jueves, 4 de mayo de 2017

Aprendiz de fan


“¡Verde!”, exclamó de repente y del sobresalto casi me mancho la mejilla de carmín. La miré por el retrovisor pisando el embrague para dejar atrás el semáforo y le sonreí. “Tranquila, llegamos enseguida”. Apenas la reconozco, ha estado enferma un par de veces en los últimos meses y ha pegado un estirón enorme. Ya no cabe en su sillita del coche y todavía me sorprende verla sin ella, porque le queda perfecto el cinturón del asiento trasero y acaba de cumplir ocho. Juguetea intranquila con el monedero, asomando la cabeza de cuando en cuando para comprobar la hora. He tenido que sudar tinta para escaparme antes del trabajo. Mea culpa, he de reconocer. 

El jueves tenía que haber parado en el centro comercial al salir, pero se me pasó. Llevamos un par de semanas de cabeza en la oficina, el jefe está que muerde y las broncas son constantes. Las ventas no solo no despegan sino que están de capa caída y poco podemos hacer nosotros, la verdad, aguantar el chaparrón y punto, él insiste en que tenemos que ponernos las pilas y nos mira mal si pedimos un día por asuntos personales. Se supone que el sábado no trabajo, pero justo ése se le ocurre hacer una reunión de marketing hasta las cinco con comida incluida. Tendría margen suficiente para llevarla a la firma de discos, si no se me hubiese ido el santo al cielo el jueves. 

Los gritos que le pegó a mi compañero aún resonaban en mi cabeza cuando entré en casa. Ella vino corriendo a la puerta, como habitualmente, salvo que no me dijo lo de “¡Hola, mamá! ¿Qué tal tu día?”, que me obliga a comérmela a besos muerta de hambre como llego. No. En lugar de eso me preguntó excitada: “¿Lo has traído? ¡Déjame verlo, porfa, porfa!” La perplejidad que floreció al instante en mi rostro no le hizo ninguna gracia, obligándola a refunfuñar: “Venga, va, mamá, no bromees...” Pero entonces el pánico que reflejaron mis pupilas al caer en la cuenta de que me había olvidado por completo, la hicieron dar media vuelta igual de rápido que había venido. Sollozando por el camino, dicho sea de paso. Mi marido me reconfortó en el sofá mientras escrutaba la pantalla en busca de algo decente que ofrecerle a nuestros cerebros exhaustos. “No te preocupes, se le pasará, el sábado lo cogéis antes de poneros a la cola, a primera hora no creo que haya tanta gente...” Asentí dejando que se me cerrasen los párpados para no pensar en lo que me esperaba y dormité a su lado semiconsciente de cómo me acariciaba el hombro durante un buen rato. 


Así que me quedé el viernes hasta tarde para que mi jefe no me mirase raro al salir media hora antes de la reunión. Cosa que hizo igualmente, cómo no. Ni se me ocurrió pedirle permiso para acompañarla al centro de salud por la mañana. Ella había rodeado el sábado con un círculo rojo de rotulador idéntico al que utilizo para marcar las consultas en el pediatra, las visitas al dentista, o las revisiones del oculista de su hermano. Su padre sonrió divertido al comprobar que me había olvidado de marcar el viernes, y lo hizo él, justo a continuación de que ella pusiese una estrella para adornar su acontecimiento. “¡No puede ser! ¿Justo el día antes?, gimió lastimosa mientras los hombres de la casa se reían a su costa. “Toca vacuna, cariño, me olvidé de decírtelo, pero no te preocupes, el abuelo irá contigo, yo ya sabes que no puedo.” Se le atragantaron los cereales del desayuno y no volvió a dirigirnos la palabra hasta la hora del almuerzo. Papá me llamó a media mañana para decirme que había ido todo bien, lo conozco demasiado para saber que miente. “Es una campeona, ni un ay... Bueno, uno igual, sí, pero ya está. Le compré una piruleta al salir, pero no te preocupes, se la daré después de comer.” Traducido: los gritos debieron de haberse escuchado al menos dos kilómetros a la redonda y ya se habría zampado un par de chuches como mínimo. En eso no se parece a mí. Es una quejica y le dan pánico las agujas, yo apretaba los dientes y no se me escapaba ni una lágrima. Ella en cambio se asusta por todo, aunque es más simpática y extrovertida que yo, por eso me hace tanta gracia que seamos casi idénticas físicamente, siendo nuestros caracteres tan diferentes.

