jueves, 18 de mayo de 2017

¿Ligar? ¿Qué es eso?


Miré de reojo el minutero del reloj y me estremecí de nuevo. Paula resopló a mi lado, más bien porque le sacaba de quicio mi actitud, y no porque estuviese acelerando el proceso de secado del esmalte de uñas. “¡Perfectas!”, exclamó satisfecha al cabo de unos instantes. Me incorporé ligeramente para observar incrédula lo maravillosos que relucían mis dedos coronados de rojo, para inmediatamente dejarme caer sobre la cama extenuada. Tanto preparativo, ¿para qué, a fin de cuentas? Si en menos de media hora me tendría calada y acabaría de cenar lo antes posible, alegando cualquier indisposición para librarse de mí nada más terminar. Pero vayamos por partes. El agobio me entró esta mañana, sí, bueno, lo que pasa es que todo empezó hace un par de semanas, durante la pausa para el café. 

Paula, además de ser mi mejor amiga, es mi compañera de trabajo. Nos pasamos ocho horas diarias sentadas una al lado de la otra en una oficina delante de un ordenador. Nos vamos juntas al gimnasio al salir, y después la acompaño a recoger a sus hijos a las actividades extraescolares. Tiene suerte, su madre es diabética como ella y la obliga a hacer ejercicio, por eso puede permitirse el lujo de bailar zumba mientras los abuelos se encargan de llevar a Jaime y a Pepe a fútbol, a inglés, o a lo que se tercie. Son gemelos y dan más guerra que si fuesen quintillizos. Ella siempre quiso una niña y al saber que eran niños, y dos, casi le da algo. En cambio a mí ya me gustaría tener alguno, por mí como si me viene una rana, vamos, aunque a mi edad ya he tirado la toalla. 42 castañas y sola, lo tengo crudo. 

Bueno, a lo que íbamos, que esa mañana se metieron conmigo los chicos de contabilidad, nosotras estamos en nóminas y ellos se dedican a cuadrar las cuentas, hay un par de chicas nuevas que están en prácticas, pero el resto en realidad son carcamales que llevan aquí desde que abrió la empresa. Me estaba quejando de que no tenía planes para el fin de semana, Paula se tenía que quedar en casa con Fran y los niños, que andaban con mocos, y suelo irme de fiesta con un par de amigas que conservamos del instituto, las únicas sin pareja como yo, las dos divorciadas (el resto o casadas, o fuera de juego) y, como que no nos apetece ir a cenar con las parejitas, nos lo montamos las tres por nuestra cuenta. Pero justo esa semana ellas estaban también con gripe, y en esas metió baza uno de los viejos: “A ver cuándo te echas novio de una vez para que te saque a pasear, Berta, que con ese culo que tienes no entiendo cómo no te tiran más los trastos...” “¡Los jóvenes de ahora, que no tienen ni idea, dicen que están rebuenas y cuando miras para ellas son palos con melena!”, le respondió otro, y casi acaban por tirar sus cafés entre carcajadas. Suspiré sin hacerles ni caso al quedarnos solas, y noté cómo me miraba. “¿Qué?”, le pregunté al ver que no reaccionaba, “¿No irás a decirme que necesito un tío para que me saque? ¡Vamos, ni que fuera un perro!” “No, mujer, no es eso”, puso los ojos en blanco, “¿Hace cuánto que no tienes una cita?” Entonces los puse yo en blanco. “No empieces, Paula que te conozco...” 


Al día siguiente se abalanzó sobre mí en el ascensor: “¡Este fin de semana no puede, que trabaja, pero el siguiente sí!” “¿Quién puede qué?”,  le pregunté aturdida, me sienta mal madrugar y hasta bien entrada la mañana no soy realmente yo, sino más bien un autómata que maneja mi cuerpo a su antojo. “Diego, un amigo de Fran, que está libre desde hace unos meses y nos enteramos ahora.” “¿Libre? ¡Ni que fuera un taxi!”, mi sarcasmo la hizo sonrojarse. “Bueno, ya me entiendes, no está con nadie, tuvo una novia, pero rompieron en Navidad. Lleva ya divorciado varios años, tiene una hija de seis, ¡más linda! ¡Para comérsela, de verdad! La ve poco, eso sí, porque la madre se volvió al pueblo de sus padres al quedarse en paro. Él estuvo algo perdido al principio, ya sabes, a saco con todo lo que usaba faldas a menos de diez kilómetros a la redonda... Ahora está más calmado, un par de chicas después de dejarse con su novia y poco más. Dice que está mayor para andar de flor en flor, y que prefiere encontrar a una decente.” “Ya. ¿O sea que la decente ésa soy yo? ¿Pero a Fran y a ti se os ha ido la pinza o algo? ¡Si ni siquiera lo conozco! ¿Cómo voy a quedar con un desconocido?” “Se llama cita a ciegas, ¿te suena?” “¡Sííí, claro! ¡Si hasta hay un programa en la tele y todo! ¡Anda, no me hagas reír!”

