jueves, 11 de mayo de 2017

Romance en hibernación


Dicen que el tiempo todo lo cura. Dicen que toda pasión acaba por agotarse. Dicen que todo pasa. Yo no estoy de acuerdo. Quizás es que soy raro. Tal vez es que jamás me había ocurrido nada igual. No estoy seguro. Tampoco tengo nada mínimamente semejante con qué comparar. Pero creo haber encontrado la fórmula. La manera, digamos, de no sufrir por un amor imposible que me estaba volviendo loco. 

No viene al caso entrar en detalles sobre las diferentes razones por las que lo nuestro no podía ser. No pudo ser y punto. Tampoco deseo resarcirme en el dolor que he soportado desde que la conocí. Ocurrió tan rápido que me cogió desprevenido. Por eso no sentí el pinchazo hasta unas semanas después. Pensaba que los continuos dolores de cabeza eran jaquecas provocadas por el estrés, por el trabajo, por cualquier cosa menos por lo que siento por ella. Y me equivoqué. Como tantas otras veces. La quiero tanto que me dolía saber que nunca sería mía. 

Así que decidí ponerle remedio. La congelé. Resultó más fácil de lo que esperaba, la verdad. Conozco de sobras sus rutinas. Simplemente la esperé cuando se dirigía a hacer los recados y la rapté. Fue sencillo. Vino conmigo de buen grado como si fuésemos a tomar uno de los cafés a los que solía invitarla. Me costó más dormirla. Eso sí. No entendía a santo de qué debía limpiarle una inexistente mancha en la mejilla con un pañuelo empapado en cloroformo. Casi me caigo yo redondo al demostrarle que era agua, poniéndomelo junto a la nariz fingiendo que no sabía de dónde provenía aquel olor tan fuerte. En fin. La pobre confiaba tanto en mí que se dejó hacer. Poniendo caras raras, todo hay que decirlo, porque mi representación teatral no debió parecerle muy convincente. En el colegio descubrí que no tenía madera de actor, habitualmente hacía de árbol. 

Tenerla sin sentido entre mis brazos fue un sueño. Durante unos instantes la contemplé maravillado. Cómo desearía que fuese tras haberla poseído. Pero no. La llevé a mi casa y al atravesar el umbral se me hizo un nudo en la garganta. Le susurré al oído. En la riqueza y en la pobreza. En la salud y en la enfermedad. Hasta que frené en seco en el sí, quiero. No podría responderme así que preferí ahorrarme el mal trago. 

Dudé en desnudarla. Su respiración tranquila hacía elevar y descender delicadamente el pecho que asomaba por el escote. Deseaba tanto verla que le desabroché un par de botones de su blusa. El encaje del sostén me obligó a tragar saliva. Tan blanco y puro como su alma. Lo acaricié sintiendo su sedosidad. Su piel era infinitamente más suave. Quería recorrerla entera con mis labios. Sin embargo volví a abotonarla evitando rozar su atrayente cuello. Un mechón de su melena resbaló por un movimiento reflejo y se lo coloqué detrás de la oreja con cuidado. Sabía que era una estupidez. No iba a despertar tan rápido. La miré un par de segundos más para retener su calidez en mi memoria y cerré los ojos suspirando. Su sonrisa viene a mi mente en cuanto pienso en ella. Y su elegancia natural me fascina. Es tan bella siendo imperfecta que no podría imaginar un ser más perfecto. Adorable de trato y carácter. Mágica cuando abre la boca. Sea para hablar o para reír. Es un auténtico imán. Me abracé por última vez a su cuerpo de diosa. Para mí es todo lo que puedo desear que sea una mujer. Y la odio también por el mismo motivo. ¿Cómo pudo hacerme eso? ¡¿Ser perfecta para mí y no ser mía?! 


