comentario, "Recuerda, tú vales, hazme caso y preséntate ", la hizo sonreír de lado. Así es como más me gusta. Tiene una cara preciosa, de esas que hipnotiza y no puedes dejar de mirar. Pero cuando sonríe parece una cría con pinta de pilla. Por eso me quedé colgado de ella en cuanto la conocí. De cuerpo ni fu ni fa, todo hay que decirlo. Ahora, su cara es un sueño. De hecho suelo soñar con su rostro perfecto muy a menudo. Demasiado. Al principio solo coincidíamos en el turno de tarde, más bien al final. Le tocaba limpiar con la manguera los restos de pescado cuando yo me pasaba a comprobar que todo estuviese en orden. Casi no habla. Ni falta que hace. Sus gestos lo dicen todo y le hizo gracia mi modo de presentarme. Sonrió arrugando la nariz y ya lo supe. Por lo que le eché un cable para que la contratasen más meses. O más bien me ayudé a mí mismo, ya que yo era el principal beneficiado. Fue lo último que hizo Guzmán antes de irse. 

Por sus compañeras me enteré de que anda dando bandazos de un lado a otro. Y de que su novio está como un queso. Yo apenas lo intuí una vez que vino a buscarla de noche. Moto japonesa de gran cilindrada, traje y corbata, zapatos impolutos y casco calado. Me pareció serio. O tal vez es que la pinta de abogado o banquero me echó para atrás. Ella se asió a su cintura con cariño mientras a mí me comían los celos, después de darle un par de golpecitos con las yemas de los dedos en el cristal del casco. Es preciosa y ni siquiera se da cuenta. Sutil y encantadora como ninguna. La primera vez que la escuché cantar pensé que tenía el altavoz del móvil conectado. Pero no. En cuanto me di cuenta de que era ella se me descolgó la mandíbula. Y le dio la risa. Normal, prefiero no pensar en la cara de gilipollas que tendría. "Tienes que presentarte a uno de esos casting de la tele, da igual el programa, te sale el talento por las orejas", solía repetirle, pero ella nada, ni caso. En el fondo la entiendo, le gusta la tranquilidad y haciendo lo que hace nadie la molesta. Es rápida y eficaz con las manos, los clientes no tienen queja, únicamente tiene que pelearse con alguna tripa pegajosa o con los encargados porque es impuntual. Y ahí me la ves, tarareando tan campante limpiando las vísceras del pescado. Me pareció que revivían al oírla. O quizás fueron imaginaciones mías. Movían la cola siguiendo el compás, de eso estoy seguro. 


Poco a poco fuimos coincidiendo en el turno de mañana. Y ya me lancé. La acribillaba a preguntas en los descansos. Me aprendí sus rutinas y reconozco que la seguía, haciendo coincidir mis cafés con los suyos. O más bien mis cafés con sus nada. Ella simplemente sale a tomar el aire a la puerta de acceso del almacén. Le molesta el humo de los que fuman y suele apartarse un poco. Me alegré de no ser fumador y aproveché cada minuto que compartimos para saber algo más de su vida. Con escaso éxito, también he de decirlo. Ya digo, apenas habla. Ni falta que hace. Un día le comenté que me encantaba su voz y me dejó sin palabras escucharla pronunciar tantas seguidas para responderme. “También sé hacer otras cosas, ¿quieres verme en acción?” 

En ese momento no caí en lo adictivo que podría llegar a ser, al responderle que sí asintiendo con la cabeza, la lengua ni me respondía. Comencé a desesperarme cada vez que nuestros turnos no coincidían. Me volvía loco, mejor dicho, porque incluso se los cambiaba a compañeros perjudicándome claramente con los horarios. Todo por verla. O más bien, sentirla, notarla, escucharla, saberla en todo su esplendor. En acción, dijo. Y cualquier adjetivo se queda corto para describirla. Me moría de envidia pensando en si llega tarde tan a menudo porque estará haciéndole lo mismo a su novio. Después se me pasa al estar a solas. Ella y yo. No existe nadie más. No al menos en ese instante. Supongo que esa fue nuestra perdición. O la mía. A ella no le importa que la echen. Imagino que un ser tan extraordinario no soporta estar mucho tiempo en el mismo lugar. Soy yo el que está jodido. Porque no sé cómo sobreviviré sin ella ni un día más. Por eso la busqué sin descanso. Y, tras un par de meses insufribles, la encontré en la pescadería de otro supermercado.