Ni que decir tiene que se pasaron el resto de la semana convenciéndome para que fuera. Diego reservó mesa para el sábado por la noche en un coqueto restaurante del centro y tuvo la gentileza de enviarme la localización por Whatsapp. ¡Genial! ¡No lo he visto en mi vida y ya tiene mi número! “Se lo he dado yo, claro, pensé que no te importaría...”, se disculpó Fran mientras le ayudaba a ponerle el pijama a los gemelos. Yo les metía las mangas y las perneras en su sitio mientras él se afanaba porque no nos diesen patadas con sus saltos entre risas, litera arriba, litera abajo. Su cara de exagerado arrepentimiento me hizo olvidar el enfado y asentí claudicando. “Es un buen tipo, de verdad”, me dijo sonriendo de oreja a oreja al instante, “lo conozco desde ya ni me acuerdo y es de fiar, sino no te lo emplumaríamos... Esto... quiero decir... Que sino no te lo recomendaríamos, ¿sabes? Lo pasó mal con el divorcio, no se lo esperaba, su mujer le puso los cuernos y tal... Así que mejor no toques el asunto durante la cena, ¿vale?” Asentí de nuevo en silencio perpleja, pensando en cómo iba a ocurrírseme sacar semejante tema en una primera cita. 

¿Una cita? El sábado el ataque de pánico al salir de la ducha y mirarme al espejo, me obligó a meter la cabeza entre las rodillas y respirar hondo a fin de no perder el conocimiento. Llevo tanto tiempo sin comerme un rosco que ni recuerdo el último pol..., bueno, la última vez que estuve con alguien. Los gemelos tienen siete años y creo que cuando eran bebés no podía quedarme nunca con ellos los fines de semana porque solía estar inservible. De resaca, vamos, y muchas veces amanecía con un tipo que no reconocía a mi lado. Llamaba a Paula procurando no gritar por la histeria, y Fran aparecía al poco en mi apartamento para ayudarme a echarlo, sin armar escándalo para que mi casera ni se enterase. Vive justo debajo y se supone que no puedo llevar hombres a casa, solo novios formales, me dijo inflexible al darme las llaves, y de hecho todavía cree que Fran es mi primo, primo hermano para ser exactos, por aquello de no dejar lugar a dudas. A mis amigos les devolví los favores con creces, que conste, quedándome con los críos muchísimas noches para que pudiesen salir a cenar, o al cine. Aunque ahora los gemelos tienen tanta vida social que se dedican a quedar con los padres de sus amigos y ya no me necesitan tanto. “¡No puedo ir, invéntate algo, pero no puedo ir!”, le dije esta vez por teléfono atacada de los nervios. Se plantó en mi casa a media tarde después de dejar a los niños en un cumpleaños, sacó un arsenal de esmaltes de una bolsa de papel y me preguntó convencida: “¿Ya has decidido qué llevarás? Me he traído todos los que tengo, por si acaso.” Me dejé caer en el sofá con el pijama y el pelo todavía sin peinar. 

“Rojo putón”, escribió Fran en el mensaje y me dio la risa. “¡Te lo dije! El negro nos gusta a nosotras porque nos vemos más delgadas, pero a ellos les pone el rojo...” Le había enviado las fotos de los dos vestidos entre los que dudábamos, como hay confianza no me importó que me viese sin maquillar ni nada. Él ni se inmuta, creo que más que por mi primo podría pasar perfectamente por mi hermano, lleva con Paula desde el instituto y ya lo conocíamos de antes, del barrio. Debe ser el único hombre que no me preocupa que me haya visto las bragas de cuando estoy con la regla. “¡Joder, parecen las de mi abuela, Berta, si te ve alguien con esto puesto no se le levanta en la vida!”, me dijo mientras doblábamos la colada. No tengo lavadora y aprovecho que estoy tanto tiempo en su casa para hacerla y no darle más trabajo a mi madre. “Son cómodas”, le dije a modo de disculpa, pero hasta yo reconozco que son horrorosas. Paula sacó del cajón el último conjunto de encaje que me compré en las rebajas y entrecerré los ojos: “¡No pienso acostarme con él en la primera cita!” “Pues antes no tenías tantos reparos a la hora de ligar...”