Ahora lo es. Le doy los buenos días cada mañana antes de preparar el desayuno. Me abrigo bien y abro la cámara frigorífica que compré a su medida. No fue cara. No es muy alta y no tuve que encargarla de un tamaño especial. Lo que sí quería es que fuese vertical. Nada de tenerla acostada en un arcón. Ni en posición fetal. De pie como está tengo la impresión de que va a echarse a andar en cualquier momento. Tuve la paciencia de esperar a que estuviese semicongelada para abrirle los párpados. No sufrió. Dormida como estaba su pulso se fue ralentizando. Saboreé hasta el último de sus latidos consciente de que ya no importaba que no lo hiciesen por mí. 

Queda siempre a buen recaudo. Cuando vuelvo de trabajar está esperándome. No con la cena preparada por motivos evidentes, pero da igual. La preparo charlando con ella. Suelo bajar los grados del congelador mientras la puerta está abierta para tratar de mantenerla a una temperatura constante. Al parecer eso ayuda a que el cadáver aguante mucho más tiempo incorrupto, o eso dicen en internet. Ella está más fresca que una manzana, desde luego. Incluso conserva el rubor característico de sus mejillas. Reconozco que ahora disfruto más de ella que antes. Nuestras conversaciones son mucho más animadas y amenas, aparte de que no se ven interrumpidas porque tenga que regresar a sus quehaceres cotidianos como pasaba con frecuencia. A veces dudo de si en el fondo no sería una excusa para librarse de mí, pero ya poco importa. 

Nuestro romance en hibernación, como me encanta denominarlo, avanza a pasos agigantados día a día, y al fin me he decidido por el anillo. El del diamante que me recomendaba el dependiente de la joyería me pareció un poco frío, y me decanté por uno con un enorme rubí. Sus labios han adquirido un tono rojizo similar, imagino que a consecuencia de que el carmín está deteriorándose y me gustó comprárselo a juego. Sueño a diario con la noche de bodas. Le he probado el vestido procurando no estropear la ropa que lleva, ya que su estilo a la hora de vestir es infinitamente mejor que el mío. Aún así creo que el velo que recuperé del baúl de la abuela no le desagrada, parece una virgen con él puesto. Mi madre estaría orgullosa de saber que he escogido una buena chica como esposa. Y la respeto. No pienso tocarla hasta que el cura nos de la bendición. Lo que no sé es cómo demonios voy a convencerlo para que oficie la ceremonia, porque cada vez que le quito la mordaza se pone a gritar y me veo obligado a recurrir de nuevo al cloroformo. En fin. Tarde o temprano entenderá que mis intenciones siempre fueron buenas...    

by Eva Loureiro Vilarelhe

8 comentarios:

  1. Y es que no hay nada como el amor para toda la vida,... estupendo relato Eva!

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    1. Siiii, jajaja, en este caso incluso después de la muerte... Gracias por pasarte, Baile, un abrazo ;)

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  2. Vuela tu imaginación de un modo envidiable para alimentar esta historia que cuentas con la claridad y el encanto de siempre, para la delicia de los que disfrutamos de tus lecturas. Cuando te leo tengo la sensación de que no te cuesta para nada colocar a tu narrador en un personaje masculino, es como que parece que te ha sido muy sencillo, que no te ha dado nada de trabajo. Lo cierto es que imagino que hay una autora detrás que crea, elabora, repasa, quita y agrega, para que el relato quede lucido como todos los que leo. Inmaculado. Como me decías en alguna entrada, Eva, tenemos estilos diferentes para elaborar los textos. Yo diría que muy diferentes y, tal vez, esa sea una de las razones por las cuales me siento atraído por el modo de narrar que tienes, muy atraído.
    En esta historia de fantasía, logras introducir algunas frases que le dan a tu prosa un toque de humor muy particular y, también, lo hacen curioso, bello, ¿por qué no? En todo caso sumamente atractivo. Mi modo de leer, lento y pausado, me permite saborear no solo argumento y trama, sino y por sobre todo, imaginar la voz particular de la autora en sus distintos registros según el relato de que estemos hablando, sin perder el tono y el estilo inconfundibles que la caracteriza, a tal punto que me atrevería a distinguirlo entre otros aunque no tenga su firma al pie.
    Un placer leerte, Eva. Si me pierdo alguna de tus entradas no es por descuido sino porque tenemos distintas velocidades, por lo visto, que hacen que yo vaya más lento que tú, pero siempre tratando de alcanzarte a tiempo, aunque a veces no lo logre. Recibe mis disculpas, compañera de letras, si alguna se me pasa, este seguidor espera que lo sepas comprender.
    Un beso.
    Ariel