Aquella mañana estaba muy pillado de tiempo. El jefe me estaba encima desde hacía un par de semanas y no me dejaba ni un respiro. Cuando me estreso es cuando más falta me hace estar con ella. Y saco tiempo de debajo de las piedras para hacerlo. “¿Cuánto te queda para el descanso?”, le pregunté a bocajarro mientras le quitaba la espina a unos lirios. Miró el reloj de reojo y ni se dignó en responderme. “Más de una hora, guapito”, me soltó su encargada para que me largase en el acto. Señaló la fila de gente que esperaba a ser atendida con una exagerada inclinación de cabeza, y solo entonces fui consciente de que varias señoras no me quitaban el ojo de encima intrigadas. Supongo que mi intromisión les serviría a continuación para mantener una simpática conversación con algún que otro chiste a mi costa, pero me la traía floja, la verdad, estaba que me subía por las paredes y no me corté un pelo a pesar de que sabía que todas me oían. “Uno rápido, anda...”, le supliqué. Ni siquiera levantó la vista. Su sonrisa torcida me bastó. Es su manera de decirme que sí. Así que me di toda la prisa que pude para dejar todo listo antes de volver a buscarla. 


O más bien a ir tras ella. Nunca me espera, ni me avisa, ni me manda recado. Ella a lo suyo. Si voy bien, y sino, también. Simplemente se mete en el cuarto en el que se guardan los utensilios de limpieza. No suele haber mucho movimiento. Las máquinas y los carritos llevan de todo en cantidades industriales, por lo que es raro que vengan a buscar nada hasta el siguiente turno. Así que se esconde allí a oscuras a esperarme. Y yo voy aflojándome la corbata por el camino. Me quito la camisa nada más entrar. Y su cofia cae al suelo dejando a la vista su preciosa melena. Es una pena que no sea cajera. Con su cara y su pelo encandilaría a todo el mundo. Podría cobrar lo que le diera la gana, quién iba a fijarse en el ticket ante la aparición de un ángel. Entonces sonríe y me hace dudar. Un diablillo es lo que es. Cuelga mi camisa de un cordel con sus pinzas del pelo, y la linterna del móvil es la señal de que comienza la función.

No estoy seguro de qué es lo que más me fascina. Su prodigiosa voz. Las imposibles figuras que consigue hacer con la sombra de sus manos. O el arte que sale a raudales por cada poro de su piel. Lo que sí es cierto es que pierdo la noción del espacio en cuanto me veo inmerso en su espectáculo. Y del tiempo también, a juzgar por la bronca que me echó mi jefe cuando regresé a mi puesto. Al parecer llevaba bastante reclamando mi presencia en su despacho, tanto como la pescadera echando en falta a su más reciente incorporación. Y tuvo que ser precisamente el más bocazas de la tienda el que nos descubrió. Prefiero no repetir la sarta de estupideces que se inventaron a nuestra costa. De todo dijeron. Y nada cierto. En fin. Es lo que tienen los compañeros de trabajo. Les encanta saber. Y exagerar, todavía más. 

Ya no me importa lo que digan. Eso seguro. Sobre todo ahora que sé dónde encontrarla. Y salí pitando a por el coche en la hora del almuerzo. Crucé los dedos desesperado por que la información que conseguí fuese correcta. Ella tendría que estar trabajando en el instante en que me plantase delante. Y mis vítores de alegría anticiparon mi aparición, obligándola a levantar la vista hacia el pasillo central por el que venía a todo correr. Con lo que ya no contaba es que la fama me precediese, ya que esta vez era un tipo calvo y bajito su supervisor. Y fue él precisamente quien la miró entrecerrando los ojos, después de mirarme a mí de arriba abajo nada más frenar en seco a pocos centímetros del mostrador del pescado. “Ni se te ocurra”, la amenazó en un susurro, pero implacable. Bajó la vista de inmediato, escudriñando ensimismada las entrañas del besugo que estaba despiezando, y por un momento temí que se echase atrás. Hasta que sonrió de lado y lo supe. “No me gustaba mi jefe”, me aclaró un mes después en la pescadería del siguiente hipermercado. Y yo bendigo a diario que sea un culo inquieto. 