¿Ligar? ¿Qué es eso? Me pregunté a mí misma ensimismada. Supongo que se referirá a cuando salíamos juntos antes de tener a los niños. A veces incluso ella y yo solas, si Fran se iba con sus amigos. Llegué a dejarla plantada más de una vez por liarme con el primero que pasaba. Borracha siempre, eso sí. Ni recuerdo lo que me decían. Tampoco lo que les decía yo, porque también les entraba si me gustaban. Pero desde que ando con las dos lobas, como las llama Fran, nada de nada. Ellas sí que saben. Al principio desayunaba con ellos los domingos antes de acostarme para contarles sus tácticas de ataque, y nos partíamos de risa tapándoles las orejas a los peques para que no escuchasen las barbaridades que les escenificaba y todo. ¡Le echan el lazo a cualquiera! ¡Es poner el ojo en uno y cae fijo! Jóvenes. Maduros. Altos. Bajos. Guapos. Feos. ¡Les da igual! El caso es no acabar solas la noche. Yo a su lado, una principiante... Tanto es así que ya ni me acuerdo del último con el que estuve. ¿Cómo voy a ligar yendo con ellas, si arrasan con todo hombre sin acompañante que encuentran a su paso? ¡Y hasta acompañados, que éstas no le hacen ascos a nada! Me veo guapa reflejada en el espejo, tanto que no parezco yo, llevo tiempo sin arreglarme como es debido, total, no vale la pena, para el caso que me hacen... Y ahora me siento como una estúpida. Todo fachada. Vestido rojo apretado, taconazo y medias de rejilla. Melena impecable y manicura perfecta gracias a mi amiga. ¿Y qué le voy a decir? Esta semana me di cuenta de que empieza a gustarme. 

De tanto bucear en su perfil de Facebook parece que lo conozco. “¿Sabe cuántos años tengo?”, le pregunté a Paula ingenua y camufló las carcajadas fingiendo un ataque de tos. Después me miró intentando contener la risa, pero nos partimos juntas cuando me soltó: “¡Parece mentira que no conozcas a los tíos a estas alturas! ¡Fran le habrá dicho hasta tu talla de sujetador!” Espero que lo de las bragas de vieja no, por favor, pensé para mí. No retoca mucho las fotos que cuelga, en eso se parece a mí. Los 47 se le echan, sí, pese a que tiene una sonrisa risueña que lo hace más joven. En unas se le nota tanto la barriguita de pasarse horas sentado conduciendo el bus, como a mí las cartucheras de la oficina. En otras sonríe feliz con su niña, y me enternece ver cómo se ve que la quiere. Al principio no me gustó demasiado. Está un poco calvo y tiene unas manos un tanto groseras, de tan grandes. Aunque ahora ya me he ido acostumbrando. Sus amigos lo aprecian, a juzgar por los comentarios que le ponen en las publicaciones, y suele comer los domingos en casa de sus padres. Cuando le toca la niña, siempre, para que la vean. Por eso me preocupa lo que piense de mí. No quiero quedar como una tonta. Y reconocer que no tengo ni idea de cómo comportarme en una cita me hace doler el estómago. ¿A que no voy a poder ni probar bocado, y parezco una de esas que está siempre a dieta? 

Fran me dejó en persona en la puerta del restaurante. Supongo que no se fiaban de que fuese a ir, porque hasta me dio un último empujón antes de entrar. En realidad fue una palmada en el trasero, la confianza da asco en estos casos: “¡Anda, que hoy triunfas, churri! ¡El rojo te favorece!”, y me guiñó un ojo sonriendo socarronamente. Es más alto de lo que aparenta en las fotos, y más calvo también, pero se corta el pelo muy corto y no se le nota tanto. Me gustó su colonia y que sus manos fuesen más suaves de lo que creía. “¿Nerviosa?”, me preguntó tras saludarme y le solté de golpe, “No, lo siguiente”, entre risitas tontas. “Yo también, no creas, se me hace raro,” continuó sin darle importancia a que casi me caigo de la silla al sentarme, “pero de tanto que me ha hablado de ti Fran estos días, hasta creo que te conozco un poco.” Sonreí con cara de circunstancias y me tranquilizó: “Nada malo, eh, que le caes muy bien. A Paula ya no digamos... Estás muy guapa, por cierto, mejoras en persona. ¡Ya veo que no eres de esas que cuando te las encuentras ni las reconoces!” Nos reímos juntos y me alegré de no utilizar filtros, photoshop, ni nada de eso.