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    1. Disculpado estás, Ariel, ya que nada tengo que disculpar, muy al contrario, tengo mucho que agradecerte. Cada uno tenemos nuestros tempos y nuestros modos, por lo que simplemente tener la gentileza de dejar un comentario en el blog de un compañero de letras, como bien dices, es digno de encomio, por tanto en ese aspecto no tengo queja alguna, ya que me sobrecoge el modo en que me lees, a juzgar por las opiniones que viertes tras hacerlo. Lo que sí he de reconocer es que los espero, no estoy segura de merecer tus elogios, pero está claro que a todos nos gusta que nos regalen de vez en cuando los oídos, y en eso eres magistral, Ariel, no solo conmigo, ya he leído comentarios tuyos en otros blogs que me parecen, además de merecidos, admirables por el modo sutil y delicado que tienes de decir las cosas, supongo que, igual que a la hora de escribir tus relatos, es algo innato. Como en mí el sentido del humor que le encuentro a todo, incluso a situaciones que no deberían tener ninguna, como es el caso que nos ocupa. Y estoy plenamente de acuerdo contigo, me parece una bella historia de amor, salvando todas las salvedades que se puedan aducir a semejante afirmación, puesto que amar no deja de ser un acto de reconocimiento de la belleza del ser amado, y como tal, es subjetiva. Siempre va a haber un ser que ame a otro por muy horrible que le parezca a los demás (el problema está en encontrarlo, o encontrarse). Y yo espero que sigas analizando mis textos incansablemente, porque por mucho tiempo que te demores, alguno habrá que se cruce en tu camino y sea digno de tu atención. Muchísimas gracias, Ariel, por ser tan amable de darme tu parecer una vez más. Besos.
      Eva

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  3. Buff es que hay amores que matan, mejor tenerlos bien lejos. Combinas muy bien esas pequeñas dosis de humor negro con ese desconcierto de él porque grite, pero no se rinde, solo tiene que poner más cloroformo e igual por agotamiento lo acaba queriendo, muy bien descrita esa personalidad enfermiza del protagonista con su ausencia de culpa.
    Saludos

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  4. Muchas gracias por pasarte y ser tan amable de dejar un comentario, Conxita, me alegro de que te haya resultado interesante, porque precisamente de eso se trataba, de abordar un tema peliagudo (no es de extrañar que el cura ponga el grito en el cielo...) con un punto de humor, negro, por supuesto, pero humor al fin y al cabo ;) ¡Un abrazo!

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  5. No sé cómo lo logras Eva, pero mientras sentía un escalofrío por todo el cuerpo al leer el relato (y no por lo del frigorífico sino de miedo, jeje) a la vez se me escapaba una sonrisa de vez en cuando ("eso dicen en internet", muy bueno). Es lo que tiene un relato que está bien escrito y con un humor negro que a mí especialmente me gusta mucho.
    Muy bien descrita la personalidad de este psicópata, también me ha encantado el final (a ver cómo consigue convencer al cura, prefiero ni pensarlo...)
    Enhorabuena Eva por tu estupendo relato.
    ¡Un abrazo muy fuerte!

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    1. Es que no puedo evitarlo, Ziortza, jajaja, se me escapa el humor incluso en casos tan macabros como éste. Me alegro de que te haya gustado, porque es un género del que me apetecía publicar algo en el blog, ya he escrito antes algún relato, pero nunca me lancé, creo que ha valido la pena, y coincido plenamente contigo, prefiero no pensar en cómo va a convencer al cura... ¡Muchísimas gracias por pasarte y por la amabilidad de tus palabras, eres un encanto! Besos

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