by Eva Loureiro Vilarelhe 

14 comentarios:

  1. Interesante.
    No se de donde sacas tanta imaginación.
    Muy entretenido, pero también sabe a poco jajaja.

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    1. Muchas gracias por pasarte y dejar un comentario. Se hace lo que se puede y soy una especie de pozo sin fondo ;)

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  2. Muy original! Para nada un historia sencilla ni típica! Me ha gustado mucho :)

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    1. ¡Muchas gracias por pasarte y dejar un comentario, María! Me alegro de que te haya gustado, coincido contigo, creo que es una historia un tanto atípica ;)

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  3. Jaja, excelente para las mentalidades primigenias masculinas

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    1. Bienvenido José Luis, muchas gracias por dejar un comentario. Tienes razón, a veces se dan por sentado muchas cosas y, en este caso, las apariencias engañan. La frase "esto no es lo que parece" le viene al pelo... ;)

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  4. Estupendo relato Eva! has trenzado una historia en torno a dos protagonistas nada convencionales, y eso junto con el ritmo que imprimes a la historia hacen tu entrada realmente especial. Enhorabuena!

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    1. Gracias por pasarte y dejar un comentario, Baile. Creo que cuando más me divierto contando una historia mejor es el resultado, y este es el caso, desde luego, me lo he pasado genial escribiéndola. Me alegro de que te haya gustado, gracias por compartirla.

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  5. Jajaja, me ha gustado mucho Eva. Realmente juegas con el "típico" lenguaje masculino para crear un relato con mucho ritmo, original y como siempre con humor. Hay que estar muy atenta a tus relatos porque siempre tienen "algo" que se nos puede descolocar...
    ¡Me ha encantado! Enhorabuena y un abrazo.

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    1. ¡Gracias por pasarte, Ziortza! Qué bueno que te haya gustado, el humor es mi debilidad y en este caso jugueteando con el sentido del lenguaje, como bien dices, me he divertido mucho. Me alegro de que se note en el resultado. Muchas gracias por dejar un comentario y un abrazo. Feliz fin de semana ;)

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  6. Bien, me gustó, parece lo que no es que parece lo que es y me llevó hasta el final. Gracias.

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    1. Muchas gracias a ti por pasarte y ser tan amable de compartir lo que te ha parecido mi relato. Bienvenido a mi rincón :)

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  7. Confieso que tuve que buscar en Google varias expresiones que utilizas en el texto que pones en boca del chico que cuenta, las cuales entiendo que son típicas en el lenguaje coloquial. Eso le da frescura a la narración. De todas maneras tuve que leerlo dos veces para ver si no me había perdido de algo. Y es que sabes manejar la intriga dando esas pistas de algo que parece pero no es. Tuve que llegar a imaginar la camisa colgada y a ella haciendo "las imposibles figuras que consigue hacer con la sombra de sus manos" para darme cuenta de cuál era el encanto que ve el muchacho en esta chica que la pintas pícara para que nos enganchemos en la "acción" que ella le promete cuando van a encerrarse, y de ese modo llevarnos a pensar en otra cosa.
    Eva, eres ingeniosa y cuentas con mucho humor, es un placer venir a leerte. Luego de hacerlo me he dado cuenta lo que disfrutas al escribir esas cosas. Tienes la habilidad de una ilusionista y se nota que te gusta mostrar tu arte. Enhorabuena. Pícaro personaje en manos de una pícara escritora!!
    Un beso.
    Ariel

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    1. ¡Tu comentario tiene mucho mérito, Ariel! No solo te has molestado en leerme, sino que además tuviste que andar a la caza de las expresiones que se te escapan... Eres un encanto, de verdad. Las sombras chinescas me han atraído desde niña y creo que tienen tal poder de seducción que nos impide separar la vista de la a veces improvisada pantalla (como en este caso es la camisa), comparable a otro tipo de seducción a la que aludo de manera tangencial para favorecer la confusión de esta trama. Es una especie de ilusión, como bien dices, y confieso que me gusta mucho jugar a ser ilusionista con las palabras. Muchísimas gracias por pasarte una vez más, Ariel. Un beso.
      Eva

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