Y tras un par de platos me encontré el postre delante, sin darme ni cuenta de que el tiempo había volado y seguíamos sin dejar de charlar. Y que a pesar de mis meteduras de pata, mis nervios y mis caras raras, lo estábamos pasando bien y todo. Porque es un tipo simpático, que le gusta el buen vino y poder mantener una conversación tranquila sobre cualquier cosa. “No soy muy culto, pero últimamente me ha dado por leer, por aquello de darle ejemplo a la niña... ¡Y, claro, la falta de costumbre! ¡Yo es que no tenía ni idea de qué debía leer! Y allá me voy a la biblioteca una tarde que tenía libre. La señora me miró por encima de las gafas y me dijo toda seria: Usted lea el libro de alguna película que le haya gustado, que le aseguro que le da mil vueltas. ¡Así que tienes ante ti a todo un forofo de la literatura de ciencia ficción! Y que sepas que Stephen King es un crack por algo... Pero Asimov es un clásico por lo mismo.” Y las carcajadas resonaron en el comedor de tal manera, que algunos comensales próximos nos miraban sonriendo de medio lado. Sí, se nota que entre nosotros hay química, y me alegro de haberle hecho caso a Paula, porque igual esta noche estreno el conjunto y todo. 

by Eva Loureiro Vilarelhe

8 comentarios:

  1. Qué relato tan entretenido y ameno, Eva. Poco a poco he ido empatizando con la protagonista y al final, como la propia Paula, estaba deseando que la cita le fuera muy bien y que Diego y ella se entenderan. Supongo que es la romántica empedernida que hay dentro de mí y que ha salido a leer tu estupendo relato. Lo he disfrutado mucho, gracias :)

    ¡Un beso!

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    1. Me alegro de que te haya gustado, Julia, y tienes razón, creo que se va empatizando con la protagonista a medida que conocemos su historia, y que también ella es en cierto sentido una romántica empedernida ;) Muchísimas gracias por pasarte y ser tan amable de dejar un comentario ¡Feliz semana!

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  2. ¡Cómo la vida misma, oye! Es cierto que normalmente las citas a ciegas no suelen ir bien, es más, yo creo que la gente se sugestiona y ya de entrada va de malas maneras. Pero me ha sorprendido el relato, has descrito perfectamente la vida cotidiana de una mujer, muy bien escrito, como siempre, y tremendamente divertido y ameno. ¡Y con final feliz (de momento!
    Un besazo Eva y ¡feliz martes!

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    1. Muchas gracias por pasarte, Ziortza, y por tus amables palabras. Estoy de acuerdo contigo, las citas a ciegas no son un buen invento, pero lo cierto es que parece que están de moda, así que ¿por qué no jugar un poco con el tema a ver qué pasa...? ;) ¡Un beso enorme para ti también y feliz semana!

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  3. Qué quieres que te diga, los chicos creo que tenemos una perspectiva diferente sobre lo que es el día a día de una chica, imagino que es una cuestión ligada al género,... en todo caso yo también he empatizado con la protagonista y me he alegrado que todo haya salido bien,... Estupendo relato Eva!

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    1. Es eso precisamente, una cuestión de perspectivas, no de verdades... Me alegro de que te haya gustado y por si te interesa te hago un pequeño spoiler del próximo relato, toca perspectiva masculina ;) ¡Gracias por pasarte y dejar un comentario, Baile!

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  4. Me ha encantado! La verdad es que las citas son una apuesta, a veces salen bien y otras mal, pero hay que arriesgarse. Me ha parecio un relato muy cotidiando y ameno!!
    Un besito! :))

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    1. Gracias por leerme y ser tan amable de dejar un comentario, María, me alegro de que te haya gustado. Es así, si no te arriesgas no consigues nada al final ;) ¡Besos, guapa!

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