“Quiero ir tan guapa como tú”, me dijo la víspera y le pinté las uñas porque evidentemente no pensaba maquillarla. Le encantaría, por supuesto, es lo que hace aprovechando que no estoy en casa, y cuando llego me la encuentro disfrazada con lo primero que encuentra en mi armario y la cara tan pintarrajeada que luego me cuesta lo suyo limpiársela en la ducha. El problema era la ropa, yo pasaría a recogerla sin tiempo para mudarme el traje y a ella no sabía qué ponerle. No había tenido tiempo para comprarle nada últimamente y todo le queda raquítico o enorme, así que la noche anterior  le dejé en la silla colocado su jersey preferido. Le di un par de vueltas a las mangas para que no se note que le están cortas, y lo combiné con una camiseta que le va grande por debajo para que no se le viese el ombligo. Le cogí un pantalón que ya no le sirve a su hermano y sonreí al ver que le iba genial. ¿No se llevan los vaqueros tipo boyfriend? Pues esto es más o menos lo mismo. Le dejé su preciosa melena lisa suelta e inmediatamente se la atusó con la soltura de una modelo profesional. Está tan mayor...

Tanto que quiso pagar ella el CD con sus ahorros. El abuelo contribuyó un poco para que no se le agotasen los fondos, por aquello de no dejar la hucha medio vacía. Eso sí, le dio la misma cantidad a su nieto para que no pensase que pretendía interferir en sus asuntos económicos. Su hermano puso los ojos en blanco al verla metiendo semejante cantidad de calderilla en su monedero de Hello Kitty y ella arqueó una ceja ofendida. Vaya par, uno mirándose al espejo durante horas para colocarse el flequillo, y la otra enseñándole a su muñeca de trapo las uñas de los pies pintadas a juego con las de las manos antes de disponerse a dormir. No pegó ojo, la pobre. Vino tres o cuatro veces a nuestra habitación a preguntar si ya era hora de levantarse, y su padre acabó por dejarla meterse en la cama para poder descansar nosotros. Se quedó rendida abrazada a mí casi de madrugada y, de no ser por lo grande que está, me parecería que fue ayer cuando le di el pecho por última vez. 


Ahora devora. Se zampó en un suspiro el bocadillo de la merienda sin darme ni tiempo a mí de coger algo para matar el gusanillo. Cuando regresé del baño ya estaba esperándome en el descansillo, no me quedó más remedio que retocarme el maquillaje en el coche, las ojeras con el rímel reseco imposibles de ocultar, tiré de rojo de labios para disimular. “¡Date prisa! Como haya cola también para comprar el disco ya verás...” Por favor, que el chute de Apiretal le haga efecto ya, o me va a acabar sacando de mis casillas. Es una lástima no haberme tomado otro yo, igual me quitaba este maldito dolor de cabeza... La hilera de gente llevaba el carro hasta los topes. Sábado a primeros de mes, compra gigante. Por lo que no le quedó otra que armarse de paciencia. Cogió ella el disco tan rápido y tiró de mí tan fuerte que casi me caigo. Los señores que nos tocaron delante en caja se compadecieron de ella. “Si lo llegamos a saber te dejábamos pasar, guapa, pero ya nos han empezado a cobrar. Eso sí, los cromos esos de las galaxias te los regalo, que mis nietos no los quieren.” Me los metió en el bolsillo de la americana a toda prisa obligándome a seguirle el paso hasta el tinglado que montaron para la firma. Todavía no había llegado la estrella y me alegré de haber conseguido al menos no defraudarla en eso. 

La fila tampoco daba demasiadas vueltas aún por las cintas que zigzagueaban delante del escenario. Una foto gigante de su ídolo le hacía brillar la cara con la emoción, paré a coger un descafeinado en vaso de cartón a fin de calmar los rugidos de mi estómago y aprovechó para soltarse de mi mano. La vi alejarse segura de a dónde debía dirigirse y un escalofrío me recorrió la espalda. Poco más baja que las adolescentes que tenía delante, las observaba tímida acariciando el sobado CD recién comprado, ellas intercambiaban impresiones a viva voz con otro grupo de chicas que estaban casi de primeras, dando botes y soltando sonoras risitas sin venir a cuento. Parece una aprendiz de fan a su lado, pero reconozco que ya no es mi niña pequeña. Se está haciendo mayor y en cuanto me despiste y la pierda de vista vuelve a mi lado hecha una chica. “Es lo que nos queda,” sentí decir a mi espalda, “peregrinar a las firmas de discos y a los conciertos.” La madre que suspiraba compungida me indicó el lugar idóneo para hacer las fotos y se lo agradecí. “Aquellas dos locas son las mías. Mellizas. Mi marido no quiere saber nada. Está tan harto de que le calienten la cabeza con su música que hasta se pone tapones para poder echar la siesta...”

Y así fue. Esperé pacientemente a que le tocase a ella subir al escenario. Noté lo que le temblaban las piernas, lo bajo que susurró su nombre cabizbaja. Tanto que no la oyó y se lo deletreó como hace siempre con su primo irlandés cuando la llama Claire en lugar de Clara. A la cantante le dio la risa y la miró con la misma ternura que yo, porque en el fondo no es más que una niña. Como demostró al contarme lo que les había escuchado hablar a las chicas que tenía delante. Que si su color del pelo no puede ser natural. Que si es más alta de lo que parece en la tele. Que si en las fotos sale más guapa de lo que es. Hasta que concluyó convencida: “Mamá, a mí me parece maravillosa, ¿sabes? Hoy es el día más feliz de mi vida.” Claro, hija, pensé para mí acariciándole la cabeza, y lo que no sabes es que te quedan muchos todavía por vivir. 

by Eva Loureiro Vilarelhe

6 comentarios:

  1. Hola!! Has convertido una anécdota en una bonita historia. Qué no harían las madres por sus hijos!! No sé cuánto tiene de verídico no cuánto de ficticio, pero me ha encantado!
    Un besito y feliz jueves! :)

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    1. Nunca se sabe muy bien hasta qué punto ficciona un autor sobre su vida... y hasta ahí podemos leer ;) Ahora en serio, me alegro de que te haya gustado y de que seas tan amable de dejar un comentario. Muchas gracias por todo y feliz fin de semana :)

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  2. Estoy de acuerdo con María en qué no haría una madre por sus hijos, me he leído el relato con una sonrisa llena de ternura.
    Un saludo

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    1. Muchas gracias por leerme y dejar un comentario, Contxita. Creo que cualquier madre haría lo mismo, coincido plenamente con vosotras, es más nos sale esa ternura de manera espontánea incluso con los hijos de los demás... Buen fin de semana y gracias una vez más.

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  3. Como siempre Eva tus relatos sobre situaciones cotidianas y relaciones personales y familiares son estupendos. Con ese humor tan característico, aunque reconozco que se me ha quedado una sensación agridulce, es como si las cosas se adelantasen cada vez más, lo de los niños me deja asombrada.
    Enhorabuena de nuevo Eva, por un relato tan conseguido.
    Un abrazo muy fuerte.

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    1. Muchas gracias por leerme y dejar un comentario tan elogioso. Coincido contigo en que al parecer se aceleran los procesos cada vez más, tanto es así que incluso podríamos hablar de una pre-preadolescencia, pero bueno, tampoco podemos dejar de lado que la inocencia en los niños sigue ahí, sólo hay que saber verla y potenciarla si cabe de alguna manera, para demostrarles que hacerse mayor está bien, pero conservar algo de la candidez de la infancia no es malo, sino todo lo contrario, es bonito y es lo que se ve en la hoja de la protagonista, que sigue siendo una cría, por eso todavía le queda mucho que aprender... ¡Muchas gracias y un abrazo, Ziortza